18 · Bosco
Hay una noche al año en la que Valdecierzo se queda sin gente, y no es Nochebuena.
Es la noche gorda de Pinilla. El pueblo de al lado hace sus fiestas la semana antes que nosotros, por un pleito de curas del siglo pasado que ya no se acuerda nadie de cómo empezó, y el jueves traen orquesta.
Se va la comarca entera. Se van los quintos, se van las señoras, se va la charanga a espiar a la competencia y se va hasta Onésimo, que ese día cambia el turno de riego con su cuñado y lo cambia con alegría.
Mi madre cierra a las nueve. Lo hace desde antes de que yo naciera, y siempre con la misma frase, dicha al que quede sentado:
—Aquí no queda a quién darle de cenar. Andando.
Aquel jueves, siete de agosto, a las ocho y media, quedábamos tres en Casa Fina: la Encarna, que no baja a Pinilla desde que se cayó en la cuesta, y yo, que estaba haciendo tiempo de una manera tan mala que hasta la Encarna se dio cuenta.
—Estás como el gato antes de la tormenta —me dijo.
—Estoy cenando.
—Llevas veinte minutos con el mismo trozo de pan.
Mi madre pasó por detrás con la bandeja y no dijo nada, que en esa mujer es la manera más cara de decir algo. Me quité de en medio a las nueve menos cuarto y bajé la cuesta con las manos en los bolsillos y el valle entero para mí.
Catorce días para el veintiuno. Dos semanas justas. Y en medio, la semana de las fiestas, que en este pueblo no cuenta como semana: cuenta como una obra en la carretera.
Abajo, la base estaba vacía y la Chicharra estaba fuera, en el centro de la hache, con la última hora de sol pegada al morro. La piloto daba la vuelta al aparato con la tablilla debajo del brazo, despacio, tocando cada cosa dos veces.
En la tablilla, arriba, en mayúsculas: CLASE 4.
—Buenas noches, capataz.
—Buenas noches.
A Butano lo dejé en la nave con un hueso y con una opinión que expresó durante los primeros veinte minutos y luego se le pasó, como todo.
—El cinco —dije.
—El cinco. Estacionario largo, salida, cuatro minutos por el valle y vuelta.
—Cerró un panel y le pasó la mano plana por encima—.
Punto cuatro: si dices corta, corto. En el aire cortar es volver a la hache, y volver a la hache lleva su rato, así que cuando lo digas te vas a tener que aguantar un minuto largo conmigo. Eso lo sabes ya.
—Lo sé.
—Y llevas el folio. Me cantas el suelo desde que arranco hasta que apago.
Y entonces sacó del bolsillo de la pernera una hoja de la provincia, doblada por la mitad, y la puso encima del asiento.
—Y esto lo tienes que leer tú.
Era el impreso de siempre. Vuelo local, reconocimiento de zonas de toma nocturna para el dispositivo de fiestas, que es una cosa que hay que hacer todos los años y que este año no había hecho nadie. Fecha, horas, combustible. Todo verdad.
Y abajo, en la casilla de personal embarcado, escrito con su letra:
B. Ibarra, capataz.
Me quedé mirando aquellos tres trozos de tinta más rato del que se tarda en leerlos.
—El punto siete dice que esto no sale de aquí —dije—. Ni al bar, ni a la emisora, ni al parte.
—El punto siete lo escribimos entre los dos y lo escribimos en junio.
—Se apoyó en el patín, con los brazos cruzados—.
Yo no firmo hojas a medias, capataz. Si subes, subes, y si subes con una hoja mía debajo, tu nombre va donde va el de todo el mundo.
Lo otro es falsificar un papel, y eso no lo hago ni por ti.
—¿Y si alguien pregunta?
—Si alguien pregunta, contestas que subiste. —Se encogió de hombros—. Que es lo que hace la gente cuando le preguntan una cosa que es verdad.
Un hombre lleva dieciocho años rellenando partes y cree que se los sabe de memoria. Y luego una noche de agosto se encuentra su propio apellido en una casilla en la que no ha estado nunca, escrito por otra mano, con dos letras delante y una coma detrás, y descubre que un papel también puede pesar.
Firmé al lado como firmo yo, minúsculo, de cuarenta partes por semana.
—Vámonos —dije—, que se va la luz.
El estacionario largo lo aguanté cantando. El poste de la esquina de la nave, la manga de viento, el camino de la báscula, los dos pinos de la curva. Ella contestando recibido a cada cosa, como en un fuego, con esa voz de trabajo que tiene todo el aire fuera antes de hablar.
El pecho hizo su puño. Lo hizo entero y no se fue: eso lo escribo aquí para que quede claro, porque el que lea esto a lo mejor se cree que hay un día en que se acaba. No se acaba. Lo que pasa es que uno va aprendiendo a trabajar con la mano cerrada.
—El tubo amarillo —dije—. La barandilla. Doce metros.
—Recibido. ¿Preparado para el cinco?
—No.
—Bien. Salimos.
Y el valle se cayó hacia atrás.
No hubo tirón, no hubo salto y no hubo nada de lo que yo llevo nueve años imaginando en un hangar con dos dedos en el patín.
Hubo el suelo apartándose despacio hacia abajo y hacia atrás, como se aparta el agua de la proa de una barca, y el hormigón que yo vi echar en abril poniéndose del tamaño de un sello, y después la nave, y después la báscula, y después el llano entero.
Y yo me callé.
Tenía el folio en las manos, tenía un puesto con nombre y tenía la garantía de que si me callaba cortaba ella. Y me callé igual, porque lo que había al otro lado del cristal no tenía nombre en ningún folio.
Estaba mi valle. Todo. De una sola vez.
Yo llevo dieciocho años subiendo al alba a la misma curva del camino viejo a preguntarle a este valle cómo ha dormido, y en dieciocho años el valle me ha contestado siempre por partes: una ladera hoy, un barranco mañana, un collado el jueves que viene.
Un hombre que anda se aprende el monte como se aprende un libro al que le van pasando las páginas de una en una y nunca se las dejan ver todas abiertas.
Ahí estaban todas abiertas.
Estaba el cortafuegos. El mío, el de la azada y de Nico llorando y del marzo del año pasado yo solo.
Desde arriba no era una raya: era una raya entera , que salía del camino viejo y subía derecha hasta el collado y se acababa .
Yo nunca había visto dónde se acaba mi cortafuegos.
Lo he andado mil veces y siempre lo he visto empezar.
Estaba el pinar de la umbría, que desde abajo son tres años de ramaje muerto y desde arriba es una mancha oscura del tamaño del pueblo, y que a esa hora, con el sol de canto, parecía exactamente lo que es: una despensa con la puerta abierta.
Estaba la Hoya del Herrero, negra desde el quince de julio, con la Solana del Cura encima ya tirando a verde otra vez por las lluvias que no cayeron aquí y cayeron allí, y arriba, cerrando, el collado de la Cruceta.
Y al otro lado de la Cruceta estaba el monte grande.
Yo llevo la vida diciendo esa frase. Se la he dicho a Requena, se la he dicho a dos alcaldes y se la digo a la cuadrilla todos los junios: si un fuego pasa la Cruceta, deja de ser nuestro .
La he dicho como se dicen las cosas que uno sabe.
Y aquella tarde, desde el otro lado del cristal, vi por primera vez lo que hay detrás de mi propia frase: kilómetros de encinar y de pino subiendo y bajando lomas sin una casa, sin un camino, sin una raya de nadie, hasta donde se acababa la luz.
Dieciocho años avisando de una cosa que no había visto nunca.
—Te has callado —dijo ella.
—Ya.
—Y no he cortado.
—Ya lo he notado.
—Es que ya no estabas callado de la otra manera.
Y me dejó allí, treinta segundos más, con el ruido en las costillas y el valle abierto en el cristal.
Después seguí cantando, porque eso sí sé hacerlo.
Le canté la era de la ermita, y el llano verde del bizcocho, y el tendido nuevo de los noventa que no sale en ningún plano, que desde arriba tampoco se ve y por eso hay que decirlo.
Le canté la torre del Umbría, y el vigía nos vio y levantó el brazo desde la barandilla, y yo le devolví el saludo con la mano abierta contra el cristal, igual que se lo devolvió Andrés en junio, sabiendo perfectamente que el hombre no podía verme y sabiendo perfectamente que se lo devolvía igual.
Le canté los dos chopos de la Poza, uno vivo y otro muerto, con el hueco justo entre los dos.
—El camino del molino no se ve —dije.
—No se ve. Lo busqué en julio veinte veces.
—Pues ahí está. Debajo de esa zarza que parece una zarza.
Y le canté el pueblo. El toldo verde del bar de mi madre, la lona de las fiestas puesta en el ayuntamiento con las mismas letras de siempre, los banderines a medio colgar entre los balcones, la iglesia, las cuatro luces de las casas de los que no habían bajado a Pinilla.
Y al fondo, al otro lado de la loma, el resplandor de la verbena de Pinilla, con toda mi comarca dentro.
Todo lo que yo cuido cabía en un cristal de un metro.
Eso es lo que no me habían contado. Que un hombre puede pasarse la vida creyendo que su valle es enorme porque lo mide con las piernas, y que basta con levantarlo de la tierra cuatro minutos para que el valle se le quede pequeño y le quepa entero delante de la cara, con su gente dentro, con sus muertos dentro, con todo lo suyo dentro.
Y para eso, para ver una cosa así, hay que subirse a lo que uno no puede subirse.
—Volvemos —dijo.
—Recibido.
Tomó sin ruido, como toma ella, con ese beso en el hormigón que le aplaudió el pueblo el primer día.
El aparato levanta el polvo del llano al posarse y el polvo tarda en caer; es una cosa amarilla que te rodea y que se queda un rato flotando a la altura del pecho, con la última luz del día metida dentro, y mientras dura no se ve nada más que lo que tengas a un metro.
Salí.
Y no me di con el marco.
Llevo dándome en el mismo sitio de la frente desde junio, y aquella noche no me di, y me quedé de pie en el hormigón con una mano en la puerta, riéndome yo solo como un idiota, más orgulloso de eso que del resto.
Ella bajó por su lado. Traía el casco en la mano y la trenza medio deshecha, y venía por delante del patín andando con sus pasos cortos y rápidos, mirándolo todo, sumando, con la cara sucia de un día entero.
Se paró delante de mí. Yo tenía el folio arrugado en el puño de tanto sujetarlo.
—Cuatro minutos —dijo.
—Cuatro minutos.
—Y no has llevado gente detrás.
—Todavía.
Y ahí se nos acabó la conversación de trabajo, que era lo único que nos quedaba, y nos quedamos los dos de pie dentro de aquel polvo amarillo sin ninguna hoja que rellenar.
Yo llevo desde el diecinueve de junio bajando a un hangar de noche para poder hacer una cosa el veintiuno de agosto.
Eso está escrito, numerado y firmado en una servilleta con una mancha de aceite en la esquina.
Y aquella noche, con el ruido todavía cayéndose encima de nosotros, cualquiera que me hubiera preguntado para qué bajaba yo al llano habría tenido delante a un hombre sin respuesta.
Di el paso. Uno. El que no había dado en el corralillo con Samu detrás de la puerta, y el que no había dado en la piedra del azud con cuarenta kilos de perro cayéndonos encima.
Ella no se movió ni un centímetro. Levantó la barbilla y dijo, con la voz de trabajo, con todo el aire fuera antes de hablar:
—Capataz. Pido despeje.
—Concedido —dije.
Y la besé, o me besó, que a estas alturas ya me da lo mismo y en el parte no cabe.
Yo lo único que sé es que tenía una mano en su nuca y el casco de ella dándome en las costillas, y que aquella mujer besa como aterriza: sin prisa, sabiendo exactamente dónde va a poner cada cosa y con toda la intención del mundo.
El polvo tardó en caer lo que tardó.
Después nos quedamos frente contra frente, respirando como dos que acaban de subir el cortafuegos con el depósito a la espalda, y esperé.
Esperé a que alguno de los dos dijera lo que se dice. Esto ha sido un error. Esto no puede ser. Esto lo hablamos mañana. Yo lo tenía preparado, incluso, con dos frases dignas de las mías, de las que dice un hombre para irse con la cabeza alta.
No lo dijo ella. No lo dije yo.
Cerré el hangar y subimos la cuesta juntos, andando, sin diez pasos de separación por primera vez desde junio, con el pueblo vacío y toda la comarca a dos kilómetros de allí bailando en una plaza que no era la nuestra.
Y a mí, que llevo nueve años sabiendo con una precisión de reloj de qué tengo miedo exactamente, se me ocurrió por el camino que acababa de estrenar uno nuevo.
Porque hay una cosa que sí sé leer, y es un calendario. El veintiuno, en mi propia base, va a haber un señor con una carpeta que no levanta la voz jamás.
Y lo que acababa de pasar en aquel helipuerto tiene un precio escrito en una norma que no está escrita en ninguna parte.