Tierra, trágame (La Brigada 1) 17 · Valen
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17 · Valen

El martes cinco de agosto, a las siete de la tarde, el parte de la provincia dijo la palabra fea: inestabilidad nocturna. Tormenta seca entrando por el norte entre las dos y las cinco.

Cuando eso pasa, el dispositivo declara alerta y la alerta trae un retén.

Y el retén de esta base, según la orden que firma Requena, son dos personas: el que decide y el que vuela.

La cuadrilla se va a su casa con el teléfono encima de la mesilla y localizable, y en la base se quedan el capataz y la piloto, doce horas, con la emisora puesta.

Se lo dije a Bosco a las diez, en la puerta de la nave, y me salió del alma:

—Un hombre escribe una norma para que no haya una pareja en la misma base y luego firma otra que nos deja a los dos aquí solos hasta las siete de la mañana.

—Requena no ve la contradicción.

—Requena no ve la contradicción porque para Requena esto es trabajo.

—Es que esto es trabajo.

—Ya lo sé. Por eso me fastidia.

Y esa fue toda la conversación de las primeras dos horas.

Una noche de retén es la cosa más aburrida de mi oficio y la única que no se puede delegar.

Nos pusimos en el despacho de la nave, que tiene una mesa de formica, dos sillas de plástico, un flexo, la impresora que imprime sola lo que manda la provincia y un ventilador que hace más ruido que aire.

La emisora, baja, en el rincón. Butano se echó debajo de la mesa encima de mis botas, dio dos vueltas y se durmió como se duerme un perro que no tiene ninguna responsabilidad.

Se trabaja. Eso es lo que nadie se cree: en un retén se trabaja.

Él estaba pasando a limpio los sectores para las fiestas, que en este pueblo caen la semana de antes del veintiuno y traen fuegos artificiales, una charanga y ochocientas personas en la calle hasta las cinco.

Yo estaba repasando el plano con él, marcando dónde puedo tomar de noche y dónde no, que son más los dónde no.

A las doce y cuarto se oyó el primer trueno, lejísimos, por el lado del puerto.

—Está a cuarenta kilómetros —dijo, sin levantar la cabeza del plano.

—¿Eso lo sabes por el ruido?

—Eso lo sé porque el perro no se ha movido.

Y a las doce y media, marcando la ermita con el bolígrafo de los plannings, dijo lo que dijo, sin ninguna intención, con el tono con el que se dice un dato de trabajo:

—Y aquí, ojo, que a esta finca le tiraron un tendido nuevo en los noventa y no está en ningún plano. Si algún día tienes que meterte de noche, te lo digo yo ahora para que no te lo tenga que decir nadie entonces.

Yo tengo un procedimiento para esto. Lo llevo usando desde los quince años y funciona: se respira, se cambia de tema, se pregunta otra cosa.

Aquella noche no lo usé.

Me saqué del bolsillo de la pernera una cartulina plastificada con las esquinas comidas y la puse encima del plano, entre los dos, con la letra hacia él.

—El punto cinco dice que no se pregunta —dije—. No dice que no se cuente.

Bosco dejó el bolígrafo en la mesa. Se echó atrás en la silla de plástico, cruzó los brazos y no tocó la cartulina.

—Cuenta lo que quieras —dijo— y para cuando quieras.

Mi padre se llamaba Julián Ortiz y era piloto de fumigación. Tenía cuarenta y ocho años y llevaba veintitrés tratando campos en un avión pequeño, de los de trabajo, que huelen a producto por dentro y que se lavan con manguera.

Yo tenía quince.

Fue un jueves de septiembre, a las ocho y diez de la mañana, en un maizal que él había tratado cien veces y que se llama el Salobral.

Le habían tirado una línea eléctrica nueva en marzo.

No estaba en ninguno de sus planos, no estaba en el papel del cliente y no se la había dicho nadie.

Se lo cuento así porque así se cuenta: mi padre voló contra un cable que no existía en ningún papel del mundo, a la altura a la que se trabaja, en el sitio donde había trabajado toda su vida.

Se lo conté despacio. Yo, cuando algo me toca de verdad, hablo más despacio; es mi avería, la conozco y no la disimulo desde hace años.

Bosco no dijo nada durante un rato largo. Después preguntó una sola cosa, y fue esta:

—¿Cómo se llamaba el campo?

—El Salobral.

Asintió una vez, despacio, como quien se guarda un nombre en el sitio donde guarda los nombres.

Y ya está. No dijo lo siento. No dijo cuánto lo siento. No dijo era muy joven, ni qué duro, ni lo que dice la gente, que lo dice con toda la buena intención del mundo y que a mí me obliga a poner una cara y a consolar yo al otro, que es el trabajo más injusto que existe.

Este hombre escucha como escucha el monte: sin contestarle.

—Mi madre se llama Rosa —seguí—. Y mi madre, dos meses después del entierro, me sentó en la cocina y me dijo que en esa familia no se volaba más.

No lo dijo enfadada. Lo dijo como se dice una cosa que ya está decidida: que se acabó, que había que estudiar algo de tierra y que ella no iba a volver a esperar a nadie mirando por una ventana.

—¿Y?

—Y estuvimos tres años discutiéndolo. Tres.

A gritos, en silencio, por carta, de todas las maneras que se puede discutir con una madre.

—Le di la vuelta al vaso de agua encima de la mesa—.

Y a los dieciocho me fui a hacer el curso.

No me fui porque el cielo me llamara ni porque quisiera parecerme a mi padre ni por ninguna de las cosas bonitas que se ponen en las entrevistas.

Me hice piloto para terminar la discusión.

Aquí se ríe todo el mundo. Es una frase que hace gracia y yo la he contado en dos bares para que la hiciera.

Él no se rió, que fue exactamente lo que hacía falta.

—Ahora hablamos los domingos —dije—. De todo menos de dos cosas: de mi padre y de mi trabajo. Se nos da bien. Llevamos quince años perfeccionándolo.

Y entonces le empujé la cartulina un dedo más hacia su lado de la mesa.

—Esto es suyo.

Es una cartulina blanca de las de antes, del tamaño de la palma de la mano, escrita a bolígrafo por las dos caras con una letra torcida y grande de hombre que escribe poco.

Está plastificada, y la plastifiqué yo a los diecinueve años en una papelería de mi barrio por dos euros, y la mujer me preguntó si era un carné y le dije que sí.

Once puntos.

Mi padre se escribió su propia lista porque la que venía impresa —me lo dijo una vez, en el coche, sin darle importancia — «la ha escrito alguien que no ha volado nunca este campo» .

Así que se hizo la suya, y en la suya hay cosas que no vienen en ninguna: hay una que dice «1.

Duerme» . Hay una que dice «4. El campo, andando, antes» , porque él se bajaba y se recorría las lindes a pie el día anterior.

Y hay una que es la siete.

«7. Los cables. Los que salen en el plano y los que no.»

La escribió él. De su puño. Está ahí, en la cara de delante, en el renglón siete, con la misma tinta que las otras. Y se mató en un siete.

Le dejé leerla entera. Tardó lo que se tarda, que con esa letra es un rato, y la leyó con las manos en las rodillas, sin cogerla, inclinándose sobre la mesa igual que se inclina sobre un plano.

—El once está con otra tinta —dijo.

—El once lo escribió después. Años después, no sé cuándo.

«11. Si tienes prisa, empieza otra vez por el uno.»

—Yo no la llevo por superstición —dije—.

Que es lo que se cree todo el mundo. En mi oficio hay gente que lleva una medalla, gente que se sube siempre por el mismo lado y un compañero mío que tiene que decir una palabra antes de arrancar.

Yo no llevo un amuleto: llevo una lista.

La lista de un hombre que lo hizo todo bien y se murió igual.

—Volví a guardármela en el bolsillo de la pernera—.

Eso hay que llevarlo encima cuando uno firma hojas.

Bosco se levantó.

No dijo nada, no me puso la mano en ningún sitio, no me miró de ninguna manera especial. Se levantó, salió del despacho y se fue a la cocina de la nave, y yo me quedé sola con el ventilador, el perro y la emisora, pensando que a lo mejor me había pasado.

Volvió a los cuatro minutos con dos cafés.

El mío era solo, doble, y venía en un vaso.

En Casa Fina, hace una semana, ese mismo hombre contestó por mí en voz alta delante de treinta personas y no le dije nada. Aquella noche tampoco le dije nada. Puse el vaso a mi derecha, que es donde lo pongo siempre, y seguimos.

—Falta lo otro —dije.

—Falta si tú quieres.

—Falta porque tú duermes en esta base y yo vuelo tu cuadrilla, y si un día viene alguien de la provincia a preguntar por mí, prefiero que lo sepas por mí.

Y se lo conté entero, que es más corto y más feo.

El invierno pasado, haciendo lo que hago siempre, que es mirar papeles que nadie mira, me encontré tres máquinas de la compañía con revisiones firmadas y no hechas.

Y me encontré la instrucción, que no estaba escrita en ningún sitio pero se decía por teléfono, de ir pasando las horas de taller al mes siguiente para que los trimestres salieran redondos.

—¿Y qué hiciste?

—Cuatro folios. Con fechas, con números de orden de trabajo y con nombres.

—¿Con copia?

—Con copia y con registro de entrada. Una cosa que no está escrita no ha pasado.

—¿Y?

—Y no pasó nada. —Bebí—. Eso es lo elegante del asunto, capataz.

A mí nadie me abrió un expediente. Nadie me sancionó, nadie me apartó, nadie escribió una sola línea contra mí, y si tú pides mi hoja mañana está limpia como la de una monja.

Lo que hicieron fue meterme en un plan de desarrollo profesional.

Textual. Y en desarrollo, dos meses después, me mandaron a la base más pequeña del dispositivo, que resulta que está en un pueblo de ochocientas personas al que acaban de estrenarle un hangar.

—Aquí.

—Aquí. Y el jefe de operaciones sigue firmando sus revisiones.

—Dejé el vaso—. Ahora la parte que me quita el sueño, y la digo una vez.

Yo soy contratista. Yo no tengo plaza: tengo campaña.

En octubre, la compañía lee los informes del coordinador provincial y decide si me renueva.

Si Requena escribe una línea torcida sobre mí en esta campaña, aunque sea de las que se escriben sin querer, yo no vuelvo a volar en extinción.

No es que me cambien de base. Es que se acabó.

Bosco tenía las manos abiertas encima de la mesa. Se las miró un buen rato.

—Cuatro folios —dijo.

—Cuatro.

—Bien.

Una palabra. Y a mí me sirvió más que todo lo que me han dicho en dos años, porque no era un consuelo: era una nota de otro profesional en el margen de una hoja.

Después se echó hacia atrás, miró la emisora, que no había dicho nada en toda la noche, y habló mirándola a ella.

—En junio te escribí un folio con treinta y tantas líneas y abajo puse tres a mano.

—Me acuerdo.

—Una era el tendido de la finca de la ermita.

—Lo sé.

—No sabía nada de nada cuando lo escribí. Lo escribí porque un piloto que no sabe dónde hay un cable es un piloto muerto y a mí me hacía falta que tú no lo fueras. —Se giró—. Tú te lo guardaste en el bolsillo sin decir ni media.

—En ese bolsillo —dije—. En el mismo. Iban las dos cosas juntas desde la primera semana.

Y el hombre que se ríe de sí mismo antes de que se ría el pueblo, el que tiene una respuesta para todo, se quedó ahí sentado en una silla de plástico sin decir absolutamente nada.

Después dijo lo único que dijo en toda la noche que no fue una pregunta ni un dato.

—De aquí a octubre, todo lo que en este valle no salga en un plano te lo voy a ir diciendo. Uno por semana si hace falta. Y si esta campaña alguien tiene que escribir una línea sobre ti, que se la tenga que inventar.

De aquí a octubre.

En este oficio ponemos fecha a todo. Es lo que nos enseñan. Y a mí, aquella noche, con un vaso de café en la mano y un perro roncando encima de las botas, esas cuatro palabras me hicieron un daño que no estaba en ningún parte.

La tormenta pasó a las tres y veinte por el norte, tiró dos rayos al otro lado del puerto y se llevó su ruido a otra provincia. La vigía de la torre lo cantó, la central levantó la alerta a las cinco y cuarto y el valle amaneció sin una sola columna, que es la mejor manera de que amanezca.

Salimos a la pista con esa luz gris de las seis en la que todo parece más barato. Butano se estiró, bostezó con su chirrido de bisagra y se fue a mear a la manga de viento, que es su costumbre y su opinión.

Bosco se paró en el punto de espera, con la mano encima del tubo amarillo. Encima. Apoyada.

—¿Qué queda? —dijo.

—El cinco.

—El vuelo corto.

—El vuelo corto —dije—. Estacionario largo, salida, cuatro minutos y vuelta. Y ese no lo podemos hacer dentro del hangar ni con la base llena de gente, así que hay que buscar una noche antes de las fiestas o esperar a después, y después ya es muy justo.

Se quedó mirando el hangar cerrado con las manos en los bolsillos.

Y entonces pasó una cosa que no había pasado desde junio, ni una sola vez, ni en la báscula, ni en la servilleta, ni en las tres clases.

—Dime una noche —dijo.

Lo había pedido él.