Tierra, trágame (La Brigada 1) 16 · Bosco
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16 · Bosco

En Casa Fina hay dos maneras de que te llamen a la cocina.

Una es que haga falta subir una caja de cerveza, y esa te la pide mi madre desde la barra, a voces, delante de todo el mundo y con el nombre entero.

La otra es que se asome, te busque con los ojos por encima de las mesas, no diga nada y vuelva a meterse dentro. Esa es la mala. Esa la conozco desde los seis años y no ha cambiado en treinta.

El domingo tres de agosto, a las cuatro y veinte de la tarde, mi madre se asomó, me buscó, no dijo nada y volvió a meterse dentro.

Todo el bar lo vio. Y todo el bar hizo lo que hace este pueblo cuando le regalan un espectáculo: bajar el tono y no mirar.

—Yo tengo que ir a por el servilletero —dijo Samu, que en su vida ha ido a por un servilletero.

—Tú te sientas —dijo Leti.

Butano fue detrás de mí hasta la puerta de la cocina, se lo pensó y se echó cruzado en el suelo del pasillo, contra la jamba, con esa cara de perro que sabe que dentro no se puede pero que fuera se oye igual.

Cerré yo. Ella no me lo pidió, pero se cierra uno mismo, que es parte de la condena.

La cocina de Casa Fina es un pasillo con fuegos.

Cabemos mi madre y otra persona, y la otra persona estorba siempre.

En la pared, el calendario del banco, la lista de precios de hace cuatro años y una foto de mi padre de cuando la boda de no sé quién, con el pelo peinado hacia atrás y cara de estar aguantando.

Mi madre estaba en la mesa de mármol haciendo rosquillas de anís. Tenía las manos hasta las muñecas de masa y no levantó la vista ni una vez en todo lo que voy a contar.

—Siéntate.

—Estoy bien de pie.

—Siéntate, Bosco, que me pones nerviosa ahí en medio como un armario.

Me senté. La silla de la cocina la trajo mi padre de una casa que derribaron en el pueblo de al lado y cojea de la pata de atrás desde entonces; sentarse en ella es una humillación menor que en esta familia se administra con criterio.

—¿La de arriba está en la base? —pregunté.

—Está en la base y son las cuatro y veinte y en esta casa se oye todo lo que se dice abajo. —Cortó la masa—. Digo yo que si voy a hablar de una persona, lo mínimo es hacerlo cuando no está encima.

Y ahí supe que aquello no era una regañina de las de veinte segundos.

—Lo del viernes lo oyó medio dispositivo —dijo.

—Lo oyó entero.

—La Puri lo tiene contado ya en dos versiones, y en las dos quedas peor que en la de verdad, porque la de verdad no la sabe nadie. —Puso la primera rosquilla en la bandeja—. ¿Tenía razón?

—En lo que dijo, toda.

—¿Y tú?

—Yo también.

—Pues eso es lo peor que me podías contestar. —Se limpió una mano en el delantal—. Dos que se equivocan se arreglan. Dos que tienen razón se pasan la vida.

Me callé, porque no había respuesta y porque no me la había pedido.

Hizo cuatro rosquillas más. Yo llevo toda la vida sabiendo el ritmo de esa mujer: no habla mientras le queda masa en la mano. Cuando se limpia las dos, viene lo otro.

Se limpió las dos.

—A esa chica —dijo—, o la dejas en paz o la invitas a merendar.

—Mamá.

—No, no. Es que no es una manera de hablar, hijo.

Es exactamente lo que he dicho y no tengo otra cosa que decirte.

—Se apoyó en el mármol con las dos manos—.

Esa mujer lleva dos meses viviendo encima de mi cocina y bajando a las siete de la mañana.

Se toma el café de pie, mirando por la ventana hacia el llano, y no mira el llano: mira si hay alguien en el llano.

Se va. Vuelve a las diez de la noche con el pelo mojado.

Y cuando entra, lo primero que hace, siempre, antes de saludarme a mí, es contar cuánta gente hay sentada.

—Cuenta la gente y cuenta las salidas. Es del oficio.

—Y cuenta si estás tú.

Silencio de cocina, que es un silencio con ruido de nevera.

—Y tú —siguió— llevas desde junio bajando al llano de noche. Y no me lo cuentes.

—No te iba a contar nada.

—Que no me lo cuentes, digo. En serio. —Y ahí sí levantó la cabeza, un segundo—.

Yo tengo una libreta ahí fuera y en esa libreta se apunta lo que se sabe.

Lo que no sé no lo puedo apuntar y no me lo puede sacar nadie de la boca ni con vino.

Así que tú a mí no me cuentes lo del hangar. Yo te lo agradezco y tú también.

Mi madre lleva cuarenta años administrando la información de este valle y ha decidido, ella sola, no saber una cosa. No hay en toda la comarca un gesto de cariño más grande y no se lo va a reconocer nunca nadie.

—Hay una norma —dije, porque un hombre acorralado saca lo que tiene.

—¿Cuál?

—Del dispositivo. Pareja dentro de la misma base, uno de los dos se va trasladado. Lo dice Requena y no lo discute nadie.

—¿Y está escrita?

—No.

—Pues entonces no es una norma, hijo. Es una costumbre. —Volvió a la masa—. Y las costumbres de este pueblo las he cambiado yo dos veces sin que se enterase el señor obispo.

—No es lo mismo.

—No, si tienes razón. —Cortó—. Es que yo no te estoy diciendo que te cases con ella, ni que le escribas a la provincia, ni que hagas nada que salga en un papel.

Te estoy diciendo que la invites a merendar.

Aquí. En esta cocina. Con la puerta abierta, si quieres, y con Samu tomando notas.

Merendar no está prohibido en ningún sitio.

—Ya.

—Lo que no puede ser es lo que estás haciendo. —Y bajó la voz, y esa es la voz que usa solo conmigo y solo aquí dentro—. Que es estar cerca de una persona todo el rato y no acercarte nunca. Eso lo he visto y sé cómo acaba.

Y entonces lo dijo.

Lo dijo sin dejar de trabajar, con el mismo tono con el que dice que el aceite está caro, que es la manera que tiene esta familia de tocar las cosas que queman: de refilón y con la mano seca.

—Yo no te he preguntado nunca por lo de hace nueve años.

Se me paró algo por dentro.

—No.

—Ni una vez. Ni cuando volviste, ni después, ni el año en que el pueblo entero puso dinero a que no volvías. —Cogió la bandeja—. Y no te voy a preguntar hoy. Que quede claro que no te estoy preguntando.

—Vale.

—Pero de allí te trajiste algo, y no fue lo que la gente se cree. —Metió la bandeja en el horno y cerró con la rodilla—. Te trajiste a ti. Y llevas nueve años usándote entero para el trabajo y sin gastarte en nada más, como el que tiene un abrigo bueno y no sale de casa por no estrenarlo.

Yo tenía las manos encima de la mesa de mármol y me las miré, que es lo que hace un hombre cuando le hablan de él.

Nueve años. Dos palabras. Ni una más. Nadie en esta casa ha dicho jamás el nombre del sitio, ni el del hombre, ni la fecha, y no lo ha dicho porque no hace falta: en esta familia las cosas gordas se nombran por el tiempo que hace que pasaron, como los inviernos malos y las riadas.

—Y otra cosa, ya que estoy. —Se secó las manos con el paño y se sentó enfrente, que es cuando saca la artillería—. Tu padre se murió un martes por la tarde. Yo estaba fregando esto mismo. Y llevo desde entonces creyendo que lo peor fue aquel martes.

—Mamá.

—Pues no. Lo peor no fue el martes, que el martes se pasa.

Lo peor han sido todas las tardes de después en las que me ha pasado algo tonto, una cosa de nada, el precio del cordero o que la Encarna se ha caído en la cuesta, y me he dado la vuelta para contárselo.

—Se encogió de hombros—. Y no había nadie.

Eso es lo que hay al final del camino que llevas tú, hijo, y no hay más.

Yo no me quiero morir viéndote hacer la cuenta que hice yo.

Me levanté. No por dignidad: porque en esa cocina, sentado, no se puede aguantar eso.

—Yo no puedo decidir eso hoy —dije.

—No te he pedido que decidas nada. —Se levantó ella también, cogió el paño y me lo tiró al pecho para que le secara cuatro platos, porque en esta casa las conversaciones se terminan trabajando—. Te he pedido una merienda.

Salí de la cocina a las cinco menos diez con la cara de un hombre que ha estado en la cocina.

El bar estaba exactamente igual que cuando entré, lo cual, en Casa Fina un domingo de agosto, es la prueba más clara del mundo de que llevaban veinte minutos sin hablar de otra cosa. Samu tenía el servilletero delante. Nunca supe de dónde lo sacó.

—¿Todo bien, capataz? —dijo, con una inocencia que no le he visto ni a su hijo.

—Todo bien.

—Es que se te oía la voz de tu madre.

—Se le oye a mi madre desde la ermita.

Y mi madre pasó por detrás de mí con la bandeja, me dejó delante la copita de anís que yo no había pedido, y siguió andando sin mirarme.

En esta casa el anís no es un obsequio. Es un peaje y se paga en información. Llevo desde junio bebiéndomelo y dándole las gracias.

Aquel domingo lo pagué.

—Me gusta —dije.

Dos palabras, en voz baja, a una mujer de espaldas, con el bar lleno y la charanga de las fiestas ensayando en la plaza para que no se me oyera nadie.

Mi madre no se paró. Dejó la bandeja en la barra, se secó las manos, se mojó el índice y se fue derecha a la libreta.

Pasó hoja. Trazó dos columnas con el canto de una tarjeta y escribió el título con su letra redonda de escuela antigua, y yo lo leí desde donde estaba porque esa mujer, cuando quiere que leas algo, escribe grande.

LA MERIENDA. ¿Sube la de arriba a merendar a esta cocina antes de las fiestas?

Sí — 2 a 1.

No — 2 a 1.

Y debajo, en la columna de los nombres, apuntó el primero.

No era Samu.

Era ella. Fina. Veinte euros, al sí.

Me acerqué a la barra despacio, como se llega a un sitio del que no te vas a poder ir.

—Tú no apuestas.

—Yo no me he puesto en una lista en mi vida.

—Ochenta euros ganaste el año que volví.

—Eso no fue apostar, eso fue cubrir. La banca cubre lo que no quiere nadie, y aquel año lo tuyo no lo quería nadie.

—Le sacó punta al lápiz con la navajita, sopló la viruta y se lo puso detrás de la oreja—.

El que lleva la libreta no se pone, hijo, porque el que se pone ya no es de fiar. Eso lo sabe hasta el alcalde.

—¿Y por qué te has puesto?

Levantó la vista del hule negro por primera vez en toda la tarde y me miró como me mira desde los seis años, cuando volvía del río con las rodillas hechas un mapa.

—Porque llevo cuarenta y un años cobrando de lo que hace la gente de este pueblo —dijo—, y hoy me apetece más ganar.

Y se fue a sacar las rosquillas antes de que se le pasaran.

Bajé al llano a las siete, que es lo que hago con los domingos que se me tuercen.

En la plaza, la charanga ensayaba el pasodoble de todos los años.

Habían empezado a colgar los banderines entre los balcones y el ayuntamiento tenía ya puesta la lona de las fiestas, con las mismas letras y el mismo dibujo desde que yo era pequeño.

La semana de antes del veintiuno, este pueblo entero se acuesta a las cinco de la mañana y no se puede hacer nada de noche sin que te vea medio mundo.

Y detrás de las fiestas, sin respirar, el jueves veintiuno, a las nueve, con un señor y una carpeta.

Me senté un rato en el pretil de la báscula, mirando el hangar cerrado.

Mi madre no me ha preguntado nunca por lo de hace nueve años. Yo siempre había creído que era por respeto, o por miedo, o por esa cosa nuestra de no tocar lo que quema.

Aquella tarde, bajando la cuesta, se me ocurrió por primera vez que a lo mejor lleva nueve años esperando a que se lo cuente yo.

Y se me ocurrió también la otra cosa, la que no tiene ninguna gracia y que no pienso decir en voz alta en esta base ni en ninguna:

que cuando por fin lo cuente, no va a ser en esa cocina.

Que va a ser en un hangar, de noche, a doce metros de un aparato apagado, y delante de la única persona de este valle que no me lo ha preguntado nunca.