Tierra, trágame (La Brigada 1) 15 · Valen
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15 · Valen

Un incendio se apaga con agua, con herramienta y con una sola voz. El agua la traigo yo. La herramienta la trae la cuadrilla. La voz no la trae nadie: se decide antes, en una mesa, con un plano doblado y un café malo, y después se respeta aunque se caiga el cielo.

El uno de agosto se nos cayó el cielo a las seis y cuarenta de la tarde.

Y a las seis y cuarenta y dos, en la frecuencia de aquel fuego, había dos.

Lo empezó el yerno de la Puri a las cuatro y diez, soldando la reja del corral del huerto de arriba con treinta y ocho grados y la hierba del ribazo como el papel de fumar. Una chispa, un ribazo, y el ribazo pegado a la cara este de la Loma del Aire.

Del yerno de la Puri hay que decir una cosa a su favor. Cuando Bosco le preguntó quién había sido, el hombre, blanco, con la careta de soldar colgada del cuello, contestó:

—He sido yo.

Andrés dejó la azada en el suelo y se quedó mirándolo con un respeto casi religioso.

—El primero en dieciocho años —dijo.

Y esa fue toda la comedia de aquel día, así que la apunto aquí, que después no hay.

Salté a las cuatro y veinte con la columna ya doblada.

La cara este de la Loma del Aire es matorral con pino disperso, sube limpia hasta el collado y baja sucia hasta la cabecera de las Zorreras, donde está el abrevadero, que en junio tiene agua y en agosto tiene barro y una decepción del tamaño de un camión.

Bosco repartió bien, y lo digo ahora que sé cómo acabó la tarde. Leti y Andrés al flanco de arriba, que es el que corría. Samu y Nico abajo, en la cola, cosiendo el borde que ya estaba frío. Ahí es donde un capataz pone al chaval al que se le sube el corazón a la garganta cuando el humo tumba.

Trabajamos dos horas y media de reloj. Yo cargaba en la Poza —un minuto y pico, entre los dos chopos, con el muerto a la izquierda— y le iba dando al flanco derecho mientras la línea de Leti subía.

Cada descarga con su despeje, cada despeje con su voz, tres, dos, uno, agua.

Eso funcionaba. Eso lleva funcionando desde el rastrojo del Onésimo y no ha habido que tocarlo.

A las seis y treinta y ocho, el cierzo pasó el collado.

La Loma del Aire se llama así por algo y Andrés me lo dijo el primer jueves, desde el aire, señalando con un dedo: aquí el cierzo entra bien y rola mejor, y cae al otro lado como el agua por un escalón .

Cayó. En treinta segundos el fuego dejó de subir y se tumbó hacia abajo, hacia la cabecera, buscando el barranco, con una lengua de cuarenta metros por delante que iba más deprisa que nadie que estuviera andando.

Desde donde yo estaba, todo se veía perfectamente. Ese es el problema de mi oficio: desde donde yo estoy siempre se ve todo, y a la gente que está debajo hay que contárselo por radio.

—Capataz, aquí Chicharra. Se ha tumbado. Tienes una lengua bajando hacia el abrevadero por el lado tuyo, y va a llegar antes que tu gente. Dame despeje en la cola y te la corto ahora.

—Recibido. Cuento.

Cuatro segundos.

—Tengo cuatro. Me falta Media Ración.

Nico se había ido tras un rescoldo saltado, ochenta metros por debajo de la línea, cerca del abrevadero.

Se había ido a hacer exactamente lo que hay que hacer.

Y llevaba la emisora en la mochila, porque Nico lleva la emisora en la mochila y la mochila del revés, y eso llevaba dos meses siendo un chiste.

Miré el reloj de combustible, que es la única cosa de la cabina que no negocia. Me quedaba un ciclo. Uno. Después había que bajar a la Poza, y la Poza son tres minutos, y en tres minutos aquella lengua estaba en el fondo del barranco con un chaval de veintiún años dentro.

—Lo tengo —dije—. Lo veo desde aquí, está en el borde del abrevadero. Capataz, esto es lo que hay: suelto en la lengua, a ochenta metros de él. Le va a llegar el borde. Que se tumbe boca abajo, con el casco puesto y la herramienta lejos, y acaba mojado y contándolo como en junio. Dame el despeje.

—Negativo.

—Repite.

—Negativo. No sueltas.

Y aquí es donde una tarde de trabajo se convierte en otra cosa.

Yo tenía cuarenta segundos de fuego y un solo ciclo de agua, y aquel hombre me acababa de decir que no sin decirme por qué. Y lo que hice fue lo que no se hace nunca, y lo hice a sabiendas, con la mano firme y la voz de trabajo, que es lo peor de todo:

—Cuadrilla de Valdecierzo, aquí Chicharra. Todo el mundo al suelo, boca abajo, casco puesto, herramienta lejos. Suelto en cuarenta segundos.

Un segundo entero de nada.

—Negativo —dijo él—. Cuadrilla, no os movéis de donde estáis. Chicharra, no sueltas.

Dos voces. En abierto. En la misma frecuencia en la que estaban la torre del Umbría, la central de la provincia y el jefe de sector, que llevaba media hora callado porque no le hacíamos ninguna falta.

Y después, silencio.

Un minuto y medio de silencio del mando de tierra. Lo sé con esa precisión porque lo conté, porque lo cuento todo, y porque un minuto y medio ahí no es un rato: es una unidad de medida.

La central preguntó dos veces. Valdecierzo, capataz, ¿me recibe. Nada. El jefe de sector entró a la tercera con la voz del que empieza a apuntar cosas. Nada.

Yo di una vuelta larga con el balde lleno y sin nadie que me lo autorizara, mirando desde doscientos metros a un hombre grande bajar una ladera de matorral a una velocidad que no le he visto a nadie, y a la lengua de fuego bajar por el otro lado, y a las dos cosas acercarse al mismo punto del mapa con una lentitud insoportable.

Llegó él antes. Por catorce segundos, o por veinte, o por lo que sea que dura eso cuando lo miras desde arriba sin poder hacer absolutamente nada.

Y a las dieciocho cuarenta y cuatro volvió la voz.

—Aquí capataz. Tengo cinco. Salimos por el sur.

Solté el agua donde ya no servía para nada, en la cabecera, por no perder el barranco entero, y me bajé a la Poza a por más, y para cuando volví la lengua había cruzado el camino y se había llevado por delante toda la línea que Leti llevaba tres horas abriendo.

Nadie se quemó. Nadie se cayó. Nos costó cuatro horas más, dieciocho hectáreas de matorral y una noche entera de rematada con linternas.

Y a las siete menos cinco, con la cuadrilla ya fuera y el jefe de sector todavía escuchando, apreté el botón.

—Capataz, aquí Chicharra. Para el parte.

Dieciocho cuarenta y uno, pido despeje. Dieciocho cuarenta y dos, se me deniega sin motivo.

Dieciocho cuarenta y dos y medio, el mando de tierra deja de contestar.

Vuelve a las dieciocho cuarenta y cuatro.

Un minuto y medio con cuatro personas en una ladera y ninguna voz encima de ellas.

Nada abajo.

—Y una cosa más, para que no haya dos versiones. Yo no vuelo con noes. Un no no es un dato. Si abajo manda una sola voz, esa voz me tiene que dar lo que ve, y me lo tiene que dar en el segundo en que lo ve. Si no, esto no es un dispositivo. Es una costumbre.

—Recibido —dijo él.

Nada más. Recibido.

Y en cuanto solté el dedo del botón supe que acababa de hacer algo que no se arregla con una descarga bien puesta.

Al abrevadero me llevó él, a las diez y media de la noche, cuando la rematada ya era cuestión de linternas y de paciencia.

No me lo pidió. Dijo «ven» y echó a andar, y yo fui detrás por el matorral quemado, con la linterna en la mano y ese crujido de después que suena a cáscara.

El abrevadero en agosto es barro, como está escrito en mi folio. Alrededor hay una plataforma de tierra pisada, buena, limpia, donde cualquiera diría que un hombre se puede tirar al suelo sin problema.

Bosco bajó por un lado, se metió tres pasos y levantó la linterna.

—Ponte aquí.

Me puse donde me dijo. Y desde donde me dijo, la plataforma no era una plataforma: era un labio. Justo detrás del sitio exacto donde estaba Nico, el terreno se acababa en un ribazo de piedra vertical, de dos metros largos, con el barro del abrevadero abajo y las piedras del barranco después.

Desde el aire, aquello es una línea. Una raya más oscura en una foto de tierra clara. Yo había pasado por encima de aquello veinte veces aquella tarde y no lo había visto, porque desde arriba no se ve, porque desde arriba nunca se ve, porque para eso está el que está abajo.

Una descarga desde abajo no es agua: es una pared que llega antes que el ruido. Me lo contó él en la Poza, sentado en la piedra del azud, en julio. Te tira el casco y te llena la boca de barro. A ochenta metros del centro te llega el borde y te tumba.

Y a Nico, con aquel labio a un metro y medio de los talones, el borde no lo habría tumbado. Lo habría tirado.

—Vale —dije.

—Vale.

Y no dijo nada más, que es lo que hace ese hombre en lugar de decir te lo dije : te lleva y te lo enseña, y te deja la linterna en la mano para que lo mires tú.

A la una menos cuarto de la madrugada estábamos los dos en la mesa de la nave con el parte de la operación entre medias, un flexo, dos cafés y un perro dormido debajo de la silla que no había participado en nada y opinaba de todo.

El parte lo firmo yo, porque la operación aérea es mía. Lo escribí entero: la hora de la chispa, las rotaciones, las descargas, el viento que roló a las seis treinta y ocho, la línea perdida, las hectáreas, la salida por el sur. Todo verdad y todo comprobable.

Y cuando llegué a la línea del mando de tierra, él alargó la mano y me quitó el bolígrafo.

Escribió con su letra de imprenta apretada, sin levantar la cabeza, cuatro renglones:

18:41. El capataz deniega el despeje al medio aéreo sin transmitir el motivo. 18:42. El capataz abandona el mando de tierra durante un minuto y medio para recuperar a un peón fuera de posición. La cuadrilla queda sin voz. Ninguna de las dos cosas se hace bien. Firmado: B. Ibarra, capataz.

Lo leí dos veces.

—Eso te lo van a leer en la provincia.

—Eso ya se lo han leído en la provincia esta tarde, en directo y en abierto. —Puso el capuchón—. Lo único que decido yo es si lo cuento con mi letra o con la de otro.

Me quedé un rato con los cuatro renglones delante.

Yo llevo toda la vida trabajando con hombres que en un papel escriben incidencia sin consecuencias . Nunca se lo he reprochado a ninguno. Yo sé mejor que nadie lo que cuesta escribir la otra cosa.

Cogí el bolígrafo. Él lo vio venir.

—No.

—Es mi parte.

—Valen. —Y lo dijo con la voz de la báscula, de las dos manos encima de la servilleta—. Eso lo escribes y te lo comen.

—Ya. —Escribí.

18:42. La piloto se dirige directamente a la cuadrilla sin pasar por el capataz e insiste en un despeje denegado. Se genera una segunda voz en tierra. Firmado: V. Ortiz, piloto al mando.

Y después dije en voz alta, numerado, que es la única manera que tengo de decir estas cosas sin que me tiemble nada:

—Uno: le hablé a tu cuadrilla por encima de ti, que es exactamente lo que tú me hiciste a mí treinta segundos antes, así que estamos en paz en lo tonto.

Dos: te discutí un despeje denegado, y esa regla la puse yo con mi voz el primer día que trabajamos juntos.

Y tres, que es la que me quita el sueño.

—Empujé el parte hacia él—. A las siete menos cinco te puse en abierto, en la frecuencia donde escucha el jefe de sector, justo el verano en que un señor con una carpeta está mirando con lupa a las unidades nuevas y viene el veintiuno a firmarte a ti.

Tenía razón en todo lo que dije y lo dije en el peor sitio del mundo.

Eso es lo que he hecho, y eso no lo arregla esta línea. Pero la línea te la debo.

Se quedó callado el rato que se queda callado él, que es el rato en el que otros contestarían tres veces.

—Yo tenía el dato y no te lo di —dijo—. Te dije que no y bajé corriendo, que es lo que hace un hombre y no lo que hace un capataz. Un capataz se queda arriba y manda a otro. —Se levantó, cogió el planning de la semana del corcho y le dio la vuelta—. Esto se acaba hoy.

Escribió en el dorso, con mayúsculas, y lo clavó en el corcho de la entrada con la chincheta roja, que es la que usa para lo que no se mueve:

SI EL CAPATAZ DEJA EL MANDO, LO DICE EN VOZ ALTA Y DICE QUIÉN LO COGE. POR DEFECTO, ANDRÉS.

—Eso no lo pide ninguna circular —dije.

—No.

—Lo va a leer toda la cuadrilla todos los días hasta octubre.

—Sí. —Se puso la emisora al hombro—. Ese es el precio.

Salimos de la nave a la una y veinte. Arriba, en la ladera, se veían moverse cuatro linternas y una quinta que se paraba cada dos por tres, que era Nico.

Yo me he peleado en frecuencia con gente muy buena y con gente muy mala, y después pasa siempre una de dos: o no se vuelve a hablar del asunto, o se habla durante cuatro campañas.

Aquella noche nos habíamos escrito el uno al otro una línea que nos podía costar el trabajo, las dos estaban firmadas y ninguna de las dos era un favor.

Un casi es un dato. Dos casis son una avería.

Esto no era ninguna de las dos cosas. Esto era la primera vez en mi vida adulta que yo miraba a un hombre y sabía, con la seguridad con la que se sabe el peso de un depósito, que ahí abajo no iba a tener nunca una sorpresa.

Y resulta que eso, en mi oficio, es lo más parecido que existe a querer a alguien.