14 · Bosco
Al piloto del avión de carga de esta provincia todo el mundo lo llama el canario y nadie sabe por qué.
Unos dicen que es de las islas. Otros, que es por el avión, que es amarillo.
La Puri sostiene desde hace cuatro años que es por lo que canta cuando le entra el vino, y la Puri lo ha oído cantar una vez, en una boda, hace ocho.
Él no corrige a ninguna de las tres versiones, que es la manera más barata que existe de tener tres biografías.
Llegó el lunes veintiocho de julio, a media mañana, en un coche blanco lleno de polvo, y venía a lo que viene ese hombre a las bases antes de agosto: a coordinar.
Que traducido quiere decir que el avión y el helicóptero de una comarca tienen que ponerse de acuerdo en quién entra primero, por dónde sale cada uno y a quién le habla la cuadrilla cuando están los dos encima.
Eso, en los papeles de la provincia, son dos folios.
En la práctica es una conversación entre dos pilotos y un capataz, y de esos tres, dos hablan el mismo idioma.
—¡La cuadrilla de Valdecierzo! —dijo, dando la mano a los cinco por orden de aparición—. A vosotros os conozco de oídas. Sois los del cortafuegos de la loma.
—Somos los del cortafuegos de la loma —confirmó Samu, encantado de existir.
—Eso desde el aire se ve, ¿eh? Se ve tanto que cansa. Yo paso por encima de esta comarca cuatro veces al año y siempre digo lo mismo: ahí abajo hay alguien que trabaja en marzo.
Y ahí, con dos frases y sin haberse quitado las gafas de sol, aquel hombre me cayó bien, que es exactamente lo que yo no necesitaba aquella semana.
Porque el canario no es un chulo. Ojalá.
Un chulo se aguanta de pie, con los brazos cruzados y cara de capataz.
El canario es un tío de cincuenta años, con las manos manchadas y la camisa por fuera, que se sabe el nombre de todos los pilotos de tres provincias, que se aprendió el de Leti a la primera y el de Nico a la segunda, y que cuando le enseñas una base a medio hacer no dice «vaya» sino «pues el hormigón lo habéis puesto bien».
Y después vio a la piloto cruzar la pista con el casco en la mano y se le abrió la cara como se le abre a un hombre que se encuentra a alguien de su gremio en mitad del monte.
—¡Anda! ¿Tú eres la del charco?
—Soy la del charco.
—¡La del charco entre dos chopos! —Se dio media vuelta hacia nosotros, con los brazos abiertos, tomándonos de testigos—.
Esto lo cuentan en la base grande y no se lo cree nadie.
Que se metió en un azud de nada, con el balde, once veces, con el fuego subiendo.
Y yo digo: o es una inconsciente o es muy buena.
—¿Y qué has decidido? —dijo ella.
—Que eres muy buena, mujer. Los inconscientes no cuentan los ciclos.
Se rió él, se rió ella, se rió Samu, que se ríe por contagio y por vocación.
Y yo me quedé donde estaba, que era a doce metros.
Doce metros es mi distancia de toda la vida. Está escrita en una servilleta con mi letra y con mi medida, hay una barandilla amarilla atornillada al hormigón para recordármela y llevo nueve años administrándola como quien administra una gotera.
Aquella mañana, por primera vez en mi vida, los doce metros no eran del aparato.
El canario se quedó tres días. Y el pueblo, que lleva desde junio pendiente del hangar, se olvidó del hangar en dos horas.
Es que traía todo lo que a Valdecierzo le gusta: era de fuera, contaba cosas, sabía nombres y bebía de pie.
La Encarna le sacó una silla. La Puri le preguntó por lo de la boda.
Onésimo le explicó lo de la carretera de la ermita con el mismo entusiasmo con el que se lo explica a todo el que pasa desde hace ocho años.
Y a la piloto la trataba como se tratan entre ellos, que es lo que a mí me pasaba por dentro como una lima: sin bajar la voz, sin pedir permiso, con confianza de oficio.
Le preguntaba cosas que yo no sé preguntar.
Le contaba historias en las que ella entendía la mitad que yo no entiendo.
Se reían de un jefe común que los dos conocen y del que yo no sé ni el apellido.
Y coqueteaba. Claro que coqueteaba. Delante de todo el mundo, con ese desparpajo de gremio de la gente que se pasa la vida moviéndose de base en base y ha aprendido que las cosas o se dicen ese día o no se dicen. Nada feo, ojo. Nada que a nadie le diera vergüenza ajena, y por eso era peor.
El martes por la tarde acabamos todos en Casa Fina, que es donde acaba todo.
Mi madre le puso la caldereta sin preguntar y él se levantó a llevar los platos de la mesa a la barra, cosa que en esta casa vale más que un currículum.
Nico le estaba enseñando su libreta —su libreta, la de los poemas, que Dios y Leti sigan sin verla— para preguntarle no sé qué de los aviones.
Leti lo interrogaba sobre por qué las descargas del avión les llegan siempre torcidas cuando hay viento. El bar entero, feliz.
Y el canario, en un momento, se volvió hacia la barra y dijo la frase.
—Fina, ponme otro. Y a la piloto, lo que tome la piloto, que invito yo.
Y contesté yo.
—Solo, doble, en vaso. Taza no.
Lo dije sin pensar, con la naturalidad de quien dice la hora. Lo dije rápido, además, antes que nadie, con la eficacia de un hombre que lleva dos meses viendo a alguien pedir café todas las mañanas y que un día descubre, en mitad de un bar lleno, que lo tiene aprendido de memoria.
Se hizo un silencio.
No un silencio de película, que aquí no se calla nadie del todo.
Fue medio segundo de bar, uno de esos huecos que se abren cuando alguien dice una cosa normal en el sitio exacto en el que no era normal.
La Encarna dejó de hablar. Mi madre no levantó la vista del mármol y alargó la mano hacia el lápiz que lleva detrás de la oreja.
El canario no se enteró de nada, porque estaba de espaldas y porque era el único de aquella habitación que no llevaba dos meses estudiándome.
—Solo, doble, en vaso —repitió, tan contento—. Marchando.
Leti, que estaba enfrente, se metió media rosquilla en la boca y siguió comiendo sin decir una palabra, que viniendo de Leti es una ovación de pie.
Y a mi derecha, apoyado en la esquina de la barra, con la caña en la mano, estaba Samu.
Samu, que da fe de lo que no ha visto. Samu, que le puso mote a Leti sabiendo lo que le iba a costar. Samu, que llevaba desde junio con dos euros puestos a «otra cosa» y que en aquel momento tenía delante, servida en bandeja, la mejor ocasión de su carrera.
Me miró. Yo lo miré.
Y no dijo nada.
Bajó los ojos a la caña, le dio un trago larguísimo y se puso a mirar la tele, que estaba apagada.
Por segunda vez en un mes, el Notario de Valdecierzo se quedó sin declarar. Y esta vez no fue un segundo y medio: fue toda la noche.
Mi madre, mientras tanto, se había ido a la caja. Se mojó el índice, pasó hoja, y desde donde yo estaba vi perfectamente la página abierta, la de siempre, la del hangar, y vi cómo tachaba una cifra y escribía otra encima.
Otra cosa — 1 a 10.
Uno a diez es lo que se le paga a lo que ya no es una apuesta. Uno a diez es una cuenta.
Samu, sin moverse del sitio y sin mirarme, hizo su último servicio a la patria:
—Fina, abre página del canario. Que se lleva a la de arriba.
—Cincuenta a uno —dijo mi madre, escribiéndolo.
—¿Cincuenta?
—Cincuenta. —Le sacó punta al lápiz con la navajita—. Y el que quiera perder cincuenta euros, que se ponga.
Se puso Nico. Dos euros. «Por si acaso», dijo, y Leti lo miró con una cara que le va a durar al chaval hasta septiembre.
Y a mí, mi madre no me dijo absolutamente nada. Ni una pulla, ni una copita de anís, ni «hijo». Nada.
En esa casa, eso es un titular.
El miércoles cerramos la coordinación en la mesa de la nave, con los dos folios de la provincia y un plano de la comarca encima.
Y ahí el canario fue lo que es: bueno. Muy bueno. En cuarenta minutos dejó dicho todo lo que hay que dejar dicho.
Y de paso dejó caer lo otro, sin darle importancia, mientras doblaba el plano.
—El veintiuno os cae Requena aquí, ¿no? Pues avisados quedáis: este año a las unidades de nueva dotación las está mirando con lupa. Como firma él, responde él. —Se encogió de hombros—. A mí me hizo repetir un ejercicio con cuarenta y dos años y media vida volando, y tenía razón.
Nadie de aquella mesa le vio nada raro a la frase. Es una frase normal. Es hasta amable.
Después volvió al plano, y una cosa la dejó dicha dos veces.
—Lo importante, cuando estamos los dos encima, es que abajo mande una sola voz.
Una. Si yo entro y me habla el capataz, y a ella le habla el jefe de sector, y el jefe de sector oye al de la torre, la que se lía no la arregla el agua.
—Golpeó el plano con el dedo—. Una voz. Y que sea siempre la misma, aunque ese día tenga razón el otro.
—El capataz —dijo la piloto, sin levantar la vista del plano.
—El capataz —confirmó él—. Con los tuyos me vale, que se os oye bien. Con otros he tenido que apagar la radio.
Se firmó. Se acabó. Y ya en la puerta, con las llaves del coche en la mano, soltó la puntilla. No con maldad: con esa condescendencia cariñosa de la gente que cree que te está haciendo un favor.
—Y tú, ¿hasta cuándo estás en este charco? —Le dio con el codo, amistoso—. Que lo digo en serio. Una base grande te ficha en dos semanas si mueves un papel. Aquí tienes cuatro horas de vuelo al mes y un hangar con dos escobas.
Se me pusieron las manos frías. No de las de mi avería: de las otras.
Y ella se apoyó en el marco de la puerta, se cruzó de brazos y contestó con la voz de trabajo, esa que tiene todo el aire fuera antes de hablar.
—El charco tiene dos metros y medio de agua todo el verano.
El canario se rió. Le dio una palmada en el hombro, dijo que era un caso, se subió al coche y se fue.
No entendió nada, claro. No tenía por qué. Aquella frase no era para él.
Aquella frase era una poza que no sale en ningún plano, un camino de burros donde se acaba la emisora y un chopo muerto en la punta de la izquierda.
Aquella frase la sabíamos dos personas en el mundo entero, y una de las dos se quedó en la puerta de la nave mirando cómo se iba un coche blanco y notando en el pecho una cosa que no había notado nunca y que no pienso escribir con su nombre.
Me quedé fuera hasta que se hizo de noche, poniendo el planning de la semana en el corcho, que es lo que hago con las manos cuando no sé qué hacer con lo demás.
Andrés apareció por donde aparece Andrés, que es de ninguna parte, con la azada al hombro y el paso de siempre.
Se quedó mirando el corcho conmigo un rato.
—Buen piloto —dijo.
—Sí.
—La nuestra es mejor.
—Sí.
Cinco segundos.
—Y lo sabe todo el mundo menos uno.
Levanté la cabeza.
—¿Menos quién?
Andrés se dio un golpecito, muy suave, en la oreja izquierda.
—Por este oído no oigo nada.
Y se fue a dejar la azada, con esa manera suya de decir las cosas y llevarse la herramienta antes de que te dé tiempo a contestar.
Terminé el planning. Puse a Leti y a Andrés en el flanco de arriba, que es el que corre.
Puse a Nico en el de abajo, con Samu, que es el sitio donde un capataz pone al chaval que se le sube el corazón a la garganta cuando el humo tumba.
Lo escribí, lo miré y lo repasé con el bolígrafo, marcando la letra dos veces, que es lo que hago con lo que ya he decidido antes de pensarlo.
Dieciocho años decidiendo quién va a cada sitio en este valle. Es lo único que sé hacer, y hasta ahora me había servido para todo: para mi cuadrilla, para el veintiuno de agosto, para lo mío.
Lo que pasa es que ahora hay una persona a la que no puedo poner en ningún sitio, porque no la manda mi bolígrafo: la mandan el aire, la compañía y un papel que no he escrito yo.
Y esa persona, cuando el monte se ponga feo de verdad, va a estar encima de nosotros, sola, con el balde lleno.
Aquella noche no bajé al hangar. No tocaba clase.
Bajé igual, y me quedé un rato en el punto de espera, con la mano encima del tubo amarillo —encima, apoyada, que aquella noche no me hacía ninguna falta—, contando cabezas de memoria como un idiota.
Cinco. Siempre cinco.
Y desde julio, sin permiso de nadie y sin que figure en ningún parte, seis.