13 · Valen
En campaña no existe el día libre. Existe el día en el que todavía no ha ardido nada, que es otra cosa y se disfruta con la emisora en la mesa.
A mí me tocaba uno el sábado veintiséis de julio, y el «mañana te llevo a la Poza» que aquel hombre me dijo en el corralillo de Casa Fina se había convertido en once días.
Tres de rematar la Hoya, que es lo que nadie cuenta de los incendios: cuando el pueblo ya ha terminado de contarlo en el bar, la cuadrilla sigue arriba dándole a la azada.
Dos de retén por una tormenta que no llegó.
Y uno que se cayó porque la familia del Modesto le escondió la desbrozadora y el hombre montó tal escándalo en la plaza que hizo falta Marga, y donde hace falta Marga hace falta público.
Once días para pagar una salida a pie. Le llevaba la cuenta en la tablilla, y no por rencor: por procedimiento.
—Tres clases, tres salidas. Me debes tres —le dije en la báscula, a las siete menos veinte de la mañana.
—Dos. La primera te la pagué el veinte de junio.
—Me hiciste subir el cortafuegos entero con la azada.
—Y en el último tramo ya no me preguntabas dónde estaba el norte. —Se colgó la mochila—. Eso fue una clase, piloto. Que fuera cuesta arriba es cosa del monte.
Al camino del molino se entra por detrás de la báscula, por un hueco entre dos zarzas que no parece un hueco. No sale en mi folio ni en ningún plano que se pueda pedir por escrito: el que lo abrió lo abrió para bajar sacos a lomo de burro, y nadie ha considerado nunca que eso fuera información.
Hora y media. Yo lo hago en poco más de un minuto por el aire, y esa frase, dicha con la mochila puesta al empezar la cuesta, es una tontería de la que me arrepentí a los veinte minutos.
Porque yo ando rápido y él anda despacio, y a la media hora yo iba detrás.
Ese hombre no acelera y no se para. Sube con un paso corto, casi de anciano, que en llano parece una broma y a los cuarenta minutos de cuesta te ha dejado atrás sin despeinarse. Cada tanto decía algo. No conversación: instrucciones.
—Pisa donde yo pise, que esa piedra baila.
—De ese caño no bebas. Bebe cien metros más arriba, donde le da el sol.
—Para. Escucha. —Y esperó cuatro segundos enteros—. ¿Oyes el agua?
—No.
—Pues está a doscientos metros. Aquí abajo el barranco se traga el ruido igual que se traga la emisora.
Miré la emisora. Tenía la luz puesta y nada más. Probé a la base: nada. Probé a la torre: nada. Doscientos cincuenta metros de camino, desde la curva del molino hasta el segundo recodo, en los que un hombre con una radio en la mano está tan solo como si estuviera en el mar.
Lo apunté donde apunto lo que algún día va a hacer falta a las cuatro de la tarde de un día malo. En el barranco del molino no hay emisora.
—¿Lo sabe la cuadrilla? —pregunté.
—Lo sabemos los que hemos subido a por agua con dieciocho años. —Apartó una rama del camino, y la apartó del todo, arrancándola, en vez de esquivarla como habría hecho cualquiera—. Si un día te pasa, subes treinta metros por la izquierda hasta la peña y desde ahí te oye hasta el alcalde.
Eso es lo que hace ese hombre en vez de hablar del tiempo: te va dando salidas.
A la hora de camino paró en un rellano sin nada especial y me dijo que le diera la mano.
—¿Perdona?
—Que me des la mano. La derecha. —Y me puso en la palma un puñado de hojarasca de encina del suelo—. Cierra.
Cerré. Sonó a papel de estraza, se deshizo entera y me dejó polvo entre los dedos.
—Otra vez. Ahora de debajo del enebro.
Esa crujió menos, se dobló antes de partirse y me dejó la mano fría.
—Pues esa diferencia es todo mi oficio —dijo—. Lo que se parte de golpe se enciende de golpe; lo que se dobla te da tiempo. Tú desde arriba ves un matorral verde y otro matorral verde, y me estás echando el agua igual en los dos.
—Y no son lo mismo.
—No son ni el mismo mes. —Se sacudió las manos—. Coge una rama, la que sea, y pártela. Si suena, hoy no se come tranquilo.
Me pasé veinte minutos partiendo palos y estrujando hojas como una idiota entusiasmada, y me di cuenta de dos cosas.
La primera: que aquel método era el mío.
A las manos hay que darles un trabajo. Se lo dije yo a él en un hangar a la una y media de la madrugada, y el tío lo cogió, se lo llevó a su idioma y me lo estaba devolviendo cuesta arriba con hojarasca.
Un capataz es un hombre que roba herramienta buena y no la devuelve nunca.
La segunda es peor de admitir. Llevo doce años volando y en mi cabina mando yo, y no lo digo por presumir: es la única manera de que un aparato baje entero.
Aquella mañana no mandaba yo. Mandaba él: dónde pisaba, dónde bebía, cuándo paraba.
Y a mí, que discuto un despeje con un jefe de extinción sin pestañear, aquello me estaba gustando de una manera que no pienso desarrollar por escrito.
El punto tres de la servilleta dice que dentro del aparato y a menos de doce metros mando yo, y fuera, el capataz.
Lo escribió él con su letra y yo lo firmé pensando en un hangar.
Nunca lo había leído como lo leí aquella mañana, subiendo por un camino de burros detrás de un hombre que me enseñaba a partir palos.
La Poza del Molino, desde abajo, no se parece en nada a la Poza del Molino.
Desde el aire es un charco negro debajo de un azud de piedra, con dos chopos como dos porterías y sitio justo para el balde.
Desde el camino es un anfiteatro de piedra con el azud viejo cerrando el fondo, el agua verde oscura, la sombra fresca de las diez de la mañana y un ruido de agua que se oye antes de llegar y que, según el señor de las instrucciones, no se oía doscientos metros más abajo.
Me quedé quieta mirando hacia arriba. Los dos chopos, de raíz, son enormes, y el de la izquierda está muerto de verdad: gris, sin una hoja, con las ramas de arriba partidas.
—Cabías —dijo, y en la voz le había algo que no le había oído nunca: orgullo profesional ajeno.
—Cabía justo.
—Once veces justo. Yo lo veía desde el flanco derecho cada tres minutos, y cada tres minutos pensaba que esta vez te llevabas el chopo.
—Yo también.
Se rió. Es una risa rara la suya, de dos golpes, como si le costara dinero.
Después me bajó a la orilla y me enseñó el sitio: por dónde entra el agua y por qué no se enturbia, y el ribazo de la derecha, que desde el aire es una línea y desde abajo son dos metros de piedra vertical contra la que se parte la espalda el que salga corriendo sin mirar.
Y el molino, que es medio molino, con la muela caída y una higuera creciéndole dentro como una okupa.
Y me contó, sin que se lo pidiera, cómo es una descarga desde abajo.
—No es agua. Desde abajo es una pared que llega antes que el ruido. Te tira el casco, te llena la boca de barro y te deja sordo un minuto largo. Al chaval, en el rastrojo, le dio el borde y lleva desde junio contándolo de risa. Si le llega a dar el centro, no lo cuenta con esa gracia.
—Por eso pido despeje.
—Por eso yo cuento cabezas. —Metió la mano en el agua y se la sacudió—. Cada uno cuenta lo suyo, piloto. Lo que pasa es que tú ves lo que yo no veo y yo veo lo que tú no ves, y en medio hay treinta segundos en los que no hay nadie.
Llevo cuatro campañas soltando agua encima de gente. Es mi trabajo, lo hago bien y no me tiembla el pulso. Aquella mañana aprendí que llevaba cuatro campañas haciéndolo sin haber estado nunca debajo.
Nos bañamos. Eso también hay que contarlo, brevemente y sin poner cara de nada: hacía treinta y ocho grados, había dos metros y medio de agua fría y llevábamos hora y media subiendo. Cualquier persona sensata se habría tirado antes.
El fondo era piedra limpia. Él nadó hasta el azud y volvió con esa manera de nadar de los que aprendieron en un río: mucho brazo, ninguna técnica y una eficacia de mula. Yo me subí a la piedra plana de la orilla a escurrirme la trenza.
Tiene el monte escrito encima: una cicatriz vieja en el hombro, la de la ceja, un mapa de arañazos de zarza en los antebrazos y las manos más castigadas que he visto fuera de un taller. No hay una sola parte de ese hombre que no haya pagado por algo.
Y él me miró la pierna.
Yo llevo una quemadura en la pantorrilla, del tamaño de una moneda grande, de un tubo de escape, de hace seis años y de una noche en la que estaba cansada e hice mal una cosa que sé hacer bien. Todo el que la ve pregunta. Todo el mundo. Es una ley física.
Él la miró un segundo, apartó los ojos y me alcanzó la camiseta desde la piedra.
—Se seca antes si la extiendes al sol.
Punto cinco. No se pregunta por qué. Ninguno de los dos.
Y yo, que escribí esa línea con la intención honrada de protegerlo a él, descubrí sentada en una piedra con la ropa mojada que aquella cláusula la había escrito también para mí sin darme cuenta.
Ahí bajé la velocidad. Cuando algo me toca de verdad hablo más despacio. Es mi avería y la conozco.
—¿Tú no preguntas nunca?
—Yo pregunto cuando la respuesta cambia lo que hay que hacer hoy. —Se pasó las manos por la cara, echándose el agua para atrás—. Lo demás lo cuenta la gente cuando quiere. Me lo enseñó una piloto en un hangar y llevo un mes usándolo. Da un resultado excelente.
Comimos en la piedra del azud, con dos bocadillos envueltos en servilletas de Casa Fina y con la sombra del chopo muerto, que es la única sombra que da un árbol seco: una sombra a rayas, mala, que se mueve sin viento.
Y luego pasó lo del mapa.
Le pedí que me dibujara el camino del molino, porque yo necesito los sitios en papel o no existen, y él sacó el bolígrafo de los plannings y me lo dibujó en la servilleta: el azud, los dos chopos, el recodo, la peña de los treinta metros por la izquierda. Y para explicarme la peña me cogió la mano.
Me la cogió como se coge una herramienta: sin ceremonia, por la muñeca, para ponerme la palma contra la piedra del azud.
—Nota la piedra. ¿Fría?
—Fría.
—Pues el aire de este barranco a las cinco baja, no sube, y eso te lo dice la piedra y no te lo dice ningún parte. Si algún día hay humo aquí abajo, te va a…
Y se calló.
Se calló porque se había girado para mirarme mientras me lo explicaba y ya no estaba explicando nada. Tenía mi muñeca en su mano, el sol de la una entrando por el hueco de los chopos y la cara a veinte centímetros de la mía por segunda vez en once días.
Y esta vez no era un corralillo de cuatro metros con una puerta detrás: estábamos a hora y media del pueblo, en un sitio que no sale en los planos, sin emisora, sin público, sin Samu y sin ninguna excusa.
Lo vi venir como veo entrar el viento en un valle, con tiempo de sobra para corregir. No corregí, y él tampoco, y llegamos los dos a esa distancia en la que ya no hay maniobra posible.
Del azud, tres metros por encima de nuestras cabezas, cayeron cuarenta kilos de perro.
Butano entró en el agua como entra un saco de cemento desde un andamio, con las cuatro patas separadas y una cara de felicidad absoluta, y levantó una ola que nos dejó a los dos empapados, con el bocadillo flotando y la servilleta del mapa hecha una pasta gris.
Emergió, nadó hasta nosotros y lo primero que hizo, con todo el barranco para elegir, fue apoyarme las patas en las rodillas y lamerme la barbilla de abajo arriba, metódico, igual que el primer día en el helipuerto.
Bosco lo miraba con la boca abierta.
—Ha subido detrás de nosotros.
—Hora y media —confirmé.
—Yo lo he dejado en la nave a las siete menos veinte.
—Pues o le han abierto la puerta o la ha abierto él, y en los dos casos hay un testigo.
Porque eso es lo que era. Ese perro firmó una servilleta en junio con el hocico y Bosco le escribió al lado, con toda la seriedad del mundo, testigo .
Y un testigo, en un pueblo de ochocientas personas, no es un animal simpático que baja mojado por la báscula un sábado a las cinco: es una firma con patas.
Media comarca iba a saber al día siguiente que el perro del capataz había pasado el día en el monte, que el capataz también y que la de arriba no había volado.
Bajamos con la ropa secándose encima y el perro delante, y en el tramo de los doscientos cincuenta metros donde no hay emisora fuimos los dos callados, que fue lo único inteligente que hicimos en todo el día.
Yo iba haciendo mi cuenta, que es lo que hago siempre.
Un camino que no está en ningún plano. Un tramo sin radio, con su salida por la peña de la izquierda. Un ribazo de dos metros que desde el aire es una línea. Una manera de saber, cerrando la mano, si el monte de hoy te da tiempo. Todo eso, en agosto, puede valer más que una hora de vuelo.
Y me llevaba una cosa más, que no cabe en ninguna casilla.
Aquel hombre no vuela. Yo no sé leer una ladera con la mano. Y hoy hemos estado seis horas enseñándonos el idioma del otro sin que ninguno tuviera la tentación de traducir.
Un casi es un dato. Se puede no apuntar. No hay casilla, no hay hora y no hay nadie que lo firme.
Dos casis, en mi oficio, ya no son un dato: son una avería que no se arregla mirándola.
Y de esta, además, hay testigo.