Tierra, trágame (La Brigada 1) 12 · Bosco
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12 · Bosco

En Valdecierzo hay tres horas al año en las que un ladrón podría llevarse los bancos de la iglesia y volver a por el retablo. Son las de la final del mus.

Se juega el último domingo de julio en Casa Fina, dieciséis parejas y cuatro mesas, con el bar lleno hasta la puerta y la puerta abierta para los de la calle, que son más y hacen el triple de ruido.

Mi madre no cobra la primera consumición, y en este pueblo lo que se da gratis se respeta como una misa: durante tres horas aquí no mira nadie nada que no sea una mano de cartas.

Yo la juego con Andrés desde hace catorce años. La hemos ganado dos: el año del granizo y el año que se casó Samu.

—Este año no juego —le dije el jueves, en el cortafuegos.

Andrés le dio dos veces a la azada.

—Vale.

Y a los cinco segundos, sin levantar la vista:

—Con la Encarna.

Ese hombre me había buscado sustituta antes de preguntarme por qué. En la cuadrilla creen que Andrés habla poco. Andrés habla lo justo para que te enteres de que ya lo sabe.

A las ocho y media bajé la cuesta con el bar reventando por las ventanas.

—¿Y tú dónde vas? —dijo mi madre desde la puerta, con la bandeja en alto y dieciséis parejas esperándola.

—A la nave. A por unos partes.

—Los partes te los saca la máquina sola, hijo.

—Pues voy a ver cómo los saca.

No contestó. Se metió para dentro con la bandeja y me dejó la cuesta entera para mí solo, que es la manera que tiene esa mujer de decirte que ya te ha pesado.

Abajo, el llano estaba de ese color que se le pone al valle la última media hora de julio: rastrojo naranja, sierra morada, el calor del día subiendo del suelo como sube de una plancha.

La base, vacía. Ni un coche, ni el camión-taller de Ginés, ni una luz en la nave.

Y en el centro de la hache, fuera del hangar por primera vez en una de nuestras noches, la Chicharra.

A Butano lo encerré en la nave con un hueso y con una opinión, que expresó durante veinte minutos.

La piloto estaba terminando la vuelta al aparato con la tablilla debajo del brazo. En la tablilla, arriba, en mayúsculas: CLASE 3.

—El punto uno dice de noche —dije, por si colaba.

—El punto uno dice sin público. Lo de noche era para eso. —Cerró un panel y le pasó la mano plana por encima—. Para el escalón tres necesito luz y necesito el aparato fuera, y el aparato fuera y de noche en esta base es una linterna en mitad del valle.

—¿Lo escribimos?

—No. Esto no es una cláusula, es una hora. —Me miró—. ¿Cuánto dura una final de mus?

—Tres. Tres y media si llega Onésimo a la última mesa, que juega despacio para que le den conversación.

—Pues eso tenemos.

—Esto va a dejar rastro —dije, señalando el aparato con la barbilla—. Combustible, horas, el papel de Ginés.

—Va a dejarlo. Por eso he abierto una prueba de motor y reconocimiento local. La firmo yo, la cierro yo, y va a ser verdad entera: cuando terminemos, hago el reconocimiento. —Se colgó el casco del brazo—. Yo no firmo hojas a medias.

Llevo nueve años administrando lo mío con un bolígrafo: tacho un nombre, escribo otro, y el que paga soy yo. Aquella noche, en la hoja de mi avería iba a haber por primera vez una firma que no era la mía. Y era la de una mujer con un expediente durmiendo en un cajón a doscientos kilómetros.

Se me ocurrieron dos frases muy dignas para decir eso en voz alta y no dije ninguna. El punto nueve lo escribí yo solo, con la mano tapando media línea; un hombre que escribe esa cláusula no tiene derecho a ponerse tierno cuando le toca cobrarla.

Le debía un camino, además, desde el quince de julio. Después de aquella noche le iba a deber dos.

—Derecha —dijo—. Hoy sí toca el tuyo.

Subí. Le di al marco con la frente, porque el marco es el marco, y ella no dijo nada, que es su manera de decir mucho.

El asiento de la derecha huele a plástico caliente y a jabón industrial, y tiene el cristal delante y el cristal debajo de los pies, que es un detalle de diseño que yo no le perdono a nadie.

El arnés lo pasé, lo crucé y lo metí en la hebilla sin tensarlo de un manotazo. Esa parte la tenía aprendida a base de vergüenza.

—Comprueba que abre.

Apreté con dos dedos y abrió sola, con un chasquido tonto y limpio. Un mes antes, esa hebilla mordida me había costado media dignidad y treinta llaves de Ginés por el suelo.

Me puso el casco, me dio con los nudillos en el lateral para que me lo encajara y me enchufó el cable del intercomunicador. Y entonces su voz me entró por dentro, cerca, en el hueso, igual que me entra en un fuego cuando la tengo a doscientos metros de altura.

—¿Me oyes?

—Te oigo.

—A partir de ahora hablamos por aquí. —Un botón, otro botón—. Punto dos: no me salto nada. Hoy es el tres. El tres es esto en marcha, contigo dentro, los patines en el suelo. Ni un dedo más.

—Vale.

—Y una cosa antes de arrancar, que te la debo desde junio. —Se giró en el asiento—. En la primera clase me dijiste que ahí dentro tú eras peso. Ya está: ahí dentro no vas a ser peso. Vas a tener un puesto, y el puesto tiene nombre.

—¿Cuál?

—Tú me cantas el suelo.

Sacó del bolsillo de la pernera un folio doblado en cuatro y me lo puso en las manos. Lo conocía. Lo había escrito yo, en junio, en la mesa de la cocina de mi madre, dictado por Andrés: dos columnas, los nombres del mapa a la izquierda y los de verdad a la derecha.

—Todo lo que veas por ese cristal, con el nombre que le pone el pueblo, en voz alta, según lo veas. —Se puso el casco—. No me digas cómo estás. Dime qué ves.

—¿Y si me callo?

—Si te callas, corto. Mientras hables, no eres peso. —Y añadió, como quien añade un renglón a un parte—: Y el día que lleves gente detrás, me cantas las cabezas. Las cabezas también son suelo.

Y arrancó.

Un aparato de estos no se enciende: se despierta por partes, y cada parte avisa.

Primero las agujas, que ya las conocía de la clase dos.

Después un silbido fino, de tetera, por debajo de todo lo demás.

Después la primera pala, que pasa por delante del sol de las nueve como pasa una mano por delante de una vela: sombra, luz, sombra, luz, con una pereza que no se corresponde con nada de lo que va a venir. Y luego la pereza se acaba.

El ruido no entra por las orejas; eso lo sabía desde el rastrojo, cuando la sombra nos cruzó la carretera: se oye con las costillas.

Lo que no sabía es lo que hace por dentro.

El asiento vibra en una frecuencia que te sube por la espalda hasta los dientes, el cristal tiembla, el valle tiembla al otro lado del cristal, y todo lo que hay en el mundo se pone a girar encima de tu cabeza.

El pecho hizo su puño. De los grandes. Las manos se me quedaron frías con treinta grados de julio metidos en la cabina, y noté con toda claridad el sitio exacto del cuerpo donde nueve años tienen guardada la llave.

—El poste —dije.

—Recibido.

—El poste de la esquina de la nave. La manga de viento, caída, que no hay aire. El camino de la báscula. Los dos pinos de la curva.

—Recibido.

Y me puse a cantarle el suelo.

Le canté el camino viejo, que es el VC-4 del mapa y la vergüenza del alcalde.

Le canté los Cañamares vacíos, la era de la ermita, el llano verde que parece bueno y es un bizcocho.

Le canté la Loma del Aire con el sol de canto, la Hoya del Herrero negra desde el quince, la Solana del Cura y, arriba, cerrando, el collado de la Cruceta.

Le canté el pinar de la umbría y mi cortafuegos, que a esa hora tenía una sombra propia de veinte metros subiendo derecha hasta el collado.

No sé cuánto estuve hablando; después me dijo que once minutos. En mi vida he hablado tanto de un tirón ni en la boda de Samu.

Y en algún punto me di cuenta de dos cosas.

La primera es que no me daba tiempo a tener miedo. Un hombre que está buscando un nombre no está haciendo otra cosa: eso lo sé desde que le doy órdenes a Nico para que no se le pongan las manos tontas.

La segunda es la que me llevé a casa. Que aquella voz que me contestaba «recibido» dentro del casco era la misma de todos mis fuegos, la de la linde de los almendros, la que cuenta tres, dos, uno; y que por primera vez en dieciocho años yo estaba al otro lado de la radio.

Y al otro lado de la radio no hay una máquina cara y unos jefes con calculadora: hay una mujer sentada a un palmo de ti, sujetando con la mano izquierda una cosa que pesa ochocientos kilos y que quiere caerse.

—El tres está hecho —dijo—. Ahora el cuatro.

—El cuatro es el estacionario.

—El cuatro es el estacionario. Un metro. Treinta segundos. Y no me estoy saltando nada, capataz: el cuatro va después del tres, y el tres lleva once minutos hecho.

Miré el folio que tenía en las manos. Miré el suelo de mi valle al otro lado del cristal, a un palmo de mis botas, con las piedrecillas del helipuerto empezando a moverse.

—¿Sigo cantando?

—Sigue cantando.

Y el suelo se apartó.

No hubo salto, no hubo tirón, no hubo nada de lo que yo llevaba nueve años imaginando en el hangar con dos dedos en el patín.

Hubo un metro. El hormigón que yo vi echar en abril se separó de los patines lo que se separa un escalón, y el aparato se quedó ahí colgado, quieto, vibrando, sostenido por nada más que aire y por la mano izquierda de aquella mujer.

—La barandilla amarilla —dije, y la voz me salió rara—. El tubo del punto de espera. A doce metros.

—Recibido.

—El hangar. La puerta chica. La sierra al fondo, con la Cruceta a contraluz.

—Recibido. Veinte segundos.

—El pueblo. Desde aquí se ve la iglesia y se ve el toldo verde del bar. —Tragué—. Ahí dentro hay ochenta personas jugando a las cartas y ninguna está mirando.

—Diez segundos.

Y en esos diez segundos me pasó lo único que no estaba en el procedimiento de nadie: me acordé de que aquello lo ve ella todos los días.

Que ese es su sitio. Que la mujer que baja a mi rastrojo a poner agua donde yo le digo se pasa la vida mirando mi valle desde donde yo no lo he mirado nunca, y volviendo a bajar a contármelo por radio en un idioma que aprendí a fuerza de necesitarlo.

—Corta —dijo.

—No he dicho corta.

—Lo he dicho yo. —Y el suelo volvió, blando, sin ruido, hasta que los patines lo tocaron y se acabó—. Punto cuatro, capataz. Vale para las dos direcciones. Lo firmaste tú.

—Estaba bien.

—Estabas bien. Por eso corto. —Bajó las revoluciones y esperó a que se cayera el ruido para volver a hablar, y lo hizo más despacio de lo que habla normalmente—.

Una cosa no se acaba cuando ya no puedes.

Se acaba mientras todavía puedes. Si te dejo llegar hasta donde no llegas, mañana esto no lo repites, y yo no te quiero un día: te quiero el veintiuno.

Treinta segundos. Ese es el parte entero: treinta segundos a un metro del suelo de mi propia base, con un folio en las manos y la garganta hecha polvo.

Salí. Me di con el marco otra vez, porque eso no lo arregla la voluntad, y en cuanto puse las dos botas en el hormigón se me doblaron las rodillas lo justo para tener que apoyar una mano.

Y me reí. Yo solo, en mitad del helipuerto, con el ruido todavía encima.

Cuarenta y un segundos había durado la primera noche.

—Apártate a la barandilla —dijo por la puerta abierta—. Ahora tengo que hacer verdad el papel. Un cuarto de hora.

Cerró y comprobó el cierre con el canto de la mano, dos veces, como comprueba todo. Me fui hasta el tubo amarillo y me quedé allí, a doce metros del centro de la hache, que es mi distancia de toda la vida.

Despegó de frente, subió limpio y se fue hacia el noreste, contra lo que quedaba del sol.

El valle estaba a esa hora en que la sierra se pone morada y las umbrías se llenan de tinta, y aquel bicho negro se metió por encima del pinar, dio la vuelta a la Hoya, buscó la Cruceta y volvió por el camino viejo con la última luz naranja pegada a la panza.

Diecisiete minutos. Los conté, que en eso ya se me ha pegado algo.

Y los diecisiete me los pasé de pie en el punto de espera con la cabeza levantada.

Hay que explicarlo, porque el que no sea de aquí no lo entiende: en esta comarca hay un hombre que se sabe cada raíz de su monte y que en nueve años no ha levantado la cabeza cuando algo le pasaba por encima.

Ni para ver llover. Aquella noche ese hombre siguió el aparato entero, de la salida a la entrada, con las manos en los bolsillos y sin tocar la barandilla ni una vez.

No es que se me hubiera quitado nada. Lo mío sigue donde estaba, en el mismo sitio del pecho y con la misma llave, y de aquí al veintiuno quedan dos escalones y ninguno es este.

Es otra cosa.

Es que cuando tomó, y apagó, y salió con el casco en la mano y la trenza medio deshecha y me preguntó qué tal andaba la voz, me di cuenta de que llevaba diecisiete minutos sin acordarme del veintiuno de agosto.

Subí la cuesta con el ruido de la final saliendo por la ventana del bar de mi madre. Un hombre tiene que saber para qué hace cada cosa que hace; si no lo sabe, se le acaba la paciencia.

Yo bajaba al hangar por el veintiuno. Eso era. Estaba escrito, numerado y firmado en una servilleta con una mancha de aceite en la esquina.

Y ahora no lo sé.