11 · Valen
El quince de julio, a las tres y cuarenta de la tarde, un señor de setenta y un años decidió que era buena hora para pasarle la desbrozadora al ribazo de su bancal.
Las tres y cuarenta de la tarde de un quince de julio es la peor hora del año.
Es la hora en que la humedad del combustible toca fondo, en que el suelo devuelve todo el calor que ha ido guardando desde el amanecer y en que a cualquier cosa que suelte una chispa habría que quitarle las llaves como se las quitan a los abuelos que ya no ven.
La cuchilla le dio a una piedra. La piedra hizo lo que hacen las piedras.
Y el bancal del Modesto está justo encima de la Hoya del Herrero.
Se te va a helar la humedad en el fondo y por la mañana parece que no arde. Arde. Eso me lo dijo Andrés el primer jueves, desde el aire, señalando con un dedo, sin adornos y sin una palabra de más.
Ardió.
Salté a las tres cuarenta y ocho con la columna ya visible desde el helipuerto, y desde el helipuerto no se ve la Hoya: se ve el humo saliendo de la Hoya, que es distinto y es peor, porque quiere decir que lo que hay dentro ya no cabe.
—Chicharra en el aire. Voy a reconocer.
En la nave, la cuadrilla salía al Milagro con la herramienta. Llevábamos dos clases en tres semanas y media —lo que nos había dejado la campaña, que no es lo mismo que lo que nos había hecho falta—, y aquella tarde eso no le importaba a nadie, porque aquella tarde no íbamos a un conato.
Un conato se apaga. Un incendio se negocia. Y lo que había dentro de la Hoya del Herrero a las tres y cincuenta y dos de la tarde no era un conato: era una cosa con hombros, dando la vuelta al fondo de la hondonada y buscando la ladera.
La encontró.
Cuando un fuego encuentra una ladera deja de ser un problema de superficie y pasa a ser un problema de tiempo.
Sube y va calentando por delante lo que se va a comer después, y cuanto más sube, más rápido sube, y esto no lo digo yo: lo dice el monte todos los veranos y luego se sorprende todo el mundo.
Por encima de la Hoya está la Solana del Cura.
En el mapa se llama Umbría de San Roque, lo que dice bastante del que hizo el mapa: vino en invierno.
Es una ladera de matorral con pino disperso, orientada al sur, con dos horas más de sol que cualquier otro sitio de la comarca.
Y arriba, cerrando, el collado de la Cruceta.
Al otro lado del collado empieza el monte grande.
—Chicharra para capataz. Tienes fuego en toda la cabecera de la Hoya subiendo a la Solana. Si te pasa la Cruceta, esto ya no es nuestro.
Tres segundos.
—Recibido. Voy a la Cruceta por la pista de arriba y te lo espero allí.
Ni una pregunta. Ni un «¿estás segura?». Aquel hombre había mirado el mismo humo que yo desde el suelo y había llegado antes que yo a la misma conclusión, y lo único que hizo fue confirmarme que estábamos escribiendo el mismo plan con dos bolígrafos distintos.
Trabajamos cuatro horas y media y las cuatro primeras fueron un reloj.
Él abajo, cosiendo el flanco derecho con Leti y la motosierra, subiendo hacia el collado a un ritmo que yo veía desde arriba y no me creía.
Andrés con Nico en el flanco izquierdo, aprovechando una pista vieja que en el plano no existe.
Yo haciendo mi ciclo: agua en los Cañamares, cuatro minutos, descarga, vuelta.
Nuestro protocolo es corto porque lo escribimos en junio y no ha hecho falta tocarlo. Yo pido despeje. Él cuenta cabezas —las cuenta siempre, aunque sepa cuántas hay— y responde. Yo cuento tres, dos, uno, agua.
A las seis y cuarto entró un segundo medio de la provincia, hizo cinco descargas preciosas en la cabecera y a las siete menos veinte se lo llevaron a otro fuego a sesenta kilómetros, que es lo que pasa en julio y no es culpa de nadie: hay más monte que máquinas.
Y a las siete menos cuarto llegué a los Cañamares y los Cañamares eran barro.
El hortelano la había vaciado. Estamos a mediados de julio, la vacía a mediados de julio y no avisa, porque la balsa es suya y porque en su vida se le ha ocurrido que alguien pudiera necesitarla un martes por la tarde.
En el folio que me copió Bosco a mano, en junio, en la letra pequeña de abajo, estaba escrito: los Cañamares se vacían a mediados de julio.
Yo lo había leído. Lo había leído y lo había archivado en el sitio donde se archivan las cosas que todavía no duelen.
Lo siguiente era el pantano, y el pantano me multiplicaba el ciclo por tres. Multiplicar el ciclo por tres, con el fuego subiendo a la Cruceta y con la luz cayendo, es lo mismo que decirle a la cuadrilla que a partir de ahora está sola.
—Capataz, aquí Chicharra. Los Cañamares están vacíos. Me voy al pantano y te dejo de tener agua cerca. Dime lo que necesitas antes de que me vaya, porque voy a tardar.
Y entonces aquel hombre, con el fuego a ciento cincuenta metros y la emisora pegada a la boca, me regaló lo mejor que me han dado nunca en esta comarca.
—No vayas al pantano. Baja al río por el camino del molino. Hay una poza debajo del azud viejo, la Poza del Molino. En el plano pone Azud de la Cerrada y no la mira nadie porque parece un charco.
—¿Cabe el balde?
—Cabe el balde. Tiene dos metros y medio de agua todo el verano.
—Una pausa de dos segundos, de las que él usa para pensar por otro—.
Tiene dos chopos grandes, uno en cada punta, y el de la izquierda está muerto.
Si te lo llevas por delante, el chopo se cae y a mí me da igual, pero tú me haces falta.
Fui. Está a hora y media andando y a poco más de un minuto por el aire, y era exactamente lo que me había dicho: un charco negro debajo de un azud de piedra, con dos chopos como dos porterías y sitio justo.
Metí el balde entre los dos chopos y lo saqué lleno, y lo hice once veces seguidas hasta que se me acabó la luz.
Once ciclos de tres minutos en vez de once ciclos de doce. Eso, traducido a lo que se traduce todo en este oficio, es que la línea del flanco derecho llegó al collado de la Cruceta antes que el fuego.
Por poco. Pero antes.
Y en algún momento entre la descarga siete y la ocho, con el sol ya naranja y el valle lleno de humo tumbado, me di cuenta de que llevaba dos horas trabajando con un hombre al que no veía, al que solo oía, y que era la primera vez en mi carrera que no me hacía falta mirar hacia abajo para saber qué estaba pasando ahí.
—Chicharra, ¿te queda autonomía para dos más?
Autonomía. Ese hombre, hace un mes, decía «¿te queda gasolina?».
—Me queda para dos.
—Pues las dos a la izquierda del pino grande, en la punta de la línea. Y luego te vas a casa, que no se ve.
—Recibido, capataz.
Nadie en aquella frecuencia notó nada. Nadie tenía por qué.
Una palabra de cinco sílabas que un capataz de cuadrilla aprendió a la una y media de la madrugada, en un hangar cerrado, mirando una aguja que solo se enciende cuando le pones la batería a un aparato que no va a ir a ninguna parte.
Y que aquella tarde le sirvió para pedirme exactamente lo que necesitaba.
Solté las dos donde me las pidió y me volví a la base con la última luz.
A las once de la noche, Casa Fina era una fiesta con la ropa sucia.
Habían venido hasta los que no habían ido: el Onésimo, la Encarna, la Puri, tres del pueblo de al lado que se habían enterado por el humo.
En el centro, las tres mesas juntas, la cuadrilla entera con la cara negra y las manos negras y esa risa de después que no se parece a ninguna otra risa del mundo, porque es la del que ha pasado el día haciendo algo que puede salir mal y no ha salido mal.
Leti se había quemado un antebrazo con la carcasa de la motosierra y lo llevaba como quien lleva una medalla que no piensa enseñar.
Nico contaba su versión, en la que la línea del flanco izquierdo era suya.
Andrés no contaba nada: bebía despacio, apoyado en la barra, mirando la puerta.
Samu, de pie encima de una silla, narraba el fuego entero como si lo hubiera dirigido él por teléfono.
—¡Y entonces la piloto va, y en vez de irse al pantano como una persona normal, se mete en un charco!
—Es un azud —dijo Bosco, desde su sitio.
—¡Se metió en un charco entre dos árboles! ¡Con el helicóptero! ¡Yo lo vi!
—Tú estabas de espaldas y a un kilómetro —dijo Leti.
—Yo doy fe.
Fina nos puso cerveza sin preguntar, que en aquella casa es la unidad de medida del respeto, y se llevó los platos de la caldereta vacíos con una cara que no le había visto todavía: la de una mujer haciendo cuentas de las que no se apuntan.
Yo salí a la puerta de atrás porque necesitaba aire y porque me temblaban las manos.
Eso no lo cuento nunca, pero lo pongo aquí: después de un día así, a mí me tiemblan las manos durante una hora.
Es química, no es miedo. El cuerpo te suelta todo lo que ha estado sujetando desde las tres y cuarenta y te lo suelta de golpe cuando ya no hace falta, que es la peor gestión de almacén del mundo.
El corralillo de atrás de Casa Fina son cuatro metros cuadrados con las cajas de cerveza apiladas, un arcón que hace un ruido de barco y una parra que no da uvas.
Desde ahí se ve la sierra entera, negra, y a media ladera un resplandor anaranjado, tranquilo, que era lo que quedaba de mi día ardiendo dentro del perímetro donde lo habíamos metido.
La puerta se abrió detrás de mí.
—Toma —dijo, y me puso una cerveza fría en la mano—. Y no mires eso, que no se apaga por mirarlo.
—Ya lo sé.
—Ya lo sé yo que lo sabes. Lo digo por mí.
Se apoyó en las cajas, a mi lado. Olía a humo y a resina. Tenía la ceniza metida en la barba y en la raya de la ceja y una brecha nueva en el antebrazo, de zarza. Se estuvo callado un rato, mirando la ladera conmigo, contando el resplandor como se cuenta una cabeza más.
—Mañana te llevo a la Poza —dijo—. A pie. Se llega por un camino que no sale en tu folio y quiero que lo veas desde abajo, para que sepas lo que tenías debajo del balde cuando entrabas entre los chopos.
—Eso es una salida de las nuestras.
—Eso es el punto seis.
Y me giré para contestarle algo con gracia, porque siempre tengo algo con gracia, y resulta que se había girado él a la vez.
A veinte centímetros.
Y ahí se me acabó la conversación, y a él también, y nos quedamos los dos en aquel corralillo de cuatro metros con dos cervezas frías y la sierra ardiendo despacio a lo lejos, mirándonos como se miran dos personas que llevan cuatro horas haciendo la misma cosa desde dos sitios distintos.
Yo veía perfectamente lo que iba a pasar.
Lo veía como veo entrar el viento en un valle: con tiempo de sobra para corregir.
Yo tengo dos razones muy buenas para no hacer eso, y las dos son de trabajo. Una duerme en un cajón a doscientos kilómetros. La otra es una norma que Requena no ha escrito nunca y que todo el dispositivo se sabe de memoria.
Ninguna de las dos me pasó por la cabeza. Eso es lo que me tendría que haber asustado.
—Valen —dijo. Y era la primera vez que me llamaba por mi nombre.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Que dice tu madre que si las cervezas del arcón son las de…!
Samu. Con la bandeja en la mano y la frase a medio salir.
Hay un fenómeno que yo no había visto nunca y que ocurrió aquella noche en el corralillo trasero de Casa Fina: el Notario de Valdecierzo, hombre que da fe de lo que no ha visto, se quedó sin habla exactamente un segundo y medio delante de lo único que ha visto en su vida.
Después dijo:
—Nada.
Y se metió para dentro andando hacia atrás, muy despacio, con la bandeja pegada al pecho y la puerta cerrándose sola detrás de él.
Bosco se pasó la mano por la cara, de arriba abajo, y se le quedó la ceniza repartida de otra manera.
—Voy a matarlo.
—Después de las fiestas, que lo necesito para las rotaciones.
Entré detrás de él a los dos minutos, por separado, como dos profesionales, que es lo más ridículo que he hecho en mi vida adulta.
Fina estaba junto a la caja. La libreta abierta. El índice mojado, el lápiz en la mano y Samu al otro lado del mármol hablándole muy bajito y muy rápido.
Vi cómo tachaba una cifra y escribía otra encima.
Otra cosa — 1 a 6.
Levantó la cabeza, me miró un segundo entero y me puso delante, sin que se la pidiera, la copita de anís.
En esta casa el anís no es un obsequio. Es un peaje, y se paga en información.
No pagué. Me la bebí, le di las gracias y subí a mi cuarto con el olor a humo metido en el pelo.
Y me senté en la cama a hacer la cuenta del día, que es lo que hago siempre: un fuego parado en el collado de la Cruceta, cinco personas enteras, un punto de agua nuevo que no sale en ningún plano, once ciclos de tres minutos.
Y una cosa que no pasó.
Un casi no se apunta en ningún parte. No existe: no hay casilla, no hay hora y no hay nadie que lo firme.
Pero en este pueblo se apunta todo lo que la gente no dice en voz alta.
Y ya cotiza.