Tierra, trágame (La Brigada 1) 10 · Bosco
26%

10 · Bosco

A la una menos veinte de la madrugada, un hombre de treinta y seis años estaba en el cuarto de baño de su casa oliendo una camisa limpia para decidir si estaba lo bastante limpia.

Ese hombre era yo. Y a lo que iba era a una clase.

Que conste el nivel intelectual de la cosa: me duché, me puse la camisa buena, me la quité, me puse la de trabajo, y al final bajé la cuesta con la de trabajo y afeitado, que es la peor combinación posible porque no engaña a nadie.

Si me llego a cruzar con mi madre me habría leído entero desde la puerta de la cocina.

El hangar estaba como lo deja Ginés: el fluorescente del fondo encendido, las herramientas alineadas en su lona por tamaños, y ese eco de iglesia vacía que hace que una llave de doce se oiga tres veces.

La Chicharra dentro, limpia, con las palas atadas y esa manera que tienen las máquinas grandes de estar quietas mirando a la puerta.

La piloto ya estaba. Sentada en el bidón, con la tablilla en las rodillas, y en la tablilla, escrito arriba en mayúsculas, con la misma letra de las nueve líneas de la servilleta:

CLASE 1.

—Buenas noches, capataz.

—Buenas noches.

—Ponte donde estés cómodo.

Me quedé donde me quedo siempre. Ella miró el suelo entre mis botas y el patín, hizo la cuenta y no dijo ni doce ni metros ni nada.

—Aquí dentro no hay barandilla —dije yo, para adelantarme, que es lo que hace un cobarde con estudios.

—Ya lo he visto. Es la única ventaja del hangar. —Se levantó—. Punto tres: a menos de doce metros mando yo. Estás a trece. Ven.

Yo me esperaba una charla. Me esperaba a una mujer explicándome muy despacio que un helicóptero es más seguro que la carretera, con esa voz que se le pone a la gente cuando quiere ayudarte y no sabe cómo, y tenía preparadas dos frases para irme del hangar con la dignidad de un caballero.

No hubo charla. Hubo trabajo.

—Las palas —dijo—. Están atadas. Suéltalas tú y me las vuelves a atar. Los nudos los quiero como los deja Ginés, que si mañana se los encuentra distintos nos hemos lucido.

—¿Eso es la clase?

—Eso es lo primero. A las manos hay que darles un trabajo o se lo buscan ellas.

Y ahí, sin ceremonia y sin una sola palabra amable, aquella mujer me puso a trabajar en la cosa que llevo nueve años sin poder tocar.

Soltar una cincha, pasarla, tensarla, comprobar.

Eso lo sé hacer con los ojos cerrados. Eso lo he hecho diez mil veces con un depósito, con una camilla y con la lona de un remolque.

Las manos no distinguen: las manos hacen su trabajo y se callan.

Estuve veinte minutos alrededor del aparato tocándolo entero y no me di cuenta hasta que me lo dijo.

—Llevas ahí un rato.

Miré el suelo. Estaba pegado al patín. A mi patín, el que toco con dos dedos como quien toca una estufa que a lo mejor está encendida.

—No es lo mismo —dije.

—No, no es lo mismo. Pero es el mismo aparato. —Golpeó dos veces la chapa con los nudillos, sin cariño, como golpeo yo un tablón para ver si está sano—. Escalón dos. Te sientas en el peldaño. No dentro: en el peldaño, con los dos pies en el suelo de tu valle.

Me senté en el peldaño con los dos pies en el suelo de mi valle y aquello fue perfectamente soportable, y me pasé cuatro minutos sintiéndome un idiota redomado, que es un sentimiento agradabilísimo comparado con el otro.

—Escalón tres. Dentro y sentado. El asiento es el de la izquierda, el mío, que el tuyo hoy no toca.

—¿Y si no puedo?

—Dices «corta» y corto. Punto cuatro.

Lo dijo sin mirarme, comprobando algo en su tablilla, con el mismo tono con el que se dice que hay atasco en la nacional.

Metí la cabeza. Ahí ya vamos mal, porque un aparato de estos está hecho para gente de talla normal y yo mido lo que mido, así que mi primera aportación a la historia de la aviación fue un golpe en la frente contra el marco de la puerta que se oyó tres veces, una por cada eco del hangar.

—Bien —dijo—. Ese es el marco. Se le da a todo el mundo. Yo me lo doy dos veces por campaña.

—Mentira.

—Mentira. Me lo di el primer día y no se lo he contado a nadie.

Me senté. Me senté en el asiento izquierdo de un helicóptero apagado, con las palas atadas y la batería fuera, en un hangar de mi propia base, a la una y veinte de la madrugada de un viernes de junio.

Y me pasó una cosa que no esperaba: durante unos segundos no pasó nada.

El pecho no hizo su puño. Yo estaba dentro de una cabina llena de cosas de metal, olía a plástico caliente y a jabón industrial, y por el parabrisas se veía el fondo del hangar y la mancha de aceite del suelo con forma de Portugal.

Estaba tan ocupado en el milagro que la oí demasiado tarde.

—Cinturón.

—¿Qué?

—El arnés. Está detrás de tu hombro. Se pasa, se cruza y se mete en la hebilla central.

Y ahí, señores, se acabó el milagro.

No lo digo por dramatizar: hay una diferencia entre estar en un sitio y estar atado a un sitio, y la diferencia son cuatro correas.

Cogí la primera con toda la naturalidad del mundo, la pasé, la crucé, tiré para tensar —tiré como tiro yo, que tenso una cincha de remolque de un manotazo— y me tensé a mí mismo contra el respaldo con una eficacia que en cualquier otro contexto habría estado muy bien.

El pecho hizo su puño. Ya no había aire de sobra. Y las manos, que hasta ese momento habían estado trabajando tan tranquilas, se pusieron a buscar la hebilla y encontraron cuatro cosas que no eran la hebilla.

—Corta —dije.

Y hay que reconocerle esto: cortó. No dijo tranquilo, no dijo respira, no dijo ya está, no me tocó. Dijo:

—Cortado. La hebilla la tienes debajo de la mano derecha, un palmo hacia dentro. Se aprieta y se abre sola.

Apreté. No se abrió sola. Estaba mordida: la había tensado con toda mi buena fe de hombre de campo, y las cosas de volar no están hechas para eso.

Lo que vino después lo cuento rápido, que es como se cuentan las cosas que uno preferiría no haber protagonizado.

Salí igualmente. Salí con el arnés puesto, medio de pie y medio doblado, con la correa enganchada en no sé qué y arrastrando conmigo la mitad del asiento, la dignidad y una linterna.

Me di el segundo golpe con el marco —el mismo sitio, con esa puntería que solo tiene el que ya está nervioso—, aterricé en el hormigón con una rodilla y con la otra le di de lleno a la bandeja de las herramientas de Ginés.

Una bandeja de herramientas cayendo en un hangar de chapa a la una y media de la madrugada suena tres veces. La primera es el ruido. La segunda es el ruido otra vez. Y la tercera es el ruido riéndose de ti.

Cuando se apagó el eco yo estaba sentado en el suelo, con la espalda en el patín, sujeto todavía por una correa a un aparato apagado, respirando como si acabara de subir el cortafuegos con el depósito a la espalda, rodeado de treinta llaves de Ginés desparramadas por el suelo de mi valle.

La piloto seguía en el mismo sitio. Con la tablilla en la mano.

—Cuarenta y un segundos sentado —dijo.

—Tierra, trágame.

—Todavía no. —Se agachó, soltó la correa de la hebilla mordida con dos dedos y sin ningún esfuerzo, que fue el último golpe del día a mi orgullo—. Te necesito entero para el veintiuno.

Recogimos las herramientas de Ginés de rodillas los dos, y ahí, más que en el asiento, fue donde empezó a valer la pena la noche.

Porque Ginés las coloca por tamaños, de mayor a menor, y a la vista está que eso lo hace un hombre que trabaja solo y necesita saber sin mirar qué tiene en la mano. Yo coloco mi herramienta igual. Lo dije. Ella dijo que su cabina también, y que la gente que ordena así duerme mejor.

Yo tenía la del trece en la mano y estaba con la respiración todavía a medio sitio, y entonces hice una cosa que no tenía planeada, que no me sacó nadie y que no fue un desliz: se lo dije aposta.

—No es la altura.

Ella no levantó la cabeza de la lona.

—No he preguntado.

—Ya sé que no has preguntado, que la cinco la escribiste tú. —Puse la llave en su hueco—. Te lo digo yo, que es distinto. Las alturas no. Yo duermo en un risco, y he bajado a un chaval de las Zorreras colgando de una cuerda de cáñamo que ya no se fabrica.

—Eso ya lo sabía. Se te ve andando por el monte.

—Es que ahí dentro no mando nada.

Se paró. Con la llave del once en la mano.

—Sigue.

—En dieciocho años yo no he estado nunca en un sitio donde no pudiera hacer algo.

En el monte, aunque se ponga muy feo, siempre queda una cosa que hacer: se corre, se cava, se moja, se sale por el sur.

Aunque salga mal, hay algo. —Cogí la siguiente llave para no tener las manos quietas—.

Ahí dentro te atas y esperas. Ahí dentro yo no soy nadie. Soy peso.

Y tardé todavía dos segundos en darme cuenta de a quién se lo estaba diciendo: precisamente a la única persona de esta comarca que sí manda ahí dentro.

Ella no se ofendió. Escribió en la tablilla.

—¿Lo estás apuntando?

—Estoy apuntando el síntoma. El porqué no lo apunto, que está en el punto cinco. —Y siguió escribiendo—. Y eso no es una queja, capataz, eso es información útil. Con eso se trabaja.

—¿Y qué se hace con eso?

—Que la próxima vez no subes de peso. Subes con un trabajo. —Cerró la tablilla—. Ya se me ocurrirá cuál. Pero vas a ir ahí dentro haciendo algo o esto no lo sacamos ni en agosto ni nunca.

Nueve años administrando yo solo una avería, y aquella mujer, que se pasa el día sumando, acababa de encontrarle el tornillo en la primera noche.

Yo eso no supe agradecerlo. Yo lo que hice fue mirar el reloj y decir que se hacía tarde, que es lo que decimos los hombres de esta familia cuando algo nos toca.

Salimos del hangar a las dos.

Y a las dos, en el camino de la báscula, con las luces puestas y a paso de procesión, iba el tractor de Onésimo.

Se me había olvidado el turno de riego. Aquí, al que le toca el agua a las dos de la mañana se levanta a las dos de la mañana, y no hay alcalde ni santo que lo cambie desde que existe la acequia.

Onésimo levantó la mano. Yo levanté la mano. La piloto levantó la mano.

Tres manos levantadas a las dos de la madrugada en el camino de la báscula, con el hangar encendido detrás y con la única mujer forastera de la comarca al lado del hijo de la dueña del bar. Un tractor a esa hora, en este valle, no es un tractor: es una rotativa.

Subí la cuesta detrás de ella, a diez pasos, como un idiota, y cuando llegué a la altura de Casa Fina la luz de la cocina de mi madre se apagó.

No estaba encendida por casualidad. En esta casa nunca hay nada encendido por casualidad.

A la mañana siguiente, Ginés me esperaba en la puerta del hangar con la del trece en la mano.

—Esta no va ahí.

—Ya.

Y cuando yo ya me había ido cinco pasos, desde dentro:

—Buenos días.

Pero lo gordo fue por la tarde, en el bar, y lo gordo tenía tapas de hule negro.

Mi madre la sacó cuando el bar estaba en su mejor hora, se mojó el índice, pasó hoja, trazó dos columnas con el canto de una tarjeta y escribió el título con su letra redonda de escuela antigua.

LO DEL HANGAR. ¿Qué hace la de arriba en la base a las dos de la mañana?

El aparato — 4 a 1.

Otra cosa — 1 a 3.

El primero de la lista, cómo no, con caligrafía de firmar autógrafos: Samu. Dos euros a «otra cosa».

—Tú no estabas —le dije.

—Yo no doy fe de lo que veo, capataz —contestó el Notario, sin despeinarse—. Yo doy fe de lo que se cuenta, que dura más.

Reconstruí la cadena en dos minutos. Onésimo se lo contó a la Puri a las seis, en la panadería. La panadera se lo contó a su marido a las siete, con el café. Su marido es Samu. A las ocho y cuarto lo sabía la cuadrilla y a las once, la comarca hasta el puerto.

Me acerqué a la barra. Mi madre estaba apuntando otro nombre.

—Mamá.

—Bosco.

—Tú dijiste que del capataz no hay página.

—Y no la hay. —Le sacó punta al lápiz con la navajita, sin levantar la vista—. Aquí pone «la de arriba» y pone «el hangar». Una puerta no es una persona.

—Eso es un tecnicismo.

—Eso es un pueblo, hijo. —Cerró la libreta con una mano y la dejó junto a la caja, donde vive—. Y te voy a decir una cosa que no te voy a repetir: la página la he abierto yo porque si no la abro yo, la abre otro, y el otro la abre con tu nombre encima y a lo mejor con lo que no es.

Y me puso delante la copita de anís que no había pedido, que en esta casa no es un obsequio: es un peaje. Se paga en información.

No pagué. Me la bebí, le di las gracias y me fui a la cuesta.

Y bajando conté, porque uno cuenta lo que le queda cuando no puede contar lo que tiene.

De hoy al veintiuno de agosto hay nueve semanas. Quítale la de las fiestas, que en este pueblo, entre la charanga, el toro y la verbena, no se puede hacer nada de noche sin que te vea medio mundo.

Ocho.

Ocho semanas para aprender a hacer una cosa que no sé hacer, con un pueblo entero apostando a que la estoy haciendo por otro motivo.

Y aquí viene lo que no le pienso decir a nadie, y menos a mi madre, que apunta a lápiz:

que el pueblo, en lo del motivo, no se equivoca del todo.