Tierra, trágame (La Brigada 1) 9 · Valen
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9 · Valen

A las siete cerré la lista de personal. A las nueve tenía tormenta anunciada y a las nueve y veinte la tormenta se marchó al norte a molestar a otra provincia, que es la manera que tiene junio de reírse de la gente que madruga.

Y a las once y media, cuando la cuadrilla bajó de la loma con la camisa pegada a la espalda, yo tenía terminada la única cosa útil de toda la mañana.

Un plan. Con orden, con condiciones y con un punto flaco que no pensaba enseñarle a nadie.

El problema tenía dos datos y los dos eran duros.

Uno: un hombre que no consigue subir dos peldaños de una escalerilla con el aparato apagado, las palas atadas y la batería fuera.

Dos: una certificación nominal el veintiuno de agosto, a las nueve de la mañana, delante de un coordinador que no levanta la voz jamás.

Entre esos dos datos no cabe la compasión. Cabe un procedimiento o no cabe nada.

Y con este hombre, además, había una avería añadida: la caridad no le arranca.

La caridad es lo primero que apagaría. Si yo bajaba al llano a ofrecerle ayuda me iba a encontrar el mismo repertorio de la otra noche —la maniobra defendible, la media sonrisa de su madre, un traslado firmado en tres días y todo el mundo muy digno—, así que no pensaba ofrecerle ayuda.

Le iba a pasar una factura.

Un hombre que lleva dieciocho años pidiendo por escrito dos peones y un pick-up entiende perfectamente lo que es cobrar por un trabajo. Lo que no entiende, porque no lo ha practicado nunca, es que le regalen algo.

Y aquí viene la parte que hace que el plan no sea una trampa: yo lo necesitaba de verdad.

Yo tengo esta comarca aprendida por arriba.

Sé dónde hay agua, dónde puedo dejar gente, qué llano es un bizcocho y por dónde entra el cierzo cuando se pone tonto.

Lo que no tengo es el suelo. Un piloto que solo conoce el monte desde el aire toma decisiones preciosas y equivocadas: pone el agua donde se ve bonita y no donde le sirve al que está agachado con la azada.

Yo llevaba quince días leyendo el valle en un folio escrito a mano por Andrés y copiado por Bosco, y un folio es un diccionario.

Con un diccionario no se habla un idioma.

Y yo esta campaña la tengo que hacer perfecta. No bien: perfecta. Tengo un expediente durmiendo en un cajón a doscientos kilómetros y el sueño ligero.

Así que a las once y media bajé a la nave con la tablilla debajo del brazo, como quien va a hablar de rotaciones.

Los días de calor, la comida baja del pueblo en una caja de plástico: bocadillos envueltos de uno en uno en servilletas de papel con el nombre del bar impreso torcido, Casa Fina · Valdecierzo , y una factura escrita a mano que Fina le pasa al dispositivo y que hasta hoy no ha tenido valor de rechazar ningún funcionario.

A por la caja sube Nico, que es como poner al zorro a vigilar el gallinero y todo el mundo lo sabe.

—Falta uno —dijo Leti, contando.

—Estaba así cuando lo cogí.

—Estaba así porque te lo has comido en la cuesta, Media Ración.

—Me lo he comido en la cuesta —admitió Nico— porque llevaba media hora en la mano y ya era mío moralmente.

Comieron a la sombra del hangar, que a esa hora es una raya de sombra de un metro donde caben cinco personas si se odian un poco. Samu contaba por cuarta vez lo del miércoles con mejoras. Andrés masticaba mirando al Umbría. Butano hacía la ronda de las rodillas con la fe de los conversos.

Bosco comía de pie, apoyado en la esquina de la nave, con el bocadillo en una mano y la emisora en el hombro.

Cuando me acerqué no se hizo el sorprendido.

Llevaba desde las siete de la mañana esperando la hora del bocadillo como se espera un resultado del médico, y eso también estaba en mi plan: un hombre que ha pasado cinco horas imaginando lo peor recibe cualquier cosa con alivio.

—Capataz. Ven, que te tengo que enseñar una cosa del aparato.

—¿Del aparato?

—Del aparato.

Fuimos hasta la báscula, que está a cincuenta metros y a espaldas de todo el mundo, y allí me apoyé en el pretil de hormigón, que quemaba, y me quedé de pie porque las cosas importantes se dicen de pie.

—Clases —dije—. De noche, en el hangar, sin público. Empezando esta madrugada.

No dijo nada durante tres segundos. Le vi hacer exactamente lo que hace un hombre serio cuando le ofrecen la salida: buscarle el defecto.

—Es tu carrera —dijo—. Si mañana alguien pregunta por qué el capataz de esta unidad ha certificado, se va a saber que ha certificado con ayuda. Y quien te pilla a ti dando esas clases a esas horas te pilla a ti, no a mí.

—Correcto.

—Pues eso.

—Pues eso, nada. No he terminado. —Levanté la tablilla—. Esto no es un favor. Es un intercambio. Yo te enseño a subir a mi aparato y tú me enseñas tu monte. A pie. Andando.

Me miró como se mira una factura que no esperabas.

—Tú tienes el monte en un folio.

—Tengo los nombres. No tengo el suelo. —Le fui contando con los dedos, que es como se le habla a la gente de esta comarca—.

Necesito saber cuánto tarda tu cuadrilla en subir de la era de la ermita al collado con la herramienta encima.

En serio, no en teoría. Necesito saber en qué ladera te quedas sin radio.

Necesito ver desde abajo los sitios donde yo suelto agua, porque desde arriba todos parecen iguales y desde abajo hay uno que tiene un ribazo de dos metros que le puede partir la espalda a alguien que no lo ve venir.

Necesito el veintiuno de agosto y necesito lo otro. Necesito los dos.

Bosco miró el llano un rato largo. Después dijo, y lo dijo despacio:

—Eso es verdad.

—Todo lo que te he dicho es verdad. Por eso funciona.

—¿Y si me niego?

—Entonces mañana pides el traslado, que es lo que ibas a hacer de todas maneras, y yo me quedo cuatro meses volando para un capataz nuevo al que tendré que enseñarle a contar cabezas.

Prefiero el trato. —Me encogí de hombros—.

Pero no me hagas creer que te estoy haciendo un favor, capataz. Los favores no se firman.

Ahí levantó la cabeza.

—¿Esto se firma?

—Esto se firma.

Un hombre que lleva dieciocho años rellenando partes no sabe empezar una cosa sin encabezarla.

—Si se firma, hace falta papel.

—Tienes una servilleta.

—Una servilleta no es un papel.

—Una servilleta es lo que había cuando hizo falta. Como todo lo bueno de esta base.

Sacó el bolígrafo del bolsillo del pecho.

Era el bolígrafo de los plannings, el mismo con el que se tachó a sí mismo del tablón la primera semana, y no dije nada porque hay silencios que valen por un párrafo.

Alisó la servilleta sobre el pretil de la báscula, le quitó una mancha de aceite del bocadillo con el canto de la mano —no se fue— y escribió, con esa letra de imprenta apretada, muy serio:

En Valdecierzo, a diecinueve de junio, reunidos de una parte…

—No.

—Es que un acuerdo se encabeza.

—Se encabeza con lo que es, no con lo que le gustaría ser. —Le quité el bolígrafo de los dedos, taché las nueve palabras y escribí arriba, en mayúsculas—: EL TRATO . Ya está. Numeramos.

Y ahí, señoras y señores, descubrí una cosa que no sabía: que aquel hombre y yo somos exactamente la misma clase de profesional insoportable. Los dos vivimos de condiciones. Los dos sabemos que un accidente empieza siempre en una frase que se dio por entendida.

Tardamos veinte minutos en escribir nueve líneas.

La primera salió sola: de noche, en el hangar, sin público .

La segunda la puse yo y me la discutió: el orden no se salta . Aparato apagado, batería, rotores, estacionario, vuelo corto. Cinco escalones y ninguno se salta, ni aunque sobre tiempo ni aunque falte.

—¿Y si falta? Falta seguro.

—Sobre todo si falta. El día que empecemos a saltarnos escalones porque hay prisa es el día que te subo a un aparato en marcha sin estar preparado, y eso no lo hago ni por ti ni por la certificación ni por el señor de la carpeta.

—Vale.

La tercera fue la buena. La escribí yo: manda la piloto .

—Ahí falta un matiz —dijo.

—Ahí no falta nada.

—Ahí falta que en tierra mando yo. Llevo dieciocho años mandando en tierra y no pienso pedir permiso para andar por mi propia base.

—El hangar es cabina.

—El hangar es un hangar.

Nos miramos. Butano, sentado entre los dos, movió la cabeza de uno a otro como en un partido.

—Doce metros —dije.

—¿Cómo?

—Que lo escribimos con tu medida. Dentro del aparato y a menos de doce metros, manda la piloto. Fuera, el capataz. —Le devolví el bolígrafo—. Y ahora no me digas que doce metros es una distancia rara, porque llevo quince días midiéndotelos.

Se le movió algo en la cara. No fue una sonrisa entera; fue la mitad de su madre.

Escribió la tercera él, con su letra.

La cuarta la puso él y es la mejor de las nueve: el que dice «corta», corta .

Sin explicar y sin discutir. Dijo que en el monte funciona así, que cuando un peón dice que no puede con una herramienta no se le pregunta por qué delante de los demás, se le cambia la herramienta y se sigue trabajando, y que el que discute eso a gritos acaba llevando a alguien al centro de salud.

La quinta la escribí yo y no la discutimos: no se pregunta por qué. Ninguno de los dos.

Se quedó mirando la línea más tiempo del que ocupa leerla.

—¿Ninguno de los dos?

—Ninguno de los dos —dije—. Está numerada. Va para las dos direcciones.

—Vale.

La sexta era su parte de la factura: por cada clase, una salida al monte a pie. El capataz enseña su idioma. Intentó rebajarla a media salida por clase, alegando plantilla y horas, y le dije que si me regateaba el monte le regateaba los escalones, y cerramos a una por una, que es lo justo.

La séptima la escribimos entre los dos y acabó siendo la más larga: esto no sale de aquí. Ni al bar, ni a la emisora, ni al parte, ni a la madre de nadie.

—Ni a Andrés —dijo.

—Ni a Ginés.

—Ginés no habla.

—Ginés no habla, pero le va a faltar una llave de sitio y lo va a saber. Lo escribimos igual.

La octava la puse yo, porque un procedimiento sin plan de abandono no es un procedimiento: si el veintiuno no sube, esto no ha existido. La servilleta se rompe y no se escribe nada.

Y entonces me quitó el bolígrafo sin pedirlo, se inclinó sobre el pretil y escribió la novena él solo, sin consultarme, con la mano izquierda tapando media línea como los niños en un examen.

Si esto le estropea la campaña a la piloto, se acaba ese mismo día.

—Esa la quito.

—Esa se queda.

—Esa la he traído yo en la mochila y no está en venta. Mi campaña es asunto mío.

—Y mi cuadrilla es asunto mío, y llevas quince días metiéndote. —Puso la mano abierta encima de la servilleta. Le puse yo la mía encima para arrancársela y ahí nos quedamos los dos, tontísimos, sujetando un papel de bar a treinta y ocho grados—. Déjame meterme yo en tu papel una vez.

Aparté la mano.

—Una.

Firmamos abajo. Él, B. Ibarra , con la firma minúscula de la gente que firma cuarenta partes por semana. Yo, V. Ortiz , con la mía, que es la de una mujer a la que le enseñaron a firmar donde pone piloto al mando.

Y en cuanto soltamos la servilleta, Butano, que llevaba veinte minutos vigilando aquel papel con olor a chorizo, metió el hocico y dejó en la esquina de abajo una firma húmeda con forma de nada.

Bosco escribió al lado, con toda la seriedad del mundo:

Testigo.

Doblé la servilleta en cuatro y me la llevé al aparato.

La abrí una última vez en la cabina, la leí entera para comprobar que no había ninguna frase que se pudiera entender de dos maneras —no la había: nueve líneas, cero adjetivos, un perro de testigo— y la metí en la visera, encima de mi cabeza, donde llevo lo que necesito tener a mano y no quiero tener a la vista.

Yo he firmado contratos con una compañía que tiene abogados en tres provincias. Nunca había firmado nada que me pudiera costar la carrera, y desde luego nunca nada con una mancha de aceite de bocadillo en la esquina.

Bajé, cerré la puerta y comprobé el cierre con el canto de la mano, dos veces.

Él seguía en la báscula, de espaldas al llano, mirando hacia el hangar como se mira una cuesta que hay que subir con el depósito a la espalda.

—Esta noche —dije—. A la una. Ginés se va a las once.

—A la una.

—Y capataz. —Me colgué el casco del brazo—. Come otra vez antes. Lo de esta noche cansa más de lo que parece y tú te has comido medio bocadillo.

—Me lo he comido entero.

—Te lo ha quitado el perro hace diez minutos y no te has enterado.

Se miró la mano vacía. Butano, a doce metros exactos, tenía la conciencia tranquila de un obispo.

Subí al pueblo a dormir dos horas, porque a partir de aquella noche iba a dormir de dos en dos, y por el camino repasé las nueve líneas de memoria, que es lo que hago con todo lo que firmo.

La cinco la escribí para él. No se pregunta por qué. Ninguno de los dos.

Ya veríamos a quién le acababa sirviendo.