8 · Bosco
El hangar de noche es el mejor sitio de esta base y no se lo he dicho a nadie. Huele a chapa fría, a grasa y a aquel jabón industrial con el que Ginés le quita al aparato la ceniza de los días de fuego, y tiene un eco de iglesia grande y vacía: si dejas caer una llave de doce, la oyes tres veces.
Aquella noche la Chicharra estaba dentro.
Ginés la había metido a las nueve para lavarla y repasarla, y se había ido a las once dejando el fluorescente del fondo encendido y las herramientas alineadas encima de su lona, como siempre, como si al día siguiente fuera a venir un inspector que nunca viene.
Yo llegué a las doce y media, después de cenar con mi madre, que aquella noche me sirvió el postre sin preguntarme nada y con la cara con la que no pregunta.
Habíamos tenido un día bueno. Eso primero, porque es verdad.
Un rayo en la cabecera de las Zorreras, cuatro minutos de aire en vez de cuarenta de camino, la cuadrilla puesta en la ladera antes de que aquello cogiera cuerpo, el cierzo rolando a las doce y media como avisó Andrés hace veinte años, y mis cinco saliendo por el sur, por tierra fría, mojada por mí con la manguera del depósito.
Cinco cabezas contadas dos veces. Herramienta entera. Nico blanco pero de pie.
Un día bueno, sí. Y ahora la otra parte, que también es verdad y que llevo desde las siete de la tarde masticando: yo no bajé por el camino viejo porque el viento fuera a rolar.
El viento roló y me hizo el favor de darme la razón.
Se llama suerte. Y un capataz que empieza a administrar su cuadrilla a base de suerte es un capataz que un día va a devolver a cuatro.
Así que hice lo que hago con esas cosas: llevármelas al hangar.
Doce metros. Diez. Siete. El hormigón de dentro guarda el frío en vez del calor, y el aparato limpio, recién lavado, brillaba como una cacharra de feria.
Cinco metros. Tres. Alargué la mano y le puse dos dedos al patín, que está frío hasta en julio, y me quedé ahí, en mi ejercicio secreto de hombre serio, sintiendo cómo el pecho se me cerraba despacio con ese puño de siempre.
Butano, que dormía debajo de la cola con las cuatro patas para arriba, levantó la cabeza. No me miró a mí: miró hacia la puerta chica del hangar.
—El bar cierra a la una —dije, sin volverme, quitando los dedos del patín con toda la naturalidad que pude reunir, que fue poca.
—Y el hangar no cierra —dijo ella.
Venía con la trenza deshecha, la camiseta de trabajo y una raya de ceniza en el antebrazo de aguantar la ventanilla; olía a queroseno y a polvo, que es como huele la gente de mi oficio cuando ha trabajado de verdad. Cerró la puerta chica detrás de ella con el pie.
—¿Vienes a la revisión? —dije—. Porque el aparato lo tienes ahí, y yo no toco nada, que ya me conoces.
Nada.
—Si es por el parte, ponme lo que quieras. Yo firmo todo menos las multas de Marga.
Nada. Se había parado a cinco pasos, con las manos en los bolsillos de la pernera, y me miraba con una paciencia que a mí me pone muy nervioso porque es la que yo uso con Nico.
—Oye, tú sabes que a estas horas y en un hangar solo, un hombre de mi edad no está en su mejor momento intelectual. Si has bajado a echarme la charla, avísame y me pongo…
—No me estoy riendo, capataz.
—Ya lo veo. Es incómodo, ¿eh? En este pueblo, cuando alguien no se ríe, es que trae algo.
—Traigo la hora.
Se acercó dos pasos y lo dijo con la voz de trabajo, esa que se le pone en la emisora, con todo el aire fuera antes de hablar.
Y lo dijo despacio, más despacio de lo que habla normalmente, y a mí eso ya me lo tenía catalogado como se le catalogan las cosas a la gente que te importa antes de admitir que te importa.
—Once y veinte de la mañana. Punto de espera del helipuerto.
Estabas dando la posición a la central con el nombre oficial, que lo hiciste perfecto, por cierto.
Y tenías la mano izquierda agarrada al tubo amarillo.
Agarrada, no apoyada: cuatro dedos por debajo, el pulgar por encima y los nudillos blancos.
Cuando la soltaste se quedó la marca de los cinco dedos dibujada en el tubo. Tardó tres segundos en irse.
—Hacía cuarenta grados.
—Sudabas por la cara, el cuello y las manos, y tenías la camisa seca. El calor no suda así. —Un segundo—. Yo eso lo he visto dos veces en doce años, las dos en cabina, y las dos personas no volvieron a subir.
Aquí, si hubiera sido más listo, me habría callado. Pero un hombre acorralado saca lo único que tiene y yo tenía un argumento bueno, así que lo saqué.
—Mi maniobra era buena. Asegurar la retirada por tierra de cinco personas con una tormenta encima es de manual. Puedes preguntarle a Requena, puedes preguntárselo a quien quieras.
—Tu maniobra era buena —dijo—. Y salió bien.
—Pues ya está.
—También sale bien un motor con una fisura. Sale bien mil ochocientas horas. Sale bien todas las veces menos una.
Y ahí se me acabó el repertorio.
Es curioso lo que hace el cuerpo cuando se queda sin palabras: se pone a mirar cosas. Yo me puse a mirar la lona de Ginés, las llaves ordenadas de mayor a menor, el bidón, la mancha de aceite del suelo que tiene forma de Portugal.
—¿Lo has escrito? —pregunté.
—No.
—¿Vas a escribirlo?
—No lo sé. —Se encogió de hombros, sin teatro—. Por eso estoy a la una de la mañana en un hangar y no en mi cama.
Después se dio la vuelta, fue hasta el aparato y abrió la puerta.
La abrió despacio, hasta el tope, y la dejó abierta. Y se apartó un paso, para que entre la puerta y yo no hubiera nada.
—Está apagado. Las palas atadas, la batería fuera, y la llave está en la caja de la nave. —Levantó la barbilla hacia mi cinturón—. Y la llave de la nave la tienes tú en el bolsillo. Aunque me diera un arrebato, aquí no arranca nada.
—¿Y esto qué es?
—Esto es lo único que se me ha ocurrido.
—Se sentó en el borde de la lona de Ginés, con los codos en las rodillas—.
Sube. Siéntate donde quieras, delante, detrás, en el suelo si te da la gana.
Tres segundos. Y me callo para siempre. No lo escribo, no se lo digo a nadie, mañana no ha pasado y en agosto pasas la certificación como pasa el resto del mundo, que es subiendo dos peldaños.
—Tres segundos.
—Tres.
Butano decidió que aquello iba con él.
Se levantó de debajo de la cola con su parsimonia de oso doméstico, cruzó el hangar entero, metió el hocico por la puerta abierta, se subió de un salto —el muy sinvergüenza sube de un salto, con veinte kilos de sobrepeso— y se sentó en el asiento de la derecha.
Mirando al frente. Recto. Esperando instrucciones de vuelo.
—Hasta el perro —dije.
—Hasta el perro.
—Ese animal lleva cuatro años comiendo de mi mano.
—Y en cuatro minutos ha subido más veces que tú en toda tu vida.
No lo dijo con maldad. Lo dijo como se dice un dato, y por eso me dolió lo justo y no más, que es una manera muy rara de que a uno le digan la verdad.
Me acerqué.
Doce metros ya no eran doce, porque desde donde estaba había siete.
Siete son cuatro pasos míos. Los di. Cinco.
Tres. Ahí el suelo se pone raro, y el que quiera reírse tiene mi permiso: el suelo de hormigón de mi propia base, que yo vi echar en abril, empieza a estar un poco lejos de mis botas.
El ruido del fluorescente se me fue a otra habitación.
Las manos se me quedaron frías con cuarenta grados de día encima.
Puse la mano en el marco de la puerta. La otra, en el asa de arriba. El aparato apagado, quieto, atado y sin batería. Un perro sentado dentro con cara de idiota feliz. Una mujer a diez pasos que no decía nada.
Levanté la bota y la apoyé en el primer peldaño.
Y ahí se acabó, igual que se acaba todas las noches en el patín con dos dedos, solo que esta vez había público.
No fue miedo de los de la película, no me temblaron las rodillas ni se me nubló la vista ni nada que se pueda contar en un bar.
Fue el cuerpo diciendo no. Un no entero, de arriba abajo, sin insultos y sin discusión, el no de un animal grande al que le has llevado la mano al sitio malo: el pecho cerrado, el aire arriba, la garganta pequeña y una certeza que no admite conversación, que es la de que si yo levanto la otra bota del suelo de mi valle, algo se rompe y no lo arregla nadie.
Bajé la bota. Solté el asa. Di dos pasos atrás y me quedé con las manos en las caderas, mirando al suelo, respirando como si acabara de subir el cortafuegos con el depósito a la espalda.
—No puedo —dije.
Y esa es la primera vez en nueve años que digo esas dos palabras en voz alta delante de una persona.
—Vale —dijo ella.
—Nueve años.
—Vale.
Esperé la pregunta. Estaba tan seguro de que venía que hasta tenía preparado el sitio del pecho donde iba a recibirla.
En este pueblo la gente pregunta. Mi madre pregunta sin preguntar, que es peor.
Y esa mujer se pasa el día sumando y midiendo, y llevaba una semana con la cuenta abierta, y le faltaba exactamente un dato.
No preguntó.
Se levantó, fue al aparato, sacó a Butano de la cabina agarrándolo por el collar y con una paciencia de tía suya, cerró la puerta y comprobó el cierre con el canto de la mano, dos veces, como comprueba todo.
Después se sentó en el suelo. En el suelo del hangar, con la espalda en el bidón, a un metro de mí.
No me tocó. Eso lo quiero dejar escrito porque es lo único de aquella noche que no me dolió: no me tocó, no me puso la mano en el hombro, no bajó la voz para hablarme como se le habla a un enfermo.
Y no me miró con pena. Yo llevo nueve años calculando la cara que me pondría la gente si lo supiera, y en nueve años de cálculos siempre me sale la misma cara, y no era esa.
—No te he preguntado por qué —dijo.
—Me he dado cuenta.
—A un panel abierto no se le pregunta por qué se ha roto. —Se limpió el polvo amarillo del tubo que llevaba en la palma desde la mañana, frotándoselo con el pulgar—. Se mira, se mide y se decide si vuela. Lo otro lo cuenta el dueño cuando quiere, o no lo cuenta.
Nos quedamos callados un rato largo. El fluorescente del fondo hacía su ruido de mosca. Fuera, el generador, y más arriba, el pueblo entero durmiendo encima de nosotros con la libreta de mi madre junto a la caja.
—El veintiuno de agosto —dije.
—El veintiuno de agosto, a las nueve, delante de Requena, con la certificación nominal. —Asintió despacio—. Y con cuatro rotaciones que llevo yo, así que resulta que este marrón es mío también.
—Yo puedo pedir el traslado antes. Con una firma me voy a una cuadrilla terrestre y esto no lo sabe nadie más.
—Puedes.
—Es lo limpio.
—Es lo cómodo —dijo—. Que a veces es lo mismo y a veces no.
—Se levantó, se sacudió la parte de atrás del pantalón y se quedó de pie delante de mí, más pequeña de lo que parece de lejos, con la cara sucia y esa manera de rematar las frases—.
Capataz, una pregunta de trabajo. ¿Tú te fías de mí para volar a tu gente?
—Sí.
Lo dije sin pensarlo, que es la única manera de decir bien esas cosas.
—Pues te vas a tener que fiar para otra cosa. —Cogió el casco que había dejado encima del bidón y se fue hacia la puerta chica—. Mañana. A las siete tengo lista de personal y a las nueve tengo tormenta. A la hora del bocadillo te digo una cosa, y no me apetece decirla dos veces, así que duerme.
—Dímela ahora.
—No. Ahora estás sentado en el suelo de tu hangar. —Abrió la puerta y entró el aire caliente de la noche—. Yo, cuando encuentro una avería, no la cuento de madrugada. La cuento con luz.
Y se fue cuesta arriba, hacia la ventana que deja abierta para el gato de la Encarna.
Yo me quedé sentado en el suelo con el perro pegado a la pierna, del lado del corazón, oliéndome las manos para que constara todo en su registro particular.
Le rasqué las orejas. Le debía una: el muy traidor había abierto la puerta que yo llevaba nueve años sin poder abrir, y la había abierto de un salto, con veinte kilos de sobrepeso y sin enterarse.
Nueve años guardándolo yo solo. Nueve años de bolígrafo, de tachaduras, de excusas técnicamente defendibles, de doce metros exactos. Y resulta que una cosa así pesa la mitad en cuanto la coge otro por el otro lado.
Apagué el fluorescente. Cerré el hangar.
Subí la cuesta hasta mi casa mirando el suelo, y por el camino me quedó clarísima una cosa, y es que llevo dieciocho años decidiendo quién va a cada sitio en este valle y mañana, a la hora del bocadillo, lo que me pidiera aquella mujer se lo iba a decir que sí.