7 · Valen
Una tormenta seca es una tormenta a la que le han quitado la única parte buena.
Truena, relampaguea, se pone el cielo color de moratón, cae el rayo donde le da la gana — y no llueve.
O caen cuatro gotas que se evaporan a media altura, que es peor que nada, porque el aire baja seco y revuelto y le da vueltas al monte como una cuchara.
El miércoles, a las once y diez de la mañana, la sierra llevaba ya tres descargas contadas en el Umbría y una en el collado, y la vigía de la torre las iba cantando por radio con esa voz tranquila de la gente que se pasa el verano mirando a lo lejos.
Yo estaba en el aparato desde las diez, con el motor frío y el casco en la rodilla, haciendo lo que hacemos los pilotos cuando el cielo se porta mal: esperar de manera productiva.
A las once y catorce, humo.
—Chicharra, atención. Columna en la cabecera de las Zorreras, ladera de la Loma del Aire, cara sur.
Cogí el folio de la pernera antes que el casco.
Zorreras: en el mapa, Barranco Hondo. Loma del Aire: en el mapa, Loma Alta.
Treinta y tantas líneas escritas a mano por un hombre que se sentó una noche de junio a copiarme el idioma de su valle.
En cuatro segundos yo sabía dónde estaba el fuego, qué tenía encima, qué tenía debajo y por dónde se sale.
Por dónde se sale: por el sur. El día que un fuego se te ponga debajo de esta loma, sal por el sur aunque el sur te pille lejos. Andrés, dos frases, en el reconocimiento del jueves.
Y por dónde se entra: eso era el problema. A la cabecera de las Zorreras se llega por el camino viejo, y el camino viejo es el camino que el alcalde lleva ocho años metiendo en el plan. Cuarenta minutos con el pick-up, si el pick-up arranca. Cuatro minutos por el aire hasta la era de la ermita.
La central tardó menos de lo que yo esperaba en decirlo, y lo dijo con la solemnidad administrativa que se le pone a las primeras veces:
—Se autoriza transporte de personal de la cuadrilla de Valdecierzo al punto de toma.
Primer transporte de cuadrilla de la historia de esta base. Y a mí me tocaba estrenarlo con un rayo caliente en la ladera y con el viento de una tormenta seca dándole vueltas al valle.
El punto de espera del helipuerto es una barandilla de tubo pintada de amarillo que Ginés atornilló al hormigón en abril, cuando aquí todavía no había ni manga de viento. Marca hasta dónde puede llegar la gente cuando el aparato está en marcha. Está a doce metros del centro de la hache. Doce.
Yo llevaba dos semanas midiéndole al capataz esos doce metros sin mirar, y en dos semanas no se me había ocurrido lo evidente: que a doce metros del centro de la hache, en esta base, hay una cosa a la que agarrarse.
La cuadrilla llegó en tres minutos con la herramienta y con el ruido de cinco personas que llevan quince días esperando esto. Leti repartía. Samu se ató el casco tres veces. Nico traía la mochila del revés y nadie se lo dijo, por caridad.
El briefing, corto, que es el único que se entiende:
—Dos rotaciones a la era de la ermita. Cuatro y herramienta cada viaje, se entra por donde os diga el mecánico y se sale agachados y por delante, nunca por detrás. Dentro no se grita.
—¿Y el que se maree? —dijo Nico.
—Se marea hacia dentro de su casco y no toca nada. Son cuatro minutos.
Y entonces el capataz dijo su frase.
—Yo bajo por tierra.
Lo dijo con la emisora ya al hombro y el gesto de un hombre que ha resuelto un problema, no de uno que se escapa de él.
—Repite eso.
—Bajo por el camino viejo con el Milagro y me llevo el depósito y la herramienta pesada, que con gente dentro no caben.
—Señaló al sureste con la barbilla, sin prisa—.
Y os aseguro la salida por el sur. Si esa tormenta me rola el viento, mi gente va a tener el fuego debajo y una sola salida, que es el aire.
Y el aire, con la columna tumbada encima del claro, se cierra en dos minutos.
Prefiero estar abajo con el pick-up y el camino abierto.
Es defendible. Es más que defendible: he oído a jefes de extinción muy buenos argumentar cosas peores. Lo escribes en un parte y no hay una sola línea que se pueda subrayar.
—Cuarenta minutos —dije.
—Treinta y cinco.
—Tu gente va a estar en la ladera en cuatro y va a estar sola treinta y uno.
—Va con Andrés. —Media sonrisa, la de su madre, sin nada de gracia dentro—. Y con la mejor motosierra de la comarca. Yo ahí arriba sobro más que aquí abajo.
No tenía por dónde entrarle. Y encima tenía un fuego. Así que hice lo que se hace: asentí, me puse el casco y me fui a hacer la última vuelta al aparato.
Y en la última vuelta al aparato lo vi.
Estaba en la barandilla. La cuadrilla ya se había separado hacia la nave a por el depósito y él se había quedado solo en el tubo amarillo, de espaldas a la hache, dando por radio a la central el nombre oficial del sitio para que constara bien: cabecera de Barranco Hondo, cara sur de Loma Alta, acceso por VC-4 .
Voz de trabajo, ni una vacilación, la información entera y ordenada.
Con la mano izquierda tenía agarrado el tubo.
No apoyada. Agarrada. Los cuatro dedos por debajo y el pulgar por encima, los nudillos blancos, el antebrazo en tensión como cuando sujetas una motosierra que se te va. Un hombre de uno noventa que llevaba dos minutos aguantando de pie una barandilla que no se movía.
Y la cara. Debajo del moreno de dieciocho años de monte tenía un color que yo he visto dos veces en mi vida, las dos en cabina y las dos en gente que no volvió a subir: gris, con la piel brillante en las sienes.
Sudaba de una manera que no era la del calor.
El calor te suda de arriba abajo, te empapa el pelo, te oscurece la camisa en la espalda.
Aquello era otra cosa: cara, cuello y manos, y la camisa seca.
Terminó de dar la posición, dijo «recibido», soltó el tubo y se fue hacia la nave con su paso de siempre, ese paso de no correr aunque arda Roma.
En el tubo amarillo se quedó la marca. Una mano entera, dibujada en el polvo y la humedad, con los cinco dedos y el hueco de la palma, clarísima como una firma.
Tardó tres segundos en irse. Los conté, porque cuento todo. Uno, dos, y a los tres el sol se la comió y la barandilla volvió a estar como estaba.
Yo llevaba una semana con un diferencial escrito en la tablilla y con una posibilidad sin tachar, la cinco, la que dejé en blanco un rato largo con el boli apoyado. Algo que le pasó.
No la taché. Se tachó ella sola, delante de mí, a las once y veinte de la mañana de un miércoles, en el punto de espera del helipuerto de Valdecierzo.
Y después me subí a mi aparato, arranqué, y me llevé a cuatro de sus cinco personas a un monte que se estaba quemando, porque en este oficio lo que has entendido se guarda en el bolsillo con el resto de las cosas que pesan y se sacan cuando tocan.
Los cuatro minutos fueron cuatro minutos. La era de la ermita es exactamente lo que me habían prometido: llano y limpio. Dejé la primera rotación con el aparato apoyado y las palas girando, salieron agachados y por delante, y volví por los otros.
Nico vomitó.
No en el aire: en el suelo, tres pasos después de bajar, con una dignidad conmovedora, agarrado a su propia mochila y dándole la espalda al mundo. Leti le sujetó el casco. Samu, desde el otro extremo del claro, gritó algo que el ruido se comió y que era, con toda seguridad, «¡que conste!».
—Estoy bien —dijo el chaval, blanco como el papel—. Es que no había desayunado.
—Has desayunado dos bocadillos —dijo Leti.
—Medio. Se me cayó uno.
Aquello habría sido la anécdota del verano. Aquel día fue una vara de medir: un chaval de veintiún años se puso malo, lo dijo en voz alta delante de su cuadrilla, se limpió la boca y se fue al fuego con la azada al hombro.
Luego trabajamos, que es lo que se vino a hacer.
El conato estaba en la cabecera del barranco, en matorral, subiendo hacia la loma con esa prisa tonta que tienen los fuegos jóvenes.
Andrés me cantó las referencias desde tierra —el abrevadero, el ribazo de piedra, la mata de enebro grande— y yo fui a por agua a los Cañamares, que en junio todavía tiene, y le puse tres descargas en el flanco derecho contando hacia atrás con la cuadrilla fuera.
Y a las doce y media, el cierzo hizo lo que hace el cierzo cuando hay tormenta.
—Chicharra, aquí Andrés. Nos ha rolado. Lo tengo entrando por el collado y cayendo en escalón. El fuego se me va a meter en la Hoya.
—Confirmo desde arriba. Se te está tumbando la columna encima del claro.
—Salimos por el sur.
Y por el sur, en la curva del camino viejo, a doscientos metros de donde salió la cuadrilla con la herramienta al hombro, estaba parado un pick-up que hay que empujar cuesta abajo para arrancarlo, con el depósito lleno, la manguera tendida y un hombre mojando el borde del camino para que su gente pasara por tierra fría.
Le salió bien.
Lo escribo así porque es lo que es. Le salió bien, la maniobra era buena, la salida por el sur estaba abierta y sus cinco personas volvieron enteras y de pie. Si aquella tarde alguien hubiera leído mi parte, habría leído una operación limpia con un capataz previsor.
Pero yo sé distinguir una decisión de una casualidad con suerte.
Aquel hombre no eligió el camino viejo porque el viento fuera a rolar: el viento roló y le dio la razón.
En mi oficio a eso no se le llama criterio, se le llama margen.
Y los márgenes que no controlas se gastan siempre, y se gastan a lo tonto, y el día que se acaban estás tú en medio con cinco personas detrás.
Tomé en la base a las siete y veinte de la tarde, apagué, hice la lista y me quedé un rato mirando por el parabrisas la barandilla amarilla del punto de espera.
No había ninguna mano dibujada. Claro que no. Ya se había ido el sol de ese lado.
En Casa Fina, a las diez, Nico era un héroe.
Así funciona un pueblo: en la versión de la barra había vomitado en el aire, dentro del casco, y aun así había abierto cien metros de línea con la motosierra. En la de Leti, que es la que yo firmo, vomitó en el suelo y trabajó cinco horas sin abrir la boca.
—Es lo mismo —dijo Samu— pero contado mejor.
Fina salió de la cocina con la caldereta y con la libreta debajo del brazo, lo cual en aquella casa es como que salga el notario con la escritura.
La abrió junto a la caja, se mojó el índice, pasó hoja y trazó las columnas con el canto de una tarjeta.
Página nueva, arriba, con esa letra redonda de escuela antigua:
LA PRIMERA COMUNIÓN — 21 DE AGOSTO. ¿Quién se marea?
Y debajo, ya con nombres a lápiz: Nico, 1 a 2. Samu, 5 a 1 — apostado por Samu, que se juega dos euros contra sí mismo «porque es lo elegante». Leti no cotizaba: nadie de este pueblo se atreve a poner el nombre de Leti en un papel.
—A ti te he movido, por cierto —me dijo Fina sin levantar la vista—. Aguantas hasta el final de la campaña, tres a uno. Has bajado de precio, hija. Enhorabuena y lo siento.
—¿Y por qué he bajado?
—Porque hoy te has llevado a la cuadrilla del pueblo en volandas a un monte que se quemaba y los has traído. —Le sacó punta al lápiz con una navajita—. Aquí se apuesta con la tripa, pero se apuesta mirando.
Recorrí la página con el dedo. Cinco nombres. Faltaba uno, y no faltaba por casualidad, porque en aquella libreta se apostaba por la carretera de la ermita, por las carreras de los hijos y por las vueltas de los que se fueron.
—Fina. ¿Y el capataz?
El lápiz se paró medio segundo. Medio. Yo cuento hasta eso.
—Del capataz no hay página.
—En esta libreta hay página de todo.
—Del capataz no. —Cerró la libreta con una mano y la dejó junto a la caja, y por primera vez desde que la conozco no me puso la copita de anís—.
Aquí nadie apuesta contra el hijo de la dueña, hija.
Y el que quisiera apostar tendría que decir en voz alta lo que apuesta, y en este pueblo la gente es muy valiente hasta que hay que decir las cosas en voz alta.
Y se fue a la cocina con el paño al hombro.
Subí a mi cuarto y me senté en la cama con la tablilla en las rodillas, porque me quedaba una cosa por hacer y era la peor.
Yo tengo que entregar un parte de la operación y lo tengo que firmar.
En ese parte hay un hueco que se llama personal embarcado, en ese hueco no está el capataz de la unidad, y yo soy la única persona de esta comarca que sabe por qué.
Una piloto que se calla eso está tapando un panel.
Una piloto con un expediente durmiendo en un cajón a doscientos kilómetros que se calla eso está haciendo una tontería del tamaño de su carrera.
Escribí el parte entero: la hora del rayo, las rotaciones, las descargas, el viento que roló, la salida por el sur, el camino mojado por tierra.
Todo verdad y todo comprobable. Y en la línea del capataz puse lo que había pasado — flanqueo terrestre, apoyo de retirada por el sur — y nada más, porque nada más había pasado.
Después bajé la escalera del descansillo con la ventana abierta para el gato de la Encarna, salí a la cuesta y bajé al llano andando, a las doce y veinte de la noche, sin ninguna intención de dormir.
No bajaba a hablar con el capataz de la cuadrilla de Valdecierzo. Yo eso lo tenía clarísimo: bajaba a mirar un panel abierto.
En el hangar había luz.