6 · Bosco
En este oficio las malas noticias llegan por tres sitios: por la nariz, por la emisora y por la impresora. Las de la nariz te dan ventaja, que para eso madrugas. Las de la emisora te dan trabajo, que para eso cobras. Las de la impresora traen número de registro, y esas no se apagan con agua.
Aquel lunes subí al alba a mi curva del camino viejo a preguntarle al valle cómo había dormido, y el valle había dormido mal.
La humedad de la noche no había recuperado ni la mitad de lo que tenía que recuperar.
El rastrojo del llano estaba de un rubio feo, ese rubio de mediados de junio que ya no engaña a nadie.
Y el cierzo, que oficialmente estaba de vacaciones, movía las copas de los pinos lo justo para recordarme que sigue vivo y que volverá cuando menos me convenga.
El parte de la noche había dicho además la palabra que me estropea el desayuno: inestabilidad a partir del miércoles. Tormenta seca. En la ciudad eso no significa nada. Aquí significa que el cielo baja a encender cerillas por el monte y se va sin pagar la consumición.
Bajé a la base con esa idea puesta y me encontré a Nico esperándome en la puerta de la nave con tres folios en la mano y cara de ordenanza de película antigua.
—Capataz. Esto ha salido solo por la máquina.
La impresora del despacho imprime sola lo que manda la provincia. Es lo único de esta base que funciona sin que haya que empujarlo cuesta abajo.
Leí de pie, con el café en la otra mano, que es como se leen las circulares para que no parezca que te importan.
Asunto: certificación de embarque de personal. Unidades helitransportadas de nueva dotación.
Ejercicio de embarque y desembarque con el aparato en marcha, ante el coordinador provincial.
Base de Valdecierzo: jueves 21 de agosto, nueve de la mañana.
Deberá presentarse la totalidad del personal de la unidad, sin excepciones.
La certificación es nominal.
El personal que no complete el ejercicio causará baja en la unidad y será reasignado a medios terrestres.
Firmaba Requena. Requena firma como habla: bajito.
Me quedé con los folios en la mano más tiempo del que tarda un hombre en leer cuarenta palabras.
Reasignado a medios terrestres. En esta comarca ya no hay medios terrestres.
Los medios terrestres de esta comarca son estos cinco, esta nave, un pick-up que hay que empujar y yo.
La cuadrilla terrestre más cercana está a ochenta kilómetros y al otro lado de un puerto, en un valle que no es el mío, con un monte que no me sé y una gente que no es mi gente.
Reasignado quiere decir, en cristiano, que uno se va y todo lo demás se queda.
Y lo mejor es la palabra. Terrestre. Esa palabra la escribí yo, de mi puño, con mi bolígrafo, en el corcho de esa misma entrada, encima de mi propio nombre tachado. Uno se cree muy listo con un bolígrafo hasta que la provincia le contesta con la misma palabra, en negrita y con una firma debajo.
Clavé la circular en el tablón con la chincheta roja, que es la que uso para lo que no se mueve.
A las ocho y diez la cuadrilla entera estaba delante del corcho leyendo por encima del hombro de Leti, que es la que lee en alto porque es la única que vocaliza.
—«La totalidad del personal, sin excepciones» —recitó—. Vaya. Nos van a examinar de subir dos peldaños.
—Es un trámite —dijo Samu, con esa autoridad suya de hombre que da fe de lo que no ha visto—. Yo esto ya lo he vivido. Todos en fila, con el uniforme limpio, de uno en uno delante del señor de la carpeta, y luego el convite. Es la primera comunión.
—Es un ejercicio de embarque —dije.
—Es la primera comunión, capataz. Nos ponen en fila por estatura, sube cada uno, viene el señor de la carpeta y te firma. —Se le iluminó la cara—. Y encima cae después de las fiestas. Toda la comarca de resaca y nosotros haciendo la comunión.
Nadie discutió el nombre. En este pueblo el que bautiza primero se lleva el mote, y a partir de aquella mañana el simulacro de certificación del dispositivo provincial pasó a llamarse, en Valdecierzo y para siempre, la primera comunión.
—¿Y si me mareo? —dijo Nico.
—Te mareas —dijo Leti.
—¿Y si me mareo delante del coordinador?
—Te mareas delante del coordinador y te firma igual. Lo que no puedes es no subir.
—Es que yo en el autobús del instituto…
—Media Ración —lo cortó Samu, poniéndole una mano en el hombro con solemnidad de padrino—, tranquilo. Lo tuyo lo vamos a monetizar. Esta noche abro página en el bar: quién echa la papilla el veintiuno. Tú pagas poco, que eres el favorito, pero da gusto cobrar seguro.
—Que no voy a vomitar.
—Nadie ha dicho que vayas a vomitar. Digo que si vomitas, que sea con provecho.
Se rieron todos, incluido Nico, que se ríe siempre el último y por educación. Y yo también me reí, porque un capataz que no se ríe de sus peones a las ocho de la mañana no es un capataz, es un encargado.
Andrés no se rió. Andrés leyó la circular entera, despacio, con la barbilla levantada para enfocar la letra pequeña, y después se apartó del corcho y se puso a afilar la azada en el banco, que es lo que hace cuando quiere estar cerca de una conversación sin estar dentro.
Y entonces entró la piloto con su copia en la mano.
Ella no lee los papeles como los leemos nosotros. Nosotros los leemos buscando lo que nos van a quitar. Ella los lee buscando lo que va a tener que hacer.
—Cuatro rotaciones —dijo, sin dar los buenos días, que en su caso es la manera educada de darlos—. De cinco en cinco, con herramienta. Embarque, un salto corto, desembarque, y vuelta a empezar. Si nadie se enreda con una correa, a las once estáis todos certificados y en el bar.
—A las once y cuarto —dijo Samu—. Yo me enredo con la correa por narices, que tengo público.
—Necesito la lista cerrada antes de agosto —siguió ella, mirándome a mí—. Nominal. Nombres, uno por uno, para repartir las rotaciones. ¿Tú en cuál vas?
—En la última.
—¿Por?
—Porque el capataz cuenta cabezas y sube el último. Se cuentan siempre, aunque sepas de memoria cuántas hay. Es lo único de este oficio que no he cambiado en dieciocho años.
Y eso es verdad. Es tan verdad que se puede firmar, y ahí está lo malo de las medias verdades buenas: que no hay por dónde cogerlas. Samu asintió como si le hubieran explicado un dogma. Leti volvió a la herramienta. Nico apuntó algo en su libreta, que a saber qué apunta ese chaval.
Nominal. Segunda vez que aparecía esa palabra en dos horas.
—Te la paso por escrito —dije.
—Vale. —Y se quedó un segundo más de lo que necesitaba, con los folios doblados en la mano y esa cara suya de estar sumando, sumando, sumando—. Por escrito está bien. Pero el veintiuno no se embarca por escrito.
Nadie de la cuadrilla le vio nada raro a la frase. Es una frase normal. Es hasta simpática. Lo único que pasa es que a mí me entró por el pecho como entra el agua fría en una muela partida, y que la mujer que la dijo no dice frases por decirlas: dice frases y luego mira.
—Voy a repasar el cortafuegos —anuncié.
Leti levantó la cabeza de la herramienta.
—Si lo repasaste en marzo.
—Y en abril —dijo Nico.
—Dejadlo —dijo Samu—. El capataz repasa el cortafuegos como otros se van a fumar.
Cogí la azada del banco, el agua, el sombrero y la puerta. Butano se levantó de su sombra y me siguió hasta la báscula con ese trote suyo de oso doméstico; en la báscula se paró, se lo pensó, y volvió a la sombra del hangar. En junio, a las nueve de la mañana, mi perro tiene más criterio que yo.
Al cortafuegos se sube en cuarenta minutos por el camino viejo y en veinticinco si vas con prisa por dentro. Yo subí en veinte.
Veinte metros de tierra pelada trepando derechos hasta el collado.
No hacía ninguna falta repasarlo: estaba limpio, con los bordes de regla, tal y como lo dejamos Andrés y yo hace dos semanas.
Me puse a repasarlo igual. Hay hombres que rezan, hay hombres que beben y hay hombres que le quitan cardos a una línea que no tiene cardos. Cada uno se arrodilla donde puede.
Lo que tenía en la cabeza no era el miedo. El miedo lo conozco, llevo nueve años viviendo con él como se vive con una gotera: sabes dónde está, pones el barreño, no invitas a nadie a casa. Lo que tenía en la cabeza era el calendario.
Nueve años sin fecha. Eso es lo que se me acababa aquella mañana.
Nueve años de bolígrafo, de planning hecho por mí, de «va Andrés, que conoce el terreno», de «va Leti, que lleva la motosierra», de tachaduras repasadas dos veces hasta romper el papel.
Nueve años administrando mi avería con la única herramienta que tiene un capataz: decidir quién va a cada sitio.
Y de golpe llega un folio de la provincia con número de registro y me deja sin herramienta, porque contra un bolígrafo vale otro bolígrafo, pero contra un jueves de agosto a las nueve de la mañana no vale nada.
Le di a la azada. La tierra estaba dura y agradecida.
Lo cómico —y esto tiene su gracia, porque si uno no le encuentra la gracia se le pone cara de Requena— es que yo he estado en esta línea con cuarenta grados y el fuego a doscientos metros, y no me tembló la mano.
He bajado a sacar a un chaval de un barranco con el humo entrando por el sur.
Trepo riscos donde no sube ni la cabra de la Encarna.
Puedo dormir en el monte con un incendio de pie a un kilómetro y despertarme por el olor cuando cambia.
Y el veintiuno de agosto, a las nueve de la mañana, delante de mis cinco, delante del mecánico, delante de la piloto y delante de un señor con una carpeta que no levanta la voz jamás, se me va a pedir que suba dos peldaños de una escalerilla y me siente.
Dos peldaños.
A las once y media oí una piedra rodar detrás de mí y no me hizo falta volverme. Andrés sube el último tramo del cortafuegos siempre por el mismo sitio, pisando siempre las mismas piedras, como los mulos.
Traía la otra azada. Ni buenos días ni qué haces aquí ni tú estás loco. Se puso a tres metros de mí, en la línea, y empezó a repasar hacia arriba lo que yo repasaba hacia abajo.
Estuvimos veinte minutos así, que en el idioma de Andrés y mío es una conversación larga. El sol subía. Abajo, el valle se iba poniendo blanco de calor y la base era una chapa que brillaba con un bicho amarillo quieto encima.
—Buena línea —dijo por fin, mirándola a ella y no a mí, porque en esta comarca los elogios van dirigidos a las cosas.
—Se defiende.
—Yo me jubilo en dos campañas. —Le dio a la azada dos veces más—. Esta línea la va a repasar todos los marzos el que tú digas.
—Ya.
—El que tú digas —repitió—. Si estás.
Y siguió trabajando como si acabara de comentar el precio del gasóleo.
Ahí estaba. En nueve años, ese hombre y yo no hemos hablado nunca de esto y no vamos a hablar nunca.
Es un pacto que no se firmó, de esos que se sostienen solos.
Él sabe lo que sabe, se calla lo que se calla, y una vez cada mucho tiempo deja una frase en el suelo, como quien deja el agua a un perro, y se va sin mirar si bebes.
—Voy a estar —dije.
Andrés asintió despacio, con la vista en el collado.
—Vale.
Bajamos juntos a las dos, sin hablar, que es como mejor trabajamos y como mejor bajamos.
En la báscula nos cruzamos con el Milagro, que llevaba a Leti y a Nico al camino de la ermita, y desde la caja Samu nos gritó algo sobre la comunión y sobre si yo iba a llevar vela.
Le contesté con la mano, con dos dedos, con la elegancia justa.
Y me subí al pueblo a cenar con mi madre, que me guardaba la cena y la mirada, y no le conté nada, y ella no me preguntó nada, que es la manera que tienen las madres de decirte que se han enterado.
Porque un tablón se tacha. La lista de un planning se corrige, y se corrige a bolígrafo, y el que la corrige es el que la escribe, que soy yo, que llevo dieciocho años escribiéndola.
Un jueves de agosto no se tacha.
Y a partir de aquel lunes, por primera vez en nueve años, lo mío tuvo día, hora y testigos.