5 · Valen
En Casa Fina caben treinta y ocho personas sentadas. Lo sé porque las conté, que es lo primero que hago al entrar en cualquier sitio: cuento gente y cuento salidas. Deformación profesional y, en un bar de pueblo un viernes de junio, información inútil, porque aquella noche había cincuenta.
Bajé a las nueve con el pelo mojado y la sensación rarísima de estar llegando tarde a mi propia casa.
La escalera del descansillo daba directamente al ruido: platos, sillas arrastradas, tres conversaciones que se pisaban, la tele puesta sin que la mirara nadie y, por encima de todo, la voz de Fina repartiendo órdenes desde la cocina como un jefe de dispositivo.
—¡La de arriba, que ya baja! —anunció alguien.
Y el bar entero se volvió a mirar.
Yo he entrado en salas de reuniones con doce hombres esperando a ver si la piloto era la piloto. Aquello era peor y era mejor, porque nadie fingía. Me miraron con la naturalidad con la que se mira una obra en la plaza: descaradamente, en grupo, y con comentarios.
—Más menuda de lo que parece de lejos.
—Es que de lejos va dentro de un helicóptero, Puri.
Habían juntado tres mesas en el centro con manteles de papel y encima había pan, vino de la casa en jarra de barro y una fuente de caldereta que olía a cordero, a laurel y a domingo.
Las seis mesas normales del bar estaban ocupadas por gente que no era de la cuadrilla y que había venido, entiendo, al espectáculo.
El tractorista del primer día —Onésimo, ya con nombre, ya sin hollín— levantó el vaso hacia mí desde la barra.
La señora del carrito de la compra me guardó sitio dando dos palmadas en la silla de al lado como si fuéramos de toda la vida.
—Encarna —se presentó—. La del gato.
—Valen. La de la ventana abierta.
—Esa misma. —Me sirvió vino sin preguntar, costumbre local que ya no me molesto en combatir—. ¿Es verdad que hoy has mojado al chiquillo?
La noticia había llegado antes que yo, con menos ropa y más gracia. En la versión de la barra, Nico había volado tres metros. En la versión de Nico, que estaba sentado enfrente con el pelo todavía tieso de barro seco, había sido «un roce del borde».
—Un roce del borde —confirmé.
—Ese roce de borde me ha arrancado el bocadillo de la mano —dijo Nico.
—El bocadillo se te cae solo, Media Ración —dijo Leti—. Es tu don.
Y así, en dos minutos, aprendí más de aquella cuadrilla que en cuatro días de base: que Nico era Media Ración, que a Samu lo llamaban el Notario porque daba fe de todo lo que no había visto, que a Andrés le decían el Mudo, y que Leti no tenía mote.
—¿Y eso? —pregunté.
—Se lo puse una vez —dijo Samu— y me duró lo que tardó en llegarme la respuesta.
—Cuatro días —dijo Leti, sin levantar la vista de la caldereta— y una motosierra desmontada pieza a pieza encima de mi cama, mal montada a propósito, y él sabiendo que a las seis de la mañana yo tenía que salir con ella.
—Fue una obra de arte —dijo Samu, con la mano en el pecho.
—Fue la última vez que tuve mote.
Bosco llegó cuando ya iban por la segunda jarra.
Traía la camisa limpia y el pelo mojado, lo que en su caso era el equivalente a ponerse de gala, y el bar lo saludó con esa mezcla de cariño y burla que un pueblo reserva para el que ha visto crecer.
Se sentó donde le habían dejado sitio sin preguntarle: enfrente de mí, dos sillas a la derecha, lo bastante cerca para oír y lo bastante lejos para no tener que hablar.
—Capataz —dije.
—Piloto.
—¿Tú también vienes al bautizo?
—Yo vengo a que mi madre no me lo eche en cara el resto de mi vida.
La caldereta se acabó, salieron las rosquillas de anís y el bar se convirtió en lo que sospecho que es todas las noches: un parlamento.
Se debatió el estado de la carretera de la ermita.
Se debatió si el alcalde iba a arreglarla o iba a volver a decir que estaba en el plan.
Se debatió, con más pasión que ninguna otra cosa, si el helicóptero hacía más ruido que la trilladora antigua de los Cañamares, y en esa votación yo perdí por mayoría absoluta.
—Chicharra le pusieron, y bien puesto —sentenció Onésimo.
—A la máquina —matizó Andrés desde su esquina, hablando el último como siempre—. A ella no.
—A ella hay que ponerle todavía. —Samu se levantó medio palmo del asiento, tomando la palabra como quien preside—. Propongo Maverick.
—No.
—Propongo la Voladora.
—No.
—Propongo la Rociadora, por lo del chiquillo.
—Samu —dijo Fina, saliendo de la cocina con una bandeja—, esta chica se llama Valen, duerme en mi casa y come de mi cocina, así que en este pueblo va a ser la de arriba y ya está. Lo demás son ganas de hablar.
Y así se cerró. Sin votación, sin discusión, con el poder tranquilo de una mujer que lleva la barra. La de arriba : por el cuarto y por el oficio, las dos cosas a la vez, y con la ventaja de que no se le puede reprochar nada a un mote que es simplemente cierto.
La puerta se abrió y entró la Guardia Civil, y el bar bajó dos decibelios de forma automática, en un reflejo tan viejo como los pueblos.
Era una mujer de mi edad más o menos, seca, con el pelo tirante y una expresión de haber discutido esto mismo demasiadas veces.
—Buenas noches. ¿De quién es el camión-taller de la puerta?
Ginés levantó la mano desde el final de la mesa sin dejar de masticar.
—Ginés, estás encima del paso de peatones. Otra vez.
—Sí.
—Te voy a multar. Otra vez.
—Vale.
—¿No vas a decirme nada?
Ginés se lo pensó de verdad, con la seriedad de quien revisa un panel.
—Que buenas noches, Marga.
Ella escribió, arrancó el papel, se lo dejó al lado del plato y se fue, y el bar entero esperó a que la puerta se cerrara para reírse, y Ginés se guardó la multa en el bolsillo del pecho con el mismo cuidado con el que guarda las galgas.
Anoté aquello donde apunto lo importante y con una interrogación grande al lado, porque yo llevaba cinco días en Valdecierzo pero no llevo cinco días en el mundo.
Bosco se levantó a por más vino y al volver, en vez de sentarse en su sitio, se sentó en el de la Encarna, que estaba en la barra dirimiendo lo de la carretera. Puso el vaso, puso la jarra y puso, entre los dos, doblado en cuatro, un folio.
—Toma.
Lo desdoblé. Era una lista escrita a mano, con letra apretada y de imprenta, de las que se aprenden rellenando partes: dos columnas.
En la de la izquierda, los nombres del mapa.
En la de la derecha, los nombres de verdad.
Barranco Hondo — las Zorreras. Loma Alta — la Loma del Aire.
Balsa de la Vega — los Cañamares. Camino rural VC-4 — el camino viejo.
Treinta y tantas líneas. Abajo, tres apuntes en letra más pequeña: cuándo se vacía la balsa, dónde no se puede tomar tierra, y qué finca tiene un tendido eléctrico que no sale en ningún plano.
—¿Esto lo has hecho tú?
—Lo ha hecho Andrés y lo he escrito yo, que él escribe como si tuviera puestos los guantes. —Se sirvió—. Si por radio dices Barranco Hondo, mi gente va a tardar cuatro segundos en entenderte. Cuatro segundos.
Lo dijo como se dice un dato técnico. No lo era. Un hombre que se sienta una noche de junio a copiar treinta líneas a mano para que a su cuadrilla no le sobren cuatro segundos no te está dando un papel: te está diciendo dónde tiene el corazón, y encima lo está disimulando fatal.
Doblé el folio y me lo guardé en el bolsillo de la pernera, en el mismo bolsillo donde llevo la otra cartulina, y noté perfectamente lo raro que era que aquellas dos cosas fueran a viajar juntas a partir de ahora.
—Gracias —dije.
—Es procedimiento.
—Ya. —Bebí—. Oye, capataz. Una cosa de procedimiento. El jueves que viene hay reconocimiento otra vez.
Le cambió algo en la cara. Nada dramático: un grado, dos como mucho. La mano derecha, que estaba abierta sobre el mantel de papel, se cerró un poco.
—El jueves que viene va Leti —dijo—. Le toca conocer el terreno desde arriba. Es la que va a llevar la motosierra el día que haya que abrir una línea en el Umbría.
Es un argumento impecable. Es tan impecable que me lo habría creído entero de no ser porque lo tenía preparado.
A la una de la madrugada quedábamos ocho y el bar olía a café y a cerrado. Fina apartó a los últimos con el paño al hombro, apiló platos con una eficiencia que ya me gustaría ver en algunas bases, y yo hice lo que hago desde que tengo memoria cuando alguien me da de comer: me levanté a recoger.
—Deja, mujer.
—Ni hablar. Usted cocina, yo cargo. Es un reparto justo.
—Tutéame o te subo el alquiler.
Llevé la primera tanda a la barra y ahí la vi.
Estaba junto a la caja, medio tapada por el tarro de las propinas: una libreta de tapas de hule negro, gruesa, con el lomo reventado y reforzado con cinta de embalar, del tamaño exacto de un libro de contabilidad de los de antes.
Fina se secó las manos, se mojó el índice, pasó una página con ese ruido seco del papel viejo, cogió un lápiz que llevaba detrás de la oreja y apuntó algo.
Y luego, sin mirarme, con la libreta todavía abierta, dijo:
—Puedes mirar. Total, en este pueblo lo sabe todo el mundo menos tú.
Miré.
No era una libreta de cuentas. O sí, pero no de dinero.
Era una libreta de columnas hechas a mano, con reglas trazadas con el canto de una tarjeta, y en cada página un asunto, y debajo de cada asunto una lista de nombres con cifras al lado.
Reconocí media docena de apellidos del bar.
Reconocí, en una página anterior, una entrada tachada que decía algo de un tractor y una fecha de hacía dos años.
Y en la página abierta, arriba, con letra redonda y buena de las de escuela antigua:
LA PILOTO. ¿Cuánto aguanta en Valdecierzo?
Debajo, dos líneas trazadas con la tarjeta:
Se va antes de las fiestas — 2 a 1. Aguanta hasta el final de la campaña — 4 a 1.
Y al lado de la primera, en la columna de los nombres, cinco o seis apuntados a lápiz. El primero de todos, con la caligrafía grande y feliz de quien firma un autógrafo: Samu.
—Serás… —dije, sin volverme, y desde la mesa me llegó un aullido de risa.
—¡Yo aposté el martes! —gritó Samu—. ¡El martes! ¡Con el hormigón sin fraguar! ¡Que conste!
—Consta —dijo Andrés.
Había una tercera línea. La vi de refilón, empezada, escrita con menos letra, y no llegué a leerla porque el pulgar de Fina aterrizó encima con la puntería de un pájaro. Un pulgar corto, colorado, con harina en la uña. Firme como una losa.
—Esa todavía no está abierta —dijo.
—¿Y cuándo se abre?
—Cuando haya movimiento.
Cerró la libreta con una mano, la dejó junto a la caja como quien deja las llaves de la iglesia, y me puso delante una copita de anís que yo no había pedido y que era, evidentemente, un peaje.
—No te lo tomes a mal, hija. Aquí se apuesta por todo. Se apostó por si la carretera de la ermita se arreglaba antes de que muriera mi suegra, y ganó mi suegra, que se murió a los noventa y uno. Se apostó por si el hijo de la panadera acababa la carrera. Se apostó por si volvía mi hijo.
Levanté la vista.
Fina estaba pasando el paño por el mármol, sin ningún énfasis, con la cara de una mujer que dice algo que en su cabeza no es más grave que el precio del pan.
—¿Se apostó por si volvía?
—Se apostó a que no. —Frotó una mancha que ya no estaba—. Y gané yo. Casi ochenta euros, en billetes de cinco, que los estuve cobrando de uno en uno durante un año entero por pura vergüenza ajena.
Detrás, en la mesa, la cuadrilla se levantaba entre sillas y bostezos. Bosco recogía vasos con las mangas dobladas hasta el codo, igual que en la nave, igual que en el rastrojo, poniendo el mundo en su sitio también aquí.
Subí a mi cuarto con el folio de los nombres del monte en el bolsillo y la libreta metida en la cabeza.
Y me quedé un rato sentada en la cama, con la ventana del descansillo abierta para el gato de la Encarna, ordenando lo que había aprendido en una noche, que era mucho más de lo que había aprendido en cuatro días de pista.
Uno: en Valdecierzo todo se cotiza. Todo. La carretera, las carreras de los hijos, las vueltas de los que se fueron.
Dos: yo ya cotizo. Dos a uno a que me largo antes de las fiestas, y el primero de la lista es un tío que me cae bien y que hoy me ha visto trabajar y seguirá apostando lo mismo, porque una cosa es el cariño y otra el dinero.
Y tres, que es la que me quitó el sueño de verdad: si en este pueblo hay una libreta donde se apunta todo lo que la gente no dice en voz alta, entonces existe, en algún sitio, en alguna página, con la letra redonda de una mujer que lo apunta absolutamente todo…
…lo del capataz.
Lo que hay que averiguar es a cuánto está pagando.