4 · Bosco
El humo de rastrojo no huele como el humo de monte. El de monte es resina y trementina, huele casi a iglesia, y por eso engaña. El de rastrojo huele a pan quemado. Es un olor tonto, doméstico, de cocina descuidada, y a mí me levanta de la silla antes que cualquier emisora.
Lo cogí a la una y veinte de la tarde, un viernes, comiendo de pie en la puerta de la nave.
Levanté la cabeza y ahí estaba: una columna fina, blanca todavía, subiendo derecha desde el llano de la Vega.
Blanco quiere decir que se está comiendo la paja.
Cuando pase a gris, es que ha encontrado algo mejor.
—Vamos —dije.
La emisora lo confirmó doce segundos más tarde, que es lo que tarda el mundo oficial en enterarse de lo que ya sabe la nariz de cualquiera.
Conato en el rastrojo de los Cañamares, parcela del Onésimo, y el Onésimo empacando desde las once.
Una piedra, una cuchilla de empacadora y un pedernal improvisado.
Así empieza el ochenta por ciento de mis veranos.
La cuadrilla se movió como se mueve la gente que lleva quince días esperando moverse. Leti ya venía con las herramientas en brazos antes de que terminara la frase, Andrés apareció de donde aparece Andrés, que es de ninguna parte, y Samu se puso el casco encantado de la vida.
—¡Que arde! —anunció, por si no nos habíamos enterado.
—Nico, agua y batefuegos. Y hoy la desbrozadora se queda en casa. —Encerré al perro en la nave, que en un rastrojo un perro solo sirve para llenarse las patas de rescoldo y darme un disgusto—. Al Milagro.
El Milagro es nuestro pick-up y se llama así porque cada arranque lo es. Nico y Samu lo empujaron veinte metros cuesta abajo mientras yo soltaba el embrague, y arrancó a la tercera con un eructo de bestia vieja. Llevo dos años pidiendo por escrito otro. Me han mandado un helicóptero.
Y hablando del helicóptero.
Salíamos por el camino de la báscula cuando la central lo cantó: medio aéreo activado, la Chicharra al conato.
Un segundo después el aire entero se puso a vibrar por encima de la nave, ese ruido que no se oye con las orejas sino con las costillas, y la sombra nos cruzó la carretera y siguió hacia la Vega a una velocidad indecente.
Samu se asomó por la ventanilla como un crío.
—¡Anda que no llega antes que nosotros!
—Llega antes y no puede hacer nada sola —dije—. El fuego se apaga a ras de suelo. El agua de arriba solo lo distrae.
Es verdad. Es rigurosamente verdad y lo enseño en los cursos.
Pero también es verdad que lo dije mirando la carretera y no el cielo. Que en esta comarca hay un hombre que se sabe cada raíz de su monte y no levanta la cabeza cuando algo le pasa por encima. Ni para ver llover.
El rastrojo estaba en su momento peor: seco, cortado, con la paja tumbada en hileras como si alguien hubiera preparado la leña a mano.
El fuego corría bajo y rápido, con esa llama tonta de medio metro que no impresiona a nadie y se te planta en el ribazo en cuatro minutos.
Detrás del ribazo, almendros. Detrás de los almendros, monte bajo.
Y el monte bajo de junio, con la primera ola de calor encima, es lo mismo que el rastrojo pero cuesta arriba.
El Onésimo daba vueltas con el tractor y la grada, abriendo tierra por el lado del camino, negro de hollín y con una cara de disgusto de las que se recuerdan en un pueblo veinte años.
—¡Que yo no he sido, Bosco!
—Nadie ha sido nunca, Onésimo. Tú sigue con la grada, y por el lado de la linde, que si me abres eso me ahorras media tarde.
Repartí. Leti y Andrés al flanco derecho, que era el que corría; Samu y Nico conmigo al izquierdo, a coserle el borde con batefuegos; el camino de tierra como línea de apoyo, que un camino es un cortafuegos que ya está pagado por la Diputación.
Aquello no era un incendio. Era un bicho pequeño que se pone grande si lo miras mal.
Y arriba, dando la primera vuelta de reconocimiento, la Chicharra.
—Cuadrilla de Valdecierzo para medio aéreo —dije por la emisora.
—Aquí Chicharra. Te escucho, capataz.
Su voz por la radio era distinta que en la pista. Más baja, más lenta, con todo el aire fuera antes de hablar. Voz de trabajo. En la emisora la gente hace dos cosas: gritar o recitar. Ella ni una ni otra.
—Tienes el fuego corriendo hacia el este, a la linde de almendros. Ahí no lo quiero. ¿Ves un poste de la luz solo, en mitad de la parcela?
—Lo veo.
—Del poste hacia el ribazo, esa lengua. Eso es lo tuyo. La cabeza la cojo yo por tierra.
Tres segundos de silencio. Estaba mirando, no dudando; hay una diferencia y se oye.
—Recibido. ¿Te lo pongo en el flanco o encima de la cabeza?
—Flanco. La cabeza la tengo a cincuenta metros de mi gente.
—Flanco entonces. Capataz, dame treinta metros de despeje y confírmame que están fuera. No suelto sin tu voz.
Y ahí, con el batefuegos en la mano y la cara ardiendo, me di cuenta de que estaba haciendo algo que no había hecho en toda mi vida profesional: relajar los hombros en mitad de un fuego.
Porque el que trabaja con medios aéreos aprende pronto lo que se teme de verdad, y no es el agua.
Es el que descarga sin avisar. Es la tonelada que cae donde hay un hombre agachado.
Yo he visto a un peón salir rodando por un ribazo como un fardo por una descarga bien intencionada, y he visto a un piloto de los buenos preguntar tres veces lo mismo porque abajo nadie le contestaba.
Esta preguntaba una vez y esperaba la respuesta.
—Samu, Nico: al camino. ¡Al camino! —Conté cabezas. Se cuentan siempre; se cuentan hasta cuando sabes cuántas hay—. Chicharra, dos fuera, uno soy yo y me voy al camino ahora. Flanco derecho tengo dos más, a ochenta metros largos.
—Ochenta me sirven. Voy entrando. Tres, dos, uno, agua.
El ruido cambió de sitio: pasó de estar arriba a estar encima, el aire se puso duro y la paja se levantó del suelo en una circunferencia perfecta. Y después el golpe, ese chof enorme y sucio del agua cayendo sobre la tierra caliente, y una nube blanca subiendo de golpe con olor a barro hervido.
Le puso el agua exactamente en la lengua del poste.
Exactamente. No en el medio, no repartida por educación: en la raíz de la lengua, cortándole el paso, con el borde de la descarga mordiendo el rastrojo que aún no ardía.
Eso no se hace con puntería. Eso se hace habiendo entendido por dónde iba a ir el fuego cuando lo mojaras.
—Buena —dije.
—Hay más. Voy a la balsa y vuelvo. Ocho minutos.
Nico salió del humo blanco andando muy tieso, empapado de la cabeza a las botas, con el casco torcido y una cara de asombro religioso.
—Me ha dado el borde —informó.
—Te ha dado el borde —confirmó Leti desde el otro flanco— porque estabas donde no había que estar, Media Ración.
—¡Estaba en el camino!
—Estabas en el camino con medio cuerpo fuera del camino, que es tu especialidad.
A Samu se le escapó una risa de las suyas, de las que se oyen desde el pueblo, y a mí también, que para eso soy el capataz y tengo derecho a reírme el último.
El chaval estaba entero, el fuego estaba parado en la lengua del poste y el ribazo seguía siendo un ribazo y no una mecha hacia el monte.
Un buen minuto. En este trabajo hay pocos y se celebran así, con un novato hecho una sopa.
Le entré a la cabeza del fuego con el batefuegos, golpeando a favor, dentro hacia fuera, el ritmo de siempre, ese ejercicio de gimnasio con hollín que llevo dieciocho años haciendo. Y cuando ya lo teníamos comido casi entero, el aire me tocó la nuca por el lado que no debía.
Me paré en seco.
—Chicharra, aquí capataz. El viento me está rolando. Lo tengo entrando por el norte.
—Confirmo, se me ha movido en el último circuito. ¿Qué me pides?
Ni «estás seguro», ni «desde aquí no lo veo así». Nada. Qué me pides.
—Que la próxima me la pongas en la linde de los almendros, aunque ahí todavía no haya fuego. Si me rola en serio, en cinco minutos lo tengo saltando el ribazo y yo ahí ya no llego a tiempo.
—Mojar donde no arde. Me gusta. Voy.
Y lo hizo. Puso una franja de agua en una linde donde no había una sola llama, que es la orden más difícil de obedecer para cualquiera que trabaje con una máquina cara y unos jefes con calculadora, porque una descarga en tierra fría no sale en ninguna foto y no la aplaude nadie.
El viento roló. Claro que roló. Y llegó a la linde de los almendros y se encontró con el barro que le había dejado puesto una mujer a la que yo llevaba tres días tratando como a una avería.
A las cuatro y media aquello era humo blanco, tierra negra y cinco personas repasando el perímetro con la azada, buscando rescoldos con la paciencia de un rosario.
La rematada es lo que nadie cuenta y lo que de verdad apaga los incendios: dos horas de aburrimiento a cuarenta grados para que a las once de la noche no se levante otra vez lo que dabas por muerto.
La Chicharra tomó en la era de arriba, a doscientos metros, y bajó las revoluciones hasta ese ronroneo que hacen cuando ya no van a ningún sitio.
Ella se bajó, se quitó el casco y se pasó el antebrazo por la frente, y le quedó una raya limpia en mitad de la ceniza, de sien a sien, como una máscara mal puesta.
Traía la trenza deshecha por un lado. Venía andando por el rastrojo quemado con esa manera suya de andar, pasos cortos y rápidos, mirándolo todo, sumando.
Se paró delante de mí. Yo tenía las manos negras y ella también.
—Bonita rematada —dijo, mirando a la cuadrilla agachada—. Sois rápidos.
—Somos viejos. Los viejos rematamos porque no queremos volver de noche. —Señalé con la barbilla la linde de almendros, mojada, intacta, la más aburrida del mundo—. Eso de ahí.
—¿Qué pasa con eso de ahí?
—Que no lo hace todo el mundo. Que ahí hay pilotos que me discuten diez minutos por radio delante de mi gente.
Ella se encogió de hombros con una cara que no se le había visto todavía en Valdecierzo, y que era, más o menos, la de alguien a quien no le dicen esto muy a menudo.
—Me lo pediste tú. Tú tenías el viento en la nuca y yo tenía el viento a doscientos metros de altura. El tuyo era el bueno.
Y ya está. Eso fue todo. Dos frases cada uno, en mitad de un rastrojo quemado, y sin embargo cualquiera de mi cuadrilla que estuviera mirando desde lejos habría dicho que ahí se firmó algo.
Samu, que siempre está mirando desde lejos, gritó desde el perímetro:
—¡Piloto! ¡Esta noche cena de cuadrilla en Casa Fina, que hay que bautizarte! ¡Y paga el capataz, que es el hijo de la dueña!
—El capataz no ha dicho eso —dije.
—¡El capataz nunca dice nada y siempre paga! —contestó Leti, sin levantar la vista de la azada.
Ella se rió. Se rió de verdad, con la cara sucia y la trenza hecha un desastre, y se fue hacia su aparato despidiéndose con dos dedos en la frente, y yo me quedé en mitad de la parcela negra con la azada en la mano, haciendo el papel de hombre serio que revisa un perímetro.
Aquí viene la parte que no pienso contarle a nadie.
Durante tres horas he tenido su voz metida dentro del casco.
No al lado: dentro. Es lo que tiene la emisora, que la voz del otro te suena en el hueso, más cerca de lo que te suena la de tu madre en la cocina.
Y esa voz ha estado toda la tarde diciéndome cosas que yo llevo pidiendo dieciocho años: confírmame que están fuera, no suelto sin tu voz, el tuyo era el bueno .
Se me quedó puesta. Bajando por el camino de la báscula, con el Milagro haciendo su ruido y Samu contando por decimotercera vez lo de Nico y el agua, yo seguía oyéndola contar hacia atrás. Tres, dos, uno.
Y ojo, que esto no es lo peligroso. Lo peligroso es lo otro, lo que pensé cuando la vi cruzar el rastrojo mirándolo todo:
que una mujer que le lee el paso a un fuego con esa puntería no va a tardar mucho en leerme a mí.
La piloto sabe. Eso lo tengo clarísimo desde esta tarde.
El problema es que sabe demasiado bien.