3 · Valen
Un reconocimiento de comarca es un examen que te pones tú misma. Nadie te lo corrige, nadie te lo firma, y si lo haces mal el suspenso no llega ese día: llega en agosto, de noche, con el valle lleno de humo y un barranco debajo de la panza que nadie te dijo que estaba ahí.
Salí a la pista el jueves a las siete menos veinte.
El hormigón nuevo tenía rocío, el cierzo todavía no había decidido si trabajar, y el valle estaba en ese silencio de junio que engaña a los de ciudad y no engaña a nadie más.
Di la vuelta al aparato despacio, tocando cada cosa que hay que tocar, y después la volví a dar.
Ginés ya estaba allí, medio cuerpo dentro de un panel, con esa manera suya de no dar los buenos días hasta que ha comprobado que la mañana los merece.
—¿Cómo lo ves? —le pregunté.
—Fina.
Cuatro letras. Con Ginés, cuatro letras son un discurso.
Subí, ajusté el asiento, me puse en la rodilla la cartulina plastificada de las esquinas comidas y repasé lo que repaso siempre, en el orden de siempre.
Después la guardé en el bolsillo de la pernera y saqué la tablilla, que es donde escribo lo que va a pasar de verdad: puntos de agua, altitudes, dónde puedo dejar gente y dónde no puedo dejar ni una piedra.
A las siete en punto aparecieron dos siluetas por el camino de la nave. Una venía andando como quien va a trabajar. La otra, como quien va a entregar un paquete y volverse.
Bosco Ibarra se paró a doce metros del helipuerto. Ni once ni trece: doce, los mismos del martes, los mismos que ya empezaba a poder medir sin mirar. Traía un mapa doblado en cuatro y me lo tendió con el brazo estirado, como se pasa un plato que quema.
—Ahí tienes a tu experto —dijo—. Cuarenta años de monte. Si hay un barranco en esta comarca que Andrés no sepa nombrar, es que lo han abierto esta noche.
Andrés, el experto, se subió el cuello de la camisa y no dijo nada. De cerca era seco y correoso, con las manos de un hombre que ha sujetado herramienta mucho más tiempo del que ha sujetado un vaso.
—El planning decía piloto, capataz y peón de apoyo —dije.
—El planning lo hice yo. Y lo he corregido yo. Es la ventaja de tener bolígrafo.
Lo dijo sin bajar la voz, delante de Andrés, delante de Ginés, delante de la comarca entera si hubiera hecho falta. Eso lo apunté: el hombre no se escondía. Escondía otra cosa, pero no se escondía él.
—Conocimiento del terreno —repetí—. Vale. ¿Y el conocimiento de tu cuadrilla? Porque el jueves que viene tengo que saber dónde te puedo soltar a ti y a cinco personas con herramienta, y eso no me lo dice un barranco.
—Te lo dice Andrés mejor que yo.
—Andrés no decide dónde ponéis los pies.
—Andrés lleva pisando desde antes de que tú tuvieras carnet de nada. —Media sonrisa, la misma que su madre, y sin ninguna gracia dentro—. Cuídamelo.
—Que ya soy mayorcito —dijo Andrés, hablando por primera vez, y se subió al aparato.
Y ahí lo dejé. Una vez se pregunta; dos veces ya es medir, y cuando mides delante de un hombre así, el hombre lo nota.
Yo tenía una comarca entera que aprenderme antes del primer incendio de verdad y no pensaba gastar la mañana en una tachadura.
La tachadura no se iba a ir a ninguna parte. Las tachaduras nunca se van.
Bosco se quedó a sus doce metros mientras yo cerraba la puerta. Cuando arranqué, ya no estaba.
Andrés se abrochó como se abrocha la gente que ha volado las veces justas: bien, a la primera, y sin tocar nada más. Se puso el casco, le hice la prueba de intercomunicador y no contestó. Se la repetí. Nada.
Me incliné para revisarle la conexión y él me paró la mano con dos dedos.
—Por el izquierdo no oigo —dijo, dándose un golpecito en la oreja—. Motosierra. Treinta años a un palmo de la cadena y esto se gasta como se gasta todo.
—¿Te oigo yo a ti?
—Tú a mí siempre. Y yo a ti aquí dentro, perfecto. —Se ajustó la correa con una satisfacción rara—. Es lo bueno de este chisme: el ruido me lo mete por los dos lados. En el aire te oigo mejor que en el bar.
Despegué contra el cierzo flojo y subimos con el sol todavía plano, que es la hora en que el monte cuenta la verdad: las umbrías negras, las solanas ya doradas, los caminos marcados como venas.
Puse rumbo al noreste, al Cerro Umbría, porque lo primero que se aprende de una comarca es lo que más te va a doler.
Y Andrés se convirtió en otra persona.
En tierra habla el último y poco. En el aire habló como un río, sin adornos y sin una sola palabra de más, y todo lo que decía era información:
—La Hoya del Herrero, ahí abajo. Se te va a helar la humedad en el fondo y por la mañana parece que no arde. Arde. —Un dedo al frente—. Ese barranco es el de las Zorreras. En el mapa pone Barranco Hondo. En el mapa pone muchas cosas.
—¿Y qué pone en el pueblo?
—Zorreras. Desde el año del hambre. Si dices Barranco Hondo por la emisora, nadie va a saber dónde estás.
Lo escribí tal cual, en mayúsculas, porque una piloto que da una posición que su cuadrilla no entiende es una piloto decorativa.
Fuimos anotando lo importante y descartando lo bonito.
La balsa de riego de los Cañamares: buena, cerca, y con la única pega de que el hortelano la vacía a mediados de julio y no avisa.
El abrevadero de las Zorreras: en junio, agua; en agosto, barro y decepción.
El pantano, a veinte minutos, que es mucho minuto cuando abajo alguien te está esperando.
La era de la ermita, plana y limpia, donde cabe el aparato y cabe una cuadrilla saliendo agachada sin que a nadie se le vuele el casco.
—Aquí me podrías dejar gente —dijo Andrés, sin que yo preguntara—. Y aquí no. —Señaló un llano precioso, verde, tentador—. Eso tiene el suelo como un bizcocho. Se hundió una vagoneta en el sesenta y tantos y todavía está.
Sobre la Loma del Aire nos pilló la primera racha en serio: el cierzo pasa el collado y cae al otro lado como el agua por un escalón.
El aparato bajó de golpe lo que tenía que bajar y volvió a su sitio, y Andrés no se agarró a nada.
Ni un dedo. Se quedó mirando el paisaje como se mira el jamón en el bar.
—Se llama así por algo —comenté.
—Por eso mismo. Aquí el cierzo entra bien y rola mejor. El día que un fuego se te ponga debajo de esta loma, sal por el sur aunque el sur te pille lejos.
Dos frases. La clase de cosa que en un manual ocupa un capítulo entero y no se entiende.
Cruzamos el Cerro Umbría. En la torre de vigilancia había un brazo saludando desde la barandilla y Andrés le devolvió el saludo con la mano abierta contra el cristal, como si el otro pudiera verlo, y a lo mejor podía.
Debajo se abría el pinar de la umbría: tres años sin tocar, el suelo hasta arriba de ramaje muerto, un pinar que a esa hora estaba oscuro y quieto y guapísimo.
—Ese pinar es una despensa —dije.
—Ese pinar —dijo Andrés— es el disgusto que llevamos dentro. El capataz lo pide todos los años por escrito. Todos los años le contestan que sí y todos los años el dinero se va a otro sitio.
Y volviendo hacia el llano, por el camino viejo, lo vi.
Veinte metros de tierra pelada subiendo derechos hasta el collado.
Sin un cardo, sin una mata, con los bordes tan limpios que desde el aire parecían trazados con una regla que en el monte no existe.
Un cortafuegos no es una obra de arte: es una resta.
Y aquello era la resta mejor hecha que había visto en cuatro campañas.
—El del capataz —dijo Andrés, sin que hiciera falta preguntar.
—Ya lo veo.
—Con la azada y con Nico llorando. —Silencio de tres segundos—. Y el año pasado, en marzo, él solo.
Volé la línea entera desde arriba, despacio, mirándola como se mira el trabajo de alguien que sabe.
Desde el aire un pueblo enseña sus vergüenzas: los tejados sin arreglar, los coches sin ruedas, las piscinas de plástico.
Y también enseña quién ha estado cuidando lo que no se ve desde la carretera.
Aquel hombre llevaba dieciocho años restándole comida al fuego, uno a uno, palmo a palmo, para que un día no le tocara a nadie llorar en su valle.
Y no se subía a un helicóptero.
—Andrés —dije, con la voz de trabajo—. ¿El capataz ha volado alguna vez?
Andrés miró por su ventanilla. Tres segundos. Cuatro.
Después se dio un golpecito, muy suave, en la oreja izquierda.
—Por este oído no oigo nada.
Me reí, porque tuvo su gracia y porque en el aire, con un desconocido de cincuenta y nueve años, la risa es la única herramienta que no pesa.
Dejé la pregunta en el suelo y seguimos con los puntos de agua y con las pistas forestales, y ya estábamos entrando en el llano para tomar cuando Andrés dijo, mirando al frente, con la misma voz con la que había dicho lo del bizcocho:
—Al capataz no le vas a poder reprochar nada. Ese hombre no manda a nadie a un sitio donde él no haya estado antes.
Y se calló él solo. En cuanto lo oyó salir por su propia boca, se calló.
Yo tampoco dije nada. Pero apunté la hora.
Tomamos a las nueve y cuarto. Andrés se bajó, me dio la mano como si acabáramos de firmar algo, dijo «buen aparato» —al aparato, no a mí; en esta comarca los elogios van dirigidos a las cosas— y se fue al monte a hacer lo suyo.
Yo me quedé en la cabina con la tablilla, que es donde hago las cuentas de verdad.
En mantenimiento hay una regla que sirve para casi todo: cuando una avería no aparece en tierra, no es que no exista. Es que necesita aire para dar la cara. Y yo tenía delante una avería con nombre, apellido y emisora al hombro.
Escribí las posibilidades como se escriben las de un motor, en columna, para poder ir tachando:
Uno: no le da la gana. Tachado. Un capataz al que le sobra el helicóptero pelea la circular por escrito, se queja al coordinador, monta un ruido de tres provincias.
Este firmó, montó la base, colocó la manga de viento y me contó los defectos de su propia casa el primer día.
Lo que no quiere no es el aparato: es subirse.
Dos: algo médico. Sin tachar, con interrogación. No tengo manera de saberlo y no es asunto mío hasta que lo sea.
Tres: desconfía del material. O de mí. Tachado a medias. Desconfiar de una máquina se dice en voz alta, y ese hombre dice en voz alta hasta lo que le conviene callar. Y si desconfiara de mí, no me habría mandado con él a la única persona de esta base a la que quiere de verdad.
Cuatro: se marea. Posible. Y ridículo: mareo se dice, se toma una pastilla y se acabó. Nadie tacha su nombre de un tablón por un mareo. Nadie repasa una tachadura hasta romper el papel por un mareo.
Cinco.
El cinco lo dejé en blanco un rato largo, con el boli apoyado, mirando por el parabrisas el llano amarillo y la nave y la sombra del hangar acortándose.
Bajé y me acerqué al panel abierto donde seguía Ginés, que estaba exactamente en la misma postura que a las siete menos veinte.
—Ginés. Una pregunta de trabajo. ¿El capataz ha subido alguna vez aquí dentro? Aunque sea con las palas paradas.
Ginés no sacó la cabeza. Apretó algo, comprobó que estaba apretado, lo volvió a comprobar.
—Conmigo, no.
Y cuando yo ya me había dado la vuelta, cuando ya había dejado de esperar, desde dentro del motor, como si terminar la frase treinta segundos tarde fuera lo normal en el mundo:
—Y llevo aquí desde abril.
Volví a la cabina y escribí el cinco.
Cinco: algo que le pasó.
No lo taché. No pienso tacharlo hasta que sepa.
Y que quede claro, porque esto también lo escribí, con letra más pequeña y en el margen, que es donde escribo lo que no enseñaría en una reunión: esto no es curiosidad de pueblo, ni ganas de meterme donde no me llaman, ni la manía de tirar del hilo que me tiene aquí, en la base más pequeña del dispositivo, con un expediente durmiendo en un cajón a doscientos kilómetros.
Es que en agosto ese hombre y su gente van a estar dentro de un fuego, y yo voy a ser la única manera que tengan de salir. Y una piloto que no sabe por qué el capataz de su cuadrilla no se sube a su aparato es una piloto que ha aceptado volar con un panel tapado.
Un capataz que no vuela es un dato. Un capataz que no vuela y no lo explica es una avería.
Y las averías que no se explican acaban explicándose solas. Siempre. Tarde, y con ruido.