Tierra, trágame (La Brigada 1) 2 · Bosco
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El monte se lee a las siete de la mañana o no se lee.

A esa hora el aire todavía dice la verdad: cuánta humedad le queda a la noche, qué trae el cierzo, si el rastrojo del llano va a pasar el día calladito o con ganas de fiesta.

Llevo dieciocho años subiendo al alba a la misma curva del camino viejo a preguntarle al valle cómo ha dormido, y el valle, que es más educado que la mayoría de la gente que conozco, siempre contesta.

Aquel martes contestó: seco. Seco de segunda semana, que es el seco que a mí me quita el sueño. Y abajo, en mi base, brillando al sol como una moneda nueva en un cepillo de pobres, el helicóptero.

Que conste en acta: yo no pedí helicóptero.

Yo pedí dos peones más, un pick-up que no hubiera que empujar cuesta abajo para arrancarlo y que alguien mirara el pinar de la umbría, que lleva tres años criando combustible como quien amuebla su propia hoguera.

Me mandaron una circular. La circular decía «unidad helitransportada», decía «medios aéreos de nueva dotación» y decía «enhorabuena».

Cuando la administración te da la enhorabuena, agárrate.

—¿Hoy tampoco ha ardido nada? —me preguntó Samu cuando bajé a la base, con esa cara de pena que pone porque en el fondo, y esto no se lo digáis, a Samu la campaña le gusta.

—Hoy tampoco. Un aplauso para todos. Nico, esa desbrozadora tiene la cuchilla como para untar mantequilla: a la piedra. Leti, el tramo del camino viejo, los chopos de la curva. Andrés conmigo al cortafuegos.

Nico se fue a la piedra con la desbrozadora y con ese trote suyo de potro con los papeles cambiados, y al pasar junto a Leti se le cayó medio bocadillo, la libreta y el saludo, en ese orden.

Leti le devolvió la libreta sin mirarlo y sin perder el paso, que es la manera que tiene Leti de devolver casi todo.

El chaval se quedó dos segundos abrazado a su desbrozadora como si la herramienta fuera a decirle algo de consuelo.

No sé qué escribe en esa libreta y he decidido oficialmente no saberlo: un capataz tiene que saber dónde está el fuego, no dónde está cada corazón de su cuadrilla. Con el primero me alcanza el sueldo.

Eso es un martes bueno en mi oficio: nada que apagar y mucho que quitar de en medio para cuando toque.

La gente cree que un incendio se apaga en agosto, con el fuego ya de pie.

Mentira. Se apaga en junio, a fresco, con la desbrozadora y el hacha, quitándole de la mesa todo lo que quiere comer.

Lo que hacemos en verano es cobrarle al fuego lo que le escondimos en primavera.

El cortafuegos de la loma es mío como es mía la cicatriz de la ceja: me lo gané.

Veinte metros de tierra pelada que suben derechos hasta el collado, sin un cardo, sin una mata, la única raya del valle que el monte no se atreve a cruzar.

Andrés y yo le dimos el repaso de junio sin hablar, que es como mejor trabajamos Andrés y yo.

A media mañana se enderezó, se quitó el guante, se sonó la nariz con la parsimonia de quien va a decir algo y quiere que se note.

—La piloto —dijo.

—¿Qué le pasa a la piloto?

—Que aterriza fino. —Se guardó el pañuelo—. Lo dice el pueblo entero. La Chicharra, la llaman ya. Al aparato, no a ella.

—El pueblo le pone mote a todo lo que hace ruido. A ti te dicen el Mudo.

—Y a ti te van a decir cosas peores como sigas sin pasarte por el hangar. —Me miró de reojo, un segundo, con ese ojo suyo que ha visto más campañas que el escudo del dispositivo—. El jueves hay reconocimiento. Tu nombre estaba en el tablón.

—Y ya no está.

—Ya. —Andrés recogió el hacha y le buscó el filo a contraluz—. Una tachadura te la aguantan. La segunda la preguntan.

Tiene esa costumbre asquerosa, Andrés: decir en nueve palabras lo que yo llevo dos semanas sin querer pensar en ninguna.

Bajé a la base a mediodía, cuando el sol ya pegaba de oficio, y me la encontré convertida en lo que va a ser hasta octubre: una película con un solo espectáculo.

La piloto tenía el aparato abierto como un pollo en la mesa del carnicero — capós fuera, paneles fuera — y le estaba haciendo lo que en su mundo llaman inspección y en el mío se llama cariño.

Repasaba cada cosa dos veces. Apuntaba en una tablilla.

Le hablaba bajito al motor, me pareció, aunque a lo mejor le hablaba al mecánico, que es igual de callado.

Trabaja bien. Lo digo con el fastidio del que esperaba lo contrario, porque me habría venido de maravilla que fuera una chapuzas: una piloto chapuzas se devuelve con una firma, y santas pascuas.

Pero no. Pasos cortos, cero prisa, cero teatro, las herramientas ordenadas en el suelo sobre una lona como un quirófano.

Cuando terminó con cada panel, pasó la mano plana por la chapa, una vez, igual que hago yo con un tablón antes de darlo por bueno.

Debajo del aparato, medio cuerpo fuera y medio dentro, estaba Ginés, el mecánico que nos mandaron con la dotación.

En una semana le he oído decir cuatro palabras, y dos fueron «buenos días».

Trabaja como trabajan los buenos: sin música, sin teléfono y sin testigos que le hagan falta.

Le pasaba las herramientas a la piloto antes de que ella terminara de pedirlas, y ella se las devolvía al sitio exacto de la lona, y entre los dos había ese entendimiento silencioso de la gente que se ha ganado el oficio con las manos.

Me cayó bien el mecánico desde el primer día precisamente por eso: es la única persona de esta base que le habla al helicóptero menos que yo.

Me pilló mirando, claro. Ella, digo; Ginés no mira: intuye. Esa mujer debe de tener un espejo retrovisor en la nuca, deformación del gremio.

—Capataz —dijo, sin volverse del todo—. ¿Quieres verlo por dentro? Cabe hasta un perro, ya lo has visto. Tú vas más justo, pero cabes.

—Estoy bien aquí.

—Aquí es a doce metros del aparato.

—Es mi distancia favorita.

Se limpió las manos con un trapo, despacio, y me miró con esa cara que pone —dos días la conozco y ya le tengo catalogada la cara—: la de estar sumando.

Esa mujer suma todo el rato. Entra en un sitio y suma las salidas, la gente, el viento, y a ti te suma también, y lo peor es que se le nota en los ojos cuándo le sale la cuenta redonda y cuándo le sobra un pico.

Yo le sobro. Un pico enorme, del tamaño de una tachadura en un tablón.

—El jueves —dijo— es el reconocimiento de comarca. Me vendría bien el que mejor conoce el terreno.

—Va Andrés. Cuarenta años pisándolo.

—Pisándolo —repitió, y dejó la palabra ahí, al sol, para que se viera bien lo que era: la mitad de un argumento.

Butano, que dormía a la sombra del hangar con las cuatro patas para arriba como un cordero mal rematado, eligió ese momento para levantarse, cruzar la pista y sentarse a su lado.

Al lado de ella. Mi perro. Cuatro años dándole de comer de mi mano, y el animal va y se alista en la aviación el primer día.

—Traidor —le dije.

Butano movió el rabo sin pizca de remordimiento.

La piloto, ni sonreír: me sostuvo la mirada por encima de la cabeza del perro y yo pensé, con toda claridad, dos cosas.

Una: que como siga mirándome así me va a encontrar la avería antes que el mecánico.

Dos: que tiene los ojos del color exacto del monte en octubre, cuando ya pasó todo y se puede volver a respirar.

La segunda la archivé sin abrirla. En campaña no se abren cajas que hagan tictac.

—El jueves va Andrés —repetí, y me fui a la nave a firmar partes, que es lo que hace un capataz cuando necesita una puerta que cerrar.

Mi madre me guardaba la cena y la emboscada. Las dos calientes.

—Le he alquilado el cuarto de arriba a la piloto —dijo, poniéndome el plato delante—. Cincuenta menos que en la base y desayuno. Una santa, soy.

—El cuarto de arriba. El que está encima de tu cocina, donde se oye todo lo que se dice en el bar.

—Donde se oye todo lo que se dice en el bar —confirmó, sin pestañear, la mujer que lleva la contabilidad emocional de Valdecierzo en una libreta de hule desde antes de que yo naciera—. Hija, es que tiene el sueño profundo, me lo ha dicho ella.

—Mamá.

—Bosco.

—Lo que sea que estés tramando…

—Tramar, dice. —Se sentó enfrente, que es su manera de sacar la artillería, y me miró como me mira desde los seis años, cuando volvía del río con las rodillas hechas un mapa—.

Yo no tramo, hijo. Yo apunto. Tramáis vosotros, que sois jóvenes y tenéis las tardes largas.

—Y después, ya sin teatro, bajito, con la voz que usa solo conmigo y solo a puerta de cocina—: Es buena chica. Y tú llevas dos semanas durmiendo mal.

—Duermo perfectamente.

—Se te ve en lo callado. Tu padre roncaba igual de callado cuando algo le pesaba. —Me retiró el plato vacío y me puso el postre, y con el postre, la puntilla—: El jueves, si no quieres subirte, no te subas. Pero al hangar de día se puede ir andando, que yo lo he visto.

Las madres no juegan limpio. No les hace falta.

Volví a la base de noche, que es cuando la base es mía. El generador hacía su ruido de siempre, la sierra estaba negra contra las estrellas y en el helipuerto, quieta, con las palas atadas como se le atan las manos a un muerto, esperaba la Chicharra.

De noche no me mira nadie. Ni el pueblo, ni la cuadrilla, ni la piloto que suma.

Así que hice lo que llevo haciendo desde que la trajeron, mi pequeño ejercicio secreto de hombre serio: acercarme.

Diez metros. Siete. Cinco. El hormigón nuevo devolvía el calor del día y el aparato olía a queroseno y a chapa tibia, un olor que en otra vida —esto no lo sabe nadie, y así se va a quedar— me gustaba.

Tres metros. Dos. Alargué la mano hasta el patín. Está frío, el patín, siempre, hasta en julio; el metal de abajo no se entera del verano. Lo toqué con dos dedos, como se toca una estufa que a lo mejor está encendida.

Y ahí se acabó el ejercicio. Ahí se acaba todas las noches.

En los dos dedos. El pecho me hizo lo de siempre —ese puño que se cierra despacio, ese frío por dentro que no tiene nada que ver con el metal— y el cuerpo entero me dijo lo que me dice desde hace nueve años con una claridad que ya la quisieran las circulares: de aquí para arriba, no .

Me quedé un rato con los dos dedos en el patín igualmente, por cabezonería, que es lo último que se pierde. La Chicharra ni se inmutó. Las máquinas tienen esa ventaja: no suman, no apuntan en libretas, no te miran con los ojos del monte en octubre.

En la emisora, bajito, el dispositivo pasaba el parte de noche: humedad recuperando, viento en calma, sin novedad en la provincia.

La voz de siempre leyendo los números de siempre, y detrás de los números, la campaña entera agazapada, esperando su día.

Apagué la emisora. Butano vino de la nave con su trote de oso doméstico, me olió los dos dedos que habían tocado el patín —todo hay que olerlo, en su mundo, para que conste— y se sentó contra mi pierna, del lado del corazón, que es donde se sienta siempre el muy zalamero cuando quiere algo o cuando sabe algo.

Con este perro nunca he sabido distinguir las dos cosas.

—No se lo cuentes —le dije.

Butano no prometió nada. En eso también es el más listo de la base.

El jueves hay reconocimiento. Va Andrés.

Y algún día, antes de agosto, alguien va a preguntar en voz alta por qué el capataz de la primera unidad helitransportada de la comarca conoce su monte de memoria, palmo a palmo, raíz a raíz — pero solo hasta la altura de un hombre con los pies en el suelo.

Con un poco de suerte, para entonces ya habré aprendido a mentir. No he aprendido en nueve años, pero la esperanza es lo mío: soy bombero.