Tierra, trágame (La Brigada 1) 1 · Valen
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Tierra, trágame (La Brigada 1)

Tierra, trágame (La Brigada 1)

Por Vera Lombardi

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1 · Valen

Hay dos maneras de llegar a un destino nuevo: por carretera, como una persona normal, o a doscientos metros del suelo con ochocientos kilos de helicóptero alrededor y un expediente disciplinario en la mochila.

Yo llegué de la segunda manera, que es la mía, un lunes de primeros de junio, con el depósito justo y la campaña entera por delante: de junio a octubre, ciento y pico días para hacerlo todo perfecto y que a nadie se le ocurriera escribir mi nombre en un papel que no fuera una nómina.

Valdecierzo apareció detrás de una loma como aparecen los pueblos de sierra: de golpe y cuesta arriba.

Un puñado de tejados ocres, una iglesia con nido de cigüeña, un bar a media cuesta con toldo verde y, abajo, en el llano, la base.

La reconocí antes de verla entera porque brillaba: hangar nuevo, chapa nueva, helipuerto de hormigón tan reciente que desde el aire se veía el cambio de color, como una tirita en mitad del campo.

Hice la pasada de reconocimiento por costumbre y por presumir un poco, para qué mentir.

Abajo había gente. No gente de base: gente de pueblo.

Contra la valla, en fila, como quien va a los toros.

Un tractor parado en el camino con el tractorista de pie en el estribo, mano de visera.

Dos señoras con carrito de la compra en un sitio al que no se puede ir a comprar nada.

—Chicharra a base —dije por radio—. Solicito confirmación de que el hormigón está fraguado, porque tengo público y no quiero salir en el periódico.

Silencio. Luego una voz de hombre, grave, nada de radio en el tono, pura intemperie:

—Si esperabas alfombra, la lavandería abre el jueves.

Vale. Anoté mentalmente: en Valdecierzo, la frecuencia de la base la contesta cualquiera, y ese cualquiera muerde.

Tomé contra el cierzo flojo de la mañana, suave como me enseñaron y presumida como me sale, y el aparato se posó en el centro exacto de la hache con un beso.

Lo digo con objetividad profesional: fue un aterrizaje precioso.

El público de la valla aplaudió. En serio.

Aplaudieron como se aplaude en los pueblos, con ganas y sin ironía, y una señora levantó el carrito de la compra a modo de trofeo.

Corté motores, hice mi lista —la de verdad y la otra, la que llevo para la vida: pueblo nuevo, procedimiento de siempre: pasos cortos, nombres de memoria, sonreír primero — y abrí la puerta.

No me dio tiempo a bajar. Me subió el pueblo.

Bueno, el pueblo no. Un perro. Un perro del tamaño de una lavadora industrial, color butano, que cruzó el helipuerto en cuatro zancadas felices, ignoró el escalón, ignoró las normas básicas de la aviación y me plantó las patas delanteras en el regazo con la alegría de quien recupera algo suyo que le habían robado hace años.

Me lamió la barbilla, metódico, de abajo arriba, y después se sentó en el asiento del copiloto.

Se sentó bien . Mirando al frente. Esperando instrucciones de vuelo.

—Perdona —le dije—, ¿tú eres el coordinador?

—¡Butano! —gritó alguien—. ¡Butano, baja de ahí, animal!

Butano no bajó. Butano me miró de reojo, comprobó que yo no pensaba echarlo y decidió que aquello era ya un asunto entre él y su conciencia.

Por la pista venían tres personas de amarillo y naranja, ropa de brigada, y detrás, sin correr, con ese paso de quien no corre ni aunque arda Roma porque para eso ya están los demás, un hombre grande con la emisora al hombro.

Los tres de brigada llegaron primero. Un chaval jovencísimo con cara de pedir perdón por existir, una mujer de mi edad con antebrazos de motosierra y un tipo con sonrisa de vendedor de feria que ya me estaba tendiendo la mano desde tres metros antes de llegar.

—Samu —se presentó—. Ese es Nico, esta es Leti, y el perro es Butano y no tiene remedio. ¿Es verdad que a los pilotos os hacen un test para saber si estáis locos y solo os cogen si dais positivo?

—Nos lo hacen —confirmé—. El día que dé negativo me dedico a otra cosa.

A Samu se le iluminó la cara como si le hubiera tocado algo.

Leti me estrechó la mano con un apretón honesto, de los que miden, y el chaval, Nico, dijo «encantado» tan bajito que lo supe por los labios.

Faltaba uno: en la lista que me habían mandado, la cuadrilla eran cinco.

«Andrés está en el monte», explicó Samu siguiéndome la cuenta sin que yo la dijera, «Andrés está siempre en el monte; cuando lo veas quieto en la base, echa a correr».

Lo apunté donde apunto lo importante. Y entonces llegó el que no corría.

De cerca era más grande. Barba corta, una cicatriz pequeña en la ceja izquierda, camisa de trabajo con las mangas dobladas hasta el codo y las manos más castigadas que he visto fuera de un taller.

Miró el helicóptero entero, de patín a rotor, despacio, con la desconfianza exacta de un hombre al que le acaban de aparcar un problema en la puerta. A mí me miró después. En ese orden.

—Bosco Ibarra —dijo—. Capataz.

—Valentina Ortiz. La piloto.

—Ya.

Ya. Dos letras. Toda una declaración de intenciones. Detrás de él, en la valla, el pueblo seguía mirando como quien ya ha pagado la entrada.

—Bonita base —dije—. ¿La manga de viento la ponéis torcida por estética o es información táctica?

Ni parpadeó.

—El poste llegó el martes. La manga, el miércoles.

Tú, hoy. Todo llega antes de que estemos listos.

—Le hizo un gesto seco a Butano, que se bajó del asiento del copiloto con la dignidad de un almirante destituido—.

El agua de la nave sale marrón los primeros dos minutos, el generador se apaga si le enchufas dos cosas, y el cuarto que te habían preparado está encima del generador. Bienvenida a Valdecierzo.

—¿Eso era la bienvenida?

—Eso era el parte de novedades. La bienvenida te la dará mi madre, que para eso lleva ensayando desde el jueves.

Y se fue, con el perro detrás, a decirles a los de la valla que la función había terminado.

El pueblo se dispersó de mala gana. El tractorista arrancó.

Una de las señoras del carrito me saludó con la mano y yo le devolví el saludo, porque a las señoras de los carritos se las tiene siempre de tu parte: eso también está en mi lista.

Me quedé un momento junto a la Chicharra —todavía no sabía que se llamaba así; le faltaban dos horas para que el pueblo la bautizara— con la mano en el morro caliente, como quien tranquiliza a una yegua después de una feria.

Capataz hostil, base a medio hacer, un perro con vocación aeronáutica y ciento y pico días por delante.

Ningún problema. He aterrizado en sitios peores. Lo que no sabía era que ninguno tenía la costumbre de quedárseme.

Antes de subir al pueblo hice lo que hay que hacer siempre con las promesas de un hombre enfadado: verificarlas.

El cuarto de la base existía, era verdad, y estaba encima del generador, también era verdad.

Me quedé un minuto dentro con la puerta cerrada, por darle una oportunidad.

El generador tenía un ralentí de tractor viejo con hipo, la pared vibraba en una frecuencia que los dentistas pagarían por patentar, y cuando abrí el grifo del lavabo salió un agua del color exacto de la vergüenza.

Conté los dos minutos del parte de novedades. Al tercero seguía marrón.

El parte de novedades del capataz había resultado optimista. Anoté eso también, porque dice cosas de un hombre: exagerar los defectos de su propia base no las dice; quedarse corto, sí.

Casa Fina estaba a media cuesta y era exactamente lo que promete un toldo verde: seis mesas, un mostrador de mármol gastado en forma de riñón, un jamón en su hamaca, fotos de tres generaciones de fiestas patronales y una mujer de moño gris y delantal de cuadros que salió de detrás de la barra secándose las manos como quien desenfunda.

—Tú eres la piloto —dijo. No era pregunta.

—Valentina. Valen, si le parece.

—Fina. Tutéame, que las dos trabajamos. —Me puso delante, sin consultar, una tortilla que hacía un ruido precioso al cortarla y un vaso de vino que no pedí ni pienso disculpar—. ¿Cómo lo quieres, el cuarto? ¿Con vistas al campanario o con vistas a la base?

—¿Hay cuarto?

—Encima del bar. El de la base lo tenéis encima del generador, y el generador de la base lo instaló el cuñado del alcalde, así que tú verás.

—Se inclinó un poco, bajando la voz a un volumen de secreto que llegaba perfectamente a las seis mesas—: Cincuenta al mes menos que lo que te iban a cobrar allí, desayuno incluido, y me dejas la ventana del descansillo abierta cuando vuelvas tarde, que el gato de la Encarna se ha acostumbrado a dormir dentro y no está el horno para disgustos.

Hice la cuenta. No la del dinero: la otra.

Cuarto silencioso, comida de verdad, la central de información del pueblo a un tramo de escalera, y una casera que en cuatro frases me había resuelto la logística mejor que mi compañía en cuatro años.

En la columna del debe, una sola línea, todavía sin importancia: el apellido de la dueña.

—¿Fina qué más? —pregunté igualmente, por procedimiento.

—Ibarra. —Sonrió con la mitad de la boca, exactamente igual que el capataz, y supe que la columna del debe acababa de estrenarse—. Veo que ya lo has conocido. No le hagas mucho caso los primeros días: el niño no quería helicóptero.

El niño medía uno noventa y estaría a punto de cumplir cuarenta.

—¿Y qué quería?

—Eso —dijo Fina, colgándose el paño del hombro— se lo preguntas tú cuando tengáis confianza.

Y se fue a la cocina, dejándome con la tortilla, el vino, dos señoras que fingían no escuchar fatal y la sensación, nítida como un cambio de viento, de que en aquel pueblo la única que iba a enterarse tarde de las cosas era yo.

Volví a la base con la última luz para cerrar el aparato como Dios manda.

El hormigón nuevo guardaba el calor del día y el valle olía a resina y a rastrojo, ese olor que en mi trabajo una aprende a querer y a vigilar al mismo tiempo.

En la nave había luz: la cuadrilla acababa el turno.

Se oía la radio del dispositivo, bajita, y a Samu perdiendo una discusión sobre fútbol contra Leti, que por lo visto no discutía: sentenciaba.

En el tablón de corcho de la entrada, alguien había clavado el planning de la semana con cuatro chinchetas de cuatro colores, prolijo como un parte.

Jueves: reconocimiento aéreo de la comarca.

Embarcan: piloto + capataz + peón de apoyo.

Lista de nombres a bolígrafo: el mío, el de Andrés —un veterano al que aún no conocía—, el de Leti para la semana siguiente.

Leí la lista dos veces, como leo todo lo que va a volar conmigo.

Andrés tenía que ser el veterano del que hablaba Samu con ese respeto raro que los bocazas les guardan a los callados.

Bien: para un reconocimiento de comarca quiero al lado a alguien que sepa cómo se llama cada barranco de memoria y no le tiemble la voz al decirlo por radio.

Y en la línea del capataz, nada. No un hueco: una tachadura. Fina, honda, repasada dos veces, de esas que rompen un poco el papel, con una palabra escrita encima en letra apretada: «terrestre» .

Me quedé mirando la tachadura más tiempo del que merecía una palabra de nueve letras. En mi oficio a los planes se les llama planes de vuelo, y cuando alguien se borra de uno, hay exactamente dos posibilidades: o le sobra el motivo, o le falta contarlo.

Butano apareció de la nada, se sentó a mi lado con su peso de lavadora contra la pierna y miró el tablón conmigo, muy serio, como si él también supiera leer y le pareciera todo igual de raro.

—¿Tú qué opinas? —le pregunté.

Butano bostezó con un chirrido de bisagra y se me apoyó un poco más.

Opinaba que era tarde. Tenía razón. Me fui a dormir a mi cuarto nuevo encima del bar, con la ventana del descansillo abierta para el gato de la Encarna, y tardé en dormirme lo que se tarda en repasar una lista nueva: pueblo, bar, cuadrilla, perro, capataz .

Cuatro casillas limpias y una tachadura.

Las tachaduras son lo mío. Por eso estoy castigada.