Tierra, trágame (La Brigada 1) 38 · Bosco
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38 · Bosco

Una campaña no se cierra: se firma. Y se firma un viernes por la mañana, en una nave que huele a gasoil, con una impresora escupiendo papel encima de una mesa de formica.

El tres de octubre el arcángel se puso a trabajar a las ocho y diez y no paró hasta las nueve.

Salieron los partes de cierre. Salió la liquidación del refuerzo de campaña, que es el papel que manda a casa a Tomás hasta junio.

Salió la baja de la cuadrilla de Hontanar en el dispositivo de la comarca.

Salió la relación de material a devolver, con el depósito del Milagro incluido, y salió el papel de la báscula que dice que la temporada de peligro alto se acaba a las cero horas del día siguiente.

Y salió otro que no esperaba nadie.

Cuatro folios con el membrete de la provincia y un número de registro largo.

Resolución. Base de Valdecierzo: régimen de funcionamiento permanente.

Retén de invierno. Dotación de personal y medio aéreo con disponibilidad anual.

Y en la última página, en un párrafo con letra de máquina, la convocatoria de plazas para la primavera, con el nombre de este valle escrito dentro.

Samu leyó los cuatro folios en voz alta subido a una silla, porque hay cosas que se leen así.

—Esa máquina —dijo Nico— trae unas cosas rarísimas.

—Esa máquina es el arcángel —dijo Samu—. Y hoy ha venido en son de paz.

Yo lo leí después, sentado, dos veces, y en la segunda me quedé en una línea del final que decía que en el pliego de invierno se pedía continuidad de tripulación.

Eso lo había dicho un hombre en un despacho de dos por tres a primeros de septiembre. Lo dijo sin prometer nada, que es como lo dice él.

A las nueve y veinte bajó Valen de la cuesta con el casco colgado del brazo y firmó su último parte de la campaña.

Firmó también el de la compañía, que le habían mandado el miércoles y que es un contrato de los de doce meses, con esta base dentro y con la firma del mismo señor que en agosto le ofrecía otra en otra provincia.

Y firmó de pie, apoyada en la formica, sin decir nada, porque esa mujer no hace ceremonias.

Después dobló su copia, la miró y la volvió a mirar.

—Ya está escrito —dijo.

—Ya está escrito.

Irse lo decide uno. Eso me lo explicó ella en agosto y a mí me pareció una frase bonita hasta que la entendí.

Quedarse lo tiene que escribir alguien: alguien con una carpeta, en un despacho, en una hoja con número de registro.

Y aquella mañana, en una nave de chapa, el número de registro se lo puso una máquina que imprime sola.

—Capataz —dijo—. ¿Tienes veinte minutos?

—¿Para qué?

—Para nada. —Se colgó el casco del otro brazo—. Para eso exactamente.

Y aquella fue la primera vez en mi vida que yo me subí a un aparato porque me apetecía.

Cuatro minutos por el valle, con la mañana limpia y el cierzo de octubre, que es un aire de los que no hacen nada.

La Hoya negra a la derecha. Los dos chopos de la Poza.

El camino del molino, que desde arriba no se ve.

La mancha de la umbría con forma de mano abierta y, encima, la torre en pie con su chapa nueva.

El pecho hizo su puño. Hizo el puño entero, en el sitio de siempre, y la mano derecha se me cerró sola, y no voy a explicar otra vez por qué pasa eso.

Lo que sí voy a decir es que aquel día, además del puño, había otra cosa.

Había ganas.

Las dos cosas dentro a la vez, cada una en su sitio, sin estorbarse. Un hombre con miedo y con ganas es un hombre que sube. Un hombre solo con miedo se queda a doce metros nueve años.

Y a la vuelta le canté el suelo sin que me lo pidiera, y ella contestó recibido a cada referencia, y yo me di cuenta de que estaba haciendo el tonto y seguí igual.

La cena de cierre de campaña de la cuadrilla de Valdecierzo se hace en Casa Fina el día que se firma el último parte, y lleva haciéndose así desde antes de que yo naciera.

Aquel año cabíamos cincuenta y entramos setenta.

Mi madre juntó cuatro mesas en el centro en vez de tres, sacó los manteles de papel y las jarras de barro, hizo caldereta para un regimiento y no dejó que nadie le pagara nada, cosa que a este pueblo le parece un escándalo y que discutió durante hora y media un comité de seis señoras.

Vinieron los ocho de Hontanar, que subieron desde el otro lado del puerto con dos furgonetas.

Vino Marga de paisano. Vino Ginés y se sentó al lado de la puerta, como siempre, para poder mirar el camión-taller.

Vino Onésimo, y el Modesto, y la Puri, y la Encarna con el bastón, y el vigía de la torre, que se sentó al lado de Andrés y no habló en toda la noche, que es más o menos lo que llevo once años esperando de ese hombre.

Y en un rincón, debajo de la mesa de la ventana, había cuarenta kilos de perro dormido encima de un abrigo que no era suyo.

Se comió, se bebió, se contó cuatro veces la misma historia con cuatro versiones distintas y se litigó otra vez lo de la carretera de la ermita.

Y a los postres pasó lo de Tomás.

Tomás llegó en julio de refuerzo, tiene veintitrés años, es de un pueblo de la otra punta de la provincia y en toda la campaña no ha metido la pata ni una vez ni ha dicho una frase de más.

Estuvo en la crestería, cargó lo que había que cargar, subió al aparato cuando le dije que subiera y bajó en septiembre a por la herramienta sin que nadie se lo pidiera.

Y no tenía mote, que en este pueblo es la manera educada de decirte que todavía no eres de aquí.

Uno de los de Hontanar estaba contando por dónde habían atacado ellos el flanco derecho la primera noche.

—Nosotros subimos por el camino ese que va a Loma Alta —dijo.

Y Tomás, sin levantar la voz y sin darle la menor importancia, con media rosquilla en la mano:

—La Loma del Aire.

Se hizo un silencio de bar de esos que duran medio segundo.

—En el mapa pone Loma Alta —dijo el de Hontanar.

—En el mapa pone muchas cosas —dijo Tomás—. Aquí es la Loma del Aire. Y si lo dices por radio, tardan cuatro segundos en entenderte.

Cuatro segundos. Eso lo escribí yo a mano en un folio en junio, dictado por un hombre que habla el último.

Y el hombre que habla el último dejó el vaso encima del mantel de papel, miró al chaval y dijo una palabra.

—Mapas.

Y ya está. Así se ponen aquí, y no se recurren, y no hace falta que lo repita nadie porque a los dos minutos lo estaba diciendo la barra entera.

Mapas, pásame el pan. Mapas, ponle vino al de Hontanar.

Mapas se puso colorado hasta el nacimiento del pelo y no dijo nada, y Leti le llenó el vaso sin mirarlo, que en esa mujer es un abrazo.

Y a las doce menos cuarto, cuando ya estaba el bar en ese punto en el que la gente se ha cambiado de sitio tres veces, yo me levanté.

Yo no hago discursos. Yo llevo dieciocho años administrando cuadrillas y he hablado en voz alta delante de mi gente exactamente para dar órdenes, para repartir un flanco y para decir que nos vamos.

Cogí la copita de anís que mi madre me había puesto sin que se la pidiera y me quedé de pie al lado de la barra, y el bar se fue callando por tramos, como se calla un bar de pueblo: primero los de al lado, después el centro, y al final Samu, que fue el último y que se calló de golpe cuando entendió lo que iba a pasar.

—Ya que aquí se apunta todo —dije—, apuntad esto.

Miré a mi madre. Mi madre tenía las dos manos en el paño.

—Que yo con esta mujer me quiero quedar toda la vida. —Lo dije a la velocidad a la que hablo siempre, sin adornarlo, porque si lo adornaba no salía—. Y lo digo aquí, en mi pueblo, en la barra de mi madre y delante de mi cuadrilla, que llevo dieciocho años sin tener nada que contar.

Y setenta personas se quedaron calladas.

Valen estaba sentada en la punta de la mesa larga, con las dos manos alrededor de un vaso, y levantó la cabeza y no puso ninguna cara, que es lo que hace ella cuando le pasa algo por dentro.

—¿Eso es una pregunta? —dijo.

—No. Eso es un parte de novedades.

Y aquella mujer se levantó, cruzó los cuatro metros que había entre su silla y aquella barra delante del pueblo entero, del retén de Hontanar, de una guardia civil de paisano y de mi madre, me cogió la cara con las dos manos y me besó como se besa a alguien con quien te vas a quedar.

Y el bar se vino abajo.

Se vino abajo entero, con las jarras de barro y todo, y Samu se subió a una silla, y la Encarna dio golpes en el suelo con el bastón, y Butano se despertó debajo de la mesa de la ventana y opinó durante un minuto largo, y alguien salió a la calle y le dijo al del ayuntamiento que ya estaba bien de guardar pólvora.

Se tiró la traca a las doce y media de la noche del tres de octubre.

Cien metros colgados de la calle de la iglesia desde el veinte de agosto, y no se quemó nadie, y no se prendió nada, porque estaba la cuadrilla entera abajo con dos garrafas y una manguera mirando cada palo que caía. Que es lo que hacemos.

Mi madre no salió a verla. Se quedó dentro, detrás de la barra, con el paño al hombro. Cuando volví a entrar tenía la libreta abierta y estaba escribiendo, y no me dejó mirar.

—Del capataz no hay página —dije.

—Y no la hay —dijo ella—. Esto es la cuenta del vino.

Le vi los ojos. Aquello no era la cuenta del vino.

Bajamos al llano a las dos y media de la madrugada, andando, sin diez pasos de separación.

En la base había una luz encendida en la nave y un aparato lavado y en su hache, porque Ginés había estado toda la tarde con él y se había ido a las once sin decírselo a nadie.

Y allí, en el helipuerto, con el hormigón todavía tibio y el pueblo todavía en la calle a doscientos veinte metros por encima de nuestras cabezas, nos dimos dos cosas.

Yo primero, porque llevaba el bolsillo pesado desde las ocho de la mañana.

—Toma.

La llave del hangar. En abril pusieron la misma cerradura en la puerta grande y en la de la nave para no complicarle la vida a nadie, así que es una sola llave: larga, fea, de las de antes, y abre las dos puertas y la caja donde vive la llave del aparato.

La llevo en el bolsillo derecho y no tiene copia y no la ha tenido nunca nadie más: ni Samu, ni Andrés, ni Ginés, que me la pide cada vez que se queda de noche.

Valen la cogió y la sopesó como se sopesa una herramienta.

—Esto es tu casa —dijo.

—Esto es mi casa.

—Ya lo sé. —Se la guardó en el bolsillo de la pernera, con el resto de lo suyo—. Por eso lo he dicho.

Y ella me dio los cascos.

Dos, en una bolsa de tela, de los buenos, de los que ella usa. Y en la banda de uno, encima del acolchado, escrito a mano con rotulador blanco y en mayúsculas:

BOSCO.

Torcido. Un poco cuesta arriba al final, como el nombre impreso en las servilletas de mi madre.

—Está torcido —dije.

—Está torcido —dijo ella—. Lo he escrito yo, y lo he escrito de rodillas encima del patín. Si lo quieres derecho, se lo pides a Ginés.

Yo no dije nada durante un rato, porque un casco con tu nombre puesto no es un regalo: es un sitio. Es un asiento. Es una persona que ha decidido que en ese aparato, de aquí en adelante, hay un hueco que se llama como tú.

—Falta una cosa —dijo.

Abrió la puerta de la izquierda, metió la mano en la visera y sacó un papel doblado en cuatro, gastado por los dobleces, con una mancha de aceite de bocadillo en una esquina que no se fue nunca.

Lo abrió encima de la rodilla. Yo me sabía las nueve líneas de memoria y no las leí.

—El ocho —dijo.

Si el veintiuno no sube, esto no ha existido. La servilleta se rompe y no se escribe nada.

—Subió —dije.

—Subió.

Lo dobló otra vez en cuatro, exactamente por los mismos dobleces, y lo volvió a meter en la visera, encima del asiento de la izquierda, donde vive desde el diecinueve de junio y donde está desde septiembre el acuse con dos líneas escritas en el dorso.

—Ahí se queda —dijo—. Ese papel no es del bar.

—No es del bar.

—Ese papel es de los dos y del sitio donde trabajamos, y ahí lo tenemos encima de la cabeza. —Cerró la puerta—. Y el día que alguien lo saque de esa visera será porque este aparato se va al desguace, y ese día ya lo discutiremos.

Nos quedamos sentados en el borde del hormigón, en el punto de espera, con la espalda en la barandilla de tubo pintada de amarillo que Ginés atornilló allí en abril y que está a doce metros exactos del centro de la hache.

Doce metros. En junio eran una frontera. En octubre eran un sitio donde sentarse.

Arriba, en la cuesta, se acabó la traca y se oyó a un pueblo entero aplaudiendo una cosa que había esperado tres semanas.

—Se ha acabado la campaña —dijo Valen.

—Se ha acabado la campaña.

—Y en enero hay que calentar ese hangar, que Ginés dice que la chapa suda.

—En enero se calienta.

Y no dijimos nada más, porque no hacía falta, y porque el frío que subía del hormigón era el primer frío del año y a los dos nos gusta el invierno.