Epílogo
En Casa Fina caben treinta y ocho personas sentadas. Lo sé porque las conté hace un año, la primera semana, con el pelo mojado y la sensación de estar llegando tarde a mi propia casa.
Ya no las cuento. Tampoco cuento las salidas.
El uno de junio se abrió la campaña nueva y a mí me tocó bajar a la nave a las siete menos cuarto, y en la cuesta, a la altura del portal de la Encarna, me crucé con la Puri, que subía con el pan.
—Buenos días, la de casa.
Eso pasó en enero y no se votó. Un día alguien lo dijo en la barra, a la semana lo decía todo el mundo y a mí no me consultó nadie, que es exactamente como funcionan aquí los motes: los pone el bar y no se recurren.
Yo fui la de arriba desde la primera semana de junio del año pasado hasta el invierno.
Ahora soy la de casa , y llevo cinco meses acostumbrándome a que se me atragante el café cada vez que lo oigo.
Sigo durmiendo encima de ese bar. Fina me subió el alquiler cincuenta euros en septiembre, sin darme ninguna explicación y sin que yo se la pidiera, porque la ventana del descansillo lleva cerrada desde agosto y su inquilina ya no es solo una.
El gato de la Encarna entró por la del cuarto la primera noche de octubre y ahora duerme a los pies, y ese es todo el papeleo que hemos hecho para vivir juntos.
El invierno existió. Eso es lo primero que hay que contar, porque en octubre era un párrafo con número de registro y podía haberse quedado en un párrafo.
El hangar se calentó en enero. Vinieron dos hombres de la capital con un aparato de aire y unos tubos, tardaron tres días y se les cayó encima la nevada del once.
Ginés estrenó la calefacción él solo, a las siete de la mañana, sin decírselo a nadie, y cuando llegué me dijo ya está y, treinta segundos después, cuando yo ya estaba dentro del aparato, buenos días .
En febrero salió la convocatoria. En marzo me presenté con una carpeta de gomas que me compré para la ocasión y que me hizo sentirme ridícula. En abril salió la lista.
Yo llevo doce años siendo contratista, que quiere decir que uno no tiene plaza: tiene campaña. Que en octubre te vas y en junio a ver. Que si alguien escribe una línea torcida sobre ti, no te cambian de base: se acabó.
Desde el veintiocho de abril tengo plaza.
No lo voy a adornar. Me lo dijeron por teléfono, estaba en el llano, colgué, hice la lista de cierre entera porque estaba a la mitad, y luego me senté en el borde del hormigón con la espalda contra un tubo pintado de amarillo y estuve un rato largo sin hacer absolutamente nada, que es una cosa que yo no sé hacer.
El desbroce del pinar de la umbría se hizo en marzo.
Lo hizo el retén de invierno: seis personas, tres semanas, con la sierra todavía negra y las manos frías.
Bosco lo había pedido siete marzos seguidos por escrito y se lo habían aprobado siete veces, y las siete el dinero se había ido a otro sitio.
El octavo año subió él con la brigada a hacerlo, y no dijo nada el primer día, ni el último.
La ladera, en mayo, estaba verde.
No voy a ponerme aquí a dar lecciones de monte, que para eso está el que las sabe.
Lo cuento como lo veo desde el aire, que es mi sitio: las encinas rebrotan de la cepa y ya tienen un palmo de hoja nueva alrededor del tronco negro.
Los pinos no rebrotan. Los pinos vuelven de semilla y tardan lo que tardan, y si te agachas —y yo me he agachado— hay pinillos de un palmo entre la jara y la aliaga, cientos, apretados como estaban antes.
Ese monte va a tardar cuarenta años en parecerse a lo que era. Yo no voy a verlo. Bosco tampoco.
Los dos hemos decidido que eso da igual.
El uno de junio la cuadrilla de Valdecierzo se presenta en la nave a las siete de la mañana, y yo llego el primero desde que cogí esta cuadrilla y soy el único al que eso le parece normal.
Aquel año no llegué el primero. Estaba Mapas sentado en el pretil, con la bolsa entre las botas, desde las siete menos veinte, y yo no le dije nada porque hay cosas que se dicen ocho campañas después o no se dicen.
La cuadrilla, la misma: Andrés, Leti, Samu, Nico y él, que volvió el veintiocho de mayo y al que ya no le explica nada nadie.
Andrés entra en su última campaña. Lo dijo él, en junio del año pasado, con esa manera suya de soltar una frase y callarse; se jubila en octubre y ya ha avisado de que no piensa ir a ninguna comida de despedida.
La línea del collado la repasó él en marzo, con el retén, y cuando bajó me miró y me dijo lo único que ese hombre le dice a las cosas cuando le gustan.
—Buena línea.
Nico lleva un año y medio escribiéndole poemas a Leti.
Lo sabe la cuadrilla, lo sabe el bar, lo sabe la comarca hasta el puerto y lo sabe, estoy razonablemente seguro, la propia Leti.
Ese chaval ha entrado en un incendio de tres días, ha subido a una explanada del tamaño de un pañuelo con el pinar echando humo por debajo y no ha vomitado desde el veintiuno de agosto del año pasado.
Y no ha entregado un papel.
Yo no me meto. Un capataz reparte gente y no reparte otras cosas.
A Butano lo tenemos legalmente reconocido, que es como dice Samu que hay que decirlo.
En diciembre, Ginés le puso al asiento de la derecha una tira de cinta blanca con el nombre escrito a rotulador y torcido, igual que el mío, y desde entonces ese animal se sube al aparato apagado en cuanto abrimos el hangar, se sienta mirando al frente y espera instrucciones.
Copiloto honorario en tierra. Con dos condiciones firmes: que el aparato esté parado y que se baje cuando se lo digan.
Se baja cuando se lo dicen. Tarda, opina, pero se baja.
Vuelo poco y vuelo corto. Cuatro veces en todo el invierno y ninguna por trabajo, porque yo sigo siendo un hombre de tierra y mi puesto está donde está. El pecho hace su puño cada vez y la mano derecha se me cierra sola cada vez, y eso no se ha ido y no se va a ir, y ya está escrito en otro sitio.
Lo que pasa es que ahora subo.
En la torre del Cerro Umbría hay un hombre desde el veinticinco de mayo. La misma torre, la misma chapa, los mismos prismáticos, y un depósito nuevo, porque el otro lo vaciamos entero en agosto encima de una caseta.
Cuando pasamos por delante levanta el brazo. Yo le devuelvo el saludo con la mano abierta contra el cristal, como hace Andrés y como hice yo la primera vez que vi este valle entero de una sola vez.
Aquella tarde subimos al pueblo y nos encontramos lo de siempre en la puerta del bar.
El camión-taller de Ginés aparcado encima del paso de peatones.
Y a Marga escribiendo, de pie, con la libreta apoyada en el capó y el bolígrafo en la mano, aunque en el cuartelillo tienen desde marzo una máquina de esas que imprimen las multas solas y que ella no usa jamás.
—Ginés.
—Sí.
—Estás encima del paso. Otra vez.
—Sí.
—Te voy a multar. Otra vez.
—Vale.
Arrancó el papel, se lo dio en la mano y él lo cogió con las dos, lo miró como se mira una galga y se lo guardó en el bolsillo del pecho, y yo, que estaba a metro y medio, le vi el bolsillo abierto.
Estaban todas. Un taco de papeles de un año entero, en orden, sujetos con una goma.
—Buenas tardes, Ginés —dijo ella, y se fue hacia la plaza.
Ginés se quedó mirando el paso de peatones. Se subió al camión, dio marcha atrás, maniobró tres veces con una precisión de relojero y volvió a aparcar exactamente donde estaba.
Y a los treinta segundos, con Marga ya en la esquina de la iglesia y de espaldas, dijo en voz baja:
—Buenas tardes, Marga.
Y se metió debajo del camión.
Dentro del bar, mi madre estaba apuntando algo en la libreta de tapas de hule con el lápiz de detrás de la oreja, y cuando me vio entrar la cerró de golpe con una mano, como cierra ella lo que no se mira.
—Del capataz no hay página —dije, por decir algo.
—Del capataz no hay página —dijo ella—. De estos dos, sí.
Y se mojó el índice, la abrió por otro sitio y me la giró encima del mármol.
Arriba, con su letra redonda de escuela antigua, había un título escrito desde octubre.
EL MECÁNICO Y LA GUARDIA CIVIL. ¿Quién habla primero?
Debajo, dos líneas trazadas con el canto de una tarjeta, sin una sola cifra al lado, y en la columna de los nombres, cuarenta apellidos de este pueblo.
—¿Y esa a cuánto está pagando? —dije.
—Esa no paga —dijo mi madre—. Esa se abrió para que alguien se dé cuenta de una vez.
Fuera se oyó la garrafa de Ginés y el timbre de la bicicleta de un chaval, y en la cuesta la gente empezaba a sacar las sillas a la calle porque era junio y hacía bueno.
A las ocho bajamos otra vez al llano, porque el primer día de campaña la piloto le da una vuelta al valle antes de cerrar el hangar: media hora de reconocimiento para ver cómo ha salido el año.
Lo hizo el año pasado sin que se lo pidiera nadie y este año ya es costumbre, que es la velocidad a la que se hacen aquí las cosas.
Ochocientas personas no caben en una valla, pero lo intentan.
Estaban allí como estuvieron el año pasado, en fila, como quien va a los toros: Onésimo con el tractor parado, la Puri con el carro, la Encarna con el bastón, los quintos con la camiseta de la peña.
Mi madre en la puerta del bar, a doscientos veinte metros cuesta arriba, con el delantal y el trapo en la mano.
Habían venido a ver despegar a la piloto, que es lo que vienen a ver desde hace un año.
Y aquella tarde también venían a ver otra cosa.
Yo crucé el hormigón con el casco en la mano, el mío, el que lleva mi nombre escrito a rotulador blanco y torcido. Pasé la barandilla amarilla. Anduve los doce metros por delante del morro, agachado, para que la piloto me viera entero.
Y en el asiento de la derecha había cuarenta kilos de perro sentado, mirando al frente, esperando instrucciones de vuelo.
—Butano. Abajo.
Tardó. Opinó. Se bajó.
Y aquella gente aplaudió.
Como se aplaude en los pueblos: con ganas, sin ninguna ironía y sin saber muy bien por qué se aplaude, que es la mejor manera. Alguien silbó. La Encarna levantó el bastón.
Yo llevo media vida pidiéndole al suelo de este valle un favor que no me hizo nunca. Que se abriera. Que me quitara de en medio medio minuto, cada vez que hacía el ridículo, cada vez que me miraban, cada vez que tenía que quedarme quieto a doce metros de una máquina delante de mi propia gente.
Aquella tarde, con el pueblo entero en la valla y mi madre en la puerta del bar, no le pedí nada al suelo.
Levanté la mano y subí.