Sabela Reboredo cuenta los días: ciento catorce desde que el pueblo entero subió al camposanto detrás del ataúd de su abuela.

Ciento catorce, y ya es hora de quitar el crespón del letrero.

Mariña curó ese valle durante sesenta años —el mal de ojo, los partos de vacas, los insomnios que no curaba ningún médico— y ahora la casa, los tarros con dos letras y el oficio son de Sabela.

Lo que el pueblo se pregunta, haciéndole la figa a la espalda, es si la nieta será lo que fue la abuela.

La respuesta empieza con una vaca muerta. Una de las vacas de Amancio Codesido aparece en el prado sin una herida y sin un aviso, y la calle hace lo que hacen las calles: cuentas. Que si las vacas de Amancio… que si la familia de la botica…

El veterinario nuevo no cree en esas cuentas.

Iago Lamela volvió a Soutomouro después de doce años fuera, con el maletín lleno de ciencia y un plan escrito en una libreta, y lo último que necesita es competir con un armario de tarros y la letra de una muerta.

Pero el laboratorio dice una cosa, el libro de la botica dice otra, y las vacas vivas no pueden esperar a que dos orgullos se pongan de acuerdo.

Entre el consultorio y la botica —dos casas, dos maneras de mirar el mismo dolor— Sabela e Iago tendrán que aprender a trabajar juntos.

Y cuando llegue la noche de San Xoán, con sus hogueras y sus siete hierbas recogidas al atardecer, algo muy viejo despertará en la sangre de Sabela: algo que su abuela tuvo y nunca le explicó.

Porque en esa casa, toda cura tiene su precio. Y Sabela está a punto de descubrir que el suyo ya ha empezado a cobrarse.

Primera entrega de La botica de la meiga, una trilogía de magia cotidiana, secretos de familia y un amor que crece en una aldea gallega. Cada cura tiene un precio. La historia de Sabela e Iago continúa en Las manos que alumbran.

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