En Soutomouro, el otoño huele a castaña y a lluvia, y las ventanas se apagan temprano.
Pero este año no se apagan. Alguien sueña que camina de noche detrás de una vela.
Luego sueña otro. Luego cinco, once, medio pueblo: el mismo sueño, el mismo camino viejo hacia el camposanto, y siempre alguien delante, alguien que lleva la candela y a quien nadie le ve la cara.
Sabela Reboredo conoce el nombre que nadie quiere decir: la Santa Compaña, la procesión de los que se fueron sin ser despedidos bien.
Y conoce la regla que corre por la tradición del valle: quien guía la fila, vivo y sin saberlo, solo se libra pasando la vela a otro en un cruce de caminos.
Evaristo Maneiro, el viejo carpintero que entra en el pueblo cada amanecer con los zapatos llenos de barro, lleva años buscando a quién pasársela.
Y ahora la vela amenaza al hombre que Sabela quiere: Iago Lamela, un veterinario que regresó al valle dispuesto a explicar lo inexplicable.
Sabela puede quitársela: lo sabe, y saberlo es ya una forma de condena.
Pero aceptar la vela por él no basta, porque hay cadenas que no se rompen pasándolas: se rompen caminándolas.
Si quieren salvar a Iago —y salvar al pueblo del miedo—, los dos tendrán que hacer lo que nadie ha hecho en generaciones: ponerse al frente de la procesión, con la vela encendida y los ojos abiertos, y llevar a los muertos hasta su puerta, uno por uno, nombre por nombre.
La noche de los difuntos se acerca. Y en los papeles de la casa, la abuela Mariña dejó escrita una frase que solo ahora se entiende: cuando sueñan muchos, es que uno anda.
Segunda entrega de La botica de la meiga. Continúa la historia de Sabela e Iago, iniciada en La casa de las hierbas buenas: magia gallega, duelo y comunidad, con ternura, humor y un amor dispuesto a compartir el precio de cuidar.







