Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 14
87%

Capítulo 14

Iago

Salieron de la botica a las once y media y subieron al cruce por el camino de dentro, entre las casas.

El pueblo estaba despierto entero. No con el insomnio feo de las últimas semanas —las ventanas encendidas a las tres, la luz del miedo— sino con otra cosa: puertas abiertas, gente en los umbrales, las cazuelas tapadas, la ropa buena.

En cada puerta del camino viejo ardía un calacú, y al pasar junto a las luces naranjas Iago pensó que el pueblo había hecho lo que hacía siempre con las noches grandes: se había vestido para ellas.

Nadie había mandado nada. Nadie había pegado un cartel —bueno: Gloria había pegado medio cartel, la mitad seria—; la fecha había bastado.

En la esquina de los Pintos, Iker estaba en el portal, con el abrigo encima del pijama y su madre detrás. El niño miró a Iago, y luego miró la vela apagada que Sabela llevaba en la mano —todavía apagada, todavía fría, hasta la medianoche— y dijo, con la claridad de los nueve años:

—Hoy ya no hay que soñarlo; hoy es de verdad.

—Hoy es de verdad —confirmó Iago.

—Va bien —dijo el niño, y se refugió en la cintura de su madre, e Iago siguió caminando con la garganta apretada.

A medianoche, el cruce de las tres estradas estaba lleno de gente que no hablaba.

Iago no había visto nunca una muchedumbre hacer tan poco ruido.

Había cien personas, quizá más —después supo que casi doscientas en el camino, y gente velando en la iglesia y en las casas— apretadas en la cuneta y en los márgenes, con sus abrigos y sus pañuelos y sus caras de no saber el protocolo.

Nadie fumaba. Nadie hacía bromas. En las puertas de las casas del camino viejo, calle abajo, los calacús ardían bajos y naranjas, una luz por puerta, marcando la ruta como un canal de niebla para barcos.

Había de todo, como en los entierros buenos: los viejos con la ropa de los domingos, los jóvenes con las chaquetas del fin de semana, los niños despiertos mucho después de su hora, cogidos de la mano de sus padres, mirando todo con los ojos grandes de la solemnidad.

Alguien había traído a la abuela Hortensia en la silla de ruedas, y la habían puesto en primera fila, junto al muro, con la manta de cuadros en las rodillas y la cara de quien vuelve a un sitio.

Rubén estaba junto al camino de Monforte, de paisano, con el coche aparcado cruzado y las luces de emergencia encendidas: la autoridad competente cortando el tráfico de una carretera por la que no iba a pasar nadie.

Cuando Iago pasó junto a él, el guardia civil se cuadró un poco, involuntariamente, como se cuadra uno ante una comitiva.

—Sin informe —dijo Rubén, bajito—. Esta noche no hay informe que valga; que os vaya bien.

Lula estaba en primera fila, con el delantal y una cesta.

Xoana, con los niños grandes de su clase y sus padres, todos callados.

Amancio, con su mejor chaqueta y su cara de entierro.

Gloria, con la banda de alcaldesa puesta encima del abrigo, que se la había puesto —le explicó después a alguien— ‘para que quede claro que esto es de todos y es oficial’.

Y junto al muro, solo, con la gorra en la mano, Evaristo.

Sabela salió de entre la gente y se plantó delante de Iago. Llevaba la vela de cera amarillenta encendida en la mano derecha, alta, y la cara de quien no ha dormido en dos días y no piensa dormir.

—Aquí no hay truco —dijo, para él solo—. Tú coges sabiendo. Yo doy sabiendo. Es la tercera vez, y la tercera es la buena.

—La tercera —dijo él.

—La primera fue robo —dijo ella—. La segunda fue rescate. Esta es reparto. Extiende la mano.

Él extendió la mano. La vela pasó, con la suavidad de las cosas que ya se han hecho, y esta vez Iago notó el peso entero: no pesaba nada y pesaba cinco semanas, dos años y medio, cuarenta años, todo el tiempo que llevaba aquella llama buscando quién la llevara con los ojos abiertos.

Hubo un murmullo en la gente —no de sorpresa: de reconocimiento.

Habían visto el cambio de manos y lo habían entendido, o no lo habían entendido y lo habían aceptado, que en los pueblos es lo mismo y mejor.

La madre de Nadia, en primera fila, se llevó la mano a la boca.

La vieja Hortensia, desde su silla, dijo con voz clara, para que constara:

—Va bien; así es como se hace.

—No la soltes —dijo Sabela—. Y no te adelantes; el ritmo lo pongo yo.

—El ritmo lo pones tú —confirmó él.

Sabela se volvió hacia la gente apretada en la cuneta, y habló sin gritar, con la voz de las consultas, que llegaba entera:

—Los que vengáis, venid caminando despacio y hablando bajo. Los que no, id a la iglesia, que el padre Anxo está dentro con la luz encendida. Unos caminan y otros velan, y las dos cosas son la misma.

Se hizo un silencio. Luego la gente se movió: no en masa, no en tromba, sino como se mueven los pueblos en las procesiones de verdad, cada cual buscando su sitio y su paso.

Las primeras filas se ordenaron solas: los más viejos delante de los jóvenes, los niños en medio, protegidos.

Alguien —la vieja Hortensia desde su silla— empezó a decir una oración bajito, y nadie la siguió y nadie la calló, y la oración se quedó corriendo por debajo de la noche como un hilo de agua.

Y Sabela se volvió hacia el camino viejo, y levantó la mano libre, y echó a andar.

* * *

La fila llegó a la segunda curva, como todas las noches, con el tintineo delante y el frío detrás.

Pero esta noche no llegó a la procesión: la procesión le llegó a ella.

Iago sintió la diferencia en la espalda antes de entenderla: las otras noches, la fila venía a buscar al que llevaba la vela; esta noche se detuvo, a quince pasos, y esperó.

Esperó a que el camino se llenara de vivos, a que los calacús terminaran de encenderse, a que el pueblo entero estuviera listo.

Los muertos llevaban años esperando, pensó Iago; un minuto más no les pesaba.

Iago los vio venir —despierto, de pie, con la vela en la mano— y no tuvo miedo.

Tuvo la nuca erizada y los ojos calientes, que era otra cosa.

Los muertos de Soutomouro desfilaban por el camino viejo como salían en los dibujos de los niños: grises, cansados, pacientes.

Y cuando la fila llegó a la altura del cruceiro, Sabela hizo una cosa sencilla: se puso al lado de Iago, hombro con hombro, y levantó la voz.

—Perfecto Vieites —dijo—. El de Perfecto viene delante.

La figura del viejo Perfecto se despegó de la fila —suave, como se despega una hoja— y quedó caminando junto a ellos, a la altura de su nombre.

—Perfecto Vieites —repitió Sabela, más alto, para el pueblo—. Vecino del eirado grande. El que regalaba las castañas. Lleva tres años esperando. —Y detrás de ellos, desde la gente, una voz vieja de hombre —el sobrino, el primo, el que fuera— rompió a llorar y dijo—: ¡Perfecto! ¡Home, Perfecto!

Y la fila de los vivos contestó —primero diez, luego cincuenta—: ‘¡Perfecto!’, y el llanto subió por la cuneta como sube la marea, e Iago caminaba delante con la vela, y tenía los ojos llenos, y no se le movía la llama.

Caminaron. El tramo entre casa y casa era largo y lento, y en los tramos la procesión encontraba su manera: los vivos caminaban bajito, hablando con los nombres, y a ratos alguien decía una cosa del muerto —‘que malo era su vino’, ‘que bien bailaba’, ‘que mano tenía para las manzanas’— y los demás asentían, y la pena y el cariño iban en el mismo saco, como siempre habían ido.

Iago, delante, con la vela, aprendía el oficio a marchas forzadas.

Que la vela no se apagaba con el aire pero se inclinaba con la pena: cuando el llanto subía fuerte detrás, la llama se acostaba un poco, como quien escucha.

Que el paso había que llevarlo lento, no por los muertos —los muertos no se cansaban— sino por los vivos, los ochenta años de la Hortensia, los niños pequeños.

Y que la fila gris, a su espalda, respiraba.

No con pulmones: con la marcha. Iba y venía, subía y bajaba, como una marejada cansada.

—No mires mucho —le dijo Sabela en un tramo, sin volverse—. Es tentador, pero No lo hagas.

—No miro —dijo él.

—Mentira —dijo ella, con algo de retranca, y a él se le escapó media risa en medio de todo, y se la perdonó a la noche.

* * *

Casa a casa, casa a casa se fue haciendo.

En la casa de los Maneiro —el taller de puertas verdes, con un calacú en el umbral— Sabela se paró, y no dijo nada. Se apartó un paso, porque no era suya aquella llamada.

Evaristo salió de entre la gente. Venía con la chaqueta buena, la de los domingos, y anduvo hasta el centro del camino y se quedó de pie delante de la fila, y la fila se paró —la fila entera se paró por primera vez— y de entre las figuras grises salió una mujer con el pelo recogido y la bata de faena.

—Sara —dijo Evaristo. Su voz salió entera, clara, la voz del taller, la de los años buenos—. Sara Maneiro. Mi mujer. Cuarenta y nueve años. —Se le quebró—. No te cerré la urna. Perdóname. Me fui a tierra y te dejé a medias, y no hubo día que no lo pensara.

La figura de Sara levantó la cara. Los muertos no lloraban —eso lo había aprendido Iago en tres noches: lloraban los vivos—, pero algo les pasaba por la cara cuando su nombre era dicho entero, algo que no era una expresión: una suelta, como cuando se suelta un nudo.

—Te lloro ahora —dijo Evaristo, y lloró, de pie, sin taparse—. Te lloro entero, Sara. Puedes ir.

—¡Sara! —gritaron las mujeres detrás, y el nombre corrió por la fila de los vivos, y la mujer de la bata siguió caminando, y el viejo carpintero se quedó en medio del camino, llorando de pie, derecho, con la cara al aire, y nadie fue a consolarlo porque todos entendieron que no quería consuelo: quería acabar.