Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Cuando la marcha volvió a moverse, Evaristo se incorporó a la fila de los vivos, y dos hombres de su edad —el tío Benigno, otro de la carballeira— se le pusieron uno a cada lado sin decir nada, y así caminaron los tres, a la manera de los hombres viejos de los entierros, que no se abrazan: se flanquean.

Iago, desde delante, oyó que el viejo lloraba aún un tramo, y luego oyó que dejaba de llorar, y luego no oyó nada más que los pasos.

* * *

En la subida de la carballeira le tocó a Amancio. No fue fácil: Amancio estuvo un minuto entero sin poder abrir la boca, con el puño en la boca y la cara deshecha, y fue Sabela la que dijo primero, bajito:

—Carme Codesido. La que cocinaba para medio pueblo. La que cantaba las nanas los domingos.

—¡Carme! —dijo Amancio entonces, y salió como un trallazo—. ¡Carme! Las vacas están bien. Yo estoy bien. Puedes irte, mujer. Puedes irte.

Y la mujer del delantal —la que miraba las casas, la tercera de la fila, la que Iago había visto tres noches pasar lista a las ventanas— se adelantó despacio y pasó junto a Amancio, y Amancio no se movió, y luego sí: le tendió la mano, sin tocarla, como si saludara desde un tren.

—La vaca no miente —le dijo, llorando, con la voz podrida—; ni tú tampoco.

La mujer del delantal siguió unos pasos y luego se paró —se paró en medio del camino, mirando al pueblo apretado, a la gente que lloraba— y hizo una reverencia pequeña, de cocinera vieja, de las que daban las gracias por el cumplido al postre.

Y Sabela, que la miraba, dijo para todos, con la voz suave:

—¿Veis? Está contenta. La Carme de los cocidos no se iba sin dar las gracias.

Y una risa corrida, mojada, subió por la fila de los vivos, y la pena hizo sitio para la risa y la risa para la pena, como en las casas de los velatorios de antes.

* * *

Uxía Piñeiro fue la de Xoana. La maestra salió con su madre del brazo —la hija de Uxía, la que vivía fuera y había vuelto para aquella noche, que Sabela había ido a buscar en persona el miércoles— y las dos, juntas, dijeron el nombre de la vieja que había muerto sola con la tele encendida.

—Uxía Piñeiro —dijo Xoana, con la voz de la escuela temblando y aguantando—. La abuela del patio. Mirade —y se le fue la voz, y la madre la tomó:

—Mamá —dijo la hija de Uxía—. Perdón. Por cada lunes que no llamé. Perdón.

La mujer de la fila —la que caminaba con el cansancio de estar sentada, la que Sabela había soñado tres días con la tele encendida— paró frente a las dos, y las miró, y no había en su cara gris ni reproche ni nada: solo la atención infinita de las abuelas.

Y Xoana, con los ojos ciegos, dijo lo que había preparado, lo de la escuela:

—Trajimos a los niños. Están aquí. Vienen a despedirte, Uxía. —Y detrás, los niños, con las voces pequeñas, dijeron en desorden—: ¡Adiós, Uxía!

Y de entre la gente, sin que nadie la empujara, salió Rosalía, la vecina de abajo, la de la piedra quitada, y dijo:

—Yo estaba a veinte pasos, Uxía. Estaba a veinte pasos y no subí. —Lloraba sin moverse, con la cara limpia—. Perdóname; y gracias por los tomates.

Hubo un momento —Iago lo sintió en la nuca— en que la noche entera se sostuvo de un hilo: si aquello era demasiado, si la pena era demasiada, si el pueblo se rompía.

La procesión se había parado del todo; los vivos lloraban en círculos pequeños; un niño, en algún punto detrás, preguntó en voz alta ‘¿por qué lloran todos?’ y una madre contestó ‘porque se acordaron, mira’, y fue la respuesta exacta.

Y entonces Sabela, sin moverse del centro del camino, dijo:

—Seguid. Llorad y seguid. Eso es todo lo que hay que hacer esta noche.

Y la gente siguió. Y la fila gris siguió. Y la noche volvió a tener paso, que era lo único que necesitaba.

* * *

Benito Queizán, el pastor, lo llamaron dos viejos con bastón que habían sido mozos con él en el monte: ‘¡Benito! ¡El de las cabras! ¡Ven, que se hace tarde, hombre!’ Y una perra vieja de Amancio, que nadie supo de quién había salido, lloriqueó una vez en la cuneta, y los dos viejos se rieron llorando, y el del bastón de la fila —el que llevaba la leña a medio gesto— se adelantó con el paso cansado de cincuenta años de ladera.

Al pasar junto a los dos viejos se detuvo un momento, y uno de ellos levantó el bastón y lo tocó con el de él, sin tocarlo, bastón contra bastón en el aire, como se brinda.

Dorinda Paz fue la última, junto al último recodo, donde el camino ya veía la tapia del camposanto.

Y ahí el pueblo contuvo la respiración, porque el que salió a llamarla era Secundino, y todos sabían —todos sabían siempre, en los pueblos— que Secundino y Dorinda no se habían hablado en los últimos once años.

El viejo veterinario salió con el bastón y sin el bastón —lo llevaba colgado del antebrazo, no lo necesitaba— y se plantó en medio del camino.

—Dorinda —dijo. Solo eso, un rato. Luego—: Dorinda Paz.

Mi hermana. —Su voz, la voz de las frases en tres pedazos, salió en tres pedazos también—.

Peleamos por una parcela. Una parcela, Dorinda.

Once años. —Se quitó el sombrero—. Yo vine ahora.

Vine trece años tarde; pero vine, y no me voy hasta que entres.

La figura de Dorinda se había detenido delante de él.

Los dos —el vivo y la muerta— se miraron un momento largo, once años largo, y entonces la vieja de la fila hizo una cosa que nadie esperaba: sonrió.

Apenas. La sonrisa pequeña y torcida que los Paz tenían, la misma que Iago le había visto a Secundino cuatrocientas veces junto a un ternero difícil.

—¡Dorinda! —gritó la gente—. ¡Dorinda Paz!

Y Secundino lloró, once años seguidos, de pie en medio del camino, con el sombrero en la mano.

* * *

Pasaron por debajo de la iglesia a las cuatro de la mañana.

Las campanas tocaron una vez —una sola, honda, que se quedó en el aire de la niebla como se queda el humo— y luego nada más, porque el acuerdo era el acuerdo: la iglesia velaba, el camino caminaba.

Por las ventanas altas de San Xurxo se veía la luz de dentro, y en la puerta abierta, de pie, con el libro en la mano y la estola puesta encima del jersey, Padre Anxo.

Dentro —Iago lo vio por la puerta, de soslayo, al pasar— había gente en los bancos: la gente que no había podido caminar, las viejas más viejas, los enfermos, dos o tres que simplemente no habían podido con la noche.

El cura les había dado su propia vigilia: seis nombres escritos en un papel de misa, seis velas en la repisa del altar.

Los que no caminaban, rezaban. Los que no rezaban, miraban el fuego de las velas, que también era una manera.

No dijo nada al pasar la fila. Se inclinó —despacio, profundo, un hombre inclinándose ante seis vecinos— y siguió con su libro, y sus seis nombres escritos, y su vela, que también ardía, en otro idioma, para los mismos.

Iago lo miró al pasar, y el cura lo miró a él, y no hubo nada que decir: había dos procesiones aquella noche en Soutomouro, una con techo y una sin techo, y ninguna le comía la ruta a la otra.

Un tramo más allá, Sabela dijo, sin volverse, con la voz baja:

—Escucha.

Iago escuchó. Desde la iglesia, detrás de ellos, llegaba el murmullo del rosario rezado en voz baja por las viejas, y por encima del murmullo, el paso de la procesión, y debajo de todo, el tintineo de las campanillas: tres sonidos, tres tiempos, ninguno pisaba a otro.

—Así se hace —dijo ella—. Así.

* * *

La puerta del camposanto se veía desde el último recodo: la reja vieja, las letras, la tapia blanqueada.

Sabela paró la marcha a veinte pasos de la reja.

El cielo, detrás del souto, empezaba a pensar en aclarar.

Ella se adelantó sola —esto era suyo, y todos lo sabían— hasta la mitad del tramo, y se volvió, y habló.

Primero los versos, los cuatro que había aprendido de la vieja de la carballeira, dichos bajito, para la puerta y no para la gente:

—Con el Ave María comienzo, San Xurxo, abre la puerta del camposanto, traigo nombres, traigo llanto, cada quien con los suyos; la candela se ha apagado.

Y luego los nombres. Uno por uno, con la voz cansada y entera, con la pausa de Mariña entre nombre y nombre:

—Perfecto Vieites. Sara Maneiro. Carme Codesido. Uxía Piñeiro. Benito Queizán. Dorinda Paz. —Un silencio—. Habéis llegado. La puerta está abierta; entrad, que os estamos mirando.

Los seis caminaron los últimos veinte pasos solos.

Despacio. Con las velas bajas apagándose una a una conforme pasaban la reja —no sopladas: cumplidas— y en la puerta, cada uno, se volvió un momento.

No a saludar: a mirar. A mirar al pueblo entero apretado en el camino, con las caras mojadas y las velas de los calacús temblando en las manos.

Uxía se volvió hacia Rosalía. Carme, hacia Amancio. Benito levantó el bastón una vez, como se levanta para los amigos. Dorinda —la última— se quedó un segundo más mirando a su hermano, y levantó la mano, la mitad de un adiós, y entró.

La vela de Iago se apagó.

No se apagó como se apagan las velas: se apagó como se apagan las vigilias, cuando ya han cumplido. La llama se hizo pequeña, se quedó quieta un segundo —azul abajo, siempre— y dejó de estar. Y el hilo de humo que subió de la mecha fue un humo normal, de cera y de alba, sin nada escrito.

Iago se quedó con la vela apagada en la mano, en medio del camino, con el cielo ya gris y el pueblo entero detrás callado.