Capítulo 14 #3
Se acabó. Lo supo en las manos primero: las palmas no escocían.
El olor a la cera —cinco semanas de olor— se estaba yendo, como se va una fiebre.
Se miró la palma derecha: las dos líneas de quemadura vieja seguían ahí, seguirían siempre, ya lo sabía, como saben los veterinarios que algunas marcas son el curriculum.
Pero la cera del puño, la que goteaba despacio desde septiembre —eso ya no.
La vela estaba fría: fría de verdad, fría de museo.
No la tiró. La guardó en el bolsillo de la chaqueta buena, con los restos de la cera llorada pegados al puño, y se dijo que aquello no se tiraba: aquello se archivaba, como los cuadernos de Secundino, para quien viniera detrás.
Y entonces, de la gente, alguien empezó a llorar en voz alta, de verdad, sin vergüenza, y luego fueron todos —doscientas personas llorando en un camino, sin nadie que les dijera cómo— y las campanas de San Xurxo tocaron, esta vez sí, todas, para la misa del alba, y el llanto y las campanas se mezclaron en la niebla sin pelearse.
* * *
A la vuelta, con el día ya hecho, Evaristo caminaba al lado de Iago. El viejo iba con la cara lavada y los ojos rojos, y bostezó dos veces en cien metros, con la boca abierta como un niño.
—Perdone —dijo, tapándose—. Es que… —se le paró la frase, y la miró él mismo con extrañeza, como se mira una herramienta nueva—.
Eu xa non teño sono —dijo, bajito, con la voz de siempre.
Y luego sonrió despacio, incrédulo, y bostezó otra vez, con la boca abierta como un niño—.
Esta vez no era verdad. —Se detuvo en medio del camino, con el alba en la cara—.
Y me voy a acostar, y voy a dormir, y si me queréis mal por eso, rapaz, podéis quererme mal mañana.
—Que le vaya bien —dijo Iago.
—No me va bien ni mal —dijo el viejo, ya andando—. Me voy a dormir. Eso es todo. Eso es todo.
Iago le dio una palmada en el hombro, con cuidado, como se toca a los viejos, y lo vio alejarse hacia la calle de arriba con el paso más ligero que le había visto nunca.
Delante, Sabela caminaba del brazo de Nadia, con la cara gris y la espalda recta, y la gente les abría paso sin hacer corrillo, con un respeto nuevo que no era miedo ni devoción: era gratitud documentada.
En la puerta del camposanto, cuando ya no quedaba casi nadie, Sabela se había quedado atrás un momento. Iago volvió a buscarla. La encontró mirando la reja, con la cara cansada y quieta.
—¿Estás?
—Estoy. —Ella no se volvió—. Miraba si venía alguien más. —Un silencio—. No venía. —Y luego, bajito, en la lengua de su casa —: Mi abuela no está en la fila, Iago. Nunca estuvo. A ella la lloraron bien.
Lo dijo una vez, sin explicarlo, y no hizo falta más. Iago se puso a su lado, y los dos miraron la reja un rato, y luego se fueron a casa, con el sol de noviembre subiendo por el valle y el pueblo entero durmiéndose por fin, casa a casa, con las ventanas apagadas.
* * *
«A Lareira» estaba abierta.
No para la fiesta: para la vuelta. Lula había dejado, como había prometido, la lumbre encendida y las sillas alrededor, y una olla de vino caliente con especias humeando en la barra, y las castañas del primer magosto de la despensa.
La gente fue entrando en grupos pequeños, sin ruido, con las caras lavadas y los ojos rojos, y nadie brindó, y todos bebieron de pie o sentados, mirando el fuego o el vaso.
Iago se sentó en un rincón con Sabela. Ella tenía la mano derecha abierta sobre la rodilla, la palma hacia arriba, mirándola de vez en cuando como se mira algo que acaba de dejar de doler. Él le cubrió la mano con la suya, y así se quedaron.
En un momento dado, Nadia se les acercó con dos vasos y la cara seria de las noches largas.
—Es que quería deciros una cosa —dijo—. Que gracias. Y que yo de mayor… —se le torció la frase, y la dejó—. Nada. Que gracias.
—Ven aquí —dijo Sabela, y la chica se sentó con ellos, y los tres miraron el fuego sin decir nada más, que era la manera que tenía aquella casa de decirse todo.
Afuera amanecía del todo. El uno de noviembre entraba en Soutomouro como un día cualquiera —niebla, gallos, el primer tractor— y sin embargo todo lo que se asomaba a la ventana lo sabía: no era un día cualquiera.
Era el primer día después. El pueblo había bajado a sus muertos a hombros, a pie, por el camino de siempre, y los había enterrado con su nombre, y ahora el mundo pesaba menos.
Rubén Fariña, desde la puerta del bar, con un vaso en la mano y la mirada perdida en la calle vacía, dijo para sí, en voz baja, con el acento del sur ya casi domado por el valle:
—Esto en Cádiz tampoco pasaría. Pero aquí ha pasado. —Se bebió el vaso—. Y yo que lo he visto.
Junto al fuego, Evaristo se había quedado dormido en la silla, con la boca abierta y la gorra en el regazo, dormido como un niño, y nadie lo despertó.
Lula le puso la manta de la barra por encima, y bajó la voz de la radio, y el bar entero giró despacio alrededor de aquel viejo dormido como se gira alrededor de una lámpara.