Capítulo 15
Sabela
Los primeros días de noviembre fueron una cosa rara y buena: un pueblo con resaca de pena.
No de pena mala: de pena hecha. La gente andaba por la calle con los ojos cansados y la voz suelta, y se saludaba distinto, más despacio.
En el bar se hablaba de la noche del camposanto como se habla de una nevada histórica: todo el mundo tenía su parte, su detalle, su frase.
El tío Benigno contaba lo del bastón de Benito; la madre de Nadia contaba lo de los niños diciendo adiós; y la vieja Hortensia, que no se movía de su portal, recibía visitas como una capilla, y a cada visita le decía lo mismo: ‘eso era lo que había que hacer. Eso y nada más.’
El jueves vino Xoana, con la empanada hecha por ella misma —la deuda al revés— y se cerró en la trastienda con Sabela una hora entera.
—Cuenta —dijo Xoana, sin más prólogo—. Lo que se pueda; me debes una versión.
Sabela le dio la versión. No el cuaderno, no las cruces, no la lista entera de lo que faltaba en su cabeza: la forma.
Que la casa de su abuela curaba con las manos, que eso se pagaba, que se pagaba con el cuerpo y con cosas pequeñas de dentro, y que ella llevaba un año aprendiendo a pagar sin arruinarse.
Que lo de la fila había sido de verdad, que lo del camposanto había sido de verdad, y que la cuenta de todo aquello no la tenía del todo ni ella.
Xoana la escuchó sin interrumpir, con la cara de la que oye una lección difícil y decide aprendérsela.
—¿Y se puede… compartir? —preguntó al fin—. Lo que pagas. ¿Se puede repartir entre más?
—No —dijo Sabela—. Eso es la única regla que no cede. El que se paga, se paga en propiedad.
—Vale. —Xoana cortó la empanada con precisión de maestra—. Entonces te digo una cosa, y no me discutas. Si no puedes repartir el precio, reparte lo demás. La compra. La limpieza. El reírse. —La miró—. No se te ocurra invernar sola, Sabela Reboredo; no se te ocurra.
—No —dijo Sabela—; ya no se me ocurre.
* * *
El magosto llegó el martes diez, con el primer frío de verdad y la plaza llena de humo.
Lo habían organizado entre Lula y Gloria —‘una no así nada y la otra así todo’, decía Lula— y era un magosto de los de antes, de plaza y no de recinto: de los fuegos grandes en el centro, las castañas en los sacos de esparto, el vino nuevo de Amancio en el puesto del fondo, y la gente con las caras tiznadas, que era la costumbre vieja: te tiznabas la cara en el fuego y le tiznabas la cara al de al lado, y al final de la noche todo el pueblo era negro y todo el pueblo era igual.
Sabela llegó cuando ya empezaba a oscurecer, con Nadia y con la mochila de hierbas que no necesitaba nadie pero que ella llevaba siempre, por lo que pudiera pasar.
De camino, la plaza les fue saliendo al encuentro por familias: los Pintos con el niño ya repuesto y las orejas rojas de frío; Catalina con un barreño de castañas presentado como una hostia; los viejos de la carballeira con la lentitud de las procesiones domésticas.
Nadie le hizo reverencias. Nadie le dijo ‘lo de la otra noche’.
Le hicieron algo mejor: sitio junto al fuego, y una castaña en la mano, que era como Soutomouro decía las cosas grandes.
Nadia caminaba a su lado mirándolo todo con los ojos nuevos.
—É que es distinto este año —dijo la chica.
—El año es el mismo —dijo Sabela—; vosotros sois distintos.
—Tú también.
—Yo no —dijo Sabela—; yo soy más vieja, que no es lo mismo.
—Mentira —dijo Nadia—. Tú eres la misma de siempre, solo que con más trabajo. —Lo dijo con la boca pequeña y la cara seria, y Sabela no supo contestarle, porque era verdad y porque no lo era, y las dos cosas juntas eran el retrato más exacto que nadie le había hecho aquel año.
Hacía nueve días de la noche del camposanto.
Nueve días en los que el pueblo había cambiado de tono como cambia de tono la madera con el tiempo: despacio, por dentro.
La gente dormía. Las ventanas se apagaban.
Y sobre todo —esto lo notaba ella más que nadie, en la botica, en la calle— la gente nombraba a los muertos.
Sin bajar la voz, sin la vuelta de la vergüenza: ‘mi madre, que murió en el sesenta’, ‘el Perfecto, que tal’, ‘la Carme, ay, su cocido’.
Los seis de la fila, y con ellos todos los demás, habían vuelto a la conversación del pueblo como se vuelve a una casa después de un viaje largo.
El domingo anterior, en la misa de los difuntos, Padre Anxo había leído seis nombres en voz alta, con la pausa de los oficios, y había dicho después una sola frase que Sabela había ido a oír desde el fondo: ‘A los que murieron solos no les llega nuestra pena: les llega nuestro recuerdo en voz alta.’ Y no había dicho más, y la iglesia entera había salido luego al atrio hablando de los suyos, y el cura se había quedado en la puerta repartiendo el saludo de siempre con la cara de quien ha ganado algo que no se puede contar.
En la escuela, según Xoana, los niños habían dejado de dibujar procesiones.
Dibujaban el magosto, el fuego, las caras negras.
Uno había dibujado la puerta del camposanto con seis figuras dentro y una multitud fuera, y debajo, con la letra torcida: ‘xa están’.
Xoana lo había colgado en la pared de la clase, y no había dicho nada, y la directora no había dicho nada, y ahí estaba.
Sabela, por su parte, había dormido. Había dormido como no dormía desde antes de junio: nueve, diez horas, con la vela de cera amarillenta guardada ya en un cajón de la trastienda —fría, inofensiva, un objeto— y los sueños en barbecho.
Iago venía todas las tardes con cualquier excusa de frasco, y se quedaba a la caída de la tarde, y los dos miraban el fuego sin hablar mucho, como los convalecientes, que era lo que eran.
La vela, por cierto, no se había tirado.
Él se la había traído envuelta en un trapo, con la cera llorada de años pegada al puño, y le había dicho: ‘esto es de tu casa, o de la parroquia, o de nadie, pero no es mía para guardarla’.
Ella la había puesto en el cajón de las cosas que no se usan y no se tiran, junto a las figas viejas de Mariña y a las llaves de casas que ya no existían.
Allí podía quedarse. Había objetos que se jubilaban, como la gente, y aquel había trabajado bastante.
Catalina le había dicho en la botica, esa misma semana, con la cara lavada: ‘Sueño con mi marido. Normal. Sueños normales, como antes. Les busca las cosas y no las encuentra, y nos reímos.’ Y le había llevado una docena de huevos, que era el precio de los sueños buenos.
* * *
En el primer fuego estaban asando las castañas de Lula, y alrededor había la ronda de siempre: los viejos con las manos al fuego, los niños quemándose los dedos, los perros esperando.
Más allá, los niños de la escuela habían hecho el rosario de zonchos: una ristra larga de manzanas y castañas y ganchitos ensartados en cordeles, que colgaban del tendedero de la fiesta, y la regla era la de siempre —cortar lo tuyo con la boca, sin manos, con el fuego al lado y la cara ya negra— y los niños se despatarraban de risa y los viejos miraban con la cara de los que han hecho lo mismo sesenta años antes.
—No se te ocurra poner eso en la red —le dijo Gloria a Nadia, medio en broma, medio en serio, señalando el rosario de zonchos—. Que lo nuestro es nuestro.
—Es que ya no pongo nada sin preguntar —dijo Nadia, con dignidad, y Gloria le dio un golpe de cariño en la nuca.
Sabela se acercó y se calentó las manos.
El fuego calentaba. Las castañas chisporroteaban.
Y el olor —el olor subió con el humo, denso, dulce, el olor de toda su vida— y no le dijo nada.
Ella estaba ahí, en la plaza, con el frío de noviembre en la espalda y el fuego delante, y el humo de las castañas pasaba por ella como un idioma sin traductor.
No dolía. Esa era la verdad rara de la peaxe: no dolía, faltaba.
Había una habitación dentro de ella donde aquel olor encendía una lámpara —la cocina de su abuela, las manos rojas de pelar, la seguridad entera de ser niña en noviembre— y ahora la habitación estaba cerrada y el olor era solo un olor.
Los demás lo olían por ella. Se lo dijo sin palabras, mirando a la vieja Hortensia cerrar los ojos junto al fuego con la cara feliz: que lo huelan ellos.
Mi parte se la dejo al pueblo, en depósito, hasta que haga otra.
—Prueba —dijo Lula, poniéndole una castaña caliente en la mano—. Del primer magosto bueno. Que el año pasado fue un desastre.
Sabela la peló despacio, con los dedos curtidos, y la comió.
Estaba buena —lo sabía de memoria, por el tacto, por la pinta—.
El sabor era dulce y harinoso. Pero el humo del fuego seguía sin llevarla a casa.
En algún lugar de ella había una habitación cerrada donde aquel olor solía encender una lámpara.
La lámpara no encendió; la habitación seguía cerrada.
—Está buena —dijo, y sonrió, y Lula pasó al siguiente, y nadie supo nada.
Era la cuota de octubre. La del fuego de castañas. El contrato podía terminar; aquella habitación no volvía a abrirse. Se quedó junto al fuego, con la gente alrededor, como se quedaban los de su casa: en silencio y sin cambio.
Pensó en escribirle a Ciriaca una reclamación imaginaria, y se le escapó una sonrisa, y decidió que la sonrisa era la única reclamación que le salía gratis.
—Estás rara —dijo Nadia a su lado, bajito.
—Estoy vieja —dijo Sabela—. Envejezco cada otoño. En marzo, nueva otra vez, verás.
—Mentirosa —dijo Nadia, con cariño, y le tiznó la mejilla con el dedo, y se rio.
* * *
El vino nuevo lo sacó Amancio a la hora de las ocho, con la solemnidad de las cosechas.
—Vino nuevo —dijo, a la ronda entera—. Del furancho . El primero. La vaca no miente y el vino tampoco.