Capítulo 15 #2
Pasaron los vasos. Sabela bebió con los demás, y el vino estaba —lo sabía por la cara de los demás, por el ‘ah’ colectivo, por Lula cerrando los ojos— estaba bueno, dulce, con el dulzor tonto y alegre del vino nuevo de noviembre.
Ella lo probó y le supo a vino: a alcohol, a fruta vieja, a nada.
Era la segunda cuota. La de noviembre. La última: la vela se había apagado en la reja, y con ella el contrato que cobraba cada mes.
Aquella del magosto era la cuenta de cierre.
La pagó sin moverse de su sitio, con la gente alrededor.
Bajó el vaso despacio. Junto a ella, Iago la miró. No dijo nada. Él sabía leerla ya en los registros que no se escribían, y le apoyó la mano en la espalda, un segundo, y siguió hablando con Amancio de las vacas.
—¿Está bueno el vino? —le preguntó Nadia.
—Está bueno —dijo Sabela, y era verdad en todos los idiomas menos en uno.
* * *
Ciriaca bajó a la plaza a última hora, con la chaqueta buena y la sobrina de escolta, y la ronda le abrió sitio junto al primer fuego como se le abre sitio a una autoridad.
La vieja miró la plaza: los fuegos, los tiznados, el rosario de zonchos, la gente; lo miró todo con la lentitud de quien coteja.
—Eso es —dijo al fin, a nadie y a Sabela—. Esto es lo que teníamos, ni más ni menos.
—No me digas que no hay nada nuevo —dijo Sabela, sonriendo—; hay una alcaldesa tiznada.
—Iso xa o sabes —dijo Ciriaca, y pestañeó, que era su manera de reírse—. La vila está bien. Los muertos están en su sitio. Y tú… —la miró de lado, con los ojos de la balanza— …tú tienes la cara cansada pero la columna derecha. Aprobado el otoño, rapaza.
—¿Y el invierno?
—El invierno es gratis —dijo la vieja—. Ese no te lo cobran. —Se quedó mirando el fuego—. Aunque… nada. Queda tiempo. Todo el tiempo del mundo. —Y no dijo más, y Sabela no preguntó, porque las viejas de la carballeira decían lo que decían y el resto lo dejaban en la frase.
* * *
A media noche, con la plaza en lo alto de la fiesta y las caras todas tiznadas y el fuego bajando a brasa gorda, pasó la cosa pública.
Antes de eso, hubo un momento privado. Los dos se habían apartado hasta el portalón de la farmacia vieja, donde la fiesta llegaba como un rumor, y él le había dicho, mirando la plaza y no a ella:
—Sí cumplió. Lo de la lista, lo de la noche, lo de las ventanas; se cumplió todo lo que dijiste.
—Eso.
—¿Y ahora qué? —Él la miró entonces—. ¿Qué hay detrás del "eso"?
—Ahora hay invierno —dijo ella—. Invernar. Es un verbo muy serio en el campo, Iago. Invernar es hacer lo mínimo y hacerlo bien: comer, dormir, guardar. —Se encogió de hombros—. Este año tengo ganas de invernar.
—Con compañía —dijo él—. Si me dejas, lo digo con todas las letras: con compañía. Ya no te voy a hacer la guardia desde la acera. He visto tu cuaderno, o casi. Me da igual. Me quedo.
—Vaiamos ver —dijo ella, robándole la frase con una torpeza deliberada, y él se rio de verdad, y el frío se les hizo menos.
Entonces volvieron al fuego. Y entonces pasó lo otro.
Sabela estaba junto al segundo fuego, con las manos frías a pesar de todo, cuando Iago se acercó con dos vasos.
Le dio uno. Y luego, sin preguntar, sin anunciar, con la naturalidad de quien lo ha ensayado tres meses, le cogió la mano izquierda y se la metió en el bolsillo de su chaqueta, dentro, con la suya.
Y la dejó ahí. Y siguió hablando con Secundino de un caballo, con la mano de ella en su bolsillo, delante de todo el pueblo.
El pueblo lo vio. El pueblo lo vio todo, siempre, pero aquello lo vio con atención: la vieja Hortensia le dio un codazo a la de al lado; Lula levantó el vaso un centímetro, imperceptible, a la salud de nadie; Nadia hizo una cara que no vio nadie más que Xoana, que le contestó con otra cara.
Y al rato —porque el pueblo también sabía ser discreto cuando importaba— la conversación siguió, el dominó siguió, las castañas siguieron.
Pero el rumor ya estaba escrito, y a la mañana siguiente el grupo de WhatsApp del pueblo amaneció con una foto borrosa de dos espaldas junto al fuego y un solo comentario de la cuenta de Lula: «Por fin. »
Sabela, con la mano en el bolsillo ajeno y el calor de la mano de él subiéndole por el brazo entero, miró el fuego y no dijo nada tampoco. El olor del fuego no le decía nada. La mano sí.
—Quédate quieta —le dijo él, bajito, sin mirarla—. Que llevo tres meses queriendo hacer esto en público y ahora no me da la gana de soltar.
—No pensaba moverme —dijo ella—. Las manos no me responden. Están ocupadas.
* * *
Evaristo se durmió a las nueve y media, en la silla que alguien le había acercado al fuego.
Lo vieron todos. El viejo carpintero, con el vaso medio bebido en la mano y la gorra calada, se durmió de golpe, como se duermen los niños y los ciegos de cansancio: sin aviso, con la boca un poco abierta, la cara a la luz de las brasas.
Casi tres años —nadie lo contaba, pero todos lo sabían— hacía que Evaristo Maneiro no se dormía antes de las cuatro de la mañana.
Y ahí estaba, a las nueve y media, roncando bajito en una silla, en medio de la fiesta, con la cara de un santo viejo.
—No lo despertéis —dijo Lula, bajito, a la ronda—. El que lo despierta paga la ronda de mañana.
Nadie lo despertó. La fiesta le hizo la curva, como el agua a las piedras.
Y de tarde en tarde alguien le echaba una castaña más al fuego y se la dejaba en el plato, a medio asar, para cuando se despertara: que en aquel pueblo el que se dormía en la fiesta no perdía su parte, se la guardaban; eso también era viejo, y también estaba de vuelta.
* * *
La vuelta a casa fue la última cosa de la fiesta, y la más quieta.
Caminaron juntos por la calle apagada, con la plaza quedándose atrás y el frío bueno de noviembre en la cara. Él no le soltó la mano en todo el camino; en la oscuridad no hacía falta bolsillo. En la puerta de la botica se pararon, como se paraban siempre, y ella dijo:
—Mañana no abro.
—Eso es un escándalo —dijo él—; la botica no cierra ni los domingos.
—Mañana no abro —repitió ella—. Hay que dormir el magosto. Es tradición. —Lo miró, con la cara aún tiznada y los ojos cansados y la boca casi sonriendo—. Puedes venir por la tarde, con las llaves, si quieres hacer inventario.
—Iré con las llaves —dijo él—. Y con el vino. El que no te sabe a nada, que para eso está la compañía.
Se fueron cada uno a su casa, que era todavía lo que había que hacer, y la calle se quedó vacía y quieta, con el olor de los fuegos apagándose y las castañas enfriándose en los sacos.
* * *
Sabela cerró la noche en casa, como cerraba todas las noches: con el cuaderno.
Escribió las cuentas de la semana, las pequeñas: una ciática, un empacho, el mal de ojo del niño nuevo de los Pintos. Y luego, antes de la página de los cargos grandes, se quedó un rato hojeando el año.
El cuaderno de aquel año era un mapa de ella misma, escrito por fuera.
Las T1: las horas de sueño, las fiebres prestadas, la mano escaldada de Lula.
Las dos T2, con su letra despacio y los huecos que ya no podía leer de otra manera que no fuera contando: la tarde de risa de la eira —esa no la tenía; la sabía escrita, no vivida— y la feira de octubre, la valla, la empanada.
Las dos cuotas de los ojos abiertos: el fuego de las castañas, el vino nuevo.
Y al final, la línea nueva, la que cerraba el contrato.
«Noviembre. Última cuota: el vino nuevo no me sabe a cosecha. La candela se apagó en la reja; el contrato de cada mes murió con ella. Esto ya no se cobra más.»
Miró la página siguiente. La del año que venía, la de después del invierno.
En blanco, claro. Todas estaban en blanco hasta que la vida las escribía.
Pero esta página —esta página la dejó en blanco a propósito, y no lo hizo del todo: en el margen de abajo, pequeño, escribió solo la fecha y nada más.
Una fecha y un margen. Que el año que viniera empezara por algo que no fuera una pérdida, si podía ser.
Pasó el dedo por el papel limpio y no supo por qué: solo supo que había que dejar una puerta abierta, una página sin estrenar, porque la casa de su abuela nunca había cerrado del todo ninguna cuenta, y las cosas que venían —lo que fuera que viniera con la primavera— merecían una página nueva, sin sombra encima.