Capítulo 15 #3
Dejó el cuaderno abierto sobre la mesa, con el lápiz encima, como lo dejaba Mariña. Y antes de subir, se quedó un momento junto a la ventana, mirando la calle oscura con las ventanas apagadas —todas, todas apagadas ya— y el silencio del pueblo durmiendo de verdad.
—Buenas noches —dijo, a la calle, a la casa, a la abuela—. Buenas noches de verdad.
* * *
Aquella noche soñó por última vez con los muertos.
Los vio como los había visto en la reja, pero desde dentro del sueño: la puerta del camposanto, el alba, los seis ya al otro lado. El camposanto del sueño no era el de día: era más grande y más sencillo, con la tapia baja y el valle detrás, y la luz gris que no venía de ningún sol.
Y en el sueño, uno por uno, se volvieron hacia ella.
No dijeron nada —los muertos de sus sueños no hablaban nunca, hablaban con la cara— y las caras eran las caras de las fotos buenas, las de las bodas y las vendimias: Perfecto con la risa, Sara Maneiro joven, Carme con el mandil limpio, Uxía peinada de fiesta, Benito sin la leña, Dorinda con la sonrisa torcida de los Paz.
La última en volverse fue Sara. Y Sara Maneiro hizo una cosa que los otros no hicieron: levantó la mano, despacio, y se la llevó al pecho, y luego la tendió hacia Sabela, palma abierta —el gesto viejo, el de las casas: gracias, cuídate, anda con Dios o con lo que sea— y entonces entró, y la reja quedó sola.
Se quedaron así un momento, mirándose, a un lado y a otro de la reja del sueño.
Y luego se fueron —no desaparecieron: se fueron, caminando hacia dentro, hacia la luz gris del sueño que ya no era niebla— y Sabela sintió, con certeza de sueño, que aquella puerta no se le iba a abrir más de noche.
Que la fila había entrado. Que la cuenta estaba cerrada.
Y que ella se quedaba fuera, viva, con la mano aún caliente de otra mano, y que eso era lo correcto.
Se despertó de día, con el sol ya alto y la casa en silencio. No tenía la cara mojada. Tenía la boca medio abierta en algo que no era una sonrisa todavía pero que iba camino.
Abajo, en la cocina, alguien había entrado ya —Nadia, con la llave de siempre— y había encendido la lareira, y el humo de la leña subía por la escalera.
Sabela olió el humo desde la cama. Olía a fuego, a leña de castaño, a casa. No le dijo nada.
—No importa —dijo en voz alta, a la habitación, a la casa, a la memoria de su abuela—; si no llega, haremos otras cosas que lleguen.
Bajó y encontró la mesa puesta: Nadia con el café, y diez minutos después Iago con el pan caliente y el periódico de ayer, que en Soutomouro era el periódico de hoy.
Los tres desayunaron sin hablar de nada importante, con la lareira subiendo y la ventana empañada.
En un momento dado, Nadia dijo, con la boca llena:
—Es que ayer Gloria me preguntó si quiero ayudar con lo del archivo del pueblo. Fotos viejas, cosas así. Dice que el pueblo tiene memoria y que hay que ordenarla. —Se encogió de hombros—; le he dicho que sí.
Sabela la miró por encima de la taza. El pueblo tiene memoria y hay que ordenarla. Lo había dicho Gloria, la de las calabazas naranjas, nueve días después de la noche del camposanto. La gente aprendía, pensó. No en voz alta, no con discursos: con el mantel de las cosas.
Iago no dijo nada. Le leyó a Nadia los titulares absurdos del periódico en voz alta, con la gravedad de los informativos, y las dos rieron, y el humo de la leña olió a humo de leña, y Sabela se dio cuenta de que estaba bien. No curada. Bien. Que era distinto y bastante.
* * *
A la tarde bajó al pueblo a comprar el pan, por costumbre, y encontró la plaza en su miércoles normal: el autobús de Monforte, los dos viejos de la esquina, el escaparate de Gloria con el cartel del Magosto recién quitado y el de Navidad aún sin poner.
Entre medias, la pared desnuda, que era como se veía el tiempo pasar en Soutomouro.
En la puerta del bar, Lula barría; al verla, dejó la escoba quieta.
—Contan por aí —dijo, con la sonrisa de la que inventa la traducción de una noticia vieja— que va a ser un buen invierno.
—Eso —dijo Sabela—; ese rumor lo puedo firmar yo.
Lula rio, y siguió barriendo, y al entrar de nuevo en el bar gritó para dentro, para la madre y para el fuego: ‘¡Que dure el invierno, que lo firma Sabela!’, y la risa de las dos salió a la calle como salen las cosas buenas, sin permiso.
Y siguió su camino, por la calle de siempre, con el pan bajo el brazo y el frío en la cara y la casa esperando, con su trastienda y su cuaderno y su página en blanco.
El año seguía. Había pájaros en el souto y niebla en el valle y gente en las casas, y por primera vez en mucho tiempo no había nada que caminara de noche.
Ella lo notó al anochecer, en la ventana, de pura costumbre: no había nada que mirar; era un lujo nuevo.
Sabela cerró la puerta de la botica a su espalda, encendió la lareira, y se puso a hacer la cena, silbando bajito una cosa vieja que no recordaba de quién era. A lo mejor de su abuela. A lo mejor de nadie. Daba igual: las canciones de las casas no tienen dueño, como no lo tienen las recetas.