Epílogo
Iago
El lunes treinta de noviembre amaneció con escarcha y con un sol limpio, de esos que el valle daba dos veces al mes en invierno y había que aprovechar.
Iago cumplía treinta y tres años. No le dijo nada a nadie, porque los cumpleaños, a esa edad y en ese pueblo, eran una cosa que se pasaba de perfil.
Hizo la ronda de la mañana —las vacas de la Braña, el caballo viejo, una llamada de la cooperativa— y volvió al mediodía con el sol en los ojos y la sensación boba de los años cumplidos: que el día sabía algo y no lo decía.
El valle estaba quieto y claro, con la escarcha derritiéndose en los tejados y el humo de las chimeneas subiendo derecho, sin viento.
Un día de los que no prometían nada y cumplían todo.
Lo dijo a la una, en la botica, donde le habían preparado una comida que se suponía sorpresa y no lo era, porque Nadia no sabía guardar secretos de cocina.
—Feliz cumple —dijo Nadia, entregándole un paquete envuelto en papel de periódico: una ristra de ajos de la huerta de su madre—. É que no sabía qué se le regala a un veterinario.
—Se le regala esto —dijo Iago, muy serio, colgándose la ristra del cuello—. Es el símbolo del colegio; no lo sabe nadie.
—Mentiroso —dijo Nadia, encantada, y le dio un segundo paquete, más pequeño: una foto impresa, la de las dos espaldas junto al fuego del magosto, la del grupo de WhatsApp, pero enmarcada en una cartulina doblada—. Esta es la buena; yo también voté.
—¿Votaste?
—Todo el mundo votó —dijo Nadia, con el misterio de los dieciséis años—; ya se te pasará lo de no saber nada.
Comieron en la trastienda, con la lareira subiendo: él, Sabela, Nadia, y —a la hora del café, como citada por la ocasión— Ciriaca, que entró sin llamar, como entraba en todas partes, y se sentó junto al fuego con la majestad de su edad.
Había conejo, y patatas, y una tarta de la panadería con treinta y tres velas simbólicamente reducidas a tres, ‘que no tengamos que llamar a los bomberos’, dijo Nadia.
Se habló de todo lo que no importaba: del tiempo, de la escuela, de una vaca de Amancio que se había escapado el jueves y había vuelto sola, ofendida.
Sabela estaba de buen color por primera vez en meses, con las manos curadas del todo y la risa fácil.
Iago la miraba de reojo entre frase y frase, con la gratitud específica de los que han pasado un mal año mirando a alguien de lejos.
El sol de mediodía entraba por la ventana de la botica, bajo y limpio, y dibujaba un cuadrado de luz en la mesa. Iago lo notó porque lo notaba todo aquel invierno: el sol de las doce, la mano de Sabela entrando y saliendo de la luz mientras servía el café.
Y entonces, de pronto, la mano se paró.
Fue un segundo. Ella estaba de pie junto a la ventana, con la cafetera en la mano, y el sol le dio de lleno en la cara, y ella entrecerró los ojos con fuerza —un gesto seco, casi un dolor— y giró la cara, y se puso a la sombra, y sonrió.
—El sol de invierno —dijo, con la voz de siempre—; pica más que el de agosto.
—Deja que corra la cortina —dijo Iago, levantándose.
—No. —Ella le tocó el brazo, de paso, con la mano libre—. No le quites el sol a la mesa; que hay que cargarlo cuando viene.
Y fue todo. Nadie más lo había notado, o nadie más lo había mirado dos veces.
Iago sí. Iago archivó el gesto con la disciplina involuntaria de su oficio: la fotofobia no, no era fotofobia, era otra cosa, una cosa de un segundo, escondida enseguida debajo de una sonrisa.
Ciriaca, junto al fuego, no dijo nada. Pero Iago, que la miraba de reojo, vio que la vieja sí lo había visto, y que había bajado la vista al café con la cara de quien apunta una fecha en un calendario que no muestra.
* * *
El paquete de verdad vino a media tarde, cuando ya se habían ido todos y los dos lavaban los cacharros con la pereza de las fiestas buenas.
Lavaban en silencio, uno al lado del otro, él fregando y ella secando, que era la distribución que se había instalado sola aquel invierno.
Hablaron de cosas pequeñas: de si la escarcha iba a quemar los berros, de si Nadia iba a terminar el año sin suspender, de si el tejado de la botica aguantaría otra nevada.
Nada de cuadernos, nada de archivos. El invierno, pensó él, era el arte de las conversaciones que no pesaban.
—La noche que viene nieva —dijo ella, mirando la ventana.
—¿Cómo lo sabes?
—Las gallinas —dijo ella—. Las gallinas lo saben siempre. —Y le sonrió, y él se preguntó si era broma, y decidió no preguntar, que era lo que hacía ahora con todas las gallinas metafísicas de aquella casa.
Llamaron a la puerta. Era Ciriaca otra vez, sola esta vez, con una caja de cartón vieja envuelta en una tela de saco y cerrada con una faja de papel sellado con lacre —lacre de verdad, rojo, con un sello antiguo—.
La vieja entró, puso la caja sobre la mesa de la trastienda, y se quedó de pie delante de ella un momento, con las manos encima.
—Ya no me toca a mí guardarlo —dijo—. Cuatro décadas lo tuve yo. Antes, tu abuela. Antes… —se encogió de hombros— …la cadena es larga.
—¿Qué es? —preguntó Sabela, en la puerta de la cocina, sin acercarse.
—El archivo —dijo Ciriaca—. El de la casa. El que no se le cuenta a la gente. —Miró a Sabela con los ojos de la balanza—. No lo abras ahora. No lo abras en la mesa del domingo. Ábrelo cuando vuelvas de mi casa o cuando el invierno se ponga feo de verdad, que las dos cosas van a coincidir.
—Ciriaca…
—Iso xa o sabes —dijo la vieja, y por una vez la frase no era un reproche, era una entrega—. Sabes que te toca; pues ya está.
—¿Y si no quiero?
Ciriaca la miró entonces con algo que no era ni sorpresa ni pena: era la confirmación de una apuesta vieja.
—Querer —dijo—. Eso pregúntale a tu abuela. —Se ajustó el pañuelo—. Yo guardaba. Guardar no es querer ni no querer. Es guardar. Y después, un día, entregar. Hoy es el día de entregar; el resto es tuyo.
Se fue sin café, con la sobrina esperando en la calle, y la caja quedó sobre la mesa de pino, entre el cuaderno y el frutero, sin que ninguno de los dos la tocara.
Era de tamaño mediano. Pesaba —la sopesó Iago después, cuando ella fue a cerrar la tienda— lo que pesa un archivo: papeles, un cuaderno duro, algo envuelto aparte que sonaba a tela con algo dentro.
El lacre estaba entero. El papel de la faja tenía una escritura vieja, de pluma, que no decía un nombre: decía «DA CASA. NON AbrIR SE NON FAI FALTA.»
—No es un regalo de ahora —dijo Sabela, de vuelta, mirándola desde la puerta—; es un encargo.
—¿Y cuándo se abren los encargos?
—Cuando se necesitan —dijo ella, y no dijo más, y subió la caja al altillo de la trastienda, al estante alto, donde no daba el sol.
* * *
Cenaron tarde y poco, con las sobras y con el fuego. Nadia se había ido a casa con media tarta envuelta en un paño, y la botica había quedado en su orden de las noches: la lareira, el reloj de Mariña, el silencio amable.
Sabela subió primero, con el cansancio sano de las semanas buenas. Iago se quedó a cerrar, y al recoger la mesa se encontró el cuaderno das peaxes, abierto, con el lápiz encima.
No lo iba a leer. Sabía lo que era aquel cuaderno —lo sabía entero, desde la tarde con Ciriaca— y no era suyo. Pero la página abierta era la última, la del año, y estaba en blanco salvo por una fecha pequeña en el margen, y el resto limpio, y él se quedó mirándola un momento largo.
La página en blanco. Ella había cerrado el año con una página en blanco, sin una sola cuenta.
Él sabía lo suficiente de aquella casa para entender que una página en blanco no era una página que faltaba: era una página esperando.
Un hueco dejado a propósito, como se deja el plato de más en la mesa de los difuntos.
No preguntó. Ella no le había explicado la página, y él no se la iba a pedir: había aprendido, aquel otoño, que había cosas que se compartían mejor calladas, como la guardia de una casa.
Fue al guardar los cacharros cuando la encontró.
El cajón de la trastienda, el de los paños y las bolsas de tela, se había atrancado con la humedad, y al tirar con las dos manos salió de golpe, y con él salió rodando una cosa pequeña envuelta en un lienzo de saco viejo, anudada con un cordel de zapato.
Él supo lo que era antes de desenvolverla.
La desenvolvió igualmente, despacio, sobre la tabla: un cabo de vela de cera amarillenta, de la gruesa, de la que pesaba en la palma como pesan las cosas hechas a mano, con el pabilo negro y los bordes comidos por el uso y, por el fuste, ya frías, ya duras, las lágrimas de la cera llorada: gotas y más gotas apretadas unas contra otras, escurridas y detenidas a mitad de camino, como un reguero que se hubiera quedado quieto de repente.
La vela de aquellas noches. La que se había apagado sola al alba, con el camposanto delante.
Él mismo la había traído a aquella casa, una semana después, envuelta en un trapo, y le había dicho: esto es de tu casa, o de la parroquia, o de nadie.
Ella no había preguntado más. La había cogido, la había mirado con la atención de las consultas, y ahora él veía lo que había hecho con ella: la había envuelto de verdad, con el lienzo y el cordel y el nudo de las cosas que se quedan.
No estaba escondida. Estaba archivada, que era distinto: en el cajón de las cosas de uso, como se archiva una herramienta que ya no sirve para lo que servía y que nadie se atreve a tirar.
La sopesó un momento. Pesaba poco, menos de lo que pesaba encendida, y sin embargo ahí estaba la prueba entera de aquel otoño: no en los cuadernos, no en las listas, no en los informes que él ya no escribía, sino en un palmo de cera con forma de llanto.
La envolvió otra vez, con el mismo lienzo y el mismo nudo, y la dejó donde estaba, en el cajón que no cerraba bien.
Había cosas que no cerraban bien. Aquel cajón.
Aquel año. La mano de ella, un segundo, contra el sol del mediodía.
Afuera, la escarcha empezaba a hundir los hierbajos de la acera.
El pueblo se apagaba ventana a ventana, sin prisa, con el orden viejo de los que madrugan: primero la casa del cura, luego las de la plaza, luego el bar, donde Lula echaría el cierre cantando bajito.
Iago bajó el fuego de la trastienda hasta dejarlo en brasas, que era como le gustaba a la casa, y se quedó un rato más sin hacer nada, escuchando el silencio con los oídos nuevos que le había dejado aquel año: un silencio que ya no era ausencia de nada, sino la casa entera respirando al mismo paso, arriba y abajo, los cuadernos y los tarros y la caja del altillo y la cera quieta en su cajón.
Se quedó un momento con las manos sobre la mesa, pensando en el año.
Había vuelto a Soutomouro en marzo a liquidar una herencia y a cerrar una etapa, y en cambio había abierto una ferretería de la que ya no sabía salir: un consultorio, una casa vieja, un pueblo entero con cita en el calendario.
Treinta y tres años. La mayor parte, en este valle; doce, fuera, aprendiendo todo lo que no servía para lo importante; y los meses desde marzo, aquí, descubriendo que la ciencia era un idioma y que el valle hablaba dos.
No le pareció un mal balance. Le pareció, incluso, una cuenta bien llevada.
Lo que sí hizo fue coger el lápiz.
En la primera línea de la página en blanco, con la letra más cuidada que tenía —la letra de los informes, no la de las prisas—, escribió:
«30 de novembro. Cumplín 33 anos. Estamos todos.»
No era una cuenta. No tenía precio. Era lo único que él podía escribir en aquel libro sin pagar nada por ello: una fecha, una edad, y la única verdad que le importaba.
Cerró el cuaderno, lo dejó sobre la mesa con el lápiz encima, como lo dejaba ella, como lo dejaba la abuela antes que ella, y apagó las luces de abajo una a una.
Al subir, se paró un momento en el descanso. Por la ventana pequeña se veía la calle, y más allá la niebla quieta del valle, y más allá —aunque no se veía— el camino viejo y el cruceiro y la reja del camposanto, todo en su sitio, todo dormido.
Pensó en la mano de ella parándose un segundo contra el sol del mediodía. Un segundo. Nada más. Lo pensó, lo archivó sin miedo —del miedo ya se había jubilado aquel año— y decidió que lo que viniera, viniera. Que esta casa tenía cuaderno para todo, y que él sabía ya leerlo.
—Vamos ver —dijo bajito, a la noche, a la escalera, al año que venía— qué traes.
Y subió, y apagó la última luz, y la casa se quedó quieta, con la caja en el altillo y la página en blanco esperando, que era como las casas de aquel valle guardaban todo lo importante: sin ruido, con la puerta cerrada y el fuego bajo.