Capítulo 13 #3
—Todos quieren entrar —dijo Ciriaca—. Llevan años queriendo. Lo que no había era quién los llamara.
Se quedaron en silencio un rato, las dos, mirando el valle oscurecer.
La última luz tocaba las copas de los castaños, y abajo, en el pueblo, empezaban a encenderse las ventanas de siempre y algo más: puntos naranjas, bajitos, en las puertas de las casas del camino viejo.
Los calacús; la gente ya estaba saliendo a encenderlos.
—Sabela —dijo Ciriaca, sin volverse—. Lo que haces esta noche no lo hizo nadie de esta casa en tres generaciones. Ni Mariña. —Una pausa larga—. Mariña supo siempre cómo se hacía. No lo hizo. Me pregunto… —la vieja se calló, y Sabela no la empujó—. No importa. Ve tú.
Bajó al pueblo con la noche ya cerrada y el corazón despacio. En la calle, la gente se movía con la parsimonia de los días señalados: portando calacús, hablando bajo, juntándose en corrillos que se disolvían cuando ella pasaba. Nadie le preguntó nada; todos sabían lo suficiente.
* * *
La botica estaba a oscuras y en calma, con la lareira baja haciendo su rumor de siempre. En algún lugar de la trastienda, el agua de un puchero respiraba. Sabela se quedó un momento en la puerta, escuchando su casa, dejando que la noche llegara a su ritmo.
En la botica, Iago la esperaba con la cena hecha.
Era lo que habían quedado: él hacía de comer, ella se callaba, los dos miraban el fuego.
Había tortilla y pan y el vino de Amancio, y sobre la mesa, sin que ninguno de los dos lo hubiera puesto a propósito, las dos libretas: la roja y la de tapas blandas, cerradas, juntas, como dos perros viejos que ya no se gruñen.
Cenaron despacio, sin hablar de la noche.
Él le contó una tontería de un ternero con nombre de torero; ella se rio dos veces; el reloj de Mariña dio las diez, y las diez y media, y ninguno de los dos miró la hora en voz alta.
En algún momento, él le cogió la mano por encima de la mesa, así, sin comentario, y se la quedó mirando: las yemas curtidas, la palma que había llevado la vela dos noches.
No le dijo nada. Le besó la palma, una vez, con la solemnidad de quien firma, y siguió cenando con la otra mano, y ella no la retiró.
—Esta noche —dijo ella al fin— no duermo.
—Lo sé.
—Y tú tienes que estar descansado. Tú llevas la candela en la vuelta.
—Lo sé.
No se movieron. El fuego hacía su trabajo. Y entonces él dijo, mirando el fuego, con la retranca muerta para una vez:
—En junio, junto a la cacharela, me cogiste de la mano.
Y yo llevo desde junio detrás de esa mano, Sabela.
Con pausas. Con cobardías. Con tres meses de no decir nada porque no sabía el precio de las cosas en esta casa.
—La miró—. Ya sé el precio. Lo sé entero.
Y sigo aquí. Eso quería decirte antes de esta noche: que ya sé lo que cuesta, y que me quedo.
Ella no contestó con palabras. Se levantó, y apagó la luz de la cocina, y le tendió la mano.
Lo que pasó después, pasó con la puerta de la habitación entreabierta y la luz de la escalera encendida y el fuego bajando solo en la cocina: dos personas cansadas que se buscaban despacio, con cuidado de no hacerse daño en los sitios cansados, con la ropa y con la piel y con los meses enteros de no decirse nada cayendo por fin en el olvido amable de las cuatro paredes.
No hubo juramentos. Hubo, una vez, la risa baja de ella contra el cuello de él, y la mano de él aprendiendo las cruces pequeñas de la espalda de ella como si leyera en la oscuridad.
No era la noche antes de la batalla, pensó ella en un momento, con la oreja contra el pecho de él y el corazón ajeno latiéndole despacio en el oído.
Era más viejo que eso: era la víspera de la romería.
El pueblo entero dormía con la ropa preparada en la silla, y ellos dos se estaban diciendo, con las manos, lo único que había que decirse antes de un camino así: que estaban vivos, que estaban juntos, que la noche iba a venir igualmente y que por eso mismo convenía no pasarla solos.
Después, mucho después, con la medianoche acercándose y el pueblo callado, los dos despiertos mirando el techo, ella dijo:
—La medianoche.
—Ya lo sé.
—¿Ves?
—Contigo —dijo él—. Todo el camino.
Ella se incorporó un poco, mirándolo en la penumbra.
Él tenía los ojos abiertos y tranquilos, sin el rictus de las últimas semanas, y ella pensó que aquel hombre había entrado en su vida midiendo fiebres y se había quedado a medir lo que no se medía.
No le dijo gracias. Las gracias, entre ellos, eran una moneda que no corría.
—Si sale mal —dijo ella, porque había que decirlo una vez, antes— se sale mal, Iago, tú cógeme la mano y sigue. No pares. La puerta es lo que importa.
—Saldremos bien —dijo él—. Y si no, ya sabes dónde cojo la mano.
Se vistieron despacio, sin encender la luz, y bajaron la escalera juntos, y al abrir la puerta de la botica les entró el olor de la noche entera: niebla, tierra, castaña asada, y debajo de todo, lejano todavía, paciente, el olor de la cera que ya venía por el camino viejo.