Capítulo 13 #2
Al salir de la iglesia, junto al atrio, estaba Evaristo, con la gorra en la mano y una caja de madera bajo el brazo. No era una emboscada: era una cita. La miró venir, y habló sin saludar, mirando la iglesia y no a ella.
—Tu abuela pagó toda la vida en peaxes —dijo—. Yo lo vi. En los años viejos, cuando ya no subía al monte, yo le hacía los recados. Y vi las manos después de las curas, y los días cerrados, y el cuaderno. Las manos de esa casa cobran, rapaza. Y no cobran en euros.
—Evaristo…
—Lo digo para que sepas que hay quien lo sabe —dijo él—. No para que me contestes. —Levantó apenas la gorra, a modo de despedida—. Los que sabemos lo que cobras estamos todos mañana en el camino; eso es lo que puedes esperar de nosotros.
Se fue hacia el taller, con la caja bajo el brazo.
Sabela no le preguntó qué llevaba dentro.
Lo supo al día siguiente, cuando lo vio clavado junto al cruceiro: un estante pequeño de madera de castaño, con su repisa para las velas, hecho a mano en una tarde por un hombre que hacía sesenta años que no hacía nada gratis.
* * *
La tercera puerta fue la de la tienda; Gloria estaba colgando más cartelitos naranjas cuando Sabela entró.
—El desfile —dijo Gloria, señalando el cartel—. Todo preparado, el autobús de Monforte, la música…
—Gloria. —Sabela puso la mano sobre el mostrador—. La noche del treinta y uno tiene que ser otra cosa.
Y se lo contó. No todo: lo del pueblo, lo de caminar, lo de la puerta. Gloria escuchó con la boca un poco abierta, y Sabela vio pasar por su cara, en orden, la alcaldesa, la comerciante, la mujer del pueblo, y la nieta de la que había puesto velas en la ventana toda la vida sin saber por qué.
—Eso… eso no está en el programa —dijo Gloria, débilmente, y luego se recompuso, y fue la alcaldesa la que habló, pero otra alcaldesa—: El desfile se cancela.
El cartel… —miró el escaparate, la calabaza sonriente— al cartel se le quita la mitad de abajo, la de la fiesta, y queda el aviso del cementerio.
Y la carretera vieja se corta al tráfico desde las diez.
Lo digo yo, con banda y todo, como se hacen las cosas.
—Gracias, Gloria.
—No me las des —dijo la alcaldesa, y se le humedecieron los ojos, y los secó con la eficiencia de los cargos públicos—. Es para la vila. Todo lo que hagamos esta noche… es para la vila.
Lo del cartel lo hizo ella misma, allí delante, con las tijeras de la tienda: cortó la mitad de abajo —la del concurso, la de la música— y dejó la fecha y el lugar y la frase de arriba, que era la única que servía.
Quedó un cartel raro, mutilado, con la calabaza sonriendo a medias.
Sabela lo miró en el escaparate y pensó que era el monumento exacto de aquel otoño: la mitad de las cosas sobraba, y la otra mitad había estado siempre ahí.
A la salida, dos mujeres que miraban el recorte comentaron en voz baja, y Sabela oyó a la más vieja decir: ‘la noche de los difuntos. Como antes.’ Como antes. Nadie había tenido que explicarle a aquella mujer nada; la frase le había salido del fondo, donde todo se guardaba.
* * *
La cuarta puerta fue el bar. Lula escuchó de pie, con el trapo quieto, y cuando Sabela acabó, dijo una sola cosa:
—Los calacús .
—¿Qué?
—Los calacús —repitió Lula—. Las calabazas vaciadas con la vela dentro, las de las vigilias de antes, las que ponían los viejos en el camino.
Yo sé hacerlas. Mi abuela me enseñó. —Ya estaba contando con los dedos—.
Calabazas hay en la huerta de todos. Velas, en la iglesia, las gordas.
El bar pone la cocina y el vino caliente para cuando volva la gente.
Y el recorrido, ese que andáis vosotros: cada casa del camino viejo pone un calacú en la puerta.
No de adorno —miró a Sabela—. De luz. Para que la fila vea que va con casa.
Sabela se la quedó mirando. Y luego le hizo una cosa que nunca le había hecho a nadie en público: le cogió la mano y se la apretó.
—Contan por aí —dijo Lula, con la voz ronca— que esta noche va a ser la buena. Pues eso. Que cuente.
Aquella misma tarde, la cocina del bar se convirtió en taller.
Sabela pasó a las seis y las encontró: Lula, la madre de Lula, tres vecinas más y Nadia, sentadas alrededor de la mesa grande, vaciando calabazas de la huerta con cucharas, en silencio casi todo el rato.
No había caras talladas, no había risa de taller de disfraces.
Las calabazas quedaban lisas, con su vela dentro, pesadas y serias, como lo que eran: lámparas de una noche, para un uso viejo.
—Así —dijo la madre de Lula, enseñando a Nadia—. Vaciada, limpia, con la candela bien pegada al fondo. Si quieres, le tallas la cara, como las de antes; pero acuérdate de para qué es esta noche: es una luz para velar el camino, no una máscara para asustar.
—¿Y se llueve? —preguntó Nadia.
—No llueve esta noche —dijo la vieja, con la certeza de las que miraban el cielo—. Esta noche no.
Sabela se quedó un rato mirándolas desde la puerta de la cocina.
El pueblo, pensó, no había aprendido nada aquel mes: se había acordado.
Todo lo que estaban haciendo —las sillas alrededor del fuego, las luces en las ventanas, las calabazas lisas con su vela— estaba en la memoria de las casas, en los músculos de las manos viejas, esperando que alguien dijera la fecha.
* * *
Nadia llegó a la botica a la caída de la tarde, con la mochila y la cara de los que han tomado una decisión importante.
—É que ya está —dijo—. Se lo he dicho a las de Monforte: que no voy.
—¿Y qué te dijeron?
—Que estoy loca. Que es la fiesta del año.
Que el Samaín sin mí no es lo mismo. —Nadia dejó la mochila y se sentó en el banco, y jugó un rato con los cordones—.
Y yo les he dicho que aquí hay una cosa mejor, y no me han creído, y me ha dado igual.
—Levantó la vista—. Sabela. Yo quiero estar en el camino.
Con las velas. Con los calacús. Quiero… —buscó la palabra, y la buscó bien— quiero estar en la fila de los vivos.
—Vas a estar —dijo Sabela—. Con tu madre. Y óyeme: en el camino no se habla alto, no se corre, y no se mira a la fila de más. Compórtense con los muertos.
—¿Y tú? —dijo Nadia—. ¿Tú vas delante?
—Yo voy delante —dijo Sabela—. Con él. Los dos.
Nadia asintió, y se le puso cara de mayor, ahí, en medio de la frase. Sabela lo vio pasar: la niña que había querido disfraces la semana antes se estaba quedando en alguna parte del camino, y la que quedaba era otra, más quieta.
—Lo sé —dijo Nadia. Y luego, despacio, con la boca torciéndosele—: Es que es raro.
Hace un mes lo que quería era el Samaín.
Y ahora me parece… —se encogió de hombros— pequeño.
De juguete. Esto —señaló la ventana, la noche que venía— esto es de verdad.
La Noite de Defuntos. —Lo dijo ella sola, con el nombre viejo, sin que nadie se lo mandara—.
Yo quiero estar en la Noite de Defuntos.
—Pues estarás —dijo Sabela—. Y viste ropa caliente, que la noche es larga y los muertos no traen estufa.
* * *
La mañana del sábado, treinta y uno de octubre, Sabela subió a la carballeira con una empanada y una botella del vino bueno de Amancio.
Ciriaca cumplía años. No se dijo cuántos —en aquella casa los años no se contaban en voz alta desde hacía décadas— pero había mesa puesta con mantel, y una tarta pequeña de la panadería que había traído la sobrina, y la vieja estaba sentada junto a la ventana con su mejor chaqueta, como una reina de un país diminuto.
—Viniste por la lección —dijo Ciriaca—. No por mi cumpleaños. Iso xa o sabes.
—Vine por las dos.
—Mentira bien llevada —dijo la vieja—. Siéntate. Comamos primero. Las cosas grandes no se aprenden con el estómago vacío.
Comieron. Bebieron. La sobrina se fue, y las dos quedaron solas junto a la ventana, con la tarde de octubre muriendo despacio sobre el valle.
Ciriaca estuvo un rato contándole lo que no venía al caso, que era la manera que tenían las viejas de cargar las pilas: el precio de las gallinas, la sobrina que se iba a vivir a Lugo, el invierno que se anunciaba.
Sabela la dejó. Había aprendido hacía tiempo que Ciriaca medía la confianza por minutos de conversación inútil antes de la útil; con ella no había atajos.
—Tu abuela y yo —dijo la vieja de pronto, en medio del precio de las gallinas— vinimos a este mundo el mismo año, casi.
Ella con las hierbas, yo con las palabras.
Sesenta años de repartirnos el pueblo como dos tiendas de la misma calle.
—Miró el valle—. Ella guardó mucho. Yo guardé más.
No porque quisiera, Sabela. Porque alguien tiene que guardar, y yo siempre fui la más terca de las dos.
—Y lo que guardas —dijo Sabela— ¿cuándo lo sueltas?
—Cuando veo quién lo lleva —dijo Ciriaca—. Eso. —Se levantó, con la lentitud de su edad, y se ajustó la chaqueta buena—. Ahora. La palabra.
Y le enseñó el ensalmo de los que guían, el que no estaba escrito en ningún cuaderno de Mariña porque Mariña no había querido escribirlo nunca: cuatro versos viejos, de los de llamar por el nombre, de los de abrir puertas.
—No lo escribas —dijo Ciriaca—. Apréndelo. Esta noche, cuando veas la puerta, llámalos. Uno por uno. Con el nombre entero, con el nombre de la casa, como se llama a los que vuelven tarde de hacer el pan.
—¿Y si alguno no quiere entrar?