Capítulo 13
Sabela
La primera noche con la vela, Sabela soñó con Sara Maneiro.
No con la fila: con la muerte de Sara. Soñó una habitación con la ventana al souto, un verano tres años atrás, una mujer que se apagaba por dentro con la dignidad de las casas bien llevadas, y un hombre —Evaristo, más joven, más roto— sentado junto a la cama con las manos inútiles de carpintero.
Soñó los detalles que no le pertenecían: la tos, la manta buena, la tarde entera en que Sara pidió agua y luego pidió que le abrieran la ventana para oír los pájaros una última vez.
Soñó que la mujer moría mirando la ventana, y que el hombre bajaba a llamar, y que la gente venía después, y el cura venía, y las flores venían, pero que algo no venía: el llanto entero.
El hombre se había puesto enfermo esa misma semana, y el funeral se había hecho a medias, y las cenizas habían quedado en una urna sin cerrar, esperando una ceremonia que la enfermedad y el cansancio fueron aplazando para siempre.
Se despertó con la certeza de haber pasado la noche en la casa de los Maneiro, en el verano de otro año, en la muerte de otra persona.
El sueño no se fue con el día: se quedó sentado con ella, como un duelo heredado.
La vela de cera amarillenta estaba fría en la mesilla —se había apagado sola al alba, como cada alba— y el nombre de Sara Maneiro estaba escrito ya en su memoria, donde llevaba años.
Bajó en camisón, abrió el cuaderno das peaxes por la página nueva, la que no era de cuentas, y escribió, con la letra clara:
«Sara Maneiro. No la lloraron entera. Evaristo.»
Y debajo, los que ya sabía, uno por uno, porque los sueños se los iban trayendo noche a noche, como quien entrega el parte:
«Perfecto Vieites. Carme Codesido. Uxía Piñeiro. Benito Queizán. Dorinda Paz.»
Seis nombres. Seis vecinos. Seis puertas que el pueblo había cerrado a medio cerrar. Sabela miró la lista con el café enfriándose en la mano, y pensó que no era una lista de muertos: era una lista de tareas.
El viernes treinta de octubre pasó entero de lado, como se pasan las fiebres.
Sabela abrió la botica a las doce, con las manos despellejadas por dentro —nadie lo veía, pero ella sentía la cera en los dedos como un guante que no se quitaba— y con la resaca limpia de la que ha caminado quince kilómetros dormida.
Nadia le subió la sopa a la una, sin hacer preguntas, con la cara de quien guarda un puesto.
A media tarde entró Iago, con la excusa de un frasco, y le miró las manos a pesar de la promesa, y no dijo nada, y se fue con el frasco.
—Estoy bien —le dijo ella a la espalda—. Es una noche. Puedo aguantar otra.
—No cuentes con ella —dijo él, desde la puerta—. Esta vez cuenta contigo.
La segunda noche caminó de nuevo. Ya no le pesó como la primera: el cuerpo aprende deprisa cuando el camino es viejo.
Aprendió, caminando delante, cosas que no venían en ningún cuaderno: que la fila ordenaba sola su cansancio, que los muertos se turnaban el paso de los más débiles como en las romerías de antes, que la vela no quemaba si la mano no la apretaba.
Aprendió también que lloraban. No todos, no siempre: de tarde en tarde, junto a una casa con la luz encendida, alguno de la fila paraba medio paso y lloraba sin sonido, mirando la ventana, y seguía.
Sabela aprendió a no pararse con ellos. La fila no esperaba, ni siquiera a su propia pena.
Al alba del sábado, de vuelta en la cama, soñó con Benito Queizán, el pastor: soñó la ladera donde lo encontraron, la niebla de aquel mayo, el perro que no se apartó.
Escribió el nombre en el cuaderno otra vez, aunque ya estaba, y debajo escribió: «Benito.
El perro se quedó. Nadie le dio las gracias al perro. »
* * *
Evaristo la había encontrado él a ella la mañana del viernes, después de la primera noche con la vela, en la eira de detrás, donde ella recogía las últimas hierbas antes de la helada.
—Ayer a la noche —dijo el viejo, sin saludar— pasó la fila por mi puerta, y yo no oí nada. Dos años y medio oyéndola, y ayer, nada. —Se quitó la gorra—. Ibas tú.
—Iba yo.
Evaristo se sentó en el murete de la eira. Estuvo un rato mirándola trabajar, y luego dijo:
—Te conté las reglas. Falta la última, la que no quise saber nunca.
—Dime.
—La candela no se apaga en el cruceiro —dijo él—.
Se apaga en la puerta del camposanto, con el amanecer, cuando los muertos entran.
Pero para que entren no basta caminar. Tienen que ir llamados.
Por el nombre. Por los suyos vivos. —Levantó la vista—.
La Noite de Defuntos, rapaza. Esa noche, si el pueblo camina detrás de ti, si cada muerto es llamado por el nombre por alguien que lo amó, y si la fila llega a la puerta antes del sol…
la candela se apaga sola. Y no se enciende más. Y la fila entra, y queda en su sitio.
—¿Y si no llega todo el pueblo?
—Entonces es una romería de cuatro —dijo Evaristo—. Y no sirve. Tiene que ser el pueblo. La parroquia. Los muertos son de la parroquia, rapaza: la parroquia entera tiene que responder, cada uno como pueda. Unos caminan, otros velan, y los que no pueden salir rezan desde la cama. También cuenta.
Sabela dejó las hierbas en la cesta, despacio. Ahí estaba: la manera entera. No un truco, no un conjuro: el pueblo entero caminando de noche detrás de los suyos, llamándolos por su nombre.
—¿Y eso se sabe desde cuándo?
—Siempre se supo —dijo Evaristo—. Mariña lo sabía. Me lo dijo una vez, hace cuarenta años, y yo no quise escuchar. —Se puso la gorra otra vez, con cuidado, como quien cierra una carpeta—. Prepara el pueblo, rapaza. Yo le preparo la carretera.
—Evaristo.
El viejo se detuvo, ya de espaldas, con la mano levantada a medias, como se despide sin volverse.
—Gracias —dijo Sabela—. Por no soltar nunca del todo.
—No me las des a mí —dijo él, sin volverse—. Guárdalas para el sábado, que el sábado las va a necesitar todas.
* * *
Ciriaca recibió a Iago aquella tarde, porque Sabela se lo pidió con una frase que no admitía réplica: ‘Tienes que saber por qué hago las cosas. Ella es la única que te lo puede contar sin que a mí me duela la boca.’
Él no quiso ir, al principio. Se lo dijo a ella en la calle, a media voz: que no hacía falta, que ya sabía lo suficiente, que no quería enterarse por la boca de otra.
—No —dijo ella—. Tienes que saberlo todo, y yo no te lo sé contar sin mirar para otro lado. Es mi falla. Déjame tenerla. —Lo miró—. Anda. Sube. Y no discutas con la vieja, que pierdes.
—No discuto con viejas —dijo él—; es de mala educación y de mala táctica.
Sabela no estuvo presente. Supo después —por la cara de Iago al volver, por la manera en que la miró en la calle sin acercarse— que la vieja le había abierto el archivo entero: las T1 y las horas de sueño, las T2 y los recuerdos, las T3 y los canales apagados, el cuaderno y las cruces pequeñas de Mariña.
Todo. Lo que el pueblo veía a retazos, Ciriaca se lo había dado en una tarde, con su estilo de farmacia: pesado, cerrado, sin un gramo de más.
Él vino al anochecer. La encontró en la puerta de la botica, cerrando, y se quedó a dos pasos, con las manos en los bolsillos.
—Ya sé lo de las cruces —dijo—. Lo de tu abuela. Lo tuyo. Todo.
—Vaia —dijo Sabela, bajito.
—Me lo contó con una balanza —dijo él—. La vieja tiene una balanza, ¿lo sabías? Te dice las cosas y te las pesa delante. Me ha dicho lo de las horas de sueño, lo de los recuerdos, lo de los… canales. —Le costó la palabra—. Lo del fuego de las castañas. Sabela, eso fue este mes. Este mes.
—No me mires así —dijo ella—. No es una lista de agravios. Es la contabilidad; todas las casas tienen contabilidad.
—Las casas pagan en dinero.
—Las casas de los ricos —dijo ella.
Él se pasó las manos por la cara. Tenía la cara nueva de las primeras horas de sueño, la cara del hombre que volvía a ser él, y encima de esa cara, ahora, el archivo entero de Ciriaca.
—No voy a decirte que lo dejes. —Tragó saliva—. Lo pensé todo el camino. Que te diría que lo dejes, que no vale la pena, que el pueblo no lo merece. Y no puedo. Porque llevo seis meses viendo lo que haces, y es lo único entero que he visto en mi vida.
Sabela cerró la puerta de la botica con la llave vieja, despacio.
—Ven mañana temprano —dijo—. Mañana es el día. Y esta noche deja que yo camine, que la fila no espera.
* * *
El viernes fue el día de las puertas, de ir casa por casa hablando bajo.
La primera fue la de la iglesia. Padre Anxo la recibió en la sacristía, entre los cirios y el olor a cera de verdad, y escuchó el plan entero con las manos cruzadas: la fila, los seis nombres, el pueblo caminando detrás, la puerta del camposanto al alba.
No pestañeó; al tercer nombre asintió como quien reconoce a feligreses.
—La misa de la tarde de los difuntos es a las siete —dijo—. Luego, por la noche, la iglesia queda abierta, con la vigilia. Vuestra procesión… —se le quedó la palabra mirando un momento, y la bajó con cuidado— vuestra procesión, ¿cuándo sale?
—A medianoche.
—Entonces haremos así —dijo el cura—. La misa, de siete a ocho.
Después, la iglesia encendida toda la noche, y yo dentro, con el libro, con el nombre de cada uno de los seis escrito.
Cuando paséis por debajo, las campanas tocan una vez.
No por mí: por ellos. Las campanas son de todos.
—La miró entonces, de cerca, con los ojos claros—.
Y ahora dime una cosa, y no me contestes si no quieres.
Este oficio tuyo, el de las manos. ¿Qué te cobra?
Sabela se lo pensó. Delante de ella no había un rival ni un juez: había un hombre viejo que llevaba treinta años escuchando.
—Cada vez que curo a alguien —dijo—, cae un trozo de mí. Poco o mucho, según lo que saque. No me preguntes más, padre, que no le sé decir.
—No pregunto más —dijo Padre Anxo. Se santiguó —despacio, sin teatro, como quien cierra una puerta con las dos manos—. Dios te guarde las piezas que quedan, hija.
* * *