Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Cuando el último pasó, Sabela dijo:

—Ahora.

Él extendió la mano. Ella puso la suya debajo, y la vela pasó —no hubo tirón, no hubo gesto: la vela simplemente estuvo en la otra mano, como si hubiera estado siempre allí— y la llama no se movió.

Una brisa pequeña recorrió la fila. Los muertos se volvieron —todos a la vez, con esa coordinación sin sonido que no era de este mundo— y miraron a la mujer nueva de la vela.

Iago vio las caras grises, los ojos cansados, y en todos ellos la misma cosa levantándose despacio, como la marea: no sorpresa.

Reconocimiento. La vieja del delantal hizo una inclinación pequeña, de cabeza, la que se hacía en los pueblos a las personas de respeto.

El viejo del bastón se descubrió —se quitó la gorra que llevaba puesta desde su muerte— con una lentitud que a Iago le partió algo dentro.

Sabela les sostuvo la mirada a todos, uno por uno. No se inclinó ella; no era momento de reverencias: era momento de trabajo.

Iago sintió que algo salía de él. No del pecho: de los huesos. Algo que había estado apoyado en sus huesos cinco semanas se levantó, despacio, como se levanta un animal grande de la hierba, y se fue. Las piernas le fallaron. Se sentó en la grada, o se cayó, y no lo supo.

Ella quedó de pie delante de él, con la vela en alto, y la fila —la fila entera se había parado en el camino, y se había vuelto, y la miraba. Y ella les dijo, con la voz clara de las consultas:

—Ya estamos. Vamos.

Y echó a andar, y la fila la siguió.

Iago se quedó en la grada del cruceiro. No gritó. No la llamó. Se quedó con las manos vacías mirando cómo se la llevaba la niebla, la luz pequeña y quieta bajando por el camino viejo, y no lloró, y no se movió, y no dijo nada, porque había prometido no decir nada que le pesara.

En algún momento, detrás de él, alguien se aclaró la garganta.

Evaristo estaba al otro lado del cruce, junto al muro, con la gorra en la mano.

Había venido. Había visto. Los dos hombres se miraron sin hablar, el que había pasado la vela y el que acababa de soltarla, y no había nada que decirse que no supieran los dos.

—Eu xa non teño sono —dijo Evaristo, bajito, al aire de la madrugada. Y esta vez sonó a lo que era: a una confesión vieja, dicha en voz alta para que constara.

Iago no contestó. Se quedó sentado en la grada hasta el alba, con la mano derecha abierta sobre la rodilla, mirándole a la vida la palma vacía.

* * *

El pueblo lo encontró así, con la primera luz: el veterinario sentado en la grada del cruceiro, con la chaqueta buena y la cara lavada, mirando el camino viejo.

Fue el tío Benigno el que pasó primero, camino de la huerta, y frenó el paso, y lo miró con la suspicacia de los que ya no se asombran.

—Buenos días —dijo Benigno, al final, porque algo había que decir.

—Buenos días —dijo Iago.

Benigno se rascó la nuca. Miró el camino viejo. Miró a Iago. Y dijo, con la sabiduría compacta de los hombres de setenta años:

—Pasó, ¿no?

—Pasó —dijo Iago.

Benigno asintió, se ajustó el saco, y siguió camino de la huerta. No preguntó qué había pasado. En Soutomouro, aquel otoño, la mitad de las preguntas ya no se hacían: se hacían las cruces mentales y se seguía adelante.

Iago se levantó por fin, cuando el sol ya mordía la niebla, y bajó al pueblo con la lentitud de un convaleciente.

La calle estaba en su primera hora: el panadero, el primer tractor, las contraventanas.

Nadie lo miró dos veces. Nadie sabía que el hombre que pasaba andaba, por primera vez en cinco semanas, sin nada en la mano.

En casa se duchó, se afeitó —se vio en el espejo: el mechón blanco seguía ahí, y seguiría; había cosas que no volvían— y se acostó vestido encima de la cama, con la cuerda guardada ya en un cajón. Miró el techo un minuto, esperando el tirón de los pies, la marea de las dos en punto.

No vino ninguna marea. La noche le pertenecía otra vez.

Durmió ocho horas seguidas, y soñó —lo apuntaría después, con la letra pequeña— que caminaba por un camino de niebla, sí, pero descalzo y sin nada en las manos, detrás de una luz pequeña y quieta que llevaba otra persona, y que no tenía prisa por alcanzarla, porque sabía el camino de memoria y sabía que ella lo iba a hacer bien.

Al despertar, a media tarde, encontró tres llamadas perdidas y un mensaje de Secundino que decía, entero: «O sábado.»

Nada más. Todo el pueblo sabía ya, por los canales que no pasaban por ningún teléfono, que el sábado era la noche. Iago se hizo un café, se lo bebió mirando el valle, y empezó a contar hacia atrás.

Le quedaba hasta la noche del sábado para aprender a caminar delante de los muertos estando despierto.

Y una deuda nueva, la más grande de su vida, que no cabía en ningún cuaderno: una mujer llevaba por él aquel cargo, incluso bajo el sol de la tarde, con las manos feas de estos días y la espalda entera.

Y él iba a aprender. Si era lo último que aprendía en la facultad de la vida, iba a aprender a estar a la altura de esa mano extendida.