Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

El jueves fue un día raro, y él lo hizo raro a propósito.

Hizo la ronda completa, todas las explotaciones, con una lentitud que no le era propia: miró las vacas de Amancio una a una, aunque no hacía falta; se tomó el café con Lula en la barra y le dijo que la madre estaba bien de los nervios, aunque nadie se lo había preguntado; pasó por la escuela a la hora de la salida y saludó a Xoana con la mano, desde la acera, sin parar.

No se despidió de nadie. Se dijo que no se despedía de nadie.

Fue, estuvo, miró, se fue. Si alguien hubiera estado contando, habría parecido un hombre haciendo inventario de su propia vida.

Por la tarde, en el consultorio, ordenó por última vez el cajón: la vela de cera amarillenta, el cuaderno de tapas negras de 1978, el suyo de tapas blandas.

Dejó los tres juntos, con la llave encima.

Luego escribió una nota pequeña y la dejó sobre el escritorio, a la vista: «Si pasa algo: Secundino.

» Cuatro palabras. Con eso se hacía un testamento en Soutomouro, y con eso se deshacía.

Iago lo supo al anochecer, con el mismo saber con que se saben las tormentas: en las articulaciones, en la nuca. El cuerpo ya no esperaba a la cama: a las diez de la noche, sentado junto al fuego apagado, notó que la mano derecha se le cerraba sola. Lentamente. Como quien coge una barandilla.

Salió a la calle a las once, con la chaqueta buena, la de los entierros. No se lo pensó. Se la puso como se la ponía para las cosas importantes, y cerró la puerta con llave, y dejó la llave debajo del tiesto, como se hacía en Soutomouro con las casas de los que volvían tarde.

En el cruce de las tres estradas no había nadie todavía. La noche estaba quieta, con niebla baja y una luna fina. Iago se sentó en la grada del cruceiro y esperó, con las manos entre las rodillas, como los viejos en la sala de espera.

La espera fue larga y limpia. Pensó en su padre, muerto hacía nueve años, que le había enseñado el nudo de marinero y la manera de cerrar las puertas.

Pensó en Lugo, en los doce años, en la noche exacta en que había decidido no volver y en la tarde exacta en que había decidido volver.

Pensó en junio, en el fuego de San Xoán, en la mano de ella cogiendo la suya entre las chispas, y en que había tardado tres meses en entender que aquello no era un momento, era un contrato.

No tenía miedo. Eso era lo raro, y lo apuntó mentalmente para un informe que ya no escribiría: no tenía miedo. Tenía cansancio, y tenía una gratitud absurda hacia el cruceiro, la niebla, el valle entero, con la confianza debida a un colega viejo que le hubiera cubierto la guardia.

Poco antes de medianoche, oyó pasos en el camino del pueblo. Pasos conocidos. Pasos que él habría reconocido entre mil, aunque solo los hubiera oído seguirle cinco semanas desde las ventanas.

Ella llegó a las doce menos cuarto. No dijo nada. Se sentó a su lado en la grada, y los dos miraron el camino viejo vacío, y la niebla, y el pueblo apagado allá abajo, salvo por las ventanas, todas esas ventanas encendidas.

—La Noite de Defuntos es el sábado —dijo ella al fin.

—Lo sé.

—Ciriaca habla el sábado. El sábado sabemos el modo.

—Lo sé.

—Entonces esta noche —dijo ella— esta noche no la caminas.

Iago la miró. Ella no lo miraba a él: miraba el camino, con las manos abiertas sobre las rodillas, quietas, vacías, esperando.

—No —dijo él.

—Escucha primero —dijo ella.

—No hace falta que escuche. La respuesta es no.

—A ti no te toca decidir por mí.

—¿Y a ti sí te toca decidir por mí? —Él se volvió, y la voz le salió más alta de lo que quería, y la niebla se la llevó—. ¿Quién te dio a ti mi vela para repartirla?

—Nadie me la dio —dijo ella, tranquila, sin levantarse de la grada—. La tenía aquí. En mi casa. Siete generaciones. —Lo miró—. Tú la cogiste sin saber. Yo la cojo sabiendo. ¿Cuál de las dos manos está más limpia, Iago?

Él no contestó. Ella siguió, con la voz baja y ordenada, como en las consultas de las cosas graves:

—Yo los veo. No me hacen mal. Para mí es un trabajo, no una maldición.

Para ti es una tumba con patas. —Una pausa—.

Y después está el sábado. El sábado tienes que estar en pie, y frío, y claro, porque el que viene el sábado no lo hace una persona cansada.

Dame estas dos noches. Solo eso. Dos noches caminando yo y durmiendo tú tienen que bastar para llegar al sábado: yo entera y tú de pie.

—¿Y si te la quedas? —dijo él—. ¿Si el sábado falla y te la quedas?

—Si el sábado falla —dijo ella— ya no importa quién la tenga.

Ella se levantó. Se plantó delante de él, y le tendió la mano abierta.

—Dámela —dijo ella—. Yo sé lo que hago. Sé lo que es, sé lo que cuesta, y extiendo la mano sabiendo. No es como lo hizo Evaristo. No es robo. Es… —buscó la palabra, y la encontró en el idioma de su casa— es peaxe. Ven a mí.

—No —dijo él, y se levantó, y le dio la espalda un momento, porque la cara se le estaba deshaciendo—. No, Sabela. Tú pagas bastante. Tú llevas pagando toda la vida.

—Y tú llevas caminando cinco semanas —dijo ella, sin moverse—.

Estás hecho un palo. Esta noche y la de mañana, y el sábado no llegas.

Escúchame, Iago Lamela: el sábado hay que caminar de verdad, con los ojos abiertos, y el que vaya delante tiene que llegar al camposanto en pie. No llegas. —Levantó la vista—. Yo sí.

—¿Y si no puedes?

—Puedo —dijo ella—. Porque los veo. Porque son dos noches, no dos años. Y porque… —se calló un segundo, y cuando siguió, la voz le temblaba por primera vez en todo aquel otoño— …porque verte gastarte delante de mí, no hay peaxe que me salve de eso. Eso no lo puedo hacer. Eso no.

Él siguió sin volverse. La niebla les pasaba por encima como si los estuviera midiendo.

—Además —dijo ella, y hubo algo parecido a una sonrisa en la voz, una sonrisa vieja y cansada—, es la única manera que tienen los dos de llegar al sábado. Tú durmiendo. Yo caminando. Cada uno con su oficio, como siempre.

La niebla se movía en el camino viejo. Abajo, el pueblo.

Arriba, el monte. Y en medio, los dos, y la grada de piedra, y la cuenta entera de sus familias cerrando por fin el círculo: la abuela que dijo que no, el carpintero que pagó por ella, y ahora ellos dos, la nieta y el veterinario, haciendo la misma cuenta con otra letra.

Iago se miró la mano derecha. La abrió. En la palma, las dos líneas de quemadura vieja brillaban apenas, frías, y entre los dedos el olor a cera estaba tan instalado que ya le parecía propio, como el olor a desinfectante de los buenos años.

Cinco semanas. Seis kilos; treinta y cinco noches caminando delante de los muertos.

—Si te la doy —dijo, con la voz rota— soy el Evaristo de esta historia. El que pasa la vela. El que se salva dejando a otro.

—No —dijo ella—. Tú eres el que me la deja guardar. —Y le tendió la mano, abierta, vacía, quieta—. Yo la cojo. No la robas. Yo la cojo, Iago. Mírame la mano: está vacía y está llena de saber lo que hace.

Él miró la mano de ella. Luego miró la suya, cerrada, quemada, marcada.

Y comprendió —con el entendimiento que viene de una vez y no se discute— que aquello era lo único que le quedaba por darle.

No la protección: eso era para los que creían que ella era débil.

Le quedaba la confianza. Dejarla cogerla.

Dejarla ser quien era, aunque le costara la vida mirarlo.

La fila llegó a la una y media, con las campanillas subiendo del valle.

Cuando la primera luz dobló la curva de la higuera, los dos estaban de pie junto al cruceiro, cara al camino.

Iago tenía la vela —la vela de verdad, la de cera amarillenta, que había ido a buscar a casa antes de venir, y que había ardido en su mano al salir, sin mecha que lo explicara— encendida y quieta.

—Escucha las reglas —dijo él, con la voz de quien recita una lista aprendida de memoria—.

Cuando la cojas, no la puedes soltar hasta el amanecer.

No la apagues. No le hables a la fila. Y si te llaman por tu nombre…

—le tembló la voz, una sola vez— si te llaman, no contestes. Ni aunque sea mi voz. Prométemelo.

—Te lo prometo —dijo Sabela.

—Y mañana por la mañana —siguió ella— voy a estar muy cansada. No te asustes. Es mi modo de pagar. Deja que Nadia me traiga la sopa y no me lo cuentes a nadie que me viste mal. Y no me mires las manos, no estas noches. Las manos quedan feas dos días. Después vuelven.

—Sabela.

—Prométemelo.

—Te lo prometo —dijo él, y se le hizo un nudo en la garganta del tamaño del valle.

—No te muevas —dijo ella—. Solo extiende la mano cuando te diga.

La fila se acercó. Los muertos pasaron por delante, uno a uno, sin parar, con las velas bajas y las caras cansadas, e Iago volvió a verlos despierto y de frente: la mujer del delantal, el viejo del bastón, la joven del pelo recogido. Ninguno lo miró: iban a su trabajo.