Capítulo 12
Iago
Autocuidado de fin de octubre, redactado como informe clínico, paciente: yo.
Pérdida de peso: seis kilos en cinco semanas. Causas posibles: neoplasia, hipertiroidismo, depresión mayor. Ninguna encaja con el apetito intacto ni con el resto de constantes. Ninguna encaja con nada.
Canicie aguda localizada: un mechón, sien derecha, de aparición en días. Existe en la literatura: síndrome de María Antonieta, estrés extremo. La literatura no dice qué hacer si el estrés viene acompañado de procesiones.
Fantasosmia persistente: cera de vela. Permanente ya. Se intensifica por las noches. Me he dejado de lavar las manos veinte veces al día porque da igual.
Sonambulismo nocturno con recorrido conocido y compañía desconocida. Cerrojo echado, cuerda al tobillo, ventana cerrada. Da igual también.
Estado de ánimo: estable. Esto es lo más raro del informe. Debería estar acojonado y estoy tranquilo. Sospecha: la tranquilidad forma parte del cuadro. O de la compañía.
Conclusión del paciente, que es uno: no hay diagnóstico porque no hay enfermedad. Hay un cargo. Y el cargo tiene un calendario, y el calendario dice que octubre se acaba, y que la noche que viene es la última noche que tengo que aguantar con la vela en la mano, o la primera de las que no aguanto.
Postdata no clínica: el pueblo. El pueblo está igual de enfermo que yo y no tiene ni idea de que compartimos receta.
Treinta y dos en la lista de ella. Las ventanas encendidas.
Las velas dibujadas por los niños en cada casa.
Lo que sea que vaya a pasar el sábado —y algo va a pasar el sábado, ella lo prepara con la cara de los que preparan funerales— va a encontrar a setecientas personas despiertas.
Postdata de la postdata: ella. No entraré en eso. No es una entrada de este informe; es el informe entero, dicho sea de una vez.
* * *
El lunes por la tarde, con la excusa del saneamiento, fue a ver a Secundino y le dejó la casa arreglada.
No lo llamó así. Lo llamó ‘poner al día el archivo’.
Llevó los cuadernos ordenados por décadas, las llaves del consultorio con su etiqueta nueva, el libro de visitas actualizado, la clave del ordenador escrita en un papel dentro de un sobre cerrado.
Secundino lo miró todo, uno por uno, con la cara inmóvil de los viejos veterinarios, que habían visto más despedidas que bodas.
—Y esto —dijo el viejo, pesando las llaves en la mano— ¿a qué viene?
—A que hay que tenerlo al día —dijo Iago—. Las cosas ordenadas son las cosas que no estorban.
—No meu tempo —dijo Secundino— esto se llamaba hacer el testamento con los dentes. —Dejó las llaves en la mesa, sin cogerlas—. No las cojo. Guárdalas. Un hombre que entrega las llaves un martes tiene que venir a recogerlas el lunes, y yo no voy a ser quien le haga la cama a esa costumbre.
—Secundino…
—No. —El viejo levantó la mano—. No me traigas las cosas como si yo fuera tu albacea, que no lo soy.
Soy tu maestro. Y tu maestro te dice: la candela no es tuya para regalarla, ni tampoco para aferrarte a ella.
Espera a la noche. —Lo miró de arriba abajo—.
Sabela anda cogiendo algo. Sé que anda cogiendo algo, porque las de la casa de Mariña siempre cogían algo en el último momento. No la despidas aún.
—¿Y si lo que está cogiendo me lo quita a mí?
Secundino se quedó un momento en silencio, mirando las llaves sobre la mesa.
—Entonces —dijo despacio— es que le tiene más amor que miedo.
Y eso, rapaz, es el único trato que esta casa conoce.
—Se levantó, con el bastón—. Escucha. Yo vi a esa mujer crecer.
Le vi a la abuela pagar cosas que ni contó.
No están en este mundo para durar mucho: están para aguantar lo que otros no pueden.
Y nuestra faena, la tuya y la mía, la de los dos hombres que miran, es no dejarlas solas con el peso. Eso es todo lo que te sé decir.
Iago se fue con las llaves en el bolsillo, y con la sensación incómoda de que el viejo le había leído entero, etiqueta por etiqueta.
* * *
La noche del lunes al martes, él mismo se desató.
No dormido: despierto. Se había acostado vestido, con la cuerda puesta, y había esperado.
A las dos llegó el olor —tierra removida, ceniza fría— y a las dos y diez el cuerpo se levantó solo, con la suavidad de una marea, y él, desde dentro, con la claridad espantosa de los últimos meses, se miró deshacer el nudo de marinero de su padre y salir a la calle.
Podía haber gritado. Lo pensó. Podía haberse agarrado al marco, haber hecho ruido, haber despertado al vecindario.
No lo hizo. No por valentía: por contabilidad.
Si gritaba, venía la gente; si venía la gente, la fila los miraba; y él sabía ya, por Sabela, lo que les pasaba a los que miraban sin estarola y sin sangre de la casa.
Así que caminó, despierto dentro de su propio cuerpo secuestrado, por la calle vacía, hacia el cruceiro.
Era la primera vez que lo veía todo despierto.
La calle estaba vacía y encendida, como todas las noches de aquel otoño: las ventanas con la luz baja, las contraventanas cerradas, la vida entera de Soutomouro atrincherada detrás de los muros.
Él caminaba por el centro de la calle empedrada con el paso de otro, y pensaba con la lucidez fría del miedo viejo: así es como se siente un títere que sabe leer.
Las piernas sabían el camino mejor que él: no torcían, fluían.
La fila llegó por el camino viejo, con las campanillas y las velas bajas, y era —lo pensó con la mitad clínica de su cabeza, la mitad que no se apagaba nunca— hermoso de una manera insoportable.
No había terror: había orden. Los muertos de Soutomouro caminaban en fila india como caminaban en vida por el mismo camino, despacio, sin hablar, cansados.
Algunos murmuraban: cuentas, nombres, oraciones a medio decir.
Una vieja se santiguaba sin parar, con la mano gris subiendo y bajando como un pájaro cansado.
Un hombre alto llevaba, absurdo y terrible, un brazo de leña en la otra mano, como si hubiera muerto a medio gesto y no lo hubiera soltado.
Y él se puso delante, con la mano en alto, y la vela que no pesaba nada y lo pesaba todo, y empezó a caminar.
Caminaron el camino viejo entero. Él vio —todo lo veía, todo se le grababa— las casas de la lista pasar a un lado y a otro: la de Catalina, la de los Pintos, la de la Marisa.
En cada casa, una luz. En cada luz, alguien despierto que soñaba con aquello o se lo imaginaba, y él desfilaba delante con la vela, y comprendió de golpe la mecánica entera del horror de aquel otoño: el pueblo soñaba la fila porque la fila pasaba por sus puertas, y la fila pasaba por sus puertas porque era su camino, su viejo camino de los muertos, lo que le habían quitado sin pedirles permiso ni dárselo a ellos.
Y en la segunda curva, junto a la higuera vieja, lo esperaba ella.
Sabela estaba al lado del camino, con el chal y las botas, sin esconderse.
Él la vio —desde dentro, con los ojos que no obedecían— y no pudo decir nada.
Ella no dijo nada tampoco. Se incorporó a un lado de la fila, a dos pasos, y caminó con ellos un tramo, junto a él, sin tocarlo, sin hablar, con la cara vuelta hacia delante.
La fila no la cogió. Los muertos pasaban junto a ella como pasa el agua junto a una piedra del río: la veían, la sabían, y seguían.
Ella caminó un cuarto de hora a su lado —él contaba el tiempo por los latidos, que era lo único que le quedaba— y luego, antes de la subida al camposanto, se detuvo y se quedó quieta, y lo dejó seguir.
Cuando él volvió, al alba, ella seguía ahí. Sentada en la grada del cruceiro, con el chal lleno de rocío.
—Levántame —le dijo él, y era la primera frase que decía, con la voz de un ahogado—. No. Espera. —Se sentó en la grada de abajo, a sus pies, porque las piernas no le daban—. Estaba despierto. Esta vez estaba despierto; lo vi todo.
—Yo sé —dijo ella—. Te vi llegar.
—Los he visto, Sabela. Los de delante, los de detrás. —Se miró las manos—. Hay una mujer con un delantal que va tercera. No para de mirar las casas. Va mirando las casas como quien pasa lista.
—Carme —dijo ella—. La de Amancio.
Se quedaron callados. Amanecía despacio, con la niebla baja y el primer gallo. Y entonces él dijo lo que llevaba dos noches cociéndose, y lo dijo mirando al valle, porque no podía decirlo mirándola:
—Esto se acaba. Una noche de estas se acaba, o ellos o yo.
Y si soy yo —respiró— las llaves siguen en mi bolsillo, y tienes la lista con Nadia y el cuaderno en el cajón.
Y tú sigues con la botica, y con tu oficio, y no se te ocurre —se volvió, y la miró por fin— no se te ocurre hacer ninguna tontería de herencia.
—Iago.
—Prométemelo.
—No —dijo ella.
—Sabela…
—No —repitió ella, y se levantó, y se sacudió el rocío, y le tendió la mano para levantarlo, como se le tiende la mano a un hombre normal en una mañana normal—. No te prometo nada que no piensas cumplir. Vamos a casa. Hace frío.
Caminaron juntos hasta el pueblo, con el alba grisándoles los hombros. En la esquina de la botica, ella se detuvo y dijo, sin mirarlo:
—Mañana no vengas a mi puerta por la noche. Ni me busques en las curvas. Guárdame las mañanas, Iago. Las mañanas.
—¿Qué vas a hacer?
—Mi faena —dijo ella—. La que sé hacer. Tú haz la tuya: descansa, come, y no le digas a nadie lo de la candela. El pueblo tiene que llegar al sábado con fuerzas, y las fuerzas no crecen con miedo nuevo.
Él asintió. No le prometió nada tampoco.
La vio subir la calle, con el chal mojado y la espalda recta, y pensó que aquella mujer llevaba toda la noche planeando algo y que él, con toda su ciencia, no tenía manera de leerlo.
Se equivocaba en una sola cosa: no llevaba toda la noche.
Llevaba desde la noche del cruceiro, desde la primera vez que abrió los ojos de par en par delante de la fila.
* * *
La noche del jueves veintinueve al viernes treinta de octubre fue la del relevo.