Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Hojeó las páginas viejas del libro de la botica, buscando no se sabía qué, y lo encontró donde siempre: en un margen, con la letra pequeña de Mariña, junto a una cura de hacía treinta años: «hoy supe en el bar que había perdido algo.

No lo sabía hasta que me lo dijeron. Así es siempre: los huecos nos los van llenando los otros. »

Sabela leyó la frase dos veces. Luego la leyó en voz alta, despacio, a la cocina vacía.

Era verdad. Se había aprendido sola. La peaxe se llevaba la memoria, y el pueblo —el bar, la feira, la mesa de Lula— te lo contaba después, sin saberlo, con la crueldad inocente de las casas. Y una se quedaba ahí, delante del hueco, diciendo ‘sería la prisa’, y pagando sola.

Pensó en cuántas veces habría pasado Mariña por aquello.

En sesenta años de cuaderno, había decenas de rayas que ahora Sabela leía distinto: «curé a M.

, pagado», sin más, y al lado una cruz pequeña que Sabela siempre había creído un tic de su abuela.

Ahora sabía lo que era. Eran los huecos.

Mariña marcaba los huecos con una cruz, como se marcan las tumbas sin nombre.

—Avoa —dijo—. ¿Cuántas cruces llevas?

Contó, y dejó de contar a las cuarenta.

* * *

Padre Anxo vino a la botica al día siguiente, a primera hora, sin sotana —con el jersey viejo de los días de diario— y con la manera de estar de los hombres que han decidido algo en la madrugada.

—No vengo a la consulta —dijo desde la puerta.

—Entonces pasa —dijo Sabela.

El cura entró, miró los frascos, el mostrador, la trastienda, con la curiosidad educada de quien lleva treinta años de vecindad con una casa en la que nunca había entrado. Luego se sentó en la silla de las consultas, la de en medio, sin que ella le dijera nada.

—Treinta años —dijo, mirando alrededor—.

Treinta años de vecindad, y nunca pasé de esta puerta.

Tu abuela y yo teníamos nuestras… costumbres.

Ella no venía a mi casa, yo no venía a la suya.

Nos parecía orden. —Se quitó las gafas y las limpió—.

Aunque, visto desde aquí, con todo lo que le pasa al pueblo, me pregunto si el orden no era comodidad.

—Las dos cosas pueden ser —dijo Sabela.

—Pueden —admitió el cura—. Casi siempre son.

—Once —dijo—. Once vecinos míos que no duermen. Y eso son los que vienen a mí; los que no vienen serán más. —Se frotó las manos, viejas y limpias—. Yo sé rezar por ellos, Sabela. Y les rezo. Pero lo que le pasa a este pueblo no se va con un avemaría, y tú sabes lo que es, y yo sé que tú sabes.

Sabela no lo negó. Estaba cansada de negar, y además, ya no hacía falta: el cura no había venido a preguntar si existía; había venido a preguntar otra cosa.

—¿Qué puedo hacer? —dijo Padre Anxo, simplemente—. Yo. La iglesia. Dímelo.

Sabela lo miró. Sesenta y cinco años, treinta en aquel pueblo, la espalda curvada de los que se inclinan mucho sobre la gente.

Su abuela había tenido con los curas una relación de respeto y trinchera: cada uno en su lado de la plaza, saludándose.

Y ahora este cura estaba sentado en la silla de las consultas preguntando cómo ayudar, y Sabela sintió que algo de sesenta años se movía en la casa.

—La Noite de Defuntos —dijo ella— va a haber que hacer dos cosas a la vez. Su misa, padre. Y nuestro camino. —Respiró—. No sé aún cómo se hace. Pero la misa tiene que estar. Los viejos van a necesitar las dos puertas abiertas.

Padre Anxo la miró mucho rato. Había en su cara algo que Sabela no le había visto nunca a un cura: la humildad profesional de quien reconoce el límite de su oficio.

—Sabes —dijo— que yo a tu abuela la enterraría otra vez si pudiera. —Lo dijo así, de golpe, y luego se corrigió con la sonrisa pequeña—. Quiero decir: que la hice bien. A ella sí que la supimos despedir. Quizá por eso ella no nos molesta estas noches.

Sabela sintió que se le apretaba la garganta; asintió con la cabeza, sin fiarse de su voz.

—Xa estamos —dijo al fin Padre Anxo, pero no sonó a rendición; sonó a alistamiento—.

Pues haremos las dos. Tú dilo en tu casa y yo en la mía, y que cada uno haga lo que sabe.

—Se levantó—. Y Sabela. —Se detuvo en la puerta—.

Cuando esto pase, ven a comer conmigo un día.

No a la consulta. A contarme lo que cuesta.

Alguien te tiene que escuchar a ti también.

Se fue. Sabela se quedó en la botica quieta, con la luz de la mañana entrando por la puerta abierta, y escuchó los pasos del cura alejarse por la calle empedrada, despacio, paso de viejo que sabe adónde va.

Luego escribió en el cuaderno das peaxes la cuenta del día de Rosalía, y debajo, con la letra más pequeña:

«Perdí la feira del ocho. La valla. La empanada. La risa. No sé nada de eso. Él sí.»

Miró la frase. Era la primera cuenta que escribía donde el precio tenía nombre de persona. Las otras eran tardes, olores, risas sueltas. Esta tenía un hombre al otro lado, guardando por dos. Sabela no sabía si eso la hacía más cara o más llevadera.

Y debajo, más tarde, después de pensarlo mucho:

«El cura vino. No a preguntar: a ofrecer. Lo apunto porque hay cosas que no se pagan y conviene recordarlas.»

Cerró el cuaderno. Afuera, octubre se acababa, y la noche que venía se acercaba con el paso ordenado de todas las cosas viejas: sin prisa, sin perdón, con la fecha puesta.