Capítulo 11 #2
La conversación era la de siempre, que ya era una conversación de guerra: horas dormidas, quién había visto luces, el párroco y su misa.
Xoana contaba que en la escuela los niños habían empezado a jugar a ‘lo de las velas’ en el recreo —una fila, una vela de mentira, un recorrido— y que las maestras no sabían si prohibirlo o darles clase de historia.
‘Prohibir un juego es publicarlo’, dijo Xoana, y todos estuvieron de acuerdo en que era una frase muy buena y ninguna ayuda.
—…que ese año la feira fue la más grande, que se vendieron hasta las ovejas del concejo —decía Lula, de algo que no venía al caso.
—Tenéis que ver a Sabela en la feira —dijo Xoana, riéndose—. Todo el valle encima y ella tan tranquila. Yo me pongo nerviosa solo de verla.
—El truco —dijo Iago, con la retranca en piloto automático— es la valla humana. —Levantó el vaso hacia Sabela, cómplice—. Funciona en las ferias y con caballos nerviosos. Ya te lo dije.
Sabela sonrió por cortesía; no sabía de qué hablaba.
—¿Qué valla? —dijo.
Iago se rio; luego dejó de reírse.
—La feira —dijo—. El ocho. La consulta cierra cinco minutos. —Bajó el vaso despacio—. Sabela.
—¿Qué feira? —dijo ella, y su voz sonaba normal, y por dentro todo se había parado.
El bar entero no se dio cuenta de nada, como no se dan cuenta los bares de los terremotos pequeños. Lula seguía secando vasos. Xoana sonreía todavía, con la sonrisa apagándosele. Y Iago —Sabela vio el momento exacto en su cara, como se ve la fiebre en un termómetro— Iago entendió.
—Nada —dijo él—. Nada. Una tontería. Un día me paré a… nada.
—Cuenta —dijo ella.
—No es nada, Sabela.
—Cuenta —repitió ella, y la voz ya no era suya del todo, era la de las consultas, la que no admitía misterios.
Iago la miró. En la mesa, Xoana había dejado de respirar; Lula se había quedado con el vaso en la mano y el trapo quieto. Y él dijo, despacio, con la crueldad mínima posible, que era la única crueldad que le quedaba:
—La feira de octubre. Estabas rodeada, la gente no te dejaba ni respirar, y yo me puse delante y dije que la consulta cerraba cinco minutos, y te compré una empanada, y te reíste. —Tragó saliva—. Me dijiste ‘vaia valla’.
Sabela escuchó aquello como quien escucha la descripción de una foto de otra persona.
Esperó el eco: el tirón del recuerdo, el ‘ah, sí’.
No hubo nada. Había un solar. Había —lo sabía, lo sabía con la certeza que le quemaba los ojos— una tarde entera que había sido suya, con luz y con risa y con un hombro que no se apartaba, y ya no estaba.
La había pagado. La piedra de Rosalía se había llevado aquello por delante: lo más cálido del mes, siempre lo más cálido.
—No lo recuerdo —dijo. Y luego, porque había que decir algo, porque había que poner una frase encima de aquella mesa como se pone un mantel sobre una quemadura—: Sería la prisa.
Nadie se lo creyó. Ni siquiera Lula, que se creía todo lo que convenía. Xoana tenía los ojos llenos de lágrimas sin entender por qué, y Lula miraba el vaso, e Iago —Iago tenía la cara de un hombre al que le han descrito su propio funeral.
Hubo un silencio raro, de esos que no saben empezar. La tele seguía hablando sola en la esquina. Y fue Lula —claro que fue Lula, que llevaba treinta años salvando silencios de barra— la que recogió el vaso y dijo, con la voz de anunciar el tiempo:
—Pues a mí esta feira se me vendió todo el queso. Todo. Qué le diré a mi madre, que me preguntó por qué no guardé.
Fue un salvavidas y todos lo cogieron. La conversación volvió a arrancar, torpe, benévola, alrededor del queso y de la madre de Lula, y Sabela participó —dijo dos frases, correctas, vacías— con la sensación de hablar desde detrás de un cristal.
Iago no dijo nada más. Cuando ella se levantó, él no la miró; no pudo.
—Perdón —dijo Sabela, a nadie, a todos—. Tengo que ir a la botica.
Se fue. Nadie la siguió. En la calle, con el aire frío de octubre en la cara, caminó despacio hacia casa y no lloró, porque ya no lloraba por la peaxe; la peaxe se pagaba, se apuntaba y se llevaba, como todo en su familia.
Lo que no sabía llevar era la cara de él.
La cara de Iago descubriendo, en público, delante de un vaso de vino, que para ella él ya había desaparecido una vez.
* * *
Xoana subió al atardecer, cuando cerraba la botica. No trajo excusa: trajo la cara.
—No me cuentes nada —dijo desde la puerta—. No te lo pido. Pero me vas a dejar que te mire.
—Mírame —dijo Sabela.
Xoana la miró. La miró con los ojos de treinta años, con los ojos que habían visto a Sabela llorar por su madre y por su abuela y por la época en que el padre dejó de llamar los domingos. Y luego dijo, despacio:
—Hoy en el bar te has perdido un recuerdo.
No sé qué significa. Sé que es verdad, porque conozco tu cara, y tu cara de hoy no la he visto desde el funeral de Mariña.
—Levantó la mano antes de que Sabela hablara—.
No me lo expliques. Solo dime una cosa. ¿Es a cambio de algo? Lo que te pasa. ¿Es… el precio de algo?
Sabela tuvo la mentira en la punta de la lengua —la gripe, el cansancio, la edad— y no la dijo; no a Xoana.
—Sí —dijo—. Es a cambio de algo. No te puedo decir más. No por no fiarme. Porque cuanto más sabes, más te pesa.
—Vale. —Xoana asintió, y se le quebró la voz, y la recompuso, porque era maestra y sabía recomponer—.
Vale. Pues que conste que yo no te pido más.
Pero que conste también que lo he visto, y que no me voy a hacer la tonta, y que cuando esto se acabe —bajó la voz—, cuando esto se acabe, vas a venir a mi casa con la empanada que me debes y me lo vas a contar todo.
Todo, Sabela. No me dejes fuera para siempre.
—Cuando esto se acabe —dijo Sabela— cuento todo lo que se pueda contar. Prometo.
Se abrazaron en la puerta, fuerte, con la noche ya cayendo.
Y cuando Xoana bajó la calle, Sabela se quedó mirándola, pensando que el pueblo entero se estaba enterando de la peaxe por las malas, pieza a pieza, como quien descubre una enfermedad por los síntomas.
Pronto no habría secreto que guardar. Solo el peso, que no se repartía.
—Y lo que no se pueda contar —añadió, bajito, a la calle ya vacía— también te lo debo.
Se equivocaba en una cosa, aunque no podía saberlo todavía: el peso sí se repartía. Se repartía mal y poco y con la gente equivocada primero, pero se repartía. Había empezado a repartirse aquella misma tarde, en un bar, con un vaso de vino y una frase sobre una valla.
* * *
Iago vino después del todo, a la hora en que las calles ya estaban vacías.
No llamó. Estaba apoyado en la pared de enfrente cuando ella salió a echar el cierre, con las manos en los bolsillos y la cara de quien ha estado esperando sin decidirse a llamar.
—No voy a entrar —dijo—. Solo quería verte de pie.
—Estoy de pie —dijo ella.
Se miraron a dos metros de distancia, con la calle fría entre los dos. Él tenía la cara gris del que camina de noche; ella, la cara gris del que paga de día. Los dos lo sabían todo del otro, ya; solo les quedaba lo que no se sabía decir.
—La feira —dijo él al fin—. Fue un buen día. Lo digo para el archivo. Fue… uno de los días que yo guardaba.
—No lo tengo —dijo ella—. No me sirve el archivo.
—Lo sé. —Él tragó saliva—. Pues lo guardo yo. Lo de los recuerdos, el mío y el tuyo. Cuando te haga falta, me preguntas, y te lo cuento entero, y será como… —se le acabó la frase.
—Como leer una carta de mí misma —dijo ella—. No es lo mismo, Iago.
—No —dijo él—. No es lo mismo.
Se quedaron así un rato más. No se tocaron. Era octubre, hacía frío, y los dos tenían las manos llenas de cosas que no se podían pasar. Al final él levantó la mano, medio gesto, y ella levantó la suya, y cada uno entró en su casa con la suya.
Desde la ventana, ya en la escalera, ella lo vio alejarse por la calle vacía, con la espalda ancha y cansada, y contó los pasos hasta la esquina como si contara ovejas al revés: para no dormirse, para no perderlo de vista antes de tiempo.
Aquella noche, Sabela se sentó junto a la lareira y lloró por fin, quince minutos, con la cara en el chal de su abuela.
No por la memoria perdida —esa no volvía, y llorarla era un lujo de los que aún no pagaban—.
Lloró por la fotografía que le había quedado: él guardando por los dos.
Lloró porque era la cosa más parecida al amor que le habían hecho nunca, y porque le había costado verla más que la piedra de Rosalía.
Cuando se le pasó, hizo lo que hacía siempre: fue a buscar a su abuela al cuaderno.