Capítulo 11
Sabela
La última semana de octubre entró en el pueblo como entran las malas noticias: sin llamar.
Ya no había manera de contar. La lista de Sabela —la libreta roja, la que había empezado con nueve nombres escritos con pulcritud— era ahora un borrador de guerra, con nombres en los márgenes y flechas y tres columnas.
Ya nadie decía ‘lo del sueño’ con la voz baja del escándalo; se decía como se dice ‘la lluvia’.
La gente se saludaba por la mañana con ‘y tú, ¿cómo fue?’ y la respuesta era un número de horas.
El pueblo entero se había convertido en una consulta de insomnio.
Y en medio, Sabela hacía la botica. Atendía, pesaba, aconsejaba, curaba lo curable —un esguince, un mal de ojo, los sustos de niño— y mandaba a dormir con la luz encendida a todo lo que soñaba, porque ya no podía hacer otra cosa.
La peaxe no era una cuenta corriente infinita: su abuela lo había sabido siempre, y ahora lo sabía ella.
Curaba lo pequeño con oficio, lo grande con el cuerpo, y lo de la fila —lo de la fila lo estaba aplazando para la única noche en que podía pagarse.
Tenía además una rutina nueva, que no escribía en ninguna parte: cada noche, antes de acostarse, abría la ventana y miraba la calle.
Contaba las ventanas encendidas. Luego miraba la esquina de la casa del consultorio, y esperaba hasta que salía la sombra con la mano en alto, y la seguía con los ojos hasta que la calle se la tragaba, y le decía bajito, cada noche, lo mismo: ‘espera. Ya queda poco.’ No sabía si los sonámbulos oían algo desde dentro.
Le gustaba pensar que el cuerpo de él, al menos, sabía que había alguien despierto.
El sábado por la mañana, antes de que llegara Rosalía, estuvo una hora con el cuaderno abierto, ordenando.
Contó: treinta y dos nombres que soñaban, once de ellos todas las noches.
Once de los suyos que ya no dormían, escribió, y subrayó el once sin saber por qué, y luego cerró el cuaderno, porque el llanto de abajo en la tienda anunciaba que el día había empezado.
La que vino el sábado fue Rosalía, la vecina de la casa de abajo de Uxía Piñeiro, la mujer que la había encontrado. Vino con el pelo recién peinado y la chaqueta buena, como si fuera a un entierro, y Sabela supo antes de que hablara que no venía a por sales.
Sabela la conocía de toda la vida: una mujer de setenta años, fuerte como un muro, que había criado cuatro hijos y enterrado a un marido y no se había doblado nunca en público.
Vino a la botica con la excusa de unas sales para el dolor de cabeza, y a los diez minutos, con la puerta ya cerrada y la taza ya en la mano, se le rompió la cara.
—No puedo más, rapaza —dijo—. Siete años. Siete años llevo sin dormir de verdad, y este mes es peor.
—Cuenta —dijo Sabela.
Rosalía contó. Lo contó como se cuentan las cosas que se han contado solo a las paredes: desordenado, volviendo atrás, con la taza fría entre las manos.
Que Uxía Piñeiro había sido su vecina de pared durante cuarenta años.
Que habían criado juntas, enviudado juntas, envejecido juntas, una a cada lado de la escalera compartida.
Que los últimos años Uxía bajaba poco, que la tele se oía siempre, que eso era normal, que la tele de Uxía era el reloj de la casa entera.
Que un lunes de hacía siete años la tele sonó tres días seguidos, día y noche, y que ella —Rosalía se golpeó la rodilla con el puño, despacio— ella había dicho ‘qué raro’ y no había subido.
Que el jueves había subido, porque el olor.
Que el gato estaba flaco pero vivo. Que Uxía estaba en la cocina, sentada, como en el sueño de tanta gente ahora.
—No le conté eso a nadie —dijo—. Lo del gato. Lo de que seguía allí, haciendo su vida de gato, sin saber. Estando yo a veinte pasos, con mi café, sin subir.
—Rosalía…
—No me digas que no fue culpa mía —dijo la vieja, con la brusquedad de las fuertes—. Vine aquí porque los de tu casa no dicen tonterías; dime si me puedes quitar esto o no.
—Déjame escuchar primero —dijo Sabela.
—Y este mes —la mujer bajó la voz— este mes la sueño.
La veo en la fila, con la candela. Y ella mira para mi casa al pasar, Sabela.
Mira para mi ventana. Y yo despertaba llorando, y yo me digo que son tonterías, pero no son tonterías, porque mi pecho…
—se golpeó el pecho con los dedos— …aquí dentro hay una cosa que no se mueve. Siete años. No es dolor. Es una piedra.
Sabela le tomó las manos y las sostuvo. Lo que había dentro de Rosalía no era una enfermedad: era una deuda de amor no pagada, siete años de ‘si subo el lunes’, una piedra de culpa y de pena soldadas juntas. Un T2. De los que cobraban en la moneda que a ella más le dolía: la memoria caliente.
Lo pensó. Lo pensó de verdad, con la lista del pueblo en la cabeza y la cuenta de los días y el hombre que caminaba de noche.
Un T2 era un precio serio: la semana tenía su cupo, el mes tenía el suyo, y ella llevaba el otoño gastado por delante, como las casas con deudas.
Pero Rosalía tenía setenta años y siete años de piedra.
Y el pueblo entero estaba a una semana de una noche que iba a necesitar gente fuerte, gente que pudiera mirar a los muertos sin romperse, y Rosalía con la piedra dentro no iba a poder mirar a Uxía a la cara.
Había además una cuenta que no le confesaba a nadie, ni al cuaderno: que aquella noche que venía, la de Defuntos, iba a necesitar que los vivos lloraran de verdad, con la pena desbloqueada, con la piedra fuera.
Y que ella, la curandeira, era la única que podía ir quitando piedras por delante, casa a casa, como se desbroza un camino antes de una romería.
Rosalía era la primera. No iba a ser la última, y el cuaderno lo sabía, y las cruces pequeñas de Mariña lo sabían.
—Puedo quitarte la piedra —dijo Sabela—. No toda la pena. La piedra. La que no se mueve. Pero cuesta, Rosalía, y lo que me cuesta no es dinero, y no te puedo decir lo que es. Solo te puedo decir: que lo haces por ti o no lo haces; que lo decidas tú.
—Quiero que me cures —dijo Rosalía, sin pestañear—. Dime lo que hay que firmar.
—No hay nada que firmar —dijo Sabela, y sonrió triste—. Eso es lo malo.
* * *
El ensalmo fue corto, cuatro versos, los de siempre y no los de siempre, y la cura fue como todas las curas de verdad: nada que grabar, todo que sentir.
Sabela puso las manos sobre el pecho de la vieja y buscó la piedra con la yema de los dedos del alma, y la encontró: dura, caliente, vieja, soldada al esternón como un clavo en una viga.
Y la aflojó. No la sacó —las culpas no se sacan; se les quita el filo—.
La aflojó, le dio la vuelta, la dejó ser lo que debía haber sido desde el principio: pena. Pena pura, que duele y pasa, no piedra.
Mientras trabajaba, con los ojos cerrados, oyó a Rosalía hablar como hablaban los pacientes en medio de la cura, en ese susurro que no era para ella:
—…que me regalaba los tomates, ¿sabes? Cada verano. Y yo le decía que eran malos, sus tomates, por reír. Siete años llevo sin poder comer un tomate, rapaza. Siete años…
Sabela siguió, y aflojó, y dejó que la voz de la vieja fuera cosiendo la piedra al aire libre, que era donde las piedras se volvían pena.
Rosalía lloró una hora en la silla de en medio, de esas lloreras que limpian, y se fue a casa con la cara lavada y los hombros dos centímetros más abajo. En la puerta se volvió:
—La Uxía —dijo—. La noche que venga… cuando venga lo que tengáis que hacer. Yo quiero estar; yo quiero mirarla a la cara.
—Estaremos —dijo Sabela—. Eso prometo.
—Eso —dijo Rosalía, y se fue, y Sabela se quedó pensando en que la vieja sabía. Todos sabían ya, de una manera u otra. El pueblo era una casa con el fuego en la cocina: nadie lo veía, todo el mundo olía el humo.
Sabela subió a acostarse y durmió las primeras doce horas del T2, y al despertar supo —con el conocimiento terco del hueco— que algo se había ido. No supo qué; nunca sabía qué, hasta que tropezaba.
Pasó el domingo entero en esa casa conocida de la convalecencia: las cuarenta y ocho horas de trapo, la cena que sabía a poco, el fuego que calentaba solo la piel.
A ratos se asomaba al hueco, con cuidado, como quien se asoma a un pozo tapado.
Sabía sus medidas: era un recuerdo de hacía poco, de las últimas semanas; era de los cálidos; era de los que ella habría guardado.
No sabía más. Había aprendido —la primavera, el verano, el otoño— que no se podía buscar lo perdido: buscar era como rascar, y rascar solo ensanchaba la herida.
Había que esperar a que el mundo lo nombrara por delante de ti, y aguantar la embestida.
El mundo lo nombró el lunes, en público, como era costumbre en aquel maldito oficio; tropiezo hubo, y pronto.
* * *
Fue el lunes por la tarde, en «A Lareira», a la hora muerta en que el bar era de las mujeres viejas y del dominó.
El bar olía a castaña asada —Lula había puesto ya la primera hornada del año, por probar— y a café, y la televisión hablaba sola en una esquina para nadie.
Sabela notó el olor de las castañas al entrar y lo registró como se registran las noticias tristes de otros países: ah, castañas, qué bien para los demás.
La cuota de octubre seguía cobrada. El fuego olía a fuego, y nada más.
Sabela había ido a llevarle a Lula un frasco de algo para los nervios de su madre, y se encontró la mesa de siempre ocupada por la conversación de siempre: Xoana, Lula, y —suerte de las suertes— Iago, que había entrado a por el bocadillo del mediodía y se había quedado atrapado por Lula, como le pasaba a todo el mundo.