Capítulo 10 #3
Ella no se movió. El lápiz se le quedó quieto en la mano.
La trastienda entera se quedó quieta, con el fuego bajo y el plano abierto, y él pensó, con una claridad de quirófano: ahora.
Ahora, que no hay feira ni vaca ni madre ni pueblo.
Ahora, que somos dos personas cansadas en una cocina y la verdad ya ha entrado en todo lo demás.
—Sabela. Yo…
No llegó más lejos. La puerta de la calle se abrió de golpe, campanilla y viento, y entró Lula con un barreño de castañas en las manos y la voz por delante:
—¡Sabela! ¡Las primeras! Que las pruebe antes de que… —se paró en el umbral de la trastienda, miró la escena —las dos caras, el mapa, la distancia exacta entre las dos sillas— y dijo, con la sangre fría de treinta años de barra—: …vuelvo mañana. No pasó nada. Yo no vi nada. Buenas noches.
Y salió, y la campanilla sonó, y el momento quedó en el suelo como un plato roto que nadie iba a barrer.
—¿Decías? —dijo Sabela, con la boca seca.
Iago miró el plano, el fuego, la campanilla que aún se movía.
Y calculó —con la frialdad desesperada de su especie— que un hombre con una condena de meses encima no tenía derecho a empezar ciertas frases.
Que había frases que eran también una manera de pasar la vela: de dejarle al otro algo que pesara.
—Nada —dijo—. Que gracias. Por todo esto.
Ella lo miró un segundo. Un segundo entero, con los ojos de quien lee una analítica.
—No me des las gracias —dijo, y se puso a doblar el plano con demasiado cuidado—. Aún.
* * *
Aquella noche, en la cocina de la botica, ella se quedó dormida en la silla, delante del cuaderno.
Iago había subido a dejarle unos papeles —la lista actualizada, la excusa era tan vieja ya que ni se molestaban en firmarla— y la encontró con la cabeza sobre los brazos, dormida de golpe, como se dormían los que no dormían nunca.
Quiso dejarla así, taparla con la manta del respaldo y salir de puntillas; estaba buscando la manta cuando ella empezó a hablar.
Era la segunda vez que lo veía. La primera, en su propio sofá, había pasado tres noches sin poder quitarse de la cabeza las voces que le salían; ahora ya sabía lo que era, y saberlo no lo hacía más llevadero, solo más legible.
Ella sueñaba con las muertes de la fila.
No con la fila: con las muertes, una a una, la cocina fría de cada uno, la escalera de cada uno.
Lo que la Compaña era de noche —un desfile— era de día, en los sueños de Sabela, un archivo de soledades.
—No, no la subáis —dijo, dormida, con la voz de otra persona: una voz de mujer joven, asustada—. La escalera no, que se cae. —Luego, con otra voz, vieja: —Tres días estuve. Tres días, y el gato comía, y yo llamaba.
Iago se quedó inmóvil junto a la mesa. Ya sabía lo que era. Ella se lo había explicado con la franqueza de la gente sin salida: las muertes ajenas le entraban en los sueños, desde la noche del cruceiro, cada muerte de la fila se sentaba con ella por las noches. El precio de ver.
Ella se movió, incómoda, y una lágrima le cruzó la cara dormida, y dijo, con la voz de la mujer joven otra vez: ‘alguien que suba. Por favor. Alguien que suba.’
Iago no la despertó. Se sentó en la silla de enfrente, y le habló bajito, como le había oído hacer a ella con los terneros asustados:
—Ya sube alguien —dijo—. Ya está subiendo. Duerme.
No era verdad, o no del todo, o quizá sí. Ella se tranquilizó por grados, como se tranquilizan las mareas, y acabó durmiendo de verdad, con la mejilla sobre el cuaderno y la mano abierta junto a la cara.
Iago la miró dormir mucho rato. Miró la mano abierta junto a la cara, la letra apretada del cuaderno asomando bajo su mejilla, la respiración por fin tranquila.
Pensó en la contabilidad que aquella casa llevaba sesenta años pagando, y en que él, que se había pasado la vida exigiendo recibos, estaba ahora sentado en la cocina de la única persona que pagaba sin enseñarlos nunca.
Luego apagó la luz de la cocina, dejó la de la escalera encendida, y bajó a casa andando por la calle vacía, contando las ventanas encendidas del pueblo, que ya eran más de veinte y que nadie contaba más que él.
Veintitantas ventanas, pensó. Un pueblo entero velando a su manera.
Y él, que era veterinario, que era de ciencias, que tenía una carpeta para cada cosa, se descubrió en medio de la calle haciendo una sola cuenta, la única que importaba: los meses.
Los meses que le quedaban, y qué iba a hacer con ellos.
Llegó a casa, echó el cerrojo, y se ató la cuerda al tobillo con el nudo de siempre. Antes de apagar la luz, abrió el cuaderno y escribió una última línea, despacio, con la letra más clara de la que era capaz a aquella hora:
«Si esto va a mal, que conste: no pienso pasársela a nadie. Y que alguien —Sabela, Secundino, quien sea— le diga a mi madre que no fue una enfermedad rara. Fue una elección.»
Miró la frase. No la tachó. Cerró el cuaderno, apagó la luz, y se durmió esperando los pasos, que llegaban ya cada noche puntuales como un tren.