Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—El lunes. La ronda de las tres. —Rubén giró la botella entre las manos—.

Subí por la carretera vieja, despacio, con las luces apagadas, que es como se hace cuando quieres ver y no que te vean.

Y a la altura del cruce ese, del crucero de piedra…

había gente caminando. Una procesión. Con velas. A las tres de la mañana.

—¿Y qué hiciste?

—Lo que manda el reglamento. —Rubén se rio sin gracia—.

Encendí las luces y di el alto. Por megafonía.

‘Alto, identifíquense.’ —Miró a Iago—. No se pararon.

Siguieron caminando, despacio, y yo bajé del coche, y me acerqué, y entonces…

—tragó saliva—. Entonces vi que no pisaban.

Caminaban, Lamela, con las piernas moviéndose y todo, pero no pisaban.

Y una de las figuras, con la vela baja… —bajó la voz— …

era un tipo alto, con una chaqueta de faena, que se me quedó mirando.

Y te juro por mi madre que lo conocía. Te juro que era el tío de la casa del eirado, el que murió la semana de mi llegada, al que yo vi en el ataúd.

Hubo un silencio. La nevera de la cocina arrancó con un golpe seco y los dos sobresaltaron, y eso les dio la risa, una risa breve de dos hombres que necesitaban reírse de cualquier cosa.

—He escrito el informe tres veces —dijo Rubén—.

Tres veces. Y las tres lo he roto. Porque no hay casilla.

‘Procesión nocturna no autorizada’, mira, esa casilla existe, te lo puedo enseñar.

Pero no hay casilla para lo de no pisar.

—Sí terminó la cerveza—. Así que no pasó nada.

Oficialmente, el lunes a las tres de la mañana no pasó absolutamente nada en el municipio de Soutomouro.

—¿Y a mí por qué me lo cuentas?

—Porque tú tienes la misma cara que yo —dijo Rubén—.

De no haber dormido. Y porque eres veterinario, que es lo más parecido a un científico que tenemos a mano, y porque…

—se encogió de hombros— …porque a la novia del cura no se le puede contar, digo, la del curandero.

—Sí le escapó la sonrisa—. Perdona. El pueblo dice que andáis.

—El pueblo dice muchas cosas.

—El pueblo acierta más que la Guardia Civil —dijo Rubén, y luego, más serio, mirando la mesa—: Lamela, yo tengo veintiocho años de servicio por delante y una carrera que depende de que mis informes tengan sentido.

Y te digo una cosa: hay una parte de mi trabajo, desde hace un mes, que no la voy a poder hacer nunca bien.

Porque no existe. —Se frotó la cara—. ¿Sabes lo que más me fastidia?

Que la gente del pueblo lo lleva mejor que yo.

Tú ves a las viejas: saben qué es, lo nombran bajito, ponen la luz en la ventana y siguen cosiendo.

Llevan toda la vida con esto en el mismo mapa que la lluvia.

Y yo, que tengo un coche con sirena, no sé ni por dónde empezar.

—El pueblo acierta más que la Guardia Civil —repitió entonces Rubén, levantándose, como quien firma un acta—. Buenas noches, Lamela. Si una noche necesitas que la autoridad competente mire para otro lado, la autoridad competente tiene cataratas desde el lunes.

Lo acompañó a la puerta. En la calle, con el frío subiendo del valle, Rubén se detuvo un momento y miró hacia el final de la calle, donde no se veía nada.

—Una cosa más —dijo—. He estado mirando el calendario.

La noche del treinta y uno al uno es la noche de los difuntos, la de verdad, la de las velas en el cementerio.

—Se ajustó la cazadora—. No sé qué estáis tramando tú y la curandera, y no quiero saberlo.

Pero esa noche yo haré la ronda por el otro lado del valle. Muy despacio. Muy lejos.

—¿Por qué me lo dices?

—Porque esto en Cádiz —dijo Rubén, y por primera vez no sonaba la broma— tampoco lo creería nadie, y sin embargo mis abuelas ponían una luz en la ventana. Todos los años. Sin fallar. —Le tendió la mano—. Que los vaya bien, Lamela, sea lo que sea.

* * *

Esa misma semana, la lista les hizo un pliegue, una doblez por donde la rutina se salía del mapa.

Fue el miércoles veintiuno de octubre, en la trastienda de la botica, con el plano abierto y las dos listas juntas.

Sabela había añadido cuatro nombres nuevos; Iago, dos.

Y al marcar las casas en el mapa, Iago se dio cuenta de que ya no hacía falta marcarlas: la línea estaba completa.

El camino viejo entero, casa a casa, de la iglesia al camposanto.

—Todos —dijo él—. Todos los que sueñan viven en la ruta. Y todos sueñan lo mismo.

Trabajaron en silencio un rato, cruzando datos.

Tenían, a aquellas alturas, un archivo que ningún instituto de investigación habría firmado: veinticuatro soñadores con fecha de inicio, cinco niños con dibujos, un agente de la Guardia Civil con un informe roto, un carpintero jubilado con dos años y medio de historial, y un veterinario con cuatro kilos de menos y un mechón blanco.

Iago miró aquella acumulación y tuvo el pensamiento más absurdo y más limpio del mes: que aquello ya no era un misterio.

Era una pared. Todo el pueblo sabía, cada uno un ladrillo, y solo hacía falta juntar los ladrillos en la misma habitación.

—Falta una pieza —dijo—. La de por qué se puede acabar. No pasarla: acabarla.

—Eso es el de Ciriaca —dijo Sabela—. Eso está detrás de la puerta que no abre hasta la noche.

Iago asintió. Estaba aprendiendo, a la fuerza, la gramática de aquella casa: que había puertas que no se abrían a empujones, que se abrían con el calendario.

Él era de apretar. Ella era de esperar la fecha.

Empezaba a sospechar que los dos métodos, en aquel valle, tenían el mismo porcentaje de éxito.

—¿Cuánto le queda a la puerta de Ciriaca? —preguntó.

—Diez días —dijo Sabela—. La Noite de Defuntos es el treinta y uno. —Lo dijo contando con el dedo en el aire, y a él se le pusieron los pelos de punta al darse cuenta de que llevaba días haciendo esa misma cuenta sin querer hacérsela.

—Diez días —repitió él.

—Diez días. —Sabela lo miró entonces, y había en su cara algo nuevo, algo que no le había visto: una terquedad que no era solo cansancio—. Escucha. Si todo falla —la palabra de Ciriaca, lo que ella tenga guardado— hay otra manera. La manera de siempre. Alguien que la lleve.

—Sabela…

—No —dijo ella—. No estoy diciendo que la vaya hacer. Estoy diciendo que existe. Para que lo sepas, para que no te sorprenda nada de mí.

Él la sostuvo la mirada. No le dijo que no, que no se le ocurriera, que ni de broma. Le dijo, con la voz más veterinaria que le quedaba:

—Entonces hacemos una cosa. Los diez días, tú y yo, puerta a puerta si hace falta.

Pero la vela no cambia de manos. —Una pausa—.

Te lo digo ahora, de día, para que luego no haya discusión: la vela no cambia de manos, Sabela.

Ni a las tres de la mañana. Ni aunque me veas feo, ni aunque yo diga que sí.

Ella no contestó. Y él, que ya sabía leer sus silencios como los partes, entendió que aquel silencio era el no más peligroso que le habían dicho nunca.

—La misma fila —dijo Sabela, volviendo al mapa, cerrando la puerta de aquel tema con la suavidad de quien cierra una tumba—.

Los mismos muertos. Los niños la dibujan, los viejos lo sueñan, y el Rubén la vio con las luces apagadas.

—Puso el dedo sobre el cruceiro—. No es un sueño colectivo, Iago.

Es una procesión real. El pueblo está soñando una cosa que pasa de verdad, todas las noches, delante de sus casas.

—¿Y por qué ahora?

—No lo sé —dijo ella, bajito—. Ya soñaban antes de que tú cogieras la candela. Quizá ahora sueñan más porque hay un nuevo delante y la fila anda nerviosa. Como cuando le cambias el pastor al ganado: los animales se acuerdan. Pero eso no explica los primeros sueños.

Iago miró el mapa y luego miró a Sabela, y encontró que ella lo estaba mirando a él con una cara que no había visto antes: no miedo, no pena. Cálculo. La cara de quien cuenta los días que le quedan a una cosa.

—Cuánto tengo —dijo él; no era una pregunta.

—Evaristo dos años y medio. Perfecto tres. —Ella no bajó la vista—. Pero ellos no llevaban el pueblo entero soñando. Tú… tú vas más rápido. No sé por que. Quizais porque sabes. Los que saben van más rápido, creo. El hombre que loita contra el sueño cansa más que lo que no sabe que camina.

—Meses.

—Meses —dijo ella—. No años. Meses.

Se quedaron callados. En la botica, del otro lado de la cortina, sonó la campanilla de la puerta y luego la voz de Nadia, que cerraba ya.

—Sabela —dijo Iago, y la voz le salió de más lejos de lo que quería—. Hay una cosa que tengo que decirte. Llevo desde junio… desde antes de junio…