Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Iago

A mediados de octubre, Iago Lamela empezó a conocer su casa de noche como se conoce un hospital en las guardias: por los pasillos, por los olores, por las horas.

Caminaba todas las noches. Lo sabía por las mañanas: los pies, la tierra, el olor a cera que ya no se iba ni con lejía.

Lo sabía por las marcas nuevas en las palmas —dos líneas de quemadura vieja, como cicatrices de rescoldo, que no le dolían y no se curaban del todo—.

Y lo sabía, sobre todo, por el peso: había perdido cuatro kilos desde finales de septiembre, y no era de los que se pesaban, pero se pesó, porque los números eran el último idioma que le quedaba.

El pueblo, mientras tanto, hacía lo que hacen los pueblos con lo inexplicable: lo administraba.

Las ventanas encendidas de noche ya no se comentaban.

Las madres llevaban a los niños a la cama grande ‘por la caldera’.

La farmacia de los martes y jueves había vendido en dos de las semanas más tila y más valeriana que en todo el verano.

Y en la escuela —se lo contó Xoana con la cara de quien no sabe si reír o llorar— los niños habían dejado de dibujar la procesión.

No porque no la sueñaran: porque se habían cansado, como se cansan de todo, y ahora dibujaban otra cosa: dibujaban velas en las ventanas de las casas.

Todas las casas, con una vela en cada ventana.

—Mirade —le dijo Xoana, enseñándole un dibujo—: mi casa, la tuya, la de a Sabela. Todos los dibujos igual. Una vela en cada ventana. Yo no sé qué significa, Iago.

Iago miró el dibujo mucho rato, con el dedo siguiendo la fila de figuras sin tocar el papel.

—Significa que esperan —dijo al fin—. No sé la quién. Esperan.

También había señales del otro lado, las que no se dibujaban.

El martes, la madre de Iker lo paró en la calle para decirle que el niño dormía mejor desde que pasó ‘la señora de las hierbas’, y para preguntarle, bajito, si era verdad que el sueño del pueblo tenía que ver con los muertos.

El jueves, un tratante de ganado de Chantada le preguntó en la cooperativa si en Soutomouro ‘pasaba algo’, porque dos feriantes se habían negado a volver de noche.

El miedo del pueblo empezaba a tener radio de acción, como las dehesas.

Y en medio de todo, la rutina de él y de ella: la cuerda, la ventana, el café frío de las cuatro de la mañana. Se veían cada día y no hablaban de casi nada. Habían descubierto —los dos por separado, nunca en voz alta— que la compañía callada era el único remedio que no se agotaba.

* * *

Evaristo vino a verle un domingo por la tarde, a la hora en que el pueblo dormía la siesta y las calles quedaban vacías.

Iago estaba en el consultorio, haciendo inventario de la nevera de las vacunas, cuando llamaron a la puerta con dos golpes secos, de nudillo viejo.

Abrió, y ahí estaba el carpintero, con la gorra en la mano —la gorra en la mano, como para entrar en una iglesia— y la cara de quien ha venido a hacer una cosa difícil.

Lo primero que notó Iago fue lo bien que se veía.

Dos meses antes, Evaristo Maneiro era un saco de huesos que se dormía en los bancos de la plaza; el hombre que tenía delante tenía color, peso recuperado, la espalda casi recta.

La salud, en Evaristo, tenía un precio visible, y el precio estaba delante de él con la ropa cansada y el mechón blanco; los dos lo sabían; ninguno lo nombró.

—¿Podemos hablar? —dijo Evaristo—. De hombre a hombre. Sentados.

Se sentaron en las dos sillas de la sala de espera, una frente a otra, como en una consulta. Y Evaristo habló durante una hora, despacio, sin adornos, mirando sus propias manos la mayor parte del tiempo.

Le contó todo. Le contó lo que Sabela ya le había contado —la fila, los muertos sin llorar, la vela— pero desde dentro, desde la carne: qué era llevarla dos años y medio.

Las noches que empezaban solas, con los pies ya en el suelo.

El peso, que no era peso: era una sed delante de él, una sed de camino.

La manera en que el cuerpo se iba quedando hueco, como una viga carcomida que aguanta de cara a la galería.

Y la mañana en que se había mirado al espejo y no se había reconocido, y había decidido que se acababa.

—Y después me contó lo otro —dijo Evaristo—. El remate: el modo de soltar.

—Pasándosela a otro —dijo Iago.

—Pasándosela a otro. —El viejo asintió—.

En el cruceiro, de noche, de mano a mano.

Uno que extienda la mano sin saber. —Levantó la vista, y los ojos le brillaban—.

Y eso hice yo contigo, rapaz. Y eso es lo que vengo a decirte hoy, porque a Sabela no se lo conté todo: tú puedes hacer lo mismo.

Cualquier noche. Cualquier hombre de este pueblo que te extienda la mano, un favor pequeño, y ya está. Tú quedas libre, y otro la lleva.

Iago no contestó enseguida. Miró la sala de espera —la silla rota que nunca arreglaba, el calendario de la ADSG, el diploma en la pared— y pensó en lo fácil que era.

Pensó en el tío Benigno, que ya estaba medio gastado de por sí.

Pensó en un concejal de la comarca que le caía mal.

Pensó en que cualquier madrugada de las que venían, con el frío y la niebla y la vela en la mano, un hombre podía cansarse lo suficiente para dejar de ser quien era.

—¿Eso es lo que le pasa a todo el mundo? —preguntó—. Que se cansa.

—Eso es lo que le pasa a todo el mundo —dijo Evaristo—.

Lo que te estoy diciendo no es lo que me hizo a mí.

Es lo que me hicieron a mí cien veces, cada noche, cuando me cogía la tentación como una fiebre.

Yo no la cogí. La cogí al final, sí, con un hombre que volvió de fuera y no sabía nada.

—La voz se le fue por primera vez—. Perdóname decirte esto a la cara.

Pero tú tienes que saber lo que tienes. Tienes una arma y tienes una enfermedad, y son la misma cosa.

La sala de espera estaba muy quieta. Iago miró al viejo, y el viejo sostuvo la mirada, y no había en ella ni defensa ni petición de perdón: había la entrega de una herramienta. Evaristo le estaba dando la llave de su propia celda y la estaba poniendo encima de la mesa, para que viera que existía.

—¿Por qué me cuenta esto? —preguntó Iago, despacio.

—Porque si no te lo cuento yo, te lo cuenta la candela —dijo Evaristo—.

La candela acaba enseñándolo todo. Yo quería que lo supieras por mí, y que lo supieras entero: que se puede, que es fácil, y que después no se duerme mejor.

Después no se duerme nada. —Se levantó, con la gorra en la mano—.

Yo duermo ahora, ¿sabes? Duermo como un niño. Y no descanso; no sé si me entiendes.

—Le entiendo —dijo Iago.

Se quedaron así un momento, los dos de pie, en la sala de espera, con la nevera de las vacunas zumbando bajito. Luego Iago dijo, mirando al viejo a los ojos:

—No la voy a pasar.

Evaristo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había en ellos algo que Iago no esperaba: alivio y pena a la vez, mezclados, como dos licores en un vaso.

—Eso te lo dije yo también —dijo—. Las primeras semanas. —Se puso la gorra—. Cuida tu mano, rapaz. Y cuídala a ella, que va cargando contigo.

Salió. Iago se quedó en la sala de espera, solo, y después de un rato escribió en el cuaderno, con la letra pequeña, una línea que no era un síntoma:

«Tengo una salida. No la voy a usar. Que quede escrito, por si la cuerda falla.»

* * *

Fue a verla al anochecer, a la botica, cuando ya no había nadie. Ella estaba haciendo inventario de los frascos, con un lápiz detrás de la oreja, y le bastó una mirada a la cara de él para dejar el lápiz.

—Evaristo —dijo.

—Evaristo —confirmó Iago—. Me ha dado la salida. Completa. Con instrucciones.

—Y ahora me vienes a decir que no la vas usar.

—Ahora te vengo a decir que no la voy a usar.

Sabela lo miró mucho rato. Luego le cogió la mano derecha —así, sin más, en medio de la trastienda— y la abrió, con cuidado, y miró las dos líneas de quemadura vieja de la palma.

No dijo nada. Le pasó el pulgar por encima, una vez, muy despacio, como se palpa una vértebra, y le cerró los dedos otra vez, y le soltó la mano.

—Gracias —dijo—. Por no usarla.

—No me las des —dijo él—. No lo hago por ti.

—Mentira —dijo ella, tranquila.

—…Mentira —admitió él—. Pero es una mentira que sostiene. Déjamela.

Se sentaron junto a la lareira, que estaba encendida contra el frío de octubre, y estuvieron un rato sin hablar, mirando el fuego como se mira el fuego en esta parte del mundo: como se mira una conversación vieja.

—Evaristo me ha dicho una cosa —dijo Iago al fin—. Que después de pasarla no se duerme mejor. Que no descansa. ¿Tú lo entiendes?

—Sí —dijo Sabela—. Lo sé perfectamente. Porque la candela no se lleva en las manos, Iago. Llévase en la conciencia. Y la conciencia no se traspasa en el cruceiro. —Miró el fuego—. Por eso te digo que esto no se arranxa cambiando de manos. Esto se arranxa doutro modo, y ese modo aún no lo tengo.

—¿Lo vas a tener?

—Para la Noite de Defuntos —dijo ella, y no era una promesa; era un parte—. Ciriaca sabe algo que no me quiere decir hasta esa noche. Mariña sabía algo y no lo escribió. Hay un modo, Iago. Solo tengo que encontrarlo antes de que… —se calló.

—Antes de que yo me gaste —dijo él.

—Sí —dijo ella, sin mirarlo—. Eso.

* * *

Rubén Fariña apareció el martes por la noche en la puerta del consultorio, sin uniforme, con la cazadora de civil y la cara de quien no ha decidido todavía si está haciendo una visita o una confesión.

—¿Tienes diez minutos, Lamela?

Se sentaron en la cocina, con dos cervezas. Rubén estuvo un rato mirando la etiqueta de la suya, y luego dijo, con el acento del sur más cargado de lo normal, que era su manera de estar nervioso:

—Esto en Cádiz no me pasaría. Lo digo en serio. Yo he hecho rondas de noche en sitios malos de verdad, con tiros, con todo. Y jamás se me habían puesto los pelos así.

—¿Qué pasó?