Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Porque había cuenta. La habría cada mes desde que había abierto los ojos junto al cruceiro: no una cura, no un favor, un cargo fijo, la cuota de ver.

Su abuela no había dejado escrito cómo se cobraba esa parte —o no había querido—, así que Sabela lo había aprendido a la mala: aquel mes, sin aviso, algo se había apagado.

No dolía. Era peor que doler: era como llegar a casa y encontrar que le habían quitado un mueble, uno de toda la vida, y que nadie se acordaba ya de qué mueble era hasta que se tropezaba con el hueco.

Aquella noche, al entrar en la cocina, encendió la lareira porque tenía frío hasta los huesos, y le echó encima dos puñados de castañas que Lula le había dado para probar el primer magosto de la despensa.

Las castañas empezaron a asarse, y el olor subió por la cocina: el olor de toda su vida. El olor de noviembre en casa de su abuela, de las manos calentadas al fuego, de la seguridad misma destilada en humo.

Sabela olió el humo de las castañas y no sintió nada.

Lo olió —olía perfectamente: fuego, cáscara, un punto dulce— pero el olor no llegaba a ninguna parte. Era como leer una carta en un idioma olvidado: las letras estaban, el significado no. La chimenea olía a fuego de castañas, y su corazón no se enteraba.

Se quedó quieta junto a la lareira mucho rato, con las manos abiertas al calor que sí sentía —el calor era de la piel, no del alma— y pensó en cómo se notaba una pérdida así: no te daba un golpe, te daba el día entero por delante para ir tropezando con el hueco.

Mañana, y pasado, y todos los magostos que le quedaban, el fuego de castañas sería un olor como otro cualquiera.

Su abuela había vivido sesenta años con un mueble menos cada tanto.

Sesenta años de huecos. Y nunca, ni una sola vez, la había oído quejarse de los muebles.

Luego sacó el cuaderno das peaxes y escribió, despacio, con la letra más vieja que le salía:

«Octubre. Cargo del mes: el olor del fuego de castañas ya no me quiere decir ‘casa’. Lo huelo, y no me dice nada. Es la cuota de verlos. Se paga sin factura.»

Y debajo, después de un rato:

«Nadia los vio. Iago anda todas las noches. Dieciséis días quedan hasta la Noite de Defuntos. Ciriaca, cuando le pregunté, cerró la boca como una puerta. Pues habrá que abrirla.»

* * *

Durmió poco y mal. A la mañana siguiente —viernes, el pueblo olía a fin de semana y la miedo contenido— bajó temprano a abrir y se encontró en la puerta a Lula, con un termo de café y cara de no haber dormido ella tampoco.

—A Nadia —dijo Lula, sin saludar—. Está en casa. Fue con su madre. Contan por aí —y señaló la calle, el mundo— que ayer por la noche pasó algo en la carretera vieja. Que os vieron entrar a las dos. Que la niña venía blanca.

—Lula…

—No te pregunto —dijo la tabernera, levantando la mano sana—.

Solo te digo una cosa. El bar va a abrir la noche del treinta y uno, pero no para fiesta.

Para quien quiera hablar. Enciéndeme la lareira y dejo las sillas alrededor.

—Levantó el termo, a modo de brindis—. Que se note que esta casa es vieja y sabe lo que hace.

Sabela miró a aquella mujer —la que había contado las peores cosas de su abuela, la que había cambiado de bando delante de un perro curado— y sintió que el pueblo, a su manera lenta y tozuda, estaba girando. No hacia ella. Hacia su propio pasado, hacia las sillas alrededor del fuego.

—Gracias, Lula.

—No me des las gracias —dijo Lula—. Tráeme una cosa para el miedo, que es lo que me corre a mí. Y invítame cuando arregléis esto, que yo quiero verlo arreglado. Quiero estar allá, en la primera fila, con el mandil puesto.

Aquella tarde, entre cliente y cliente, Sabela sacó el plano viejo del concello y miró otra vez la línea torcida del camino viejo.

La recorrió con el dedo: la iglesia, la curva de la higuera, el cruceiro, la subida al camposanto.

Diecisiete casas. Veinte ya. Toda la gente que soñaba vivía a lo largo de la ruta por la que el pueblo había bajado a sus muertos durante trescientos años, y había dejado de bajarlos hacía cuarenta, cuando la carretera nueva y el coche fúnebre y la prisa.

Los muertos no se habían enterado del cambio. Los muertos seguían esperando el cortejo a pie, con gente detrás, con llanto en voz alta, con el nombre dicho. Y habían encontrado otra manera de caminar.

‘Cuando llegue la Noite de Defuntos’, había dicho Ciriaca.

Sabela dobló el plano. Quedaban quince días.

Tenía quince días para sacarle a la sabia de la carballeira todo lo que sabía, para convencer a un cura y a una alcaldesa, para aprender unas palabras que su abuela no había escrito en ninguna parte, y para mantener vivo, mientras tanto, al hombre que cada noche caminaba delante de los muertos con la mano cerrada sobre una llama que no se movía.

Se sirvió un café y se lo bebió de pie, mirando la calle. Afuera, octubre seguía su curso: la niebla, las castañas, las ventanas encendidas de noche.

—Vaia —dijo a la botica vacía—. Quince días. Qué bien.

La botica no contestó. Las boticas no contestan; guardan. Y aquella guardaba, desde hacía ochenta años, todo lo que Sabela iba a necesitar.