Capítulo 9 #2
—Dentro —dijo—. Tumbada, de cara al suelo, los brazos y las piernas abiertas, como una cruz.
Como yo. —Se tendió ella primero, en la tierra fría, y sintió a Nadia temblar junto a ella—.
Y ahora escucha, Nadia, escúchame bien: no miramos.
No hablamos. No contestamos, pase lo que pase, oíamos lo que oíamos.
Ni aunque nos llame alguien con el nombre de uno.
Ni aunque te llame tu madre. Prométemelo.
—Te lo prometo —dijo Nadia, con la voz ya rota—. Pero Sabela, qué es…
—Después —dijo Sabela—. Ahora, el suelo.
La fila llegó despacio.
Sabela, con la mejilla pegada a la tierra y los ojos cerrados, lo oyó todo con el cuerpo entero: el tintineo, cada vez más cerca; los pasos que no sonaban a pasos, la hierba mojada aplastada por pies que no pesaban; el frío que venía con ellos, un frío de despensa, de casa sin lumbre.
Y el olor a tierra removida —lo olió, y no le significó nada, ninguna seguridad, ninguna casa: ese canal suyo llevaba muerto desde el verano, y aquella noche le agradeció a la peaxe vieja el favor inesperado de tener un sentido menos que abrir.
La fila pasó a tres pasos de sus espaldas.
Sabela, con la mejilla en la tierra, los oía y los contaba como se cuentan las cuentas del rosario: pasos y pasos y pasos, el frío de cada uno pasando como una sombra por encima de la sal.
Y entre los pasos, voces. No conversaciones: restos.
Una mujer tarareaba una nana vieja, de esas que ya no se cantaban, con la voz hecha de arena; un hombre murmuraba números, una cuenta de ovejas que no acababa nunca; y alguien —Sabela apretó los dientes— alguien repetía, con la paciencia de dos años, ‘perdona, perdona, perdona’, tan bajo que parecía el viento.
Los conocía. No las caras, que no veía: las voces.
La nana era la que cantaba Carme Codesido en la cocina de los Codesido los domingos, antes de morirse aquella primavera cerrada.
La cuenta de las ovejas era del viejo Benito, que había pastoreado el monte cincuenta años.
Sabela los oyó pasar a tres pasos de su espalda y sintió que el pueblo entero —no lo de ahora: el de siempre, el de debajo— desfilaba junto a su oreja pidiendo vez.
Pasó el primero —y Sabela supo quién era el primero antes de oírlo, lo supo por la manera en que el corazón se le subió a la garganta: el paso de Iago, su paso, un poco más lento que de día, con el arrastre cansado de quien camina dormido.
Pasó tan cerca que Sabela oyó su respiración: entrecortada, penosa, la respiración de un hombre que sueña un trabajo.
Y oyó también, un instante, el roce de la cera en su mano, el chisporroteo bajo de una llama que no tenía aire y no lo necesitaba.
Aguantó. No movió ni los dedos. Tenía la mejilla en la tierra y los ojos apretados y todo el amor del mundo apretado también, callado, inútil, en la boca del estómago.
Y entonces, cuando la fila ya pasaba por medio de ellas, una voz llamó desde la niebla:
—Nadiña…
Era una voz de mujer, vieja, conocida. Sabela no la conocía; Nadia sí. Sintió el cuerpo de la chica tensarse entero junto a ella, oyó el sonido de la respiración contenida, y le echó la mano al brazo y lo apretó con todas sus fuerzas: no. No mires. No contestes.
—Nadiña, rapaza —insistió la voz, cansada, dulce, terrible—. Mírame, que te trajeron de pequeña…
Nadia lloraba sin ruido, con la cara en la tierra.
Sabela le apretaba el brazo y rezaba sin rezar, con los dientes apretados, y la fila seguía pasando, paso a paso, frío a frío, hasta que las campanillas empezaron a alejarse camino arriba, hacia el pueblo, y el olor se fue apagando, y la noche volvió a ser solo noche.
Se quedaron tendidas un rato más. Lo había dicho Ciriaca: los mozos se levantan de golpe, y así cogen lo que no tienen que coger. Sabela contó hasta mil, en voz baja, en gallego, y solo entonces se incorporó despacio y le tocó el hombro a la chica.
—Ya —dijo—. Puedes mirar.
Nadia se levantó a trompicones. Tenía la cara sucia de tierra y de llanto, y los ojos de alguien que ha visto el borde del mundo.
Sabela se quedó un momento de rodillas junto a la estarola.
A la luz de la linterna, la estrella de sal brillaba en la tierra, entera, sin una sola huella encima: la fila había pasado a un palmo y no la había pisado.
Ni un grano movido. Sabela la miró como se miran las cosas que han funcionado, con gratitud y con un escalofrío, y luego la borró con el pie, despacio, hasta que no quedó más que tierra removida.
No convenía dejarla. Las estrellas de sal no eran para la carretera; eran para la emergencia, y la emergencia había pasado.
—Esa voz —dijo—. Esa voz era la de la abuela Xermana. La de mi madre. Sabela, mi abuela murió hace doce años.
—Ya lo sé. Que murió. No he visto a Xermana entre ellos.
—No me digas ‘ya lo sé’ con esa calma —dijo Nadia, y la voz se le quebró por fin, del todo—. Sabela, yo la he oído. Mi abuela. Me ha llamado como me llamaba. ¿Cómo puede…? —Se llevó las manos a la cara—. ¿Y tú lo sabías? ¿Tú sabías que esto existía?
—No lo sabía entero —dijo Sabela—. Lo aprendí este mes. Como tú ahora: la mala manera.
—¿Y hay más noches así?
—Hasta la Noite de Defuntos —dijo Sabela—. Después… después vamos a arreglar esto. No sé aún cómo del todo. Pero vamos a arreglarlo, y tú vas a estar en tu casa, con la puerta cerrada, como todas las noches; eso es lo que va a pasar.
Nadia la miró mucho rato, con los ojos hinchados y la barbilla alta, y luego asintió, y las dos echaron a andar hacia el pueblo, juntas, pisando fuerte a propósito, porque los pasos fuertes eran lo único que aquella noche podían declararle a la oscuridad.
—¿Qué era eso? —La chica temblaba entera—. Eso era… eso era la Santa Compaña. ¿No? Eso que dicen los viejos. Era eso; era de verdad.
Sabela se ajustó el chal sobre los hombros, despacio, sin dejar de andar. Luego miró a la chica a los ojos, a la luz amarilla de la última farola, y habló con la voz más clara que tenía:
—Era la gente que no fue bien despedida —dijo—. Eso es todo lo que es. No es una fiesta, no es un cuento, no es un disfraz. Es la fila de los que quedaron sin llorar. Y ahora ya lo viste, y no lo puedes dejar de ver, y yo siento que te tocara tan nueva.
Nadia asintió, con los dientes castañeteando. Y luego dijo, con la voz pequeña:
—El primero. El primero de la fila. Sabela, yo no lo he visto, pero lo he oído respirar.
—Sí —dijo Sabela.
—Era él. Era el veterinario.
—Sí —dijo Sabela otra vez, y la palabra le supo a tierra.
Caminaron un rato en silencio. Entonces Nadia, con la voz todavía temblando pero con la pregunta entera, dijo:
—¿Y por qué no se lo cuentas? ¿Por qué él anda ahí sin saberlo?
—Sábelo —dijo Sabela—. Sábelo desde la semana pasada. Saber no para la candela, Nadia. Saber solo hace que la candela duela con nombre.
—Eso es muy triste —dijo Nadia.
—Sí —dijo Sabela—. Es. Pero es lo que hay, y lo que hay se lleva.
Volvieron al pueblo andando despacio, abrazadas por los hombros, sin hablar. En dos ocasiones, detrás de ellas, el tintineo pareció cambiar de parecer y acercarse, y las dos se quedaron quietas, agarradas, hasta que se alejaba. La segunda vez, Nadia dijo en un susurro:
—¿Nos siguen?
—No nos siguen —dijo Sabela—. Andan su camino. Nosotros vamos por el nuestro, que es el mismo. No es persecución, es… coincidencia de ruta.
—Qué mal suena eso —dijo Nadia, y a Sabela le dio por reír, una risa histérica pequeña, y las dos rieron juntas un segundo en medio de la carretera vieja, y la risa les supo a salvavidas.
En el portal de su casa, Nadia se volvió antes de entrar. La madre ya estaba en la puerta, con el abrigo y las lágrimas, y se la llevó adentro con la furia suave de las madres; pero antes de entrar, la chica se soltó un segundo y miró a Sabela.
—É que… lo del treinta y uno —dijo—. Lo de Monforte. El Samaín ese.
—Qué pasa con el treinta y uno —dijo Sabela, sin fuerzas ya ni para el sermón.
—Que no voy a ir —dijo Nadia, simplemente—. Que me quedo aquí. Contigo. Con los de aquí.
Y entró, y la madre la envolvió en el abrigo y en los reproches y en el alivio, todo a la vez, como hacen las madres.
La mujer miró a Sabela por encima de la cabeza de su hija: miró la tierra en las rodillas de las dos, la sal en el puño del chal, las caras.
No preguntó nada. Sabela vio que no iba a preguntar nunca, que había decidido —en aquel portal, a aquella hora— que había cosas que las madres de aquel valle no preguntaban desde hacía generaciones, y que agradecían de la única manera disponible:
—Sube mañana a cenar —le dijo—. Las dos. Y el veterinario, si quiere. —Tragó saliva—. Gracias, Sabela. Por lo que sea que hiciste.
—No hice nada —dijo Sabela—. Manteña la puerta cerrada estas noches. Eso si.
La madre asintió sin pedir explicaciones, y Sabela bajó la calle sola, y lloró un poco, de cansancio y de gratitud, y luego se fue a casa a pagar la cuenta.
* * *