Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Sabela

El cartel apareció el lunes en el escaparate de la tienda de Gloria, entre el detergente y las conservas, impreso en color naranja y con calabazas sonrientes:

Sabela se quedó mirándolo un minuto entero, con la bolsa del pan colgando del brazo.

No era el cartel, pensó. Era la calabaza sonriente. Era el naranja. Era la fecha bien grande y la palabra bien grande, porque la noche de fin de octubre no necesitaba que la anunciaran: llevaba siglos llegando sola, sin publicidad, por la puerta de atrás del año.

—Buen diseño, ¿no? —Gloria había salido a la puerta de la tienda, con las manos en las caderas y la satisfacción de la obra nueva—.

Lo hizo mi sobrino con el ordenador. Tenemos también encuestas en las redes.

Isto é bo para a vila, Sabela, que hay que mover el rural, que sin movimiento somos un museo.

—Un museo de los vivos —dijo Sabela— o un museo de los muertos. Depende de cómo se haga.

—Ay, tú. —Gloria meneó la cabeza con el cariño de las alcaldesas—. Siempre con la misma canción. Un día vas a tener que decirme qué te hizo a ti la tradición, que la tengas así.

—No me hizo nada —dijo Sabela—. Solo que la tengo debajo. No encima. Es distinto.

Gloria no entendió, o no quiso entender, y volvió a su tienda tarareando la musiquilla que su sobrino había hecho para las redes.

Sabela se quedó un momento más mirando la calabaza sonriente.

Debajo del cartel, en el marco de la ventana, alguien —alguna vecina vieja, nadie confesaría jamás— había dejado una ramita de laurel y tres monedas, como se dejaban las cosas en los cruceiros.

La tienda de Gloria tenía ya, sin saberlo, su pequeño altar de la resistencia.

—Es horrible, ¿verdad? —dijo Nadia a su lado, que había salido de la tienda con un refresco—. Es que lo diseñó el sobrino de Gloria con el móvil. Pero la fiesta mola. Va a haber un desfile y todo. Va a ser el mejor Samaín del rural, dice Vero.

—La Noite de Defuntos —dijo Sabela despacio— no es una fiesta.

—Ay, ahí está —Nadia puso los ojos en blanco, con cariño—. El sermón. Te lo has estado guardando desde agosto.

—No es sermón. Es calendario. —Sabela señaló el cartel con la barbilla—. Los defuntos no tienen concurso de calabazas, Nadia. Los defuntos tienen otra cosa.

—¿Y qué tienen?

Sabela no contestó enseguida. Miró el cartel, la calabaza, el naranja.

En la tienda, Gloria canturreaba; en la calle, dos mujeres mayores pasaban despacio con sus carros, y al pasar junto al escaparate una de ellas hizo un comentario bajo que Sabela alcanzó a oír: ‘en mi casa se ponían las lámparas en la ventana, eso se hacía’.

La otra asintió. El pueblo viejo también leía el cartel, y también tenía opiniones, y las escribía en voz baja.

—Tienen que hacerles sitio —dijo al fin—. Eso tienen. Y este pueblo últimamente no le hace sitio a nada.

Nadia la miró de reojo, con la pajita en la boca, y por una vez no replicó. Tenía dieciséis años, que era la edad exacta en que las frases de los mayores entraban sin hacer ruido y salían años después, cuando hacían falta.

—Bueno —dijo, encogiéndose de hombros—. Yo igualmente pienso ir a lo de Monforte. Para eso hay autobús.

* * *

Aquella semana, la del doce al quince de octubre, Sabela llevó la botica por delante como se lleva una casa con un enfermo: con las tareas al día y el oído puesto en la otra habitación.

La otra habitación era la calle. Iago caminaba cada noche; ella velaba cada noche.

Se habían repartido el insomnio como se reparten las guardias los pastores: él caminaba dormido de dos a cuatro, ella lo seguía de lejos o lo esperaba en la puerta del consultorio, y por la mañana se encontraban en la calle con las mismas ojeras y el mismo pacto de no explicárselo a nadie.

El pueblo, que lo veía todo, había llegado a la conclusión más cómoda: que el veterinario y la curandeira ‘andaban’, en todos los sentidos, y que los dos tenían mala cara de tanto andar.

Sabela dejó correr el rumor. Era la primera mentira del pueblo que le venía bien.

La noche del lunes doce de octubre había pasado una cosa pequeña que Sabela no le contó a nadie.

Estaba en su ventana, con la manta y el café frío, cuando él salió a la calle, dormido, con la mano cerrada en alto.

Y al pasar por debajo de su ventana, el hombre dormido se detuvo un segundo.

No la miró —los ojos abiertos y vacíos miraban el camino— pero se detuvo, y giró la cara apenas, como si oyera su nombre en otra habitación, y luego siguió.

Sabela se quedó con la taza en el aire mucho rato.

El cuerpo de Iago, se dijo, sabía dónde estaba ella.

El cuerpo sabía siempre; era la cabeza la que andaba de excursión.

El martes vino Xoana, con la carpeta dos dibujos bajo el brazo y la cara de las reuniones serias.

—Ya son cinco —dijo, sin saludar—. Cinco niños que dibujan la procesión; tres de los míos.

Y ayer, uno de los míos, el más pequeño, me dijo una cosa que no he dormido.

—Bajó la voz, aunque la botica estaba vacía—.

Me dijo: ‘Señó, el de la candela delante es un hombre vivo.’ Un niño de seis años, Sabela.

Un hombre vivo, dijo. ¿Qué hago yo con eso?

—Nada —dijo Sabela—. No haces nada. No les hables de esto, no les preguntes. Déjalos dibujar.

—¿Eso es todo? ¿‘Déjalos dibujar’?

—Eso es todo —dijo Sabela, y le tocó el brazo a su amiga, y le apretó—. Xoana. Va a haber una noche en que todo esto se arregle. No te puedo decir más ahora. Fíate de mí.

Xoana la miró mucho rato. Treinta años de amistad pasaron por esa mirada: los años de escuela, la madre muerta, el padre en Suiza, las noches de estudio y las noches de fiesta, todo el archivo.

—Mirade —dijo Xoana al fin, con la voz de la escuela puesta a propósito, para no llorar—: yo me fío. Pero me debes una explicación entera, con café y sin prisa, cuando esto se acabe.

—Con café y con empanada —dijo Sabela—. Tienes mi palabra.

* * *

El jueves, Nadia fue a Monforte a preparar lo de la fiesta con las amigas —disfraces, música, las cosas que se preparan— y tenía que volver en el autobús de las ocho.

A las ocho y media, el autobús no había pasado. A las nueve, la madre de Nadia estaba en la puerta de la botica con el abrigo puesto y las manos frías.

—Dijo que venía con el de las ocho —dijo—. No me contesta al móvil. Hay cobertura mala en la curva del río, ya lo sé, pero…

—Queda aquí —dijo Sabela—. Voy yo.

La madre de Nadia la agarró de la muñeca, suave, con la fuerza exacta de las madres.

—Sabela. —La mujer tenía la cara lavada de tanto llorar callado—. Estas noches… yo también sueño. Con la candela. No se lo dije a nadie, ni a mi marido. —Le temblaba la voz—. Y mi hija anda por ahí fuera, y yo no puedo ir, porque yo tengo miedo, Sabela, yo tengo miedo de verdad, y ella es mi hija.

—Ya lo sé —dijo Sabela, y le apretó la mano—. Por eso voy yo. No por valente. Porque yo no tengo que tener miedo del mismo que vosotros. —Se puso el chal—. Quédate con la puerta cerrada. Y si ella llega antes que yo, no la dejes salir, ni que grite.

Cogió el chal, la linterna, y dos cosas más que la madre de Nadia no supo leer: un puñado de sal gorda, del tarro de la cocina, envuelto en un pañuelo; y su cinto viejo, el de cuero trenzado.

Salió al paso ligero, y al pasar por el consultorio vio la luz encendida y la silueta de Iago tras la cortina, y siguió sin parar, porque aquella noche —lo sabía, llevaba dos semanas sabiéndolo— Iago no era de los que podían ayudarla; aquella noche Iago era el problema que caminaba.

El camino de Monforte bajaba del pueblo hacia el valle por la carretera vieja, una cinta de asfalto malo entre muros y castaños. Sabela caminó quince minutos con la linterna baja y el oído puesto en el otro lado de la noche.

No era una noche cualquiera. Lo supo al cerrar la puerta de la botica: el aire estaba quieta de una manera escuchada, como las casas cuando alguien va a llegar.

El pueblo entero estaba encendido —las ventanas, todas esas ventanas que ya nadie apagaba— pero las calles estaban vacías hasta de gatos.

Sabela bajó el primer tramo de la cuesta con la sensación de caminar por dentro de una iglesia a oscuras: todo el mundo dentro, nadie a la vista.

A la altura de la última casa se detuvo y miró hacia arriba, hacia el cruce, que no se veía.

Llevaba tres noches sin dormir seguidas y la cuenta hecha: Iago saldría pronto, la fila subiría del valle.

Y en algún punto de la carretera vieja andaba Nadia, con el móvil muerto y los dieciséis años, sin saber que la noche de aquel otoño tenía dueño y horario.

Apretó el paso, con las botas sonando demasiado claras en la calle vacía.

Los encontró —encontró a Nadia primero— a la altura de la curva del río: una sombra con capucha, caminando deprisa por el arcén, con el móvil muerto en la mano.

—¡Sabela! —La voz de Nadia era alivio puro—. É que el autobús no ha venido, o se ha adelantado, y el móvil se ha quedado sin batería, y…

—Ya está —dijo Sabela—. Vamos para casa. Anda, a mi lado.

Y entonces lo olió. O mejor: lo supo. El aire cambió de oficio —tierra removida, ceniza fría, el olor de una casa cerrada que se abre de noche— y de algún lugar abajo, del valle, subió el tintineo: campanillas viejas, finas, cansadas, acercándose por el camino.

Nadia lo oyó también y se quedó quieta en medio del arcén.

—¿Qué es eso?

—No hay tiempo —dijo Sabela—. Hace exactamente lo que te diga, sin preguntar. Exactamente.

Se bajaron del arcén, al ribazo de hierba que había junto al muro, y Sabela se arrodilló y dibujó en la tierra con el puñado de sal: ocho puntas, dos cuadrados girados, un centro.

La estarola, tal como la había dibujado el dedo de Ciriaca en la mesa encerada, tal como la llevaba dibujada en la palma de la mano desde hacía una semana, de tanto repensarla.