Capítulo 8 #3
Ella llegó en tres minutos, miró la mano de Lula, pidió agua fría y paños limpios, y luego —Iago lo vio todo, esta vez, sin pestañear— puso las manos alrededor de la quemadura, sin tocarla, y cerró los ojos.
No pasó nada visible. Pasó algo audible: Lula dejó de apretar los dientes. La respiración de la tabernera se acomodó, y cuando Sabela retiró las manos, la quemadura seguía ahí —roja, ampollada, real— pero Lula la miraba con la sorpresa de quien tiene una quemadura sin dolor.
—Mañana ampollas, pasado piel —dijo Sabela—. Pero no va a dejar marca, y esta noche duermes. Cuídate, Lula: no quiero saber de ti hasta el lunes.
—Contan por aí —murmuró Lula, ya con el humor de vuelta— que es una maravilla. Confirmo.
Sabela sonrió, y se levantó, e Iago, que la conocía ya en la lectura fina, vio cómo le temblaban las rodillas al incorporarse. La acompañó a casa sin pedir permiso. Ella protestó una vez, por las formas, y se dejó.
—Vas a dormir ocho horas —dijo él en la puerta—. Lo sé.
—Diez —dijo ella—. Es una quemadura de vapor, no una pulsera. —Lo miró, cansada, franca—. Mañana y pasado, con la mano derecha, voy a sentir lo que sintió ella. El escaldón. Es el eco. No te asustes si me ves manejando la cuchara con la izquierda.
—El eco —repitió él.
—Todo lo que curo pasa por mí —dijo Sabela—. Queda un trozo un día. —Se encogió de hombros—. Es la peaxe pequeña. La pequeña.
Iago se quedó en la puerta cuando ella ya había entrado.
‘La pequeña’, pensó. Si aquello era la pequeña, la grande tenía nombre y apellidos y se escondía en las ojeras.
Algún día se lo contaría, o no. Mientras tanto, él haría lo que podía hacerse con las condenas que no admiten recibo: quedarse cerca, con los ojos abiertos.
Volvió al bar a recoger el coche. Lula, con la mano ya vendada y la barra ya dominada, le sirvió sin preguntar y dijo, mirando el vaso:
—Ella va dormir ahora dos días. —No era una pregunta.
—Diez horas, ha dicho.
—Con Mariña eran dos días —dijo Lula—. Cuando curaba de estas.
La gente venía, marchaba sin dolor, y Mariña no abría.
Nosotros pensábamos que era orgullo. —Levantó la vista, y tenía los ojos brillantes—.
No era orgullo, veterinario. Que alguien me diga un día qué le cobra esa mujer, que yo quiero saber a quién hay que pagarle el vino del bar.
Iago no supo qué contestar. Saludó con la cabeza y se fue, y toda la noche le dio vueltas a la frase, porque Lula había acertado sin saberlo en el centro exacto de la diana: había un cobrador, y la cobrada era siempre la misma.
* * *
Aquella noche la vio temblar.
Se había quedado dormida en el sofá de la casa del consultorio, agotada por la feira y por la cura, mientras él hacía el papeleo de la cooperativa en la mesa de al lado.
Había insistido él —‘duerme aquí veinte minutos, luego te acompaño’— y ella había cedido con el cansancio de quien ya no puede con las formas.
A los veinte minutos empezó, sin más aviso que un cambio pequeño en el aire de la cocina.
No era un sueño: era una posesión por escrito.
Ella se movía en el sofá, hablaba bajito, fragmentos, voces que no eran suyas, ‘no, el niño no, primero el niño’, y las manos le hacían gestos de apartar a alguien de una cama.
Luego se quedó quieta de golpe, quieta del todo, y dijo con una voz clara y ajena, una voz de vieja cansada: ‘tres días estuve. Tres días, y el gato comía, y yo llamaba.’ Iago se acercó despacio y no la tocó —algo le dijo que no se tocaba— y esperó, con el corazón en la garganta, hasta que ella abrió los ojos de golpe y se quedó mirando el techo con la respiración rota.
—No era lo mío —dijo en cuanto pudo hablar, mirando el techo, a nadie—. Era lo de ella. Era la muerte de ella, no la mía.
—¿De quién?
—De Uxía. —Sabela se incorporó despacio, con los ojos muy abiertos y las pupilas raras—.
Soñé la muerte de la Uxía, la que murió sola.
No me pertenece y la tengo aquí. —Se tocó el pecho—.
Desde que los veo, Iago, las muertes de ellos vienen conmigo al sueño.
Es el precio de verlos. Cada noche, un trozo.
Iago no dijo nada. Le trajo agua, le acercó la manta, y se sentó en el suelo junto al sofá, a la altura de su mano, y estuvo así hasta que ella volvió a dormir —un sueño sin voces, al fin— con la mano colgando junto a la suya, sin tocarse.
Mirándola dormir, con la casa quieta, pensó que había una contabilidad entera que él no había sabido leer nunca, escrita en las ojeras de aquella mujer.
Y pensó también, con la certeza fría y luminosa de las tres de la mañana, que no iba a pasarle la vela a nadie.
Que se gastaría antes. Que había que ver qué clase de hombre era uno cuando la cuenta llegaba, y que él llevaba doce años huyendo de cuentas, y que se había acabado el crédito.
Vamos ver, pensó. Pero esta vez no era una promesa ni una duda. Era una declaración de guerra contra lo que fuera que le estuviera cobrando el sueño a ella y la vida a él.
En la mesa, el papeleo de la cooperativa seguía sin hacer. No importaba. Había prioridades nuevas en aquella casa, y todas dormían en el sofá.