Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La sabia los recibió en la puerta de su casa, con las manos cruzadas sobre el mandil, y los miró uno por uno con los ojos más lúcidos que Iago había visto nunca en una persona de ochenta y tantos años.

—Ya sé —dijo Ciriaca—. Ya sé todo eso que me vais a contar. Tenéis cara de sábado. —Les hizo sitio—. Entrad. Y el de la candela —señaló a Iago con la barbilla, sin bajar la voz, sin rodeos— que no entre con la mano cerrada, que me pone nerviosa.

En la cocina de Ciriaca, sobre la mesa encerada, la vieja dibujó la estarola con el dedo mojado en ceniza: ocho puntas, dos cuadrados girados uno sobre otro, con un centro.

—Con cualquier cosa —dijo—. Palo, sal, correa, ceniza. Lo que tengas en la mano. No importa el material, importa el diseño y importa la intención: ocho puntas, cerrada, tú dentro en cruz, cara al suelo. —Miró a Iago—. Y después, las nueve palabras de Secundino, que iso xa o sabes.

—¿Y si no tengo nada a mano? —preguntó Iago.

—Uno siempre tiene algo. —Ciriaca lo miró con lástima profesional—.

Los dedos sirven. La saliva sirve. El que no sirve es la vergüenza, rapaz.

La vergüenza mata más que la Compaña. Y después, cuando pase —añadió, mirando el fuego—, quédate un rato en el suelo.

No te levantes de golpe. Los mozos se levantan de golpe porque les da vergüenza estar tumbados.

Así cogió mucha gente lo que no tenía que coger.

Se quedaron un rato más. Ciriaca habló poco y todo pesaba: que la Compaña era de la parroquia y para la parroquia, que había habido otras, que Mariña había sabido cosas que ella no sabía, que había maneras —maneras viejas, maneras de las que no convenía hablar todavía— de no pasar la vela a nadie.

Cuando Sabela preguntó por esas maneras, la vieja cerró la boca con la delicadeza de quien cierra una puerta ante el viento.

—Cuando llegue la Noite de Defuntos —dijo— hablamos. No antes. Las cosas grandes tienen que hacerse en su noche.

* * *

Aquella semana inventaron una rutina que no tenía nombre en ningún protocolo.

Porque la vela no esperaba. Ya no había cuentas de nueve noches ni plazos: ahora Iago se levantaba cada noche, dormido, y cada noche caminaba.

Lo supo desde el lunes, cuando amaneció en el arcén del camino de Monforte con la ropa helada y la mano en forma.

El martes amaneció junto al muro del camposanto.

El miércoles —y esto no se lo contó a nadie, ni siquiera a ella— no amaneció en ninguna parte: despertó a media noche, ya fuera, con la fila de luces a veinte pasos y la certeza helada de que si abría los ojos del todo la vería entera.

Así que hicieron la rutina. Él se ataba —una cuerda de tender la ropa, al tobillo, al pie de la cama, con el nudo de los marineros de su padre— y ella velaba desde su ventana, que daba a la calle, con una taza de café y la manta.

Dos veces la cuerda aguantó. Una tercera, la del martes, él se la quitó dormido, con la destreza ciega de los sonámbulos, y ella tuvo que bajar corriendo y traerlo de vuelta de la curva de la higuera, guiándolo con la voz, sin despertarlo, porque despertarlo en el camino —lo sabía ella, lo sabía su sangre— era peor que dejarlo caminar.

—Esto no es vida —dijo él el miércoles por la mañana, con la cara gris, delante del café.

—No —dijo ella—. No es. Es mientras tanto.

—¿Mientras tanto qué?

—Mientras tanto busco la manera —dijo Sabela—. Ciriaca sabe algo. Evaristo sabe algo. Mi abuela sabía algo. Voy a sacarles lo que saben, aunque tenga que afanarlos a preguntas.

Él la miró un momento. Luego dijo, con la retranca ya cansada pero viva:

—Qué suerte tiene este pueblo de que la inquisición la hagas tú.

—No es inquisición —dijo ella, seria—. Es cobro de deudas. Todo este pueblo me debe verdades, y voy a ir de puerta en puerta.

* * *

El día ocho fue día de feira, y la feira de octubre era la grande del otoño: ganado en la plaza, puestos de castañas y de queso, el camión de los útiles, el gentío de los pueblos de alrededor que bajaba con la mañana.

Iago fue a cumplir: revisó dos caballos, firmó unos papeles para la cooperativa, saludó a medio valle.

Y hacia el mediodía, cuando la plaza estaba más llena y más ruidosa, vio a Sabela en el meollo, delante del puesto de un tratante de terneros, hablando con tres ganaderos a la vez —algo de un destete, algo de hierbas—, y la vio rodeada.

No agredida: rodeada. La feira entera se había volcado aquel año en la botica, y todo el mundo quería a la curandeira a la vez, y el círculo se cerraba y se cerraba.

Se abrió paso. No lo pensó. Se plantó a su lado, puso el cuerpo entre ella y la marea, y dijo con la voz más veterinaria que tenía:

—Señores, la consulta cierra cinco minutos. La señorita Reboredo almorzará algo antes de seguir, que la feira es larga.

Hubo protestas amables, risas, un ‘o veterinario puede’, pero el círculo se abrió, y Sabela quedó a resguardo, con la espalda contra el pilar de la carpa, respirando.

La marea seguía empujando. Uno de los tratantes, un hombre grande de Chantada con la voz de la feria interior, dio un paso más para reclamar ‘solo un minuto, rapaza’, e Iago —sin moverse apenas, sin una palabra mala— puso el brazo entre el hombre y ella, el antebrazo horizontal a la altura del pecho, una valla humana, y sostuvo la mirada del tratante con la sonrisa de quien no está sonriendo.

—Cinco minutos —repitió, amable y definitivo.

El tratante se fue refunfuñando una broma. Y Sabela, detrás del brazo de Iago, rio —bajito, de verdad, con la risa de quien lleva semanas sin— y dijo:

—Vaia valla.

—Ganadería extensiva —dijo él, sin volverse—. Se trabaja con cercas.

—Gracias —dijo ella, y luego, con media sonrisa—: la consulta cierra cinco minutos.

—Es una herramienta clínica muy eficaz —dijo él—. Llevo años usándola con los dueños de caballos nerviosos.

Se quedaron ahí un rato, a la sombra de la carpa, viendo pasar la feira.

No hablaron de velas ni de muertos. Él le compró un vaso de vino y una empanada y se lo llevó como quien lleva un parte.

Ella lo aceptó como quien acepta un parte.

Y hubo un momento —Iago lo registró con la precisión de su oficio, sabiendo que era un dato y no una esperanza— en que los hombros de los dos se tocaron y ninguno se apartó.

Fue un momento pequeño. La feira seguía alrededor, con sus gritos de tratante y su olor a castaña asada y a ganado, y ellos dos quietos en medio, bajo la lona que golpeaba el viento.

A Iago se le quedó grabado todo: la luz, el ruido, el calor del hombro de ella contra el suyo, la risa de antes aún colgando en el aire.

Lo archivó sin saber que lo archivaba, como se archivan las cosas de las que uno no sospecha que van a hacer falta.

—Tienes un buen sitio aquí —dijo ella en un momento, mirando la plaza—. No en el medio. No sé cómo lo hiciste.

—Práctica —dijo él—. Doce años de no estar en ninguno.

En la mesa de al lado, junto a los toneles, Amancio Codesido le hizo una seña con la cabeza, e Iago fue.

—El veterinario —dijo Amancio, bajando la voz, mirando el vaso—.

Oye. Una cosa. La semana pasada subí tarde del monte con las vacas, y una de ellas, la rubia, la que no se asusta de nada, se puso a resollar como si viera un lobo.

Y yo miré hacia el cruceiro, y allá abajo…

—tragó saliva— …había luces. Una fila de luces, pegadas al suelo, que andaban.

No las miré dos veces. No se mira dos veces, eso me dijo mi padre. Pero las vi.

—¿Luces?

—Luces —dijo Amancio, y no añadió nada más, porque Amancio no añadía nada nunca—. La vaca non miente. Las vacas no tienen imaginación, veterinario. Eso lo tienen las personas.

—¿Y usted qué hizo?

—Lo que hay que hacer —dijo Amancio, con toda la dignidad de su estirpe—.

Metí la cuerda a las vacas y me vine para casa por la otra banda, sin mirar atrás.

Y no lo conté a nadie hasta hoy. Que un hombre tiene su prestigio.

—Miró su vaso—. Aunque el prestigio, ultimamente, anda todo el mundo igual de desnudo.

Iago le dio las gracias con la cabeza. Aquellos meses de vuelta en el pueblo le habían enseñado que aquello, en boca de Amancio Codesido, era un testimonio jurado ante notario.

* * *

Por la tarde, en «A Lareira», Lula se quemó.

Fue un accidente de barra: la cafetera vieja, el vapor, un grito corto y la mano derecha enrojecida ya con las ampollas subiendo.

El bar entero se movió a la vez —el vaso de agua, el hielo de la cubitera, el ‘no la toquéis’— y el bar entero, sin consultarlo, miró hacia la puerta: porque ya todos sabían a quién había que llamar primero, y no era al consultorio de SERGAS de los martes.

Iago registró aquel giro colectivo con una especie de vértigo histórico: en seis meses, el pueblo había cambiado de teléfono de urgencias.

Nadie lo había votado. Había pasado, como pasan las cosas de verdad, de la mano de una becerra y de un perro y de cien cafés con consejo.

Iago fue a buscar a Sabela corriendo. Lo haría cualquiera, se dijo después. Cualquiera, sí; pero él corrió.