Capítulo 8
Iago
Se despertó junto al cruceiro, con la mejilla pegada a la grada de piedra y el frío ya dentro de los huesos.
No supo dónde estaba durante un segundo largo.
Luego lo supo todo a la vez: el cielo gris de las seis, la niebla, la cruz sobre su cabeza, los pies descalzos llenos de cortes y de tierra, la mano derecha cerrada con los dedos entumecidos, agarrotados en la forma de sostener algo que no estaba.
Y el olor. El olor a cera entre los dedos, tan espeso, tan instalado, que parecía venir de la sangre.
Iago se sentó en la grada del cruceiro y miró el amanecer de octubre sobre el valle, y no se dijo nada.
Durante un rato no hubo en él ni miedo ni asombro, solo una especie de silencio administrativo, el silencio de cuando el parte está por fin completo.
Amanecía despacio; los castaños salían de la niebla uno a uno; un pájaro probó la voz y se lo pensó mejor.
Iago miró sus manos. Las miró bien: la derecha cerrada, los dedos agarrotados, la piel de los nudillos tirante.
Tardó en poder abrirla, como se tarda en abrir una mano que ha sostenido algo pesado mucho tiempo.
Se había acabado. Lo supo con la tranquilidad extraña de los diagnósticos finales: se había acabado la fantasosmia, se había acabado el estrés, se había acabado la sugestión colectiva y la higiene del sueño.
Un hombre no amanece a dos kilómetros de su casa, descalzo, con la mano cerrada en forma de candela, por culpa de una sinusitis.
Se levantó, se sacudió como pudo, y caminó de vuelta al pueblo con los pies doloridos y la cabeza muy vacía, y al pasar por delante de la botica —la persiana aún bajada, la calle aún vacía— se detuvo, miró la fachada, y dijo en voz baja, sin saber si hablaba con la casa o con la mujer que dormía dentro:
—Ya está bien. Venga. Cuenta.
* * *
Ella le abrió a los veinte minutos, con el chal puesto y la cara de quien tampoco había dormido. No le preguntó por qué estaba allí a esa hora, descalzo, con la mirada de otro mundo. Lo miró los pies, le miró la mano, y se apartó de la puerta.
—Entra —dijo—. Siéntate. ¿Quieres café o quieres la verdad primero?
—La verdad —dijo Iago—. El café después. Si queda mundo después.
Se lo contó toda la mañana, entre la sopa y el pan, con las pausas de quien sube una cuesta.
Se lo contó en la cocina de la botica, junto a la lareira apagada, con las manos de los dos alrededor de dos tazas que fueron quedándose frías.
Se lo contó de principio a fin: la Compaña, los muertos sin llorar, la vela que se pasaba de mano en mano en el cruceiro, Evaristo, Perfecto, y la noche —la novena noche— en que ella lo había seguido y había visto la fila con los ojos abiertos.
Le contó también lo de la casa. Lo de su abuela y lo de la peaxe: que todo lo que curaba lo pagaba, que no había un solo gesto de aquellas manos que no tuviera su cuenta en un cuaderno, y que él no le debía dinero por nada de lo que ella le había hecho nunca porque jamás le había hecho nada que costara.
Lo dijo mirando al fuego apagado, con la voz de quien declara ante un notario que no quiere estar allí.
—¿Qué pagas? —preguntó él—. Cuando curas de verdad. ¿Qué pagas?
—Depende de lo que saque. —No levantó la vista—. Sale por mí y queda un trozo. Cansancio, un día de fiebre, cosas así. Para las cosas pequeñas.
—¿Y para las grandes?
Sabela cerró la boca un momento. Cuando la abrió, no fue para mentirle, que ya no habría tenido sentido; fue para cerrar con llave lo que aún no se podía abrir:
—Para las grandes, más. Mucho más. No me lo preguntes hoy, Iago. Hoy ya te conté lo suficiente para que no durmamos ninguno de los dos.
—Los veo —dijo, y su voz no temblaba, estaba más allá del temblor—.
Desde aquella noche. Los veo y no me llevan.
Eso es lo que soy, Iago, eso es lo que somos en esta casa desde siempre.
Y tú… tú llevas la vela desde hace nueve noches, y no puedo quitártela con las manos, porque no es una cura, es una condena, y las condenas no obedecen a la peaxe.
Iago escuchó todo sin interrumpir. Tenía la espalda muy recta y la taza fría entre las manos, y en algún punto de la mitad del relato dejó de asentir, y eso fue lo único que cambió en él: dejó de asentir porque ya no era información, era geografía; estaba dentro del mapa.
—El barro —dijo al final, con la voz ronca—. El olor. El mechón. La cocina.
—Todo eso.
—Y la noche del cruce. Evaristo. —Cerró los ojos—. Me lo dio. Me pasó la condena como si pasara una caja de herramientas.
—Si extender la mano —dijo Sabela, bajito—. Esa es la regla. Tú extendiste la mano.
—Porque un viejo me dijo ‘coja, que se me cae’. —Iago abrió los ojos, y había rabia en ellos, pero una rabia cansada, de segunda mano—. Un viejo de setenta y cinco años al que llevo saludando toda la vida. ¿Qué querías que hiciera?
—Eso —dijo ella—. Exactamente eso. Es eso lo que hace doliendo. Que se hace así, con un favor pequeño. Nadie vende el alma en una notaría. Se vende en un cruce, con un favor pequeño.
Se quedaron en silencio un rato. Afuera empezaba el sábado, con sus campanas y sus tractores.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó él al fin. No sonaba a reproche; sonaba a pregunta de verdad.
—Porque no tenías por qué creerme. —Sabela miró sus propias manos—. Y porque si creías a medias era peor. El hombre que sabe la mitad de una cosa así no la lleva mejor. La lleva peor; la lleva solo.
—¿Y ahora?
—Ahora —dijo ella, y lo miró a los ojos— ya no estás solo.
Él asintió. Luego, porque era él y porque el silencio noble le duraba poco:
—Me han vendido una condena de segunda mano sin papeles —dijo—. En cualquier país serio esto va a consumo.
—Esto no es un país serio —dijo ella—. Esto es Soutomouro.
Y los dos rieron —una risa corta, fea, cansada, la primera risa compartida desde junio— y les supo a café frío y a tregua.
* * *
Fueron a ver a Secundino a media mañana. Iago no lo había decidido; lo había decidido Sabela, con la economía de las curandeiras: ‘hay un hombre en este pueblo que le pegó a la puerta y vivió para contarlo. Vamos.’
El viejo veterinario los recibió en la cocina de su casa, miró a Iago, miró a Sabela, y no hizo ni una sola pregunta innecesaria.
—Ya le contó —dijo, señalándola con la barbilla—. Bien; nos ahorramos el funeral de las explicaciones.
Se levantó —despacio, con el bastón y sin ayuda— y cogió el cuaderno de tapas negras de 1978 que Iago había traído de casa. El mismo. Iago sintió que se le apretaba el estómago: el cuaderno del cajón con llave, el de la página pegada.
—Sabía que lo cogieras —dijo Secundino, sentándose—. Lo sabía desde el día que te di las llaves. Estábamos los dos esperando a esta mañana. —Miró a Sabela—. Tenía órdenes de tu abuela de no abrir esto antes de tiempo; las órdenes se acabaron hoy.
Humedeció el canto de la página pegada con una esponja, con paciencia, con el pulso de los cirujanos viejos, y la cola de cuarenta y ocho años fue cediendo hoja a hoja.
Dentro había tres páginas escritas con la letra joven de Secundino, y una fecha de octubre, y una mancha oscura en la esquina que no era tinta.
—Yo tenía veintinueve años —dijo el viejo—. Y la vi. Iba por el camino del valle, tarde, de noche, y oí las campanillas. Y supe. No me preguntéis cómo: supe, como saben los animales el lobo.
Levantó la vista, y había en su cara algo que Iago no le había visto nunca: no miedo —habían pasado cuarenta y ocho años— sino el recuerdo exacto del miedo, conservado como un instrumento en su funda.
—Huele antes de verse —dijo—. Eso lo digo para el rapaz, que es de ciencias: primero el olor. Tierra removida y ceniza fría, un olor de cementerio abierto. Después el sonido, las campanillas, muy finas. Después ya se ven las luces. Cuando se ven las luces, o estás en el suelo o ya no llega.
—¿Cuánto dura?
—Una eternidad de cuatro minutos —dijo Secundino—.
Pasé tumbado, cara al suelo, mientras pasaban.
Sentí el frío de los pasos en la espalda.
Sentí que algo miraba. Y una voz —el viejo se removió en la silla, incómodo por primera vez— una voz dijo mi nombre.
Una voz que conocía. Un vecino muerto aquel año.
Pidió que mirara. —Secundino miró a Iago muy fijo—.
No miré. Eso fue lo más difícil de mi vida, y yo vi mucho.
El resto fue fácil: el resto fue tierra en la boca.
Señaló la mancha oscura de la esquina de la página.
—Eso es barro —dijo—. De lo que escupí cuando llegué a casa. Pegué las páginas para no volver a leer nunca lo que escribí aquella noche. Fui tan estúpido de escribirlo: el veterinario nuevo, que todo lo registraba; y después fui sabio, y lo cerré.
—Hice lo que me enseñó mi padre, que lo vio hacer en su tiempo —dijo—.
Cogí el primero que tenía en el bolsillo —una correa, una vieja correa de rabizar el caballo— y dibujé en el suelo, alrededor de mí, una estrella de ocho puntas.
La estarola . Y me metí dentro, tumbado, de cara al suelo, con el cuerpo en cruz.
Y no vi nada, y no toqué nada, y no contesté nada.
Se inclinó hacia Iago, y habló despacio, desguazando las palabras como siempre, para que cada una cayera en su sitio:
—Nueve palabras, rapaz. No mirar la cara. No coger la luz. No contestar. —Las contó con los dedos—. La fila pasa. La fila siempre pasa. Pero tiene que pasar por encima de ti sin llevarte, y para eso no puedes ser nada: ni ojos, ni mano, ni voz.
—¿Y si…? —Iago tragó saliva—. ¿Y si no llego a tiempo a dibujarla?
—Llegas —dijo Secundino—. Uno siempre llega, si sabe que tiene que llegar. Lo que no se hace es ver. El resto lo hace el miedo. —Cerró el cuaderno, despacio, con respeto, como quien cierra una carpeta de autopsia—. No meu tempo le llamaba miedo sabio. El que te dice que te tires al suelo.
* * *
Fueron luego a la carballeira, a casa de Ciriaca, porque Sabela dijo que el dibujo había que aprenderlo bien, no de oídas.