Capítulo 7 #3
Nada se movió. La fila no se paró, las velas no se encendieron, la noche no se rompió.
Solo el viejo muerto la miró, y la miró —Sabela lo sintió como una mano en el hombro— con una gratitud infinita y una pena infinita, como quien ve por fin a alguien de la casa venir a buscarlo.
Y en esa mirada hubo también una pregunta, una sola, antigua: si había sitio.
Si alguien iba a hacerles sitio. Sabela no tuvo respuesta; tuvo solo los ojos abiertos, y por una vez en su vida los ojos abiertos fueron una respuesta suficiente.
Luego siguió caminando, el viejo, y la fila siguió, e Iago —Iago, que estaba delante de todos, dormido, con la mano en alto— empezó a andar con ellos, a la cabeza, paso a paso, camino del camposanto.
Sabela no lo despertó. Supo, con un saber nuevo que le había entrado por los ojos abiertos, que no debía: que aquella noche el camino se hacía dormido o no se hacía, y que despertarlo en medio de la fila sería soltar a un ahogado en medio del río.
Se quedó junto al cruceiro hasta que la última luz se perdió en la niebla, con la espalda contra la piedra fría de la cruz y las manos tan apretadas que se le quedaron marcadas las uñas, y luego siguió a la procesión de lejos, a la distancia de un amor prudente, hasta verlo volver.
Iago volvió al alba, solo, por el camino viejo, con los ojos vacíos todavía y los pies llenos de tierra.
Se detuvo junto al cruceiro y se dejó caer en la grada de piedra.
Sabela esperó a que se recostara, sin despertarlo, como se espera a que descanse un animal asustado.
La mano derecha seguía cerrada, los dedos cansados, y ella vio que en la palma, donde no había nada, la cera imaginaria había dejado un rastro brillante, frío, que no se podía tocar pero se veía contra la luz primera.
Lo dejó allí cuando quedó quieto, con la mejilla contra la piedra, y volvió hacia la botica.
Amaneció como amanecen los pueblos: primero el gallo, luego el tractor, luego las persianas.
Nadie había visto nada. Nadie había visto nunca nada, pensó Sabela, y eso era la mitad del problema: la Compaña caminaba por el centro del pueblo cada noche, y el pueblo entero colaboraba en no verla, porque no verla era más barato que verla; hasta que dejaba de serlo.
Su abuela no estaba en la fila. Eso era lo único bueno de aquella noche entera, y era tan bueno que le dolía: Mariña no estaba en la fila porque a Mariña la habían llorado tres días y tres noches, y la habían subido al camposanto andando, con medio valle detrás, y la habían enterrado con su nombre dicho en voz alta cien veces.
Los muertos que se lloran de verdad no caminan.
Sabela lo supo aquella noche, junto al cruceiro, con los ojos abiertos que ya no se cerrarían del todo nunca más: la Compaña no era una maldición del más allá.
Era el precio del más acá. Era lo que pasaba cuando un pueblo dejaba de llorar a sus muertos con tiempo.
Y ella los veía ahora. Los veía. Para siempre.
* * *
Volvió a casa con el día apenas empezado y se sentó en la cocina sin encender la luz.
Tenía las manos frías y la cabeza clara, una claridad nueva, como cuando se abre una ventana que ha estado cerrada años.
El mundo no había cambiado de forma: la cocina era la cocina, la lareira era la lareira.
Pero ahora había una capa más, y ella podía verla.
El difunto no era un territorio, era un vecindario.
Y la Compaña no era un castigo del cielo, era una avería del pueblo.
Abrió el cuaderno das peaxes y, después de la última cuenta, dejó una página en blanco y escribió en la siguiente, con letra despacio:
«Lo que vi: la fila. Iago iba delante, dormido, con la mano en alto. Perfecto esperaba junto al cruceiro. No hay demonio ninguno: son los nuestros. Los que no lloramos bastante. Mariña no está — a ella la lloraron bien.»
Se quedó mirando lo escrito. Luego añadió, más abajo:
«Y ahora los veo. Eso es lo que soy ahora. No sé aún cuánto cuesta. Todo cuesta.»
Cerró el cuaderno y se hizo un café que no probó.
Por la ventana de la calle vio pasar a la gente de la mañana, al pan, a la faena, con sus caras de sueño mal dormido, y pensó que ella también tenía ahora una segunda vida, una capa debajo de la capa, y que la única persona del mundo que iba a entenderlo sin miedo era una mujer de ochenta y tantos años que vivía en la carballeira y medía las palabras como el pan.
Iría a ver a Ciriaca. Ya no con la excusa de las hierbas: con la verdad por delante, que era la única moneda que la sabia aceptaba.
Y antes de eso —lo decidió mirando la luz del amanecer, que entraba igual que siempre, indiferente a la noche— antes de eso tenía que hacer una cosa mucho más difícil que mirar de frente a una procesión de muertos.
Tenía que contárselo a Iago. Todo. Las reglas, la abuela, la vela, la fila. Porque el noveno día había cerrado la puerta que cerraba, y a partir de aquella noche el hombre que caminaba dormido tenía derecho a saber qué caminaba con él.
Le temblaron las manos otra vez, pero esta vez no era miedo a los muertos; era miedo a la cara que pondría el vivo.