Las manos que alumbran (La botica de la meiga 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Y ahora él. —Evaristo asintió, una sola vez—. Yo no quería, rapaza. Te lo juro que no quería. Pero la candela no pregunta lo que uno quiere. La candela solo pregunta quién tiene la mano cerca.

* * *

Sabela salió del taller con la tarde ya muerta y caminó sin rumbo hasta el muro de la carballeira, y ahí se sentó, y miró el valle llenarse de sombra.

Abajo, el pueblo hacía su tarde: humo de las chimeneas, un tractor lejano, las gallinas de alguien discutiendo el maíz. Una tarde igual que todas, con su precio de siempre, y ella sentada encima con una verdad nueva bajo el brazo como un paquete que no se puede devolver.

Su abuela. Su abuela, que era su norte y su medida y su casa entera, había estado una noche en el cruceiro, joven, con una niña en casa, y había dicho que no. Había mirado la condena a la cara y había dicho que no, y otro —un muchacho con un taller y de los manos— había pagado por ella.

Era justo. Eso era lo insoportable: que era justo. Mariña tenía razones como catedrales. Y Evaristo había pasado media vida pagándolas.

Y sin embargo. Sabela apretó el chal contra el frío y dejó que el ‘sin embargo’ creciera hasta tener forma: sin embargo, su abuela había elegido a los vivos de su casa sobre los muertos del pueblo, y había vivido sesenta años más con esa elección, y la había pagado —ahora Sabela lo veía, con la claridad cruel de la tarde— no en el cuaderno das peaxes, donde todo lo demás se apuntaba, sino en silencio, en las noches en que se quedaba sola junto a la ventana, en la manera que tenía de cerrar la boca cuando el pueblo hablaba de muertos.

Había cargado la deuda sin pagarla, que era la manera más cara de cargar una deuda.

‘A los muertos no se les ahuyenta, rapaza’, le había dicho la abuela una vez, una noche de tormenta, cuando Sabela era pequeña y tenía miedo del trueno y de todo lo demás.

‘A los muertos no se les huye. Se les acompaña.’ No lo había entendido entonces.

Lo entendía ahora, sentada en un muro frío con la verdad nueva como una piedra en el zapato: su abuela no había huido nunca dos muertos.

Había huido una vez de la vela, que era distinto, y la diferencia la llevaba cargando un vecino desde entonces.

Todo el que tiene la mano cerca, había dicho Evaristo.

Sabela miró sus propias manos, a la última luz.

Las manos de siempre: curtidas de las hierbas, con la cicatriz pequeña del pulgar y el olor a romero que ya no se les quitaba ni con jabón de Monforte.

Manos de curar. Y pensó por primera vez el pensamiento prohibido, el que no iba a escribir en ningún cuaderno: que había manos más cerca que otras, y que la suya llevaba semanas acercándose.

Se levantó del muro cuando el valle ya era todo sombra y luces. Antes de bajar, miró una última vez hacia el camino viejo, invisible en la oscuridad, y le habló en voz baja a su abuela, a la que ya no podía preguntarle nada:

—Abuela. Entiendo por qué dijiste que no. Pero no sé si me perdono a mí misma si digo que no yo también.

El souto no contestó. Los soutos no contestan; para eso estaban las vivas.

* * *

La novena noche no durmió. Se quedó junto a la ventana, vestida, con las botas puestas, porque el cuerpo se lo pedía así, como se lo pedía a las parteras las noches de parto.

Había pasado la tarde preparándose sin saber para qué: había cerrado temprano, había cenado, había escrito en el cuaderno das peaxes una raya nueva que no era una cuenta —«Evaristo contó.

Mariña dijo que no. La candela gasta.»— y había subido con la certeza de las noches importantes.

La casa entera estaba quieta de una manera atenta, como una sala de espera.

A las dos y media, la casa del consultorio abrió la puerta.

Ella lo vio desde su ventana, con el corazón ya subido a la garganta: Iago salía a la calle descalzo, con el pijama y la chaqueta, los ojos abiertos y vacíos, caminando con la seguridad de quien conoce el camino. No hacia el coche: hacia el camino viejo.

Sabela bajó la escalera sin hacer ruido, cogió el chal y salió detrás.

Lo siguió por el pueblo dormido, a veinte pasos, descalzo él, calzada ella, los dos en silencio por calles donde no se movía ni un gato.

Pasaron junto a la casa dos Pintos —una luz encendida—, junto a la de la Marisa —otra luz—, y Sabela pensó que el pueblo entero era una hilera de ventanas desveladas y que solo ellos dos caminaban por dentro del sueño de los demás.

Iago caminaba sin prisa, con la mano derecha levantada a la altura del pecho, cerrada sobre nada.

Sobre la nada. Sabela miraba aquella mano cerrada y le temblaban las piernas: la mano de Iago sostenía algo que no estaba, con el cuidado de quien sostiene una llama.

Dos veces creyó perderlo en la niebla y dos veces lo encontró por el sonido de los pies desnudos en la tierra.

En la curva de la higuera, él se detuvo un momento —no dudó: escuchó, como escuchan los sonámbulos, con la cabeza inclinada hacia un sonido que solo él oía— y luego tomó el desvío del cruce con la tranquilidad de quien llega a su trabajo.

En el cruce de las tres estradas, él se detuvo.

Y entonces la niebla se abrió.

No de golpe: como se abre una puerta, despacio, con orden.

Y por la abertura, por el camino viejo que venía del monte, Sabela vio lo que medio pueblo llevaba un mes soñando: una fila de luces bajas, una fila de personas grises con velas a la altura de la cadera, caminando sin prisa y sin ruido, y el tintineo fino, el metal viejo, las campanillas que el pueblo oía desde sus camas.

Ella cerró los ojos. Era lo que había que hacer, lo que todo el mundo sabía sin saber por qué: no mirar, taparse, hacerse piedra. Cerró los ojos y apretó los párpados y oyó la fila acercarse, paso a paso, hacia el hombre que esperaba junto al cruceiro con la mano cerrada sobre nada.

Pisaban distinto. Eso lo notó aún con los ojos cerrados: muchos pasos, lentos, pero sin el sonido de los pasos de los vivos —sin el golpe del talón, sin la respiración, sin el roce de la ropa de trabajo—.

Sonaban como la hierba cuando llueve poco.

Y el tintineo, las campanillas viejas, venía ya de delante y de detrás a la vez, y el aire olía a tierra removida y a algo apagado, la ceniza fría, y Sabela, con los ojos apretados y los puños apretados, entendió de pronto lo que su sangre llevaba siete generaciones sabiendo: que mirar era elegir.

Que no había manera de mirar aquello a medias.

Que el que miraba entraba, y lo que no miraba se quedaba fuera para siempre, sano, salvo, y inútil.

Y pensó: si cierro los ojos, caminará solo.

Y pensó también —fue un pensamiento rápido y de mala ley, y llevaba semanas haciéndole sitio—: la candela gasta, y la peaxe cobra, y entre una cosa y otra la gente buena se consume en los pueblos sin que nadie escriba la cuenta.

Y abrió los ojos.

Los abrió del todo, a propósito, como se abre una herida, y miró la procesión de frente.

No había demonios. Eso fue lo primero, lo que le deshizo el miedo y se lo cambió por otra cosa más grande: no había ningún demonio.

Eran vecinos. Eran viejas con pañuelo y hombres con chaqueta de faena y una mujer joven con el pelo recogido de cualquier década, todos grises, todos cansados, todos mirando al suelo, como si llevaran mucho tiempo esperando su turno en una cola que no avanza.

Llevaban la ropa de su muerte, o de su vida, era difícil decirlo: batas de faena, trajes de los domingos de antes, un delantal, una gorra.

Caminaban descalzos o con zapatos viejos, y ninguno hacía ruido, y todos llevaban la vela baja, a la cadera, con la misma mano paciente, y las llamas no se movían con el aire de la noche porque no eran llamas de esta noche.

Algunos los conocía: ahí estaba el viejo Benito, el pastor, con su bastón; ahí la Dorinda, la hermana de Secundino, que se había muerto sin hacer las paces con su hermano; ahí, en la fila, una mujer de pie pero con el cansancio de estar sentada, que Sabela reconoció de las fotos de la casa dos Piñeiro: la Uxía, la que vivió sola y murió sola y fue encontrada tres días después.

Y más allá, una figura más alta, de espalda ancha, que no necesitaba nombre porque todo el pueblo la llevaba escrita en la memoria: Carme, la mujer de Amancio, que se había muerto aquella primavera cerrada en que nadie pudo subir a los camposantos ni despedirse de nadie.

Sabela las miró pasar a todas, una por una, y no tuvo miedo. Tuvo otra cosa, más grande y más antigua, una cosa para la que no tenía palabra en castellano: una vergüenza colectiva, una cuenta pendiente de todos con todas.

Y delante de todos, junto al cruceiro, esperando con la mirada cansada de quien lleva dos años de postigo, Perfecto Vieites. El muerto de marzo, el primero de la cuenta.

Los ojos de Perfecto se encontraron con los de Sabela.