Capítulo 7
Sabela
Aprendió a contar las noches de Iago Lamela como quien cuenta la fiebre de un enfermo: por señales.
Tenía la cuenta en el cuaderno pequeño de la mesilla, la que no era de nadie.
Seis noches desde la vela. Seis noches, y en cada una una señal nueva: el hombre marcaba el calendario al revés, descontando.
Ella no escribía qué temía. Escribía solo los números: noche seis, noche siete.
Como si los números, de tan limpios, fueran a impedir lo que contaban.
La sexta noche, él estuvo en la calle a la hora de la tarde, hablando con Amancio de una vena de la pata de una vaca, y Sabela lo observó desde la botica con la disimulación de todo el pueblo: estaba más delgado.
No mucho —un hueso de la cara más marcado, la camisa un gesto más ancha— pero ella llevaba años leyendo cuerpos, y aquel cuerpo estaba empezando a gastarse por dentro, como se gasta una vela: sin ruido, por el centro.
El miércoles por la mañana se encontraron en el puesto de las verduras de la carballeira, como habían quedado, dos profesionales serios intercambiando información entre las coles.
—Tres nombres más —dijo él, en voz baja, sin dejar de elegir tomates con a seriedad de un hombre que nunca había elegido un tomate en su vida—. La mujer del bar la tercera. Y hay algo nuevo: de los de ellos dicen que en el sueño ya no van en la fila. Van detrás del primero. Justo detrás.
—Como si fueran a…
—Como si fueran a coger el relevo —dijo él. Dejó el tomate—. Sabela. Yo no sé qué es esto. Pero llevo una semana midiéndolo, y te digo una cosa: tiene patrón, tiene ruta, tiene orden de llegada. Lo que sea, no es miedo. El miedo no tiene logística.
Ella lo miró de cerca, con la luz de la mañana, sin la excusa de la harina esta vez. Los pómulos. El cuello de la camisa; las manos, que le temblaban apenas al pagar.
—No duermes nada —dijo.
—Duermo lo suficiente.
—Mentira.
—Tú tampoco duermes —dijo él, y no era un reproche; era un parte—. Así que estamos la mano.
Se separaron con bolsas y sin respuestas. Sabela volvió a la botica por el camino largo, y por el camino largo decidió que ya no había más esperas.
Después de la séptima noche se cruzaron en el horno, a primera hora, y él bromeó con la panadera con la retranca de siempre —‘si el pan está frío es que el pueblo duerme’— y nadie habría dicho nada.
Sabela vio, cuando se agachó a por la bolsa, el mechón blanco de la sien, ya no escondido, ya imposible de esconder.
Una semana. El pelo no hacía eso en una semana.
El pelo no hacía eso nunca, salvo que algo estuviera bebiendo de él de noche.
—Tienes algo ahí —le dijo, señalándole la sien, delante de la panadera, con la naturalidad de quien habla de una mota de harina—. Harina.
—¿Dónde? —Él se pasó la mano, obediente, y no se quitó nada, y los dos sonrieron a la panadera, y los dos sabían que el otro sabía.
Esa misma tarde, en la puerta de la botica, Lula le dijo sin preámbulos:
—Contan por aí que ayer por la noche el Rubén hizo la ronda a pie. A pie, Sabela. El coche quedó en el cuartel. —Levantó una ceja—. Cuando la Guardia Civil anda a pie por la noche, es que el miedo ya tiene carné de identidad.
—Lula…
—Yo solo cuento lo que cuentan. —La tabernera se secó las manos en el delantal—. Pero dile a tu veterinario que tenga cuidado con los caminos de noche. Dilo así, con esas palabras. Que hay gente mayor que sabe por qué lo digo.
—Lo de «tu veterinario» —repitió Sabela, con la ceja en alto.
—No empeces —dijo Lula, sin inmutarse—. Que yo tengo ojo para estas cosas desde antes de que tú naceras, y tú tienes mala cara y malas noches, y él lo mismo. Vaya pareja.
Sabela no preguntó qué gente mayor. Tenía la lista, tenía el plano, tenía las noches contadas. Y tenía una cita que un viejo le había dado en la calle sin mirarla: ‘hoy no’, había dicho. Pues ya no era ‘hoy’. Ya llevaba demasiados días siendo mañana.
* * *
Fue a buscar a Evaristo a su casa, al final de la calle de arriba, a la hora en que el pueblo merendaba y nadie miraba las ventanas.
El taller de puertas verdes llevaba años cerrado, pero no abandonado: la madera apilada por edades, la banca limpia, las herramientas colgadas por tamaño en su sombra pintada en la pared.
Olía a castaño y a cera de muebles y a la parsimonia de los hombres que han vivido solos mucho tiempo sin desordenarse.
Evaristo estaba cepillando una tabla, despacio, como quien acaricia.
No se sorprendió al verla. Los carpinteros viejos no se sorprenden: oyen los pasos desde la esquina.
—Ya sé por que ves —dijo, sin dejar de cepillar.
—Entonces ahorremos tiempo —dijo Sabela. Se sentó en el taburete de siempre, el de las visitas, sin que la invitaran—. Cuenta.
Evaristo cepilló un rato más. La viruta caía en rizos rubios, uno tras otro, con ese olor limpio de la madera de castaño que a Sabela siempre le había parecido el olor más honesto del mundo.
Esperó a que terminara la pasada, el viejo, con la paciencia de quien trabaja la última cosa sencilla que le queda.
—¿Sabes cuántos años llevo sin dormir una noche entera? —dijo al fin, sin levantar la vista.
—Dos y medio.
—Dos y medio —repitió él, y casi sonrió—. La rapaza cuenta mis noches. Vaya pareja que hacemos.
—El que yo te cuente —dijo al fin— no lo puedes desoír. Piénsalo bien, rapaza; hay cosas que entran y no salen.
—Ya tengo dentro más de lo que tú piensas —dijo ella—. Cuenta.
El viejo dejó el cepillo. Se limpió las manos en los pantalones, se sentó en la banca frente a ella, y habló mirando la tabla, no a ella, como se habla de las cosas que pesan.
—La Santa Compaña no es un cuento —dijo—.
Es un trabajo. Un oficio que nadie elige.
Los muertos de esta parroquia que no fueron bien llevados —los que murieron solos, los que no tuvieron quien los llorara, los que quedaron a medias— no pueden ir.
Quedan. Y caminan. Y necesitan un vivo delante, con la candela, abriéndoles el paso.
Un vivo que no duerme, que anda de noche, que se va gastando como un palo en la lareira hasta que no queda nada.
—¿Y cuánto tarda?
—Perfecto tardó tres años. —La viruta dejó de caer—. Yo llevo dos años y medio. —Levantó la vista por primera vez—. El ahora lleva siete noches.
Sabela cerró los ojos y los abrió.
—¿Cómo se pasa?
—En el cruceiro. De noche. De mano a mano. —Evaristo dijo cada frase como quien deja caer una piedra en un pozo—. El otro tiene que extender la mano. No tiene que saber. Solo tiene que extender la mano.
—Eso es… —La voz se le rompió—. Eso es robar, Evaristo.
—Eso es robar —aceptó el viejo, sin defenderse, y esa fue la peor parte: que no se defendió—.
Yo lo robé. ¿Y tú? ¿Qué harías tú, después de dos años sin dormir, con la candela quemándote los dedos cada noche, sabiendo que el siguiente es un hombre bueno que volvió al pueblo y que nadie buscará? ¿Qué harías?
—No o sé —dijo Sabela, y era verdad, y le dolió que fuera verdad.
—Pues eso. —Evaristo cogió otra vez el cepillo, pero no lo puso sobre la tabla.
—¿Y no hay otro modo? —Sabela se inclinó hacia delante—. No pasar. Rematar: apagar esto de verdad.
El viejo estuvo un rato callado, con la viruta quieta en la mano y la vista en el banco.
—Mariña decía que había otro modo —dijo al fin—.
Que la Compaña no era una praga, era un atraso.
Que los muertos no querían candelas, querían…
—se le fue la palabra, el no quiso decirla—.
Ella sabía más que yo de estas cosas. Y Ciriaca sabe más que nadie.
Pregúntale a Ciriaca, si es que te quiere contestar.
Yo lo que sé es el oficio: llevar, aguantar, pasar. Eso sé.
—¿Y si el que la lleva se niega a pasarla? Evaristo la miró entonces con algo parecido al miedo, y asintió despacio, una sola vez.
—Entonces se gasta —dijo—. Hasta que no queda nada. Eso lo vi yo con Perfecto, y eso lo vi yo… en otros. La candela no suelta, rapaza. La candela gasta.
Sabela se levantó. Caminó dos pasos hasta la puerta del taller y volvió; no se podía estar sentada con aquello dentro.
—Tú no me contaste esto para que yo llore por ti —dijo—. Cuenta el resto.
—El resto —Evaristo asintió, como quien firma—. El resto es que no es la primera vez que esta casa tiene que elegir quién lleva la candela. Cuando yo era nuevo, más nuevo que tú ahora, hubo otra. Y aquella noche, en el cruceiro, a quien tenían pensado pedirle la mano… era tu abuela.
La viruta dejó de caer del todo, y Sabela se quedó muy quieta.
—Mariña —dijo Evaristo—. Tu abuela era la curandeira, como tú.
Y alguien —no te voy a decir quién, que ya está muerto y perdonado— pensó que la meiga de la casa tenía la espalda ancha para ese peso.
Se la ofrecieron. En el cruceiro, de noche, como manda la costumbre.
Y ella… —el viejo cerró la boca un momento—.
Ella no extendió la mano. Miró la candela, miró al que la llevaba, y dijo que no.
Que a los suyos muertos ya los llevaba ella de otro modo, con su oficio, y que no podía, que la casa no podía quedar sin mano.
—¿Y el otro? ¿El que la llevaba?
—El otro estaba muerto de cansancio, y con todo el derecho del mundo a odiarla.
—Evaristo miró la viruta del suelo—. Y alguien que estaba allá, que iba de acompañante, que no tenía que hacer nada…
extendió la mano por ella. Porque Mariña Reboredo tenía una niña pequeña en la casa y una botica llena de gente que la necesitaba, y yo no tenía nada más que un taller y las manos.
—Levantó la vista, y sus ojos viejos estaban secos, que era peor que lloraran—.
Fui yo, rapaza. Yo extendí la mano aquella noche.
Y la llevé años, hasta que Perfecto… hasta que vino Perfecto, que estaba peor que yo, y lloró, y se la pasé yo a él.
Y cuando Perfecto se apagaba, me la devolvió él, muriéndose, en el cruceiro, como manda la costumbre. Y ahora…
—Y ahora el —dijo Sabela—. Iago.